Dumas, o la escritura y el amor a cuatro manos

por max 1. marzo 2012 05:31

 

Hay gente a la que le encanta un misterio, una conspiración, y gente a la que le fascina ver a un ídolo caer. Todos somos humanos, todos queremos tener la «verdadera historia» entre nuestras manos, y queremos que la verdad se parezca a una debilidad humana. Quizás la soberbia académica, la prepotencia del ungido, sea lo que haga que muchos sientan esa necesidad de huir hacia otros argumentos, hacia otras historias. En el fondo, la teoría de la conspiración, o la alegría por la caída del héroe son reacciones del oprimido ante la dictadura de los poderes. No es casualidad que el más reciente film de Roland Emmerich se llame Anonymous (2011), siendo «Anonymous» el nombre del colectivo de hackers que se ha vuelto bandera en Internet de la lucha contra los poderes corporativos y de estado. Anonymous se llama el film que pretende poner en duda la autoría de William Shakespeare y adjudicársela a otro, más educado e interesante, que trabajaba en las sombras. Esto, claro, es el extremo de una teoría. En otros casos, lo que se ha dicho es que Shakespeare es un plagiario que le robaba historias a otros y las presentaba como suyas. Quien dice estas cosas, quizás ignora que el concepto de autoría ha variado a lo largo de los siglos. En los tiempos de Shakespeare, las mismas historias viajaban de pluma en pluma, y lo que ya había escrito uno anterior era retomado por otro, sin que eso significara falta de originalidad o plagio; digamos que había todavía una mezcla entre la historia de origen popular y la autoría individual. Por otro lado, el texto de teatro en sí, no era considerado para aquel momento un trabajo exactamente literario, sino más bien como una guía actoral. En el caso de Shakespeare se dice que piezas como Romeo y Julieta o Hamlet fueron tomadas de obras anteriores, y posiblemente sea así; lo único es que no podemos juzgar a un autor de hace cuatrocientos años con los parámetros de hoy día. Si bien Shakespeare, suponiendo que exista, tomó otros textos anteriores para escribir sus historias, debemos también admitir que al hacerlo las convirtió en algo mucho más grande, de mayor calidad.

Lo fundamental acá, volviendo a nuestro tema, es que siempre está presente esa necesidad de bajar de su pedestal al poder. También, me digo, está esa resistencia del ser humano a creer en el genio desmedido, en el talento perpetuo. Se nos hace difícil creer que alguien realmente pueda producir tanto y con tanta calidad.

Algo similar ha ocurrido con Alejandro Dumas padre. En el caso del gran autor francés, se sabe, incluso por su propio testimonio, que tuvo de sobra lo que en inglés se conoce como «ghost writer», escritor fantasma o negro, como también se le llama. Un negro o escritor fantasma es, por lo general, aquel que escribe en anonimato un libro que firmará otra persona. Hoy día, por ejemplo, las biografías de los políticos o de los actores están firmadas por el respectivo político o actor, pero en realidad fueron escritas por un profesional contratado por la editorial, que nunca dejará saber su nombre. Recordemos, por ejemplo, The Ghost Writer (2010), de Roman Polanski, donde Ewan MacGregor es el escritor fantasma y Pierce Brosnan el ex primer ministro de Inglaterra. Alejandro Dumas llegó a tener más de sesenta «secretarios», quienes en realidad ayudaban al autor en su producción interminable. Dumas publicó más de 500 textos, entre artículos, obras de teatro y novelas; todavía hoy se sigue sacando la cuenta de cuánto escribió. Sus novelas se publicaban como folletines en periódicos y la gente las seguía con pasión. Una historia de Dumas significaba ventas, muchas ventas para el periódico y también mucho dieron para Dumas. Así pues, fue una especie de rockstar de la literatura francesa del siglo XIX, pero al mismo tiempo se vio obligado a contratar ayudantes para que junto a él escribieran las historias. Uno de esos escritores, no tan fantasma —porque el mismo Dumas llegó a concederle su crédito, de boca, nunca por escrito—, fue Auguste Maquet, disciplinado profesor de historia quien trabajó con Dumas en la serie de novelas de los tres mosqueteros, El Conde de Montecristo, La reina Margot, Cagliostro, entre otras también muy conocidas. Al parecer su amistad y asociación duró siete años, y tuvo sus inicios cuando Maquet, en 1844, por intermedio de su amigo el poeta Gérard de Nerval, le hizo llegar a Dumas una obra de teatro, La Noche de Mardi-Gras, que luego el famoso escritor mejoraría y que terminaría siendo publicada con la firma de los dos bajo el nombre de Bathilde. A poco ocurrió lo mismo con una novela de Maquet que estaba en esbozo. Dumas la revisó, la mejoró, y cuando estuvo lista, el editor de ambos decidió que esa novela, firmada en exclusiva por Dumas, tendría más ventas que firmada por los dos. Maquet aceptó, la novela, El Caballero de Harmental, fue publicada y, desde entonces, Maquet, con su excelente capacidad para recrear momentos históricos se convertiría en el colaborador más aventajado de Dumas. Se cree así que Maquet, luego de planificar el esqueleto con su socio, hacía los primeros borradores de las novelas, centrándose además en los detalles históricos. Luego Dumas agregaba lo que le faltaba a Maquet, ese talento indescriptible para ser de la obra una historia realmente apasionante. Al cabo de los años, Maquet se fue cansando del papelito y decidió demandar a Dumas. Esto ocurrió en 1851. No obstante, en 1845, apenas a un año después de ellos conocerse, aparecería el panfleto Casa de Alejandro Dumas y Cía.: Fábrica de novelas, donde Eugene De Mirecourt acusaba a Dumas de publicar el trabajo de otros bajo su nombre. El escritor ganó el caso en aquella ocasión; con Maquet, sin embargo, no tuvo una suerte tan exacta. El juez determinó que Dumas era el autor de sus libros (aún así, en su documento de herencia, Maquet declaró que las obras eran suyas), pero también impuso un pago por diez años (Dumas se había declarado en quiebra, y efectivamente lo estaba, pues se gastaba todo en la buena vida) de cierta cantidad de dinero al demandante.

Protagonizado por Gérad Depardieu como Alejandro Dumas y por el belga Benoît Poelvoorde como Maquet, Dumas (L'Autre Dumas, 2010) de Safy Nebbou, rescata la figura de este olvidado autor, en una mezcla de realidad con ficción muy bien manejada y ambientada. Maquet se nos presenta como un duro trabajador, un hombre organizado que le pone los puntos sobre las íes a la caótica estrella literaria. Sin embargo, queda claro que su dimensión como autor es mucho menor que la del otro. Safy Nebbou ha declarado al respecto: «Maquet no tenía el genio de Dumas; podía pasar horas y horas escribiendo, pero nada cambiaría para mejor. El genio no se aprende.» Con todo, el cineasta trabaja sobre la idea de que ambos se necesitaban. Había alquimia entre ellos, y Dumas, desordenado y subido a la fama, necesitaba a alguien que lo bajara a tierra, lo disciplinara y le diera pautas. Y por supuesto, con la ficción siempre en juego, el conflicto surge justo cuando aparece la joven Charlotte (Mélanie Thierry). Charlotte, admiradora de Dumas, primero tropieza con Maquet y lo confunde con su ídolo. Maquet, ni corto ni perezoso, no aclara la confusión y la alimenta. A partir de este momento, la relación entre ambos hombres, ya no será igual.

El amor, el orgullo, la verdad, la justicia, la libertad y la rebeldía, Dumas, este sábado 3 de marzo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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