Hit and Miss, o una nueva serie original y cruda en Max

por max 17. junio 2013 06:06

 

Bueno, mira este cuento que te traigo. Ella se llama Mía. Mía es transexual, pero además, y yo sé que no lo vas a creer pero es totalmente cierto, pero además, digo, es un asesino (¿una asesina?) a sueldo. Pues digamos que la cosa no está mal, que ahí te lo crees, pero se complica, ¿sabes? La cosa se complica porque nuestro chica, de pronto un día, descubre que es padre. Sí, ella, Mía, es padre. Alguna vez Mía tuvo novia, su novia se llamaba Wendy, y bueno, Wendy murió de cáncer, y ahí fue cuando Mía se enteró del hijo. La nombraron guardián del niño, de su hijo, pues, que además tiene unos medios hermanos, tres para ser más específicos, que viven en una granja en Yorkshire. Ah, porque se me olvida decirte que esta historia transcurre en Inglaterra. Es una historia inglesa, es una serie inglesa, que está protagonizada por una actriz que el rol de Mía le viene como anillo al dedo. Ella es Chloë Sevigny, una joven que se las trae y que ha hecho nombre en el mundo del cine a fuerza de papeles rudos. ¿Sabes?, es una de las reinas, es decir, de las actrices preferidas del cine independiente. Se ha ganado su nombre, de verdad. ¿La recuerdas en Gummo (1997) del joven director Harmony Korine? Nada fácil. ¿Y antes en Kids (1995) de Larry Clark? Ha trabajado también con David Fincher, con Woody Allen, con Lars von Trier, con Vincent Gallo, a quien ella, en el film The Brown Bonny (2003), le hace una felación totalmente explícita. También hizo de loca en la serie American Horror Story (2011), esa serie que puso de cabezas a muchos y más de un escándalo levantó, ¿te acuerdas?

Así pues que no te parezca raro ver a Chloë haciendo de transexual asesino en una serie de televisión. Una serie, ya te lo conté, británica, creada por Paul Abbott, famoso guionista y productor de otras series que han tenido amplio éxito en Inglaterra. Este de la que hablamos, Hot and Miss tiene 6 capítulos, y se centra en la personalidad de Mía. De hecho, el tema que mayormente trabaja es el de la identidad sexual. Mía, de cierta manera, aprovecha que no es nadie como entidad legal para cometer sus asesinatos. No es rastreable, no existe, ¿comprendes? Ella es una chica metida en el cuerpo de un hombre, con un miembro sexual de hombre, y por ello, no tiene un rol específico ni en la sociedad ni dentro de las leyes. Es, obviamente, otra visión del problema de la transexualidad. No se trata de un ser frívolo, perverso, como suele vérsele. Mía es un ser humano atrapado en un vórtice de problemas, rechazos e incomprensiones.

Con todo esto, comprenderás que la Sevigny es la ama y señora de la serie, pues sobre ella cae todo el peso, y ella muy bien lo maneja, dándole todos los matices, la crudeza y la delicadeza necesarias a serie de profundo sentido dramático.

¿Te la vas a perder? Pues mira, partir de este miércoles 19 de junio, podrás disfrutarla en exclusiva. Por supuesto, la tendrás este y todos los miércoles por venir, hasta que se completen, los seis capítulos de rigor. Ya sabes, este es el cuento, está bueno, ¿no? Drama, género, suspenso, originalidad, series de primera. ¿Qué ves cuando ves Max?

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El artista, o algunos fragmentos sobre el silencio y nuestro tiempo

por max 16. junio 2013 06:57

 

Hollywood suele enamorarse de vez en cuando de un europeo. Hace algunos años, en 1998, se enamoró de Roberto Begnini (1997) y su La vita è bella, film al que se le otorgaron tres premios Oscar, entre ellos el de Mejor Película Extranjera. Begnini saltó por entre los asientos, se encaramó, volvió a saltar, todos aplaudieron de pie encantados, diciendo qué loco, qué simpático este italiano… Después, Begnini hizo una versión horrenda de Pinocho y ya nadie lo recuerda o lo quiere recordar.

 

En 2011, el Oscar se enamoró de Michel Hazanavicius y de El artista (The Artist, 2011) protagonizado por Jean Dujardin. El enamoramiento fue tal que toda la ceremonia del Oscar estuvo atestada de referencias al cine mundo, a su época y al film. Con todo descaro Hollywood estaba diciendo, estos son los hombres, esta es la película, y estos los premiados (obtuvo finalmente Mejor Diseño de Vestuario, Mejor actor [Jean Dujardin], Mejor Director y Mejor Película).

 

Pero quizás Michel Hazanavicius no sea Begnini, quizás no salte sobre asientos —de hecho, no lo hizo cuando se le premió—, y quizás no sea tan histriónico. ¡Vamos, es francés! Probablemente tampoco haga una versión de Pinocho que nos deje a todos con vergüenza ajena. Hazanavicius, quizás, nos regalará algo mejor, quién sabe. Por los momentos, ha hecho unos cortometrajes sobre la infidelidad con Jean Dujardin como protagonista que no estuvieron nada mal. Quién sabe si vuelva a probar suerte en su patio con algún film sobre su ínclito agente secreto OSS 117 (que también es Dujardin). Ya veremos…

 

Hemos dejado de creer en todo. Ya no nos creemos los postulados de la modernidad. No hay futuro, no hay historia, no hay grandes relatos que nos expliquen el mundo. Vivimos ante un abismo, y para no marearnos volteamos hacia atrás, hacia el pasado. Allí buscamos, allí somos la gran nostalgia y los grandes paródicos. El arte del siglo XXI vive en la nostalgia. Esa nostalgia engendra el homenaje, la parodia/homenaje.

 

Hazanavicus vuelve su nostalgia hacia el cine mundo. Pero es una nostalgia rara, es una nostalgia en blanco y negro que va de muda… aunque en realidad parte una lanza por el sonido. George Valentín es la estrella de las candilejas calladas, de las candilejas de una época glamorosa. Como estrella George Valentín nos fascina. Pero él además es terquedad, pasado que se niega a morir. Y eso, eso no está bien.

 

Quizás la pregunta es: ¿Cuándo el sonido es mero efecto especial que sirve para despertar emociones baratas, y cuándo sí parte fundamental de la cinta, de la obra de arte?

 

Quizás otra pregunta sea: ¿Una buena historia no necesita diálogos?

 

Y otra pregunta: ¿Los diálogos salvan una mala historia?

 

El artista encanta por su blanco y negro, por la actuación de Dujardin y por esa primera parte muda envuelta en una atmósfera elegante, ligera, simpática. De El artista nos gusta Valentín en la cima de su fama. Luego llega la época del sonido, y el film se pone dramático pero sigue siendo mudo, a excepción de una escena magistral que quedará eternamente en nuestros recuerdos —sí, esa, esa en que las cosas toman vida a través del sonido. ¿Por qué sigue siendo mundo El artista en su segunda parte? Porque estamos viendo el mundo desde el punto de vista de Valentín, quien no es más que un dinosaurio, un dinosaurio que se enfrenta y no se resigna a su extinción, pero que sin embargo es admirado y amado en secreto por la estrella del cine sonoro Peppy Miller (Bérénice Bejo), aquella chica que se enamoró de él cuando Valentín era famoso y ella nadie. Peppy es la imagen de los nuevos tiempos, pero aun así, no niega el pasado: está enamorada de Valentín y quiere ayudarlo. Ella lo ama sin conocerlo, pero lo ama en su fracaso (hay cierta cosa en el film que también toca la naturaleza de la fama). Como personaje pivote de la cinta, Peppy es pues el equilibrio. Es lo nuevo que no corta con su pasado. Peppy salva, rescata de la decadencia y del olvido a su amado Valentín. De pronto, el melodrama se vuelve otra vez hermosa comedia, y llegamos a un bien pensado final con sonido, arribamos al baile, a la alegría de vivir, al diálogo por fin, a la voz de Valentín por fin. No es que todo pasado sea mejor, pero tampoco se trata de negarlo. Se trata, en realidad, de la nostalgia, que es una especie de equilibrio, de forma de vida, de estar en el presente. La nostalgia mantiene vivo el pasado, pero no te detiene, no te hunde. Peppy y Valentín juntos, bailando, son la fiesta, el regocijo, la combinación más o menos luminosa que intenta nuestra contemporaneidad. En ese sentido, El artista es un film absolutamente posmoderno: el futuro y el presente se funden, son la norma, el uso, el equilibrio. Estamos ante un trabajo profundamente nostálgico que no hace más que hablar —en su mutismo— de nuestros tiempos. De estos tiempos donde el pasado puede tener futuro.

 

Otra pregunta: ¿nuestro futuro entonces será en blanco y negro?

 

Max tiene el honor de presentar, este domingo 16 de junio, El artista. Nostalgia, comedia, drama, emociones calladas, silencio que exalta. ¿Qué ves cando ves Max?

 

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De jueves a domingo, o la herencia de los padres

por max 15. junio 2013 10:44

 

Somos lo que nuestros padres hacen de nosotros. Somos el espejo y somos la imagen en el espejo, somos el presente de ese pasado, somos lo que vimos, somos lo que ellos fueron. De jueves a domingo (2012), primer largo de la chilena Dominga Sotomayor es un drama que se detiene en un momento de ser, en la instauración de un instante que marcará la vida de un par de niños, en específico de Lucía (Santi Ahumada), la hija mayor de un matrimonio que está a punto de quiebre.

Se trata de unas pequeñas vacaciones, de unas vacaciones que irán de jueves a domingo, pero que definirán el futuro de esta familia, de esta niña. Ana (Paolo Gianni) y Fernando (Francisco Pérez-Bannen) pronto van a separarse, pero aún así deciden hacer este último viaje con los niños. Ellos, los pequeños, no lo saben, no saben de la ruptura. Pero a lo largo del camino, Lucía irá captando lo que acontece allá adelante, al volante y con la acompañante, que acontece en las conversaciones cifradas, en las miradas, incluso en los silencios.

No podríamos decir que se trata de una cinta de crecimiento, pues todo lo que vivirán Lucía y su hermano es apenas el inicio de una historia que apenas comienza y que se asoma en estos días de vacaciones. Tampoco es propiamente una road movie al estilo norteamericano, pero es un viaje, un viaje que tiene un destino, claro está, pero igual uno no deja de preguntarse hacia dónde van estas personas, por qué están juntos en esta vía, qué destino los une, qué poder superior los puso juntos en esta vida. Es un viaje extraño, sí, un viaje hacia un futuro incierto, hacia la grieta, hacia la tristeza, hacia la soledad. Un viaje en que los padres siembran en los hijos un destino, un dolor, una conformación de espíritu. Somos lo que nuestros padres hicieron de nosotros. Esta historia es el comienzo de eso.

De jueves a domingo, este sábado 15 de junio. Cine latinoamericano, familia, road movie, soledad. ¿Qué ves cuando ves Max?

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The Extra Man, o la elegancia de lo excéntrico

por max 12. junio 2013 15:44

 

Elegante, fresca, llena de personajes extravagantes, The Extra Man de Robert Pulcini y Shari Springer Berman (los artífices de la magnífica American Splendor), es una comedia que nos presenta a Kevin Kline como un escritor de teatro a quien no le alcanzan los medios para subsistir y que por lo tanto presta sus servicios como acompañante a prósperas viudas de la ciudad, con quienes no tiene sexo, pues él es abiertamente… asexual. El film, liviano en su imagen, en su música y en sus miradas, toma pues todo con ligereza y se divierte. Se divierte con Kline haciendo de Henry Harrison, y se divierte también con Paul Dano haciendo de Louis Ives, un joven aspirante a escritor que está fascinado por la lencería de mujer —y que se la pone— pero que además busca vestirse como los personajes de las novelas de Fitzgerald. Sí, son todos raros, son todos particulares, todos excéntricos. Pregúntele a Wes Anderson si la excentricidad no da réditos. Pero en fin… Por esas excentricidades Ives sale del instituto donde solía enseñar y se va directo a Nueva York a probar fortuna como escritor. Bueno, ya saben, a encontrarse él mismo. Y así, encontrándose a él mismo se encuentra con Harrison, y entre ellos comienza una relación, no amorosa, menos sexual (ya lo sabemos, Harrison no es Cole Porter), sino más bien de arrendador/inquilino y de maestro/discípulo.

Los personajes de The Extra Man están y no están en el mundo. Ellos se mueven, se trasladan, giran, entra y salen, van por los rincones en torno a las puertas del gran mundo. Son exquisitos y gustan del arte, de los teatros, de la literatura, viven para entretener a los otros, a los pocos, a los que sí están fijos, enclavados en ese gran mundo, que es nada más y nada menos que Nueva York la titánica, la extremadamente dura y al mismo tiempo supremamente sofisticada.

Sí, la cinta, sin duda alguna, resulta elegante, fresca pero también triste y reflexiva en el fondo, allí, en la mirada de estos personajes que nos llenan de felicidad pero también de compasión, de cierta, incluso melancolía.

The Extra Man, este viernes 14 de junio. Excentricidad, elegancia, comedia fina. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Desenfocado, o las obsesiones sexuales de Paul Schrader

por max 11. junio 2013 09:45

 

El sexo ha sido uno de los temas principales que Paul Schrader ha tocado durante su carrera, tanto en su rol de guionista como de director. Recordemos que Schrader tomó renombre mundial gracias al guión de Taxi Driver (1976), aquel film que también catapultó a Martin Scorsese. Schrader, tal como cuenta Peter Biskind en Monteros tranquilos, toros salvajes (2004) pertenece a la segunda camada del llamado Nuevo Hollywood, constituida por «los primeros hijos del baby boom, nacidos durante y, en su mayoría, después de la Segunda Guerra Mundial, la generación que se formó en las escuelas de cine, los llamados movie brats, los mocosos, los "niños mimados" de la industria cinematográfica.» Allí Biskind mete a Scorsese, Spielberg, Lucas, De Palma, Malick y por supuesto a Schrader, quien, como muchos de estos nuevos directores, era todo un caso. Anduvo en drogas, se emborrachaba, era dueño de un ego enorme y se cuenta que escribía con una pistola calibre 38 junto a la máquina, y que en ocasiones se ponía sobre la cabeza una corona de espinas de bronce que le hacía sangrar la frente (sus padres eran unos calvinistas muy estrictos). Talento, eso sí, le sobraba, por lo que no es de extrañar que se convirtiese en uno de los guionistas más crudos y temidos de Hollywood. Recordemos, una vez más, que en 1976 se estrenó Taxi Driver, pero también Obsession de Brian De Palma, ambos filmes con guiones de Schrader, ambos de temática realista y cruda. En Taxi Driver, la vertiente del asunto sexual está en la figura de la prostituta Iris, interpretada por Jodie Foster, la jovencita que es «salvada» al final de la cinta por Travis Bickle, aquel ínfimo y solitario taxista interpretado por Robert De Niro. Una marcada influencia de su pasado religioso, hace quizás que la visión de Schrader hacia el sexo sea oscura y punitiva. En Taxi Driver el sexo está cubierto de una patina cosificada, que lo vuelve mercancía y lo desprovee de todo espíritu. El sexo rebaja al ser humano, está allí representado con toda su fuerza y se vuelve el símbolo final de la laureada cinta de Scorsese.

En Hardcore (1979), segundo film bajo su dirección (el primero sería Blue Collar) el tema sexual vuelva a aparecer, pero como tema central, esta vez bajo la forma del emporio de la pornografía. Un hombre de negocios, interpretado por George C. Scott, se adentra en este mundo, urgido de encontrar a su hija menor de edad, quien posiblemente ande dando vueltas por esos sórdidos predios.

Al año siguiente, con American Gigolo, volverá a meterse en las profundidades del sexo como negocio al presentarnos a Richard Gere como el trabajador sexual que atiende señoras maduras y que un día termina enredándose con la esposa de un policía y además metido en el medio de una investigación criminal por causa de la muerte de una de sus clientes.

Otro año más, y el tema sexual será nuevo relevante en la versión del film de 1946 Cat People. Bajo el mismo título, pero esta vez con una fuerte carga erótica, Schrader nos entrega una historia de despertar sexual protagonizada por Nastassja Kinski. Lo terrible de todo: la joven no sólo despierta al sexo, sino que también se va convirtiendo en un terrible pantera negra. ¿A alguien le cabe dudas? Una vez más están allí el sexo y lo oscuro claramente entrelazados.

Luego de unos cuantos años tambaleando con proyectos más o menos interesantes, vuelve Schrader a sus obsesiones sexuales en The Comfort of Strangers (1990), donde hay una mezcla entre lo erótico comercial (Venecia, pareja bonita, misterio y seducción), y el amargo drama sicológico en el que el sexo tiene un protagonismo profundo y perverso. Light Sleeper, dos años más tarde, retoma indirectamente algo de esa tensión sexual a través de una serie de asesinatos a mujeres. El mundo de la droga, la redención, la muerte, y por supuesto, el sexo están allí con una fuerte carga. En 1999 vendría Forever Mine, un thriller en el que la infidelidad, la venganza y la muerte hacen un coctel sobrecogedor. Lo sexual siempre en puertas, siempre dominando los cuerpos y las mentes, siempre oscuro y retorcido.

Schrader mantiene así su visión todos estos años, y en 2002 la expande con Desenfocado (Auto Focus), un film biográfico que se centra en la vida de Bob Crane, en sus idas y venidas por el mundo de la fama, desde que era un simple disc jockey hasta su rol protagónico y de éxito en la serie de los sesenta Hogan´s Heroes. Compartiendo protagonismo están Greg Kinnear, como Bob Crane, y Willem Defoe (reincidente con Schrader) en el rol de John Henry Carpenter, un gerente de ventas regional de Sony Electronics. ¿Dónde está el oscuro tema sexual en todo esto? Pues que Crane, desde que conoció a Carpenter, se dedicó a cazar mujeres en bares. Cada vez que Crane andaba de gira por los circuitos de comedia, Carpenter lo acompañaba y, luego de las presentaciones, se iban a los sitios a enganchar mujeres. Aprovechando la incierta fama de Crane (hombre casado que no bebía), seducían a las mujeres y luego se las llevaban a la cama. La diversión verdadera de todo aquello estaba en grabar las sesiones sexuales con los nuevos y maravillosos aparaticos que el técnico de la Sony facilitaba (estamos en los inicios de los aparatos de videos caseros).

Allí, como se ve, el tema del abismo sexual está muy presente. Crane se convirtió en un adicto al sexo que empezó a ver cómo lo poco que quedaba de su carrera y de su vida familiar se iba desmoronando en los desesperos de la paranoia y de la culpa. La profunda crisis al final se resuelve en muerte, pues Crane terminó golpeado brutalmente —y muerto— por lo que se supone era el trípode una cámara. Carpenter, claro está, fue acusado, aunque nunca pudo comprobársele nada. No está de más decir que el asesinato de Crane sigue sin resolverse hoy en día.

Schrader retrata esa vida y esa obsesión sexual en este film poco convencional que va desde los colores de un sitcom de los años cincuenta hasta una cinematografía más sucia y lavada que obedece a la caída en el abismo del desenfreno sexual y la culpa. Desenfocado es una pieza fundamental en la obra de Schrader. Acá, con mayor fuerza incluso que en Taxi Driver, se ponen de manifiesto los temas del sexo, el pecado, la culpa y la naturaleza de la fama. Esos son sus temas, esas son sus miradas, sus obsesiones.

Desenfocado, este jueves 13 de junio. Obsesión, sexo, deseo, muerte, lo mejor del cine de Hollywood. ¿Qué ves cuando ves Max?

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That Summer, o las grietas y la luz

por max 8. junio 2013 03:41

 

Inicio en síntesis

Monica Bellucci desnuda en la cama, un hombre en una gasolinera, el hombre se monta en su carro, se lanza a la muerte, una voz en off dice el nombre de quien acaba de morir, dice que es su amigo, y entonces comienza un viaje al pasado, a colores. Digamos que esta escena inicial es el resumen de That Summer (Un été brûlant, 2011), pieza maestra de un cineasta de una muy variada muestra dentro del cine francés, un cineasta de complejidades, silencios, tormentas y amores; estamos hablado de Philippe Garrel, quien finalmente vuelve al color en su cinematografía. El pasado convertido en presente, en presente vivo, debe ser visto a color, porque el pasado, la vivencia, nunca muere. Siempre, lo saben sus seguidores, lo autobiográfico está muy presente en el cine de Garrel, quien, cada vez más sintético, más narrativo (luego de ese pasado de cine mundo, experimental, vanguardista), explora en sus obsesiones y las revive, tamizadas, maduradas con los años. Cuando Garrel mata al personaje, se mata, de alguna manera, a él mismo y se rejuvenece en la herencia, en el hijo, en su hijo real, Louis, protagonista de la cinta. El pasado está vivo, el pasado es el presente, parece decirnos Garrel, y todo lo que viene de ese pasado, influye sobre nosotros, de manera inexorable.

 

El amor

Cuando dos parejas se encuentran entra en juego algo más allá que la amistad. Garrel lo sabe, su vida se lo ha dicho. En el encuentro de dos parejas siempre está la competencia, en primer lugar; las parejas compiten entre ellas. Veamos quién es más exitoso, más inteligente, más simpático, más sexy. Las parejas se repulsan y se seducen entre sí. Sus juegos son los del poder sin duda, juegos que esconden miedos, inseguridades sin duda.

Por lo general, sabemos mantener las apariencias, por lo general, todo sale bien de esos encuentros, por fuera. Sin embargo, adentro, todo bulle, cada vez más. Quedan heridas, grietas. Dice Leonard Cohen en «Anthem»: «There is a crack in everything / That's how the light gets in». Quizás esas grietas arrojen luz sobre uno mismo y sobre el otro, quizás esas grietas nos den luces sobre quiénes somos. Pero antes, antes de ese parto doloroso de luz, está el silencio de las parejas, sus odios silentes, sus hastíos, sus violencias cotidianas. Sin embargo, la situación puede estallar, volverse explícita entre personas de sentimientos radicales, o con ayuda del alcohol, o en el arte narrativo, donde es tan necesaria la aceleración de los estados del alma. En That Summer, aquello que pudo ser una caja ardiente sellada al vacío, revienta, revienta y lleva su fuego por todos lados. (¿Quién no arde con Monica Bellucci cerca?) El hecho es que lo que comienza como unas vacaciones de cuatro amigos en Roma, termina convirtiéndose en un nido de infidelidades, odios y luchas de poder en esta revisión del amor que hace un cineasta caracterizado por hurgar en las profundidades de su biografía. Cada film, para parafrasear a Cohen, es una grieta, cada film, una luz.

 

Fecha

That Summer, este domingo 9 de junio. Arte, cine de autor, amor, infidelidad. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Misericordia, o padeciendo el crespúsculo

por max 6. junio 2013 15:21

 

Una pareja alemana se ha ido lejos. Irse es recomenzar, y esta pareja quizás anhele recomenzar. El lugar adonde se han ido es Noruega, muy al norte. Siempre es de noche allí, siempre es también el crepúsculo. Es un lugar hermoso, pero también un lugar que nunca termina de ser. Ese lugar se asemeja a la pareja, ellos son una pareja al borde del crepúsculo. Él, Niels (Jurgen Vogel), se dedica a su nuevo trabajo en la planta de gas natural donde ha sido contratado; ella, Maria (Birgit Minichmayr), se entrega a su labor de enfermera en un hospicio. Niels, además, reincide en la infidelidad: ya lo hizo en Alemania, ahora lo hace en Noruega: pronto se ha hecho de una amante en su trabajo. Así comienza Misericordia (Gnade, 2012), drama del cineasta alemán Matthias Glasner. Comienza allí, en medio de esa nada donde nada parecer que va acontecer, hasta que de pronto, lo más terrible sucede. De vuelta a casa, en aquella oscuridad perpetua, Maria atropella algo. No se detiene, luego en casa le cuenta al marido y él va a investigar. Nada encuentra. Al día siguiente, se enteran: ella ha matado a una joven de 16 años que, pare colmo, resulta compañera de estudios de su hijo Markus (Henry Stange). Niels y Maria escogen el silencio, pero ya sabemos, al silencio le salen espinas. La misericordia surge entonces, surge en forma de angustiosas preguntas que se traducirán en argumento, en trama. ¿Deben Niels y Maria hablar con los padres de la muchacha? ¿Deben confesar su culpa? ¿Deben tener piedad del dolor ajeno, sacrificarse, seguir la justicia, purificarse pero al mismo tiempo condenarse en la confesión?

La misericordia tiene algo de compartido. Es compadecer, padecer en compañía. Implica acción en remover las heridas, las propias pero sobre todo las de otros. Niels y Maria portan un dolor, el dolor de haber matado, el dolor de callar ese dolor, de dejar sin respuestas a los padres de quien ha muerto. Niels y Maria tienen un profundo dilema que los unirá, que paradójicamente los irá integrando, haciéndolos más íntimos y amorosos. Sin embargo, algo debe hacerse con aquellas espinas, algo debe hacerse y quizás el camino sea sólo esa misericordia que se asoma y les susurra al oído sus verdades. Pero qué difícil, qué difícil es la misericordia en estas circunstancias en las que además no buscabas hacer el mal, sino que lo hiciste lo hiciste sin premeditación, sin alevosía, por accidente. Misericordia no es un film cómodo ni complaciente, las preguntas que Glasner plantea no son de respuestas inmediatas, mucho menos sencillas. Con todo, el cineasta nos va llevando en esta exploración en torno a uno de los dones más complejos del alma humana con una profundidad, una crudeza, una seriedad y una madurez que se agradecen.

Misericordia, este sábado 8 de junio. Cine independiente, dolor, sacrificio, redención. ¿Qué ves cuando ves Max?

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JC Comme Jésus Christ, o el arte de hacer famosa a la gente

por max 5. junio 2013 18:14

 

Hace poco hubo una conversación en mi casa sobre los niños genios. Mi familia reunida en torno a unos refrescos y algunos dulces, hablaban sobre un niño al que se le había diagnosticado asperger y que luego había resultado ser todo un genio de las matemáticas a eso de los 13 años de edad o algo así. Comentaron que había resuelto unas ecuaciones matemáticas dificilísimas que nadie había podido resolver en años y que por lo tanto la física, creo que la fue la física, había adelantado no sé cuantos tiempo hacia el futuro.

Sin duda, somos propensos al culto de los niños genios. Desde hace siglos lo somos, porque, de hecho, de hace siglos existen niños con estas características. Wolfgang Amadeus Mozart, a la edad de tres años tocaba el clavicordio y a los seis ya había escrito su primera composición musical. Murió a los 35, eso sí. A los cinco años William Rowan Hamilton hablaba latín, griego y hebreo; a los 13, 13 idiomas. A los once, William James Sidis estableció récord mundial como la persona más joven en ingresar en la prestigiosa universidad de Harvard; pero antes, a los dos había aprendido a leer y a los ocho años hablaba fluido hasta ocho idiomas.

Como ven, hay genios por todas partes. Pero los genios no tienen la culpa de nada, ni el mérito de nada. Es decir, no crean que soy envidioso o algo por el estilo; lo que quiero decir es que ellos no pidieron ser genios, ni tampoco hicieron nada para serlo. No se esforzaron, nacieron así, con algo en su cerebro, con algo que los hizo excepcionales. Quizás ese algo, por qué no decirlo, sea un «defecto», algo que no está bien en su cerebro, quién sabe. Pero este no es el tema que realmente me ocupa. Lo interesante de todo el asunto es cómo los humanos nos postramos ante tales pequeños genios. Nuestra admiración, nuestro asombro se vuelve tal que olvidamos que, aparte de ser niños genios, también son seres humanos, con sus defectos, con sus pasiones, con su, incluso, incapacidad para manejar aquello que los ha hecho «famosos». En estos tiempos del dominio de los medios de masa, en estos tiempos de la publicidad desmedida, de la virtualidad total, en esta época de simulacros donde el verdadero valor de todo gira en el vacío, pues lo que importa es tu condición de fenómeno de circo, tu potencialidad para convertirte en noticia, en exposición pública, en famoso por unos minutos, en espectáculo.

Bajo la mirada crítica que apunta hacia estos aspectos del niño genio, nos llega JC Comme Jésus Christ (2011), ópera prima escrita y dirigida por el actor Jonathan Zaccaï, falso documental o mockumentary de producción franco-belga que explora la vida de un joven director de 17, Jean-C-Christophe Kern (interpretado por Vincent Lacoste, nominado al César como actor revelación en 2010), quien a los 15 años se ha ganado un Palma de oro y a los 16 un César. Más que un documental falso, el film toma la forma de un reality (esa peor forma de televisión) para irnos mostrando a este chico que es una mezcla entre Peter Sellers, Godard y Justin Bieber. La cámara lo sigue a todas partes, incluso al baño, y lo presenta como lo que es: un adolescente que ha saltado a la fama, pero que sigue siendo simplemente un adolescente con sus típicos problemas de la edad, pero quizás exacerbados por la fama que le ha caído encima, esa fama que quizás se fije más en el fenómeno niño genio que en su obra.

JC Comme Jésus Christ, este viernes 7 de junio. Mirada crítica, fama, cine europeo, cine de autor. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Vampire, o el vampiro leve

por max 1. junio 2013 06:37

 

En nuestros tiempos la imagen del vampiro se ha ido relacionando cada vez más con la periferia, con los llamados relegados de la sociedad, siempre bajo la perspectiva de solidarizarse con ellos desde la metáfora y convertirlos en el centro de las historias. El best-seller y Hollywood los han rodeado de glamur y belleza física. Los chicos góticos, marginados y raros de los colegios se han visto reivindicados —dentro de lo que se puede— en ese porte fascinante del vampiro juvenil, cuya elegancia tiene sus hondas raíces en los lejanos y sanguinarios nobles eslavos, y que terminó de convertirse en moda con la versión cinematográfica de la novela de Anne Rice en 1994. No obstante, otras propuestas ajenas al mercadeo luminoso, y más honestas en su expresión, se han acercado a la figura del vampiro desde una visión centrada en el problema de la marginalidad, a la búsqueda siempre de un enfoque solidario, cercano, comprensivo. Vampire (2011), primer film del cineasta japonés Shunji Iwai realizado en Estados Unidos es un ejemplo claro de esto.

Cabe destacar que, no por estar realizado en los predios del cine del espectáculo, el trabajo se deja arrastrar por los abalorios; todo lo contrario: Vampire resulta un exquisito trabajo de cámara, guión y actuación desprovisto del efecto especial y de la grandilocuencia vampírica. Más aún, su protagonista, Simon (Kevin Zegers), no es ni siquiera un vampiro en regla: es un tímido profesor de escuela con una madre en un estado síquico lamentable. Simon además pasa horas y horas en chats de temas suicidas. Su finalidad: encontrar muchachas lindas y dispuestas a morir. Él las conoce, establece con ellas una relación cargada de ternura y luego las invita a morir: él ha concebido un método indoloro. Una vez que ellas mueren, él bebe su sangre. Simon necesita beber de esa sangre, su falta de consumo implica la muerte. Por lo tanto, podríamos ver a Simon como un vampiro. Un vampiro es alguien que bebe sangre, dice en algún momento el mismo personaje. Esa ha de ser la definición minimalista del vampiro, una definición descargada de todo peso. Y en efecto, tal como la imagen de los globos que recorre toda la historia, Vampire resulta una aproximación al género desde la levedad. No obstante, con levedad no quiero decir superficialidad. La levedad la entendemos en este caso como ese despojamiento de las parafernalias efectistas (todos los clichés fáciles del vampiro), de esos pesos decorativos, los realmente superficiales, para centrarse en el alma de unos seres separados de la gran corriente del mundo: el vampiro y los (las) suicidas. En Simon está el dilema de ser un mortal común y corriente que tiene una necesidad síquica que lo vuelve ajeno al mundo. En ellas, las suicidas, está la tragedia del dolor y la necesidad de detenerlo para sumirse en el último placer, la muerte. El filón de la libertad también se encuentra allí; el suicidio, o incluso la eutanasia, el derecho a morir cuando uno quiera a morir. La libertad de elegir la muerte es sin duda un tema espinoso.

Lírica, inquietante, conmovedora, Vampire tiene la marca de un cine de autor muy independiente, de un cine además con un fuerte toque asiático donde el drama de la periferia, la belleza de las imágenes y el horror de la muerte se conjugan para arrojar una obra original, destacada, innovadora.

Vampire, este domingo 2 de junio. Originalidad, drama, transgresión. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Última semana de mayo, última semana celebrando el festival de Cannes

por max 27. mayo 2013 14:17

 

Y entramos en la última semana del mes que Max le ha dedicado a Festival de Cannes. Al presentar la mejor calidad cada día del mes, Max ha demostrado que su cantidad no está reñida con lo más alto del cine mundial. Esta última semana, lo seguimos demostrando…

 

El lunes 27 de mayo, tendremos: Copia certificada (2010) del afamado director iraní Abbas Kiarostami. En esta cinta, protagonizada por Juliette Binoche y William Shimel, él es un escritor de libros comerciales y ella una dueña de una galería de arte. Ella viene con heridas de amor, él con ciertas ideas sobre el arte, y los dos, par de desconocidos, pasarán un día completo en un pueblo al sur de la Toscana. Kiarostami plantea una dinámica entre el amor y la estética, donde dos almas ya cansadas de la realidad del amor, empiezan a «representar» ese amor. A esta verdad, a esta realidad, el cineasta iraní contrapone la representación, es decir, contrapone lo estético. El amor no sólo necesita de la verdad, sino también de la belleza, de cierto toque estético, de cierto juego, de cierta representación, de cierta ficción, de cierto arte, de cierta «mentira». Juliette Binoche, sin duda una de las grandes actrices francesas de nuestros días, ganó la Palma de oro a mejor actriz en Cannes por este papel.

 

 

El martes 28, Max retransmite el documental Roman Polanski: Mi Vida, Mi Cine (Roman Polanski: A Film Memoir, 2011) del director de Laurent Bouzereau. Polanski habla de su vida, de su obra, de sus problemas con la ley, con la muerte, con la dura realidad. Roman Polanski, como muchas saben ya, fue nominado dos veces a la Palma de Oro y finalmente resultó ganador de la misma en 2002 por The Pianist.

 

 

El miércoles 29, contarás con la cruda historia de Un profeta (A Prophet, 2009), del cineasta francés Jacques Audiard. Un film de supervivencia que habla de la libertad humana dentro del presidio. Malik, interpretado por Tahar Rahim, es un joven de origen árabe, que convive con la comunidad corsa de la cárcel. Estos son los dos grandes epicentros de poder de aquel reducto, y Malik está allí al inicio, trabajando para los corsos, despreciado por los musulmanes. Audiard nos lleva al interior del alma de este joven, y a través de él asistimos al nacimiento del más cerebral y despiadado hombre: aquel que se alzará sobre todos y tendrá el control absoluto del crimen organizado. Un film montado sobre un guión sin baches, cerrado y complejo, thriller intenso cargado de realismo, con toques de surrealismo, y además, magníficamente actuado. Un profeta obtuvo el Gran premio del jurado en Cannes en el año 2009.

 

 

El jueves 30, contaremos con La piel que habito (2011), film del aclamado Pedro Almodóvar, donde el cineasta se adentra en el horror y también en el thriller. Almodóvar sin inspira en Tarántula, la historia original de Thiery Jonquet para abordar los típicos temas de sus interés, lo que le da por su puesto una variación y un toque original. Antonio Banderas, en su rol del doctor Lafargue, el cirujano plástico de éxito, traspira una especie de vacío vital unido a una ira contenida, tensa. En la superficie es luz, abajo, en los sótanos (de su alma y en los reales) es el torturador de un joven muchacho, a quien irá mutando por medio de una novedosa implantación de cierta piel artificial, cepa genética que él ha creado. Lafargue quiere suplantar a su hija, a la que ha perdido por un supuesto acto de violación, y que actualmente se encuentra internada en su siquiátrico. El supuesto perpetrador se va transformando en mujer (Elena Anaya) y, para complementar «el tratamiento» o el «castigo», será sometido a un proceso de entrenamiento «cultural» de lo femenino. Film de terror, thriller sicológico, exploración existencial posmoderna, estética cuidada que arroja luz sobre la oscuridad, cine de autor, cine muy de Almodóvar; eso es La piel que habito.

 

 

Y finalizamos nuestra celebración el viernes 31 con Kaboom (2010), una enloquecida comedia de ciencia ficción dirigida por el controversial Gregg Araki. Una fuerte carga de humor radical y de audacia radical recorre esta cinta extraña que nos recuerda mucho a las historias absurdas y violentas de Boris Vian donde los gays y las lesbianas entablan interminables batallas noir, pero en este caso dentro de un marco futurista y kitsch. Digamos que es una especie de novela de crecimiento, una bildungsroman pero totalmente activista de los derechos de género. De hecho, la cinta fue premiada con un Queer Palm por su contribución a la comunidad lesbiana, gay, bisexual y transgénero.

 

Y así termina nuestro mes dedicado a Cannes en Max. Prepárate, que para junio, tenemos más, muchos más de lo mejor del cine de autor, de vanguardia, independiente y mundial. ¿Qué ves cuando vez Max?

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