Woody Allen: A Documentary, o en confianza con los amigos

por max 23. diciembre 2013 06:42

 

Woody Allen: A Documentary (2012) no es cualquier cosa. Ya sabemos lo celoso que es Allen con su vida privada (aunque más de un detalle se la ha escapado), que se ha mantenido alejado de las luces del circo, y que incluso se ha negado a asistir a la premiación de los Oscars, donde ha sido ganador en cuatro oportunidades. Así que lo que hizo Rodert Weide, el director de este documental, es un logro a considerar, pues gracias a él podremos recorrer un año y medio de vida, trabajo y creación de uno de los sujetos de culto más importantes del cine mundial. Weide, cabe decir, no es cualquier director. Weide se mueve en el campo de la comedia, y entre los grandes. En sus inicios, en 1982, escribió el guión para un documental sobre los hermanos Marx, y en 1998 dirigió uno que fue nominado al Oscar (1999) sobre la vida del gran Lenny Bruce; estamos hablando del documental Lenny Bruce: Swear to Tell the Truth. Weide también ha trabajado durante años con Larry David dirigiendo episodios de Curb Your Enthusiasm. David y Allen, por su parte, se respetan y han trabajado juntos incluso en una película de Allen, Whatever Works (2009). Así que no es de extrañar que con Weide, Allen haya accedido a quebrantar su tan protegida vida privada, y haya aceptado que una cámara lo siguiera durante año y medio. Pero, tal como ya se dijo, el trabajo no sólo abarca el presente, sino que también hace un muy completo recorrido por toda la vida de quien podríamos calificar como uno de los últimos autores del cine de autor. El documental cubre desde su adolescencia, su trabajo como escritor de comedia, sus años como standup comedian, sus primeras actuaciones, sus primeras incursiones en la dirección y todo el despegue que lo llevó a ser un director que ha realizado, casi sin parar, una película por año por más de cuarenta años. El documental también nos muestra sus hábitos de escritura, sus ideas sobre la dirección y su relación (siempre cargada de sospechas para la farándula) con los actores.

Las relaciones de pareja, el sexo, la neurosis urbana, el miedo a la muerte, todos los temas de Allen se tocan en el trabajo de Weide. Por supuesto no puede faltar el jazz, su antigua máquina de escribir (la compró en 1952 y que todavía usa) y, por supuesto, Diane Keaton, Mariel Hemingway, Mira Sorvino, Sean Penn, Martin Landau, Josh Brolin, Penélope Cruz, John Cusack, Scarlett Johansson y Larry David, entre otros.

Woody Allen: A Documentary, el martes 24 de diciembre.

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Hit and Miss, o una nueva serie original y cruda en Max

por max 17. junio 2013 06:06

 

Bueno, mira este cuento que te traigo. Ella se llama Mía. Mía es transexual, pero además, y yo sé que no lo vas a creer pero es totalmente cierto, pero además, digo, es un asesino (¿una asesina?) a sueldo. Pues digamos que la cosa no está mal, que ahí te lo crees, pero se complica, ¿sabes? La cosa se complica porque nuestro chica, de pronto un día, descubre que es padre. Sí, ella, Mía, es padre. Alguna vez Mía tuvo novia, su novia se llamaba Wendy, y bueno, Wendy murió de cáncer, y ahí fue cuando Mía se enteró del hijo. La nombraron guardián del niño, de su hijo, pues, que además tiene unos medios hermanos, tres para ser más específicos, que viven en una granja en Yorkshire. Ah, porque se me olvida decirte que esta historia transcurre en Inglaterra. Es una historia inglesa, es una serie inglesa, que está protagonizada por una actriz que el rol de Mía le viene como anillo al dedo. Ella es Chloë Sevigny, una joven que se las trae y que ha hecho nombre en el mundo del cine a fuerza de papeles rudos. ¿Sabes?, es una de las reinas, es decir, de las actrices preferidas del cine independiente. Se ha ganado su nombre, de verdad. ¿La recuerdas en Gummo (1997) del joven director Harmony Korine? Nada fácil. ¿Y antes en Kids (1995) de Larry Clark? Ha trabajado también con David Fincher, con Woody Allen, con Lars von Trier, con Vincent Gallo, a quien ella, en el film The Brown Bonny (2003), le hace una felación totalmente explícita. También hizo de loca en la serie American Horror Story (2011), esa serie que puso de cabezas a muchos y más de un escándalo levantó, ¿te acuerdas?

Así pues que no te parezca raro ver a Chloë haciendo de transexual asesino en una serie de televisión. Una serie, ya te lo conté, británica, creada por Paul Abbott, famoso guionista y productor de otras series que han tenido amplio éxito en Inglaterra. Este de la que hablamos, Hot and Miss tiene 6 capítulos, y se centra en la personalidad de Mía. De hecho, el tema que mayormente trabaja es el de la identidad sexual. Mía, de cierta manera, aprovecha que no es nadie como entidad legal para cometer sus asesinatos. No es rastreable, no existe, ¿comprendes? Ella es una chica metida en el cuerpo de un hombre, con un miembro sexual de hombre, y por ello, no tiene un rol específico ni en la sociedad ni dentro de las leyes. Es, obviamente, otra visión del problema de la transexualidad. No se trata de un ser frívolo, perverso, como suele vérsele. Mía es un ser humano atrapado en un vórtice de problemas, rechazos e incomprensiones.

Con todo esto, comprenderás que la Sevigny es la ama y señora de la serie, pues sobre ella cae todo el peso, y ella muy bien lo maneja, dándole todos los matices, la crudeza y la delicadeza necesarias a serie de profundo sentido dramático.

¿Te la vas a perder? Pues mira, partir de este miércoles 19 de junio, podrás disfrutarla en exclusiva. Por supuesto, la tendrás este y todos los miércoles por venir, hasta que se completen, los seis capítulos de rigor. Ya sabes, este es el cuento, está bueno, ¿no? Drama, género, suspenso, originalidad, series de primera. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Life During Wartime, o la sátira triste diez años después

por max 19. abril 2013 05:30

 

Un año antes de que saliera American Beauty (1999) de Sam Mendes, ese film que mostraba las oscuridades de una familia norteamericana de los suburbios, estuvo dando vueltas por los festivales de cine y luego por las salas especializadas con bastante éxito una cinta titulada Happiness. Su director, un tal Todd Solondz, había hecho una historia, una «comedia», también familiar, también de los suburbios, pero no había dejado muñeco con cabeza. Aquella cinta de feliz, no tenía nada. Al contrario, la desgracia, la soledad, la neurosis, la pedofilia, la infelicidad en general ocupaban cada segundo de aquel trabajo que no era, sin duda, para todo el mundo. Solondz demostraba una vez más que no era un dulcito. Lo había hecho ya en 1995 con Welcome to the Dollhouse, otra comedia (comedia siempre desde la perspectiva del director) también muy ruda sobre una niña de esas tantas que padecen maltratos en sus aulas y en sus casas. Este segundo film de Solondz fue un éxito absoluto en Sundance y se llevó el premio del Gran Jurado; el tercero, es decir Happiness, obtuvo en Cannes el FIPRESCI. Así que, ya para 1998, Solondz se había convertido en una animal de festivales, en un gurú del cine independiente. Estos años, los noventa, eran los del furor de ese —llamado nuevo— cine independiente norteamericano, algo así como un cine de autor hecho por gente joven, cargado de la rudeza cool de los tiempos posmodernos, y que tenía su principal y más ferviente exhibición en el festival de Sundance.

El asunto es que Solondz se había hecho su espacio como director inteligente y mordaz. Era, como suelen lanzar por allí de buenas a primeras, una promesa. Pero Solondz no se dejó llevar, no acusó los abalorios del relumbrón. Ni tampoco salió corriendo a hacer más películas. Fue a su ritmo. De aquel momento hasta el 2011, ha dirigido cuatro largos más —cuatro comedias, aunque digamos mejor sátiras— que mantuvieron siempre la marca del espíritu crítico ante la sociedad norteamericana. De 2001 es Storytelling, un film hecho en dos capítulos («Fiction», y «Non-fiction»). En el capítulo «Fiction» nos muestra la vida de un escritor ganador de Pulitzer que usa su premio para conquistar alumnas, y en «Non-Ficition», nos presenta la filmación de un documental sobre un estudiante y sus familiares durante el proceso de aplicación para la universidad. De 2004 es Palindrome, un film que en su inicio se encadena con Wellcome to the Dollhouse, para luego tomar sus propios caminos, en esta historia donde una chica —de nuevo una chica— va del embarazo al aborto, y de un amante camionero a una institución que oculta a grupo de fanáticos asesinos de doctores practicantes del aborto. Sin duda, Solondz seguía por sus propios caminos de la incorrección. Su último film, de 2011, es Dark Horse. La expreisón dark horse se entiende por nuestros lados como oveja negra. En esta historia hay dos ovejas negras: Abe (Jordan Gelber) y Miranda (Selma Blair). Él es un gordo muy al estilo de George Constanza (¿recuerdas a Jason Alexander en Seinfeld?) que colecciona muñequitos y todavía vive en su cuarto de infancia; ella, pues ella tiene hepatitis B y también ha vuelto a vivir en su casa materna luego de romper con pareja de origen árabe. Por ahí va la cosa. Como se ve, Solondz tiene su universo, sus temas, sus personajes ya característicos. Esto queda aún más claro en el film que precede a su último trabajo. Estamos hablando de Life During Wartime (2009), una cinta que nos trae a las tres hermanas que originalmente aparecen en Happiness, para así pergeñar tres historias «femeninas». De cierta manera, Life During Wartime nos recuerda al Solondz que alguna vez siguió los pasos de Woody Allen (su primer trabajo, que data de 1989 y que se titula Fear, Anxiety & Depression tiene fuertes reminiscencias de Allen). Life During Wartime también retoma a Bill, el pedófilo de Happiness, esta vez ya fuera de la cárcel y a la búsqueda de su redención familiar. El rol que originalmente lo interpretara Dylan Baker, pasa en esta cinta a manos (o a cuerpo y rostro) de Ciarán Hinds, a quien recordamos mucho más claramente como el magnífico Julio César de la serie Roma de HBO. No obstante, lo que en Happiness resultó una dura sátira colmada de una oscura luz, en Life During Wartime tiene un tono de comedia melancólica y brumosa que no puede dejarnos de recordar que, precisamente, la cinta fue filmada luego de que la nación sufriera los atentados del 11 de septiembre. La visión de estas mujeres y de estas familias resulta otra, porque, pareciera que así lo piensa el director, estamos en un país ahora distinto. Queda claro, Solondz no está haciendo una secuela a lo Hollywood, Solondz está contando su mundo, que es diferente a hacer una secuela de Star Wars. Y a ese mundo, en estos tiempos, se agrega la melancolía de un país que sufrió un duro golpe. Con todo, los temas de Solondz están allí: pedofilia, violación, homosexualidad, perdón, familia, adolescencia y madurez, pero con un tono más político y al mismo tiempo más triste. Todo, diez años después, siempre es más triste.

Life During War Time, este domingo 21 de abril. Cine a autor, sátira, la sociedad contemporánea, crudeza. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Life During Wartime, o la tristeza diez años después

por max 18. enero 2013 12:51

 

Un año antes de que saliera American Beauty (1999) de Sam Mendes, ese film que mostraba las oscuridades de una familia norteamericana de los suburbios, estuvo dando vueltas por los festivales de cine y luego por las salas especializadas con bastante éxito una cinta titulada Happiness. Su director, un tal Todd Solondz, había hecho una historia también familiar, también de los suburbios, pero no había dejado muñeco con cabeza en esta cinta despiadada, que trataba un tema tan escabroso como la pedofilia. Por supuesto, aquella película no era para todo el mundo. Solondz demostraba una vez más que no era un dulcito. Lo había hecho ya en 1995 con Welcome to the Dollhouse, una historia también muy ruda sobre una niña de esas tantas que padecen maltratos en sus aulas y en sus casas. Este segundo film de Solondz fue un éxito absoluto en Sundance y se llevó el premio del Gran Jurado; el tercero, es decir Happiness, obtuvo en Cannes el FIPRESCI. Así que, ya para 1998, Solondz se había convertido en una animal de festivales, en un gurú del cine independiente. Estos años, los noventa, eran los del furor de ese —llamado nuevo— cine independiente, algo así como un cine de autor hecho por gente joven, cargado de la rudeza cool de los tiempos posmodernos, y que tenía su principal y más ferviente exhibición en el festival de Sundance.

El asunto es que Solondz se había hecho un lugar como director inteligente y mordaz. Era, como suelen lanzar por allí de buenas a primeras, una promesa. Pero Solondz no se dejó llevar, no a acusó los abalorios del relumbrón. Ni tampoco salió corriendo a hacer más películas. Fue a su ritmo. De aquel momento hasta el 2011, ha dirigido cuatro largos más que mantuvieron siempre el espíritu crítico ante la sociedad norteamericana. De 2001 es Storytelling, un film hecho en dos capítulos («Fiction», y «Non-fiction»). En el capítulo «Fiction» nos muestra la vida de un escritor ganador de Pulitzer que sin embargo en un fracasado que usa su premio para conquistar alumnas, y en «Non-Ficition», nos presenta la filmación de un documental sobre un estudiante y sus familiares durante el proceso de aplicación para la universidad. De 2004 es Palindrome, un film que en su inicio se encadena con Wellcome to the Dollhouse, para luego tomar sus propios caminos, en esta historia donde una chica —de nuevo una chica— va del embarazo al aborto, y de un amante camionero a una institución que oculta a grupo de fanáticos asesinos de doctores practicantes del aborto. Sin duda, Solondz seguía por sus propios caminos de la incorrección. Su último film, el del 2011, es Dark Horse. La expreisón dark horse se entiende por nuestros lados como oveja negra. En esta historia hay dos ovejas negras: Abe (Jordan Gelber) y Miranda (Selma Blair). Él es un gordo que colecciona mercancía de los Simpsons, ella tiene hepatitis B. Por ahí va la cosa. Como se ve, Solondz tiene su universo, sus temas, sus personajes ya característicos. Esto queda aún más claro en el film que precede a su último trabajo. Estamos hablando de Life During Wartime (2009), una cinta que nos trae a las tres hermanas que originalmente aparecen en Happiness, para así pergeñar tres historias «femeninas». De cierta manera, Life During Wartime nos recuerda al Solondz que alguna vez siguió los pasos de Woody Allen (su primer trabajo, que data de 1989 y que se titula Fear, Anxiety & Depression tiene fuertes marcas de Allen). Life During Wartime también retoma a Bill, el pedófilo de Happiness, esta vez ya fuera de la cárcel y a la búsqueda de su redención familiar. El rol que originalmente lo interpretara Dylan Baker, pasa en esta cinta a manos (o a cuerpo y rostro) de Ciarán Hinds, a quien recordamos mucho más claramente como el magnífico Julio César de la serie Roma de HBO. No obstante, lo que en Happiness resultó una dura sátira colmada de una oscura luz, en Life During Wartime tiene un tono de comedia melancólica y brumosa que no puede dejarnos de recordar que, precisamente, la cinta fue filmada luego de que la nación sufriera los atentados del 11 de septiembre. La visión de estas mujeres y de estas familias resulta otra, porque, pareciera que así lo piensa el director, estamos en un país ahora distinto. Queda claro, Solondz no está haciendo una secuela a lo Hollywood. Solondz está contando su mundo, que es diferente a hacer una secuela de Star Wars. Y a ese mundo, en estos tiempos, se agrega la melancolía de un país que sufrió un duro golpe. Con todo, los temas de Solondz están allí: pedofilia, violación, homosexualidad, perdón, familia, adolescencia y madurez, pero con un tono más político y al mismo tiempo más triste. Todo, diez años después, siempre es más triste.

Life During War Time, este sábado 19 de enero. Irreverencia, crítica a la sociedad. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Potiche, o las mujeres y Ozon

por max 7. diciembre 2012 06:25

    

¿Peco mucho si digo que François Ozon es el Almodóvar de los franceses, sólo que mejor parecido? Bueno, para enmendarla, también puedo decir que Almodóvar es el Ozon de los españoles, y que a alguien le parecerá sexy. Listo, ¿no?

En fin, lo que sí es cierto es que Ozon ama hacer filmes con mujeres, donde ellas son las malas, las buenas, las heroínas absolutas. Ozon es un abanderado de la causa de la mujer que escribe y dirige sus filmes cargados de crítica social, de burguesía rampante y sonante, y de mujeres en situaciones extremas y delirantes, donde a ratos pueden lucir terribles, como Perséfone, pero también como las protagonistas totales, las luchadoras, los brazos fuertes del intenso drama o de la «suave» comedia.

Este mes, Max nos ofrece Potiche (2010), un film que es una clarísima muestra de este aspecto de la cinematografía de Ozon. Potiche, esa palabra que designa un adorno de casa costoso, es también metáfora de la esposa hermosa pero inútil que decora el hogar de un marido próspero, caso que le corresponde a Catherine Deneuve en el rol de la señora Pujol, amantísimo jarrón del dueño de una fábrica de paraguas, a quien, de un día para otro, se le alzan los obreros y lo secuestran. El señor Pujol, cabe decir, es todo un tirano, un desalmado, que sin embargo tiene corazón, pues el corazón además le falla en plena captura; por lo que la señora Pujol será la que tendrá que tomar las riendas del negocio. El señor Pujol se dice a sí mismo, vaya, está bien, esta inútil será el maniquí perfecto mientras me recupero. ¿Y qué ocurre? Que la inútil resulta ser una maravillosa gerente que solventa el conflicto laboral, que se hace querer y respetar, y que además vuelve a encontrar el amor en otro, un ex amante que ahora es conocido alcalde, interpretado por Gérard Depardieu. Pero ella, cabe decir, todo esto lo hace no con el furor musculoso de una feminista agresiva; ella sigue siendo elegante, hermosa, maravillosa en su posición líder. ¿Por qué perder una cosa por la otra?

Estamos hablando de una comedia, sí, pero no de una comedia cualquiera. Estamos hablando de una comedia de Ozon, perspicaz, inteligente, estridente además, cargada de colores e imaginaría kitsch, pues la cinta tiene lugar en los setenta, época de fuertes colores y fuerte enfrentamientos libertarios e ideológicos, que resulta también ser la misma época en la que se mueve la obra de teatro en que está basado el film. Ligera comedia, sí, pero al mismo tiempo certera y crítica. De igual manera emotiva, agradable y magníficamente actuada. No es fácil hacer algo así, pregúntenle a Woody Allen, que seguro les dirá que sí es fácil. O pregúntenle a Almodóvar, que no sé qué dirá.

Potiche, este domingo 9 de diciembre. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Bancos de plaza, o la soledad coral

por max 25. julio 2012 11:16

 

En 2005, el cineasta francés Bruno Podalydès dejó a un lado las producciones de comedia de misterio bajo la tutela literaria de Gastón Leroux y su investigador Rouletabille (Le mystère de la chambre jaune y Le parfum de la dame en noir), para embarcarse en la dirección de unos de los fragmentos del París, je t´aime, film que se centró en explotar distintas historias de amor en varios distritos de París. Picado por la experiencia, y siguiendo quizás los caminos del cine coral de Claude Lelouch en Francia, y de Robert Altman y Woody Allen en América (sin dejar de recordar la polifonía que tanto ha venido trabajando el mexicano Alejandro González Iñarritu), Podalydès se embarcó entonces en la dirección de Bancos de plaza (Bancs publics [Versailles rive droite], 2009), cinta coral que gira en torno a una plaza, a sus bancos y los negocios y personas que frecuentan la zona. La belleza de la plaza, el banco, se convierte en una metáfora de confrontación del hombre con la soledad. Nada más hermoso y más solitario que una plaza, lugar que dentro de la ciudad está más cerca de la naturaleza, y que sirve, también, para huir del ruido urbano. La plaza es un refugio que nos sumerge en una soledad individual, por decirlo así, una soledad que nos separa de la soledad colectiva de la urbe.

Bruno Podalydès y actores como Mathieu Amalric, Chiara Mastroianni, Emmanuelle Devos, Catherine Deneuve, Michael Lonsdale, Julie Depardieu y Denis Podalydès entre otros, incluyendo al mismo director, manejan el film con delicadeza, ternura y humor, para ofrecernos una visión de la vida y sus pequeños o grandes momentos de soledad y compañía.

Bancos de plaza, el sábado 28 de julio. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Medianoche en París, o Woody Allen y la sabiduría incómoda

por max 12. abril 2012 04:21

 

«Todo tiempo pasado fue mejor», dice la frase conocida. Esa idea siempre estará, la de la Edad de Oro, la de aquel tiempo donde los hombres eran inocentes y estaban más llenos de vida, de ideales, de arte, de ganas de cambiar el mundo. Se añora siempre un planeta donde todo estaba por descubrirse. En un sentido amplio, podríamos decir, un planeta donde había amor, amor por la vida. Las imágenes iniciales de Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011) de Woody Allen nos presentan una ciudad hermosa, fascinante, llena de monumentos, de lugares que hoy en día están ahí, pero que ya fueron. París, a los ojos de la desilusión contemporánea, es un lugar que ya fue, un lugar que vive de sus glorias pasadas. Gil (Owen Wilson), el personaje que camina sus calles en el film de Allen, es un exitoso guionista de Hollywood que siente nostalgia por tiempos mejores, que no le gusta el mundo que habita y cuya prometida (Rachel McAdams) resulta una sierpe de las más representativas. Gil, además, quiere ser escritor, y está escribiendo una novela. Una novela de un hombre que tiene una tienda de antigüedades. El escritor se presenta acá como esa persona que huye de este planeta, esa persona que se inventa sitios para escapar.

En Medianoche en París, Woody Allen ha llevado estas insatisfacciones existenciales a otro plano, digamos que al literal. La aflicción por un tiempo mejor se vuelve real, y Gil, quien se siente fuertemente atraído por los años 30 de París, pasa a conocer, en carne y hueso, a la llamada generación perdida de los escritores norteamericanos (Scott Fitzgerald, Hemingway), a la mecenas y vanguardista Gertrude Stein (Kathy Bates) y a algunos artistas europeos fundamentales como Picasso y Dalí (Adrien Brody). También se encuentra con una hermosísima grupi del arte de nombre Adriana (Marion Cotillard), quien a su vez quisiera vivir tiempos mejores. Para ella, esos tiempos son los de la Belle époque. En definitiva, nos dice Allen, nadie está conforme con el tiempo en que vive. Nadie con sensibilidad puede estarse completamente en este mundo.

Ahora, si bien el veterano director nos presenta un film lleno de nostalgia, también es cierto que vuelve a sus temas de costumbre: los problemas de pareja, las certezas del amor, la infidelidad. Pero en Medianoche en París no se queda en el vacío de las decepciones, en el lado oscuro de las cosas. Esta visión, entiendo, ha causado resquemor y ha provocado que se lancen sobre él acusaciones de facilismo. Sí, quizás los años tengan que ver, quizás sus grandes momentos creativos ya fueron; eso es absolutamente factible. Pero también pienso que quizás, con los años, Allen no se ha vuelto facilón, sino quizás más sabio. A veces, la sencillez de la sabiduría desagrada a las mentes intensas. Porque, de algún modo, la sabiduría podría ser volver al mismo sitio del que se partió: al sitio de la afortunada ignorancia, de la inocencia sencilla de todas las cosas. Allen, quizás sabio ya de tanto no saber nada del amor, plantea una solución a esa inconformidad de estarse en el mundo. Lo verdadero está allí, en esa sencilla respuesta que nos da al final. Ya Allen no se hace preguntas, no interroga a la vida a través del hacer cinematográfico (lo que para muchos es lo valioso del arte). No lo hace, porque ya está en una edad en que quizás pueda darse el lujo de dar algunas respuestas. Ese atrevimiento, esa sencillez al responder, y también esa habilidad de jugar con los lugares comunes al borde del ridículo hace que algunos despotriquen contra el director. Pero, amigos, ya Woody Allen tiene 77 años. A los 77 años, una persona puede darse el lujo de hacer y decir lo que le venga en gana. Y si es alguien como Woody Allen, puede darse el grandísimo tupé de tener algunas respuestas y de jugar con todos los lugares comunes del planeta y aun así, hacer una obra maestra del cine.

Medianoche en París, ese domingo 15 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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General

Día especial con Joel Schumacher (y acá una filmografía)

por max 13. enero 2012 12:46

 

A la orden para dirigir

De Joel Schumacher podemos decir que es de esos directores que están ahí a la orden para dirigir. Podríamos decir que no es un autor a la manera cómo se entendieron autores Scorsese, Coppola o Allen. Pero, de un modo paradójico, Schumacher se ha terminado convirtiendo en un director de filmes de género (el thriller seguro, la comedia segura, la de terror segura; el seguro entre comillas, por favor) que si bien no podemos calificar como fundamentales en la historia de la cinematografía mundial, sí son piezas que tuvieron su momento, piezas que incluso todavía recordamos y que forman parte de la historia del cine norteamericano.

 

Diseño de moda y los ochenta

Schumacher estudió diseño de modas y tiene ese gusto para lo estético que aporta a su obra un interés y una calidad visual que están por encima de la media. Se dio a conocer en los años ochenta, cuando ya el furor del nuevo cine de Hollywood se había asentado (no me atrevo a decir que había pasado) y los ejecutivos, aprovechando aquel empujón, empezaban a hacerse del control de la situación, esta vez tomando como base el trabajo previo de aquellos que revolucionaron la manera de entender, hacer y ganar dinero en el cine a finales de los sesenta. Pero no se crea, Schumacher estuvo allí en esos años del estallido. Ya para 1973 lo tenemos en Los Ángeles (él es de Nueva York) haciendo el vestuario de Sleeper (El dormilón) de Woody Allen (otro de Nueva York). Cabe destacar que el vestuario en esta temprana obra maestra de Allen juega un papel muy importante, muy estrecho, y es así porque está magníficamente logrado en función de la delirante fantasía futurista de Allen. Quizás ya para entonces, Schumacher guardaba para sí el sueño de la dirección, porque al año siguiente (1974), dirige su primer film para televisión, Virginia Hill, la historia de una prostituta amiga del famoso pandillero Bugsy Seagal. Schumacher escribió el guión y dirigió la cinta; y esto hay que anotarlo: en aquellos años (estamos aún en los setenta), quien quería ser autor debía escribir, producir y dirigir su propia cinta. No es de extrañar que él, en aquel entonces, quisiera, pretendiera formar parte del grupo de cineastas del nuevo Hollywood, y anduviera trabajando para ello.


El salto a las estrellas

Después de otro film para televisión en 1975, Amateur Night at the Dixie Bar and Grill, el recién estrenado director por fin da al salto al cine con la comedia de género fantástico The Incredible Shrinking Woman (1981), para luego repetir con otra comedia dos años más tarde, D.C. Cab, protagonizada por Mr. T, comedia (como ya se dijo) a la que se añade mucho de acción. Para este momento, Schumacher ha tomado un camino que marca distancia con respecto al cine autoral. Es un director de éxito, sí, pero enmarcado dentro de las modas y los formatos que impone el cine comercial. En 1985 entrega St. Elmo's Fire, film que irá a formar parte de ese paquete de películas protagonizadas por jóvenes promesas. Recordemos a Sexteen Clandes (1984), Breakfast Club (1985), Pretty in Pink (1986), Ferris Bueller's Day Off (1986), entre otras. El amo absoluto en aquel entonces de este tipo de filmes era el guionista y director John Hughes; así que Shcumacher estuvo allí no para tomar un lugar y quedarse, sino para hacer su aporte, en todo caso más glamoroso y con estrellas un poco más adultas y sensuales como Demi Moore y Rob Lowe, y los ya clásicos del cine juvenil Emilio Estevez, Ally Sheedy y Judd Nelson. A estas alturas Schumacher asentaba una muy buena fama con claves fundamentales: sus películas tenían buena pintas, hacían taquilla y además él sabía dirigir estrellas. Empezaría así a ser un director para estrellas, y a oscilar entre los filmes de fantasía y suspenso y los dramas y las comedias suaves protagonizadas por grandes astros.

 

Entre la luz y la oscuridad

En 1987, Schumacher nos presenta Los muchachos perdidos (The Lost Boys), un film de vampiros protagonizado por figuras juveniles en aquel momento en alza: Kiefer Sutherland, Jason Patric y Corey Haim. Una historia de vampiros en América, vampiros juveniles, guapos y muy bien vestidos (recordemos que Schumacher estudió diseño de moda), pero también al mismo tiempo terroríficos y violentos. Joven espectador que en aquel entonces no se sintió fascinado con Los muchachos perdidos debió de haber estado viviendo a la orilla del mar sin salas de cine alrededor.

Luego, en 1989, el director volvería a hacer una comedia facilona con Ted Danson e Isabella Rosselini, Cousins, y al año siguiente saltaría al suspenso metafísico o científico con Flatliners, otro de los grandes aciertos de su carrera. Allí tendría a Julia Roberts y a Kiefer Sutherland, pero esta vez estaría más cómodo, pues se movería en un terreno donde ya se sentía más a gusto. Flatliners fue otro gran estallido de cartelera, y otra razón más para pensar que Schumacher era un excelente director de filmes de género. Los grandes estudios le tomaron confianza, Julia Roberts lo quería, y ahí estuvo de nuevo con él al año siguiente en Dying Young, un drama facilón, nada del otro mundo, pero protagonizado por ella, y eso era lo que importaba. Siguiendo en la tónica de una para la luz y otra para la oscuridad (tú eliges cuáles películas son de las luz y cuáles de la oscuridad), al año siguiente de Dying Young, Schumacher dirige el que quizás sea su film más original y más ajeno a todas las fórmulas de Hollywood: Falling Down, una verdadera pieza maestra llena de ruido e ira protagonizada por Michael Douglas, haciendo el rol de un desempleado que tiene un día de furia absoluta. Lo que hace aquel hombre, la manera cómo se alza contra toda la estupidez humana resulta tan dura y al mismo tiempo tan sincera que uno no deja de sentirse identificado. Una pieza rara, una pieza que pudiera haber hecho Scorsese, una película que podríamos llamar de autor.

 

 

Batman, Grisham, la caída

Luego vendría un período de la carrera de Schumacher que oscilaría entre John Grisham y Batman. The Client seguido de Batman Forever y luego y A Time To Kill para volver al enmascarado con Batman & Robin, film este último que lo lanzó al foso de la ignominia, pues fue un rotundo fracaso de taquilla y de crítica, tanto que los estudios le quitaron la secuela, y hasta el guión le rechazaron. Los fanáticos y el público lo odiaron, y en alguna entrevista Schumacher aparece pidiendo perdón por haber cometido tan horrendo crimen artísticos, que incluyó, para espanto de todos, tetillas en los trajes de Batman y Robin.

 

Salvadidas y otras lecciones

Al cerrar esta década, Schumacher se juega todo por el todo con dos filmes el mismo año: Ocho milímetros y Fawless. Con Ocho milímetros (8MM, 1999), el cineasta busca la reivindicación en una vuelta a las oscuridades, a los rincones del alma, allí donde (ya lo dije) mejor cine hace. Ocho milímetros, protagonizada por Nicolas Cage y Joaquin Phoenix, nos sumerge en el mundo de los filmes snuff, de la pornografía, del sexo abyecto, de la venganza y la muerte. Nos recuerda sin duda Tesis (1996) de Alejandro Amenábar, pero también Hardcore (1979) de Paul Schrader, un referente quizás mucho más cercano para Schumacher —Schrader formó parte de esa nueva ola de directores de Hollywood— y para Andrew Kevin Walker, el guionista de Se7en (1995), film de David Fincher que cambió la manera de contar y de mirar historias de asesinos en serie. Ocho milímetros es un film que se adentra en las oscuridades del alma, plantea profundo conflictos morales y escarba en torno a la naturaleza del mal. Fawless, por su parte, es un drama con toques de comedia y brochazos de oscuridad. Por supuesto, dos grandes actores lo apoyan: Robert De Niro y Philip Seymour Hoffman. De Niro hace de policía retirado y a punto de infarto, y Philip Seymour Hoffman de travesti adorable.

 

 

Ya con la lección aprendida

Vuelven entonces a subir los números de Schumacher, quien parece haber aprendido su lección, es decir, que lo suyo es el thriller, las oscuridades del hombre, allí donde hay guerras, drogas, asesinatos y mucho suspenso para dejarte pegado a la silla. Por ese camino sigue y nos entrega varios filmes de respetable factura: Tigerland (2000), su único film de guerra baja la batuta protagónica de Colin Farrell; Bad Company (2002), una de identidades suplantadas en el mundo de corrientes subterráneas que es la CIA, acá con Anthony Hopkins y Chris Rocks; Phone Booth (también 2002), otra vez con Colin Farrell y con el viejo amigo Kiefer Sutherlad, un film tenso, milimétrico, que explora también el mundo de la moral y los bajos instintos desde el breve espacio de una cabina telefónica; Veronica Guerin (2003), historia que no se aparta del camino de las oscuridades del alma, del suspenso ni tampoco de los dilemas morales y sociales, en este caso con la venia de Cate Blanchett como heroína. Al año siguiente entrega su primer musical, The Phantom of the Opera, basado en la novela de Gaston Leroux, pero sobre todo, en la obra de Broadway. Mucho decorado, mucho canto, mucho vestuario, mucha teatralidad; seguramente Schumacher se habrá sentido muy libre y muy cómodo contando esta historia que no deja de tener su fascinación por el lado oscuro. Tres años después, es decir, en 2007, Schumacher vuelve con The Number 23, protagonizado por Jim Carrey, un film que explora la naturaleza de la locura, de la escritura de ficción y del crimen. 2009 es el año de Blood Creek, y acá el director hace uso de los elementos de la venganza, las relaciones entre hermanos y la maldad del nazismo. En 2010 nos recibe con Twelve, basado en el libro de Nick McDonell publicado en 2002, cuando McDonell contaba con tan sólo 17 años. Se trata de la historia de un joven acomodado de Nueva York, que, tras abandonar la escuela, se convierte en traficante de drogas de niños ricos; un retrato generacional, una mirada fría y desgarrada a la juventud de nuestros tiempos, heredera de vicios y pocas virtudes. A finales del año pasado estrenó Trespass, protagonizada por Nicolas Cage y Nicole Kidman. Acá Shumacher vuelve a explorar en el mundo de la alta burguesía, quebrando su tranquilidad por medio de un secuestro en casa. Aquel encierro cargado de tensión, resulta una perfecta vía para adentrarse en los conflictos y oscuridades de los secuestradores y los secuestrados.

 

En la balanza de la gloria y la culpas

Joel Schumacher es un director que no puede ser dejado a un lado así nada más. Quizás algunos filmes de él nos parezcan realmente descartables. Son filmes que por ir tras la búsqueda de la taquilla han perdido su horizonte; pero Schumacher es también un director solvente que ha entregado piezas cinematográficas de gran factura con excelentes historias y excelentes actuaciones. Estamos hablando de un director que entre el ir y venir como caballo de batalla de los grandes estudios, ha ido buscando sus temas, sus obsesiones y las historias con las que se siente cómodo y con las que evita no caer tan bajo como cayó en la época de su segundo Batman. ¿Lo ha logrado? Está trabajando en eso, me parece, y todavía le quedan rollos de películas guardados en casa.

 

Lo que nos trae Max

Este mes, Max nos ofrece, tres filmes de Joel Schumacher. El jueves 19, disfruta de Ocho milímetros, Twelve y Los muchachos perdidos, una perfecta oportunidad para recordar los ochenta, para dar el salto de los noventa al siglo XXI, y para darle una vuelta a la joven generación de estos tiempos. La sociedad, sus horrores, sus pesadillas y sus realidades, todo, a través de la mirada de Joel Schumacher.

Recuerda, este jueves 19 de enero, Joel Schumacher estará en Max.

Martin Scorsese, o un chico tímido e inteligente que sabe estallar

por max 25. noviembre 2011 12:46

 

«La suya era una vocación como pocas. Respiraba, comía y cagaba cine». Así llegó a decir Sandy Weintraub de Martin Scorsese, quien sigue teniendo una vocación como pocas, que sigue respirando, comiendo y cagando cine. Se dice que Tarantino sabe mucho de cine porque trabajó en una tienda de videos y todo lo demás, pero quien sabe realmente de cine, quien recuerda cada escena, cada toma de todas las películas que le fascinan es él, Marty, Martin Scorsese.

Era hijo de sastre y de costurera, y siempre anduvo y siempre anda de trajes impecables. Vivió la mayor parte de su vida en el Little Italy de Nueva York, y ama a Nueva York tanto como podría amarla Woody Allen. Sus orígenes son humildes, y vio en las calles de Little Italy, entre todos aquellos inmigrantes italianos, la verdadera cara de la violencia y del mafioso. Entre curas y mafiosos se dice que creció. El joven Marty había visto todas esas cosas y era pequeño, enclenque, sin cuello, cegato. Estaba en las calles, pero digamos que no era apto para ellas. Era testigo, era un ojo observador, pero no protagonista. Se fue a un seminario a estudiar para sacerdote. Pronto dejó el monacal refugio y se fue a buscar otro más profano y cónsono con sus intereses: entró a estudiar cine en NYU. Allí, se encontró con profesores totalmente alejados de las imágenes y de las ideologías del Hollywood de entonces. Allí les hablaban de contar, de hacer cine con lo que conocían, con la vida de la calle. Se creía en el realismo, se creía en la realidad descarnada. El joven Marty había visto cosas, sabía que el mundo de los italianos no era como el de El Padrino de Mario Puzo. Él quería contar estas cosas, él tenía la pasión, el conocimiento vivencial y el c intelectual para contarlas. Era una menta inquita que hablaba a toda velocidad. Hoy día, sigue siendo eso: un hombre vestido con elegancia, que habla a toda velocidad, que no deja de hablar de cine y que sabe hacer cine. Un cine violento y real.

Entonces, en aquellos primeros años, el joven Marty estuvo allí para formar parte de ese Nuevo Hollywood junto a Spielberg, Coppola, Beatty, Altman Kubrick… Coppola, un poco anterior a él, introdujo la fascinación italiana en los estudios y en el público. La fascinación italiana podía ser entendida como las historias de los italoamericanos con pistolas, pero también la fascinación por el cineasta italoamericano, joven y con pretensiones de ser autor, así, a lo europeo, como eran Godard y Truffaut, por ejemplo. De allí que el film que dio a conocer a Scorsese, y que por supuesto le dio problemas en los estudios, como todos los nuevos filmes estaban dando problemas en los estudios, fue Mean Streets (1973). Era una película de la calle, muy cinema verité, que retrataba la vida del barrio italiano de Nueva York según Scorsese. Pequeños negocios sucios, pequeñas vidas, mucha deshumanización, abyección. La realidad de la violencia es cruda, y aquel joven director la mostró como era, un lugar a punto de estallar siempre. La mente del hombre también. Con Scorsese uno entiende que dentro del ser humano habitan oscuridades que lanzan dentelladas. Que el hombre es un animal extraño, y que (ergo) la realidad también es un animal extraño y violento. Desde aquellos primeros tiempos Scorsese ha estado metido allí: rasgando la superficie serena del mundo, haciendo estallar los peligros, las historias, los personajes. Películas como Gangs of New York, Goodfellas, Taxi Driver, Raging Bull, Cape Fear, Casino o Shutter Island son claras muestras de su obsesión por las oscuridades de la mente, y por mostrar cómo el mundo es un lugar peligroso del que nunca estaremos totalmente a salvo. El jovencito delgado, enclenque, temeroso de todo se asoma en estas películas. Un chico contenido que estalla, que también puede generar violencia. Uno de los filmes donde se reflejan tales rasgos de esta parte de la cinematografía de Scorsese es Después de hora (After Hours, 1985). Se trata de una cinta calificada como comedia y que a mí se antoja más bien una épica, pero una épica nocturna y newyorkina. Después de hora es un viaje a la profundidad de la noche, un viaje de héroe que padece, de héroe que no es héroe, de lazarillo de sí mismo. Porque es así, Paul Hackett (Griffin Dunne), el protagonista de Después de hora se va llevando a ciegas a sí mismo a través de una galería de lugares y de personajes de la nocturnidad. Pero acá la picaresca se atenúa, se anula digamos en el alma anglosajona, y más bien nuestro héroe padece, padece como padecería un personaje de Kafka a través de situaciones arropadas por una noche laberíntica. Paul Hackett va rasgando la superficie de la noche, y bajo ésta va descubriendo peligro, locura y muerte. Paul Hackett podría ser una víctima, sí, pero también podría reaccionar y estallar en medio de toda esa vorágine oscura. ¿Un film irreal? La noche tiene un realidad tan irreal, o incluso una irrealidad tan real, que no sabría decir.

Nadie como Scorsese ha sabido hacer de los estallidos de la mente, de la violencia y la locura urbana una forma de arte. Scorsese es el maestro. Los directores de hoy día, como Tarantino o Ritchie, no estarían haciendo el cine que hacen sino es por Scorsese, que abrió esa puerta en los años setenta, y dejó pasar toda la maquinaria de sangre, ruido y furia de su cine. El chico tímido, el chico bien vestido e inteligente, obsesionado con el cine, se alza ahora en la cultura del cine mundial como lo que realmente es: un titán del séptimo arte.

Disfruta el lunes el lunes 28, continuando con el ciclo Sujetos de culto del arte de Martin Scorsese con Después de Hora. Descubre tu sujeto de culto, descubre Max.

Woody Allen, o Nueva York, la comedia y el amor como sujetos de culto

por max 16. noviembre 2011 04:14

 

Un muchacho desordenado que hace una película al año

Woody Allen lleva 44 años haciendo cine, y desde 1984 ha hecho una película por año, sin fallar. Había empezado con la serie en 1977, pero en 1980 no sacó nada al mercado. De lo que sí no cabe duda es que desde 1984 ha hecho una película por año. ¡Es decir, Allen cuenta con más de 40 películas! Bastante, muchísimo para aquel zagaletón que no pasó ninguna de las materias de cine en su lejana juventud, y cuyos profesores incluso dudaban de su sanidad mental. De hecho, uno de ellos le recomendó ir al siquiatra, único asunto en el que Allen fue obediente. Desde aquellos días, el director no falla sus citas con el médico de la cabeza. Claro, alguien dirá que aquello de una película por año es de locos. Y también alguien dirá que la cantidad no se impone sobre la calidad, pero nadie, absolutamente nadie, puede negar la trascendencia del cineasta y la importancia de filmes como Annie Hall, Manhattan, Zelig, Broadway Danny Rose, The Purple Rose of Cairo, entre otros tantos.

 

El camaleón Zelig

Una de las cosas que más me impresiona de Allen es su capacidad para moverse, para saltar de un género a otro sin dejar de ser él. De la ligereza cómica va al peso dramático, dejando siempre su marca. Él es como Zelig, su propio personaje de 1983, un camaleón, un cineasta multifacético que sin embargo, nunca deja ser él mismo. Admirador de Groucho Marx y fanático de Ingmar Bergman y de Federico Fellini, el alma de Allen es una fusión de ideas, temas y estilos donde muy pocas veces falta la mirada del humor. Claro, acá podríamos caer en la suprema tontería de creer que la comedia es un género menor que no refleja profundidades. Pero Allen, siempre, nos habla del alma humana, y es un notable admirador de los griegos, de su mitología y de los arquetipos. Lo más fantástico de él es que hasta en la comedia, la tragedia hace su camino. Allen entiende que el humor es una manera de afrontar el mundo. Pero también es capaz, ya lo dijimos, de dejar el humor a un lado y realizar una historia cargada de drama. El amor, las relaciones de pareja, con frecuencia conforman las obsesiones de sus historias. Pareciera que Allen no entiende el amor, y lo busca y lo piensa, tanto, pero tanto, que ha llegado a ser, paradójicamente, un experto en el tema. Y si hablamos del amor como culpa, mucho más. La culpa y el amor son dos grandes temas humanos, muy judeo-cristianos, y que sin duda apasionan a Allen, quien los ha explorado en todas sus etapas y en todas sus variantes. El amor y la culpa, el amor y el crimen, el amor y la separación. El amor como fracaso, el amor como misterio, como imposibilidad, como perdición, pero al mismo tiempo como belleza suprema y única razón de vida. Allen es un director complejo, no se queda en lo maniqueo, y eso lo hace grande. Sus personajes, hasta el más caricaturesco, tienen profundidad. Y ese es quizás uno de sus logros: hacer que la caricatura tenga alma. Y cuando no se trata de la comedia, la caricatura va a instalarse en la lucha contra el cliché que está en el amor y en la mezquindad del alma humana. Nada más cliché ni más difícil que contar historias de amor, nada más vulgar que la mezquindad del hombre. Pero es hacia allá donde va Allen y donde se bate a muerte con el mal gusto para regalarnos arte.

 

Al comienzo fue el humor, pero pronto también fue Manhattan

Aquel muchacho que estaba más preocupado por escribir buenos chistes, por jugar por las palabras, por burlarse de los judíos y de él mismo con lo más típico del humor judío, empezó escribiendo, precisamente, comedia con el film What´s New Pussycat? en 1965, y ya para 1966 estaba dirigiendo What's Up, Tiger Lily?, un film delirante, donde realmente Allen no dirige sino los diálogos, pues la película ya existe; se trata de un film japonés de acción que Allen deja tal cual y del que sólo sustituye los parlamentos. Luego de esto continuó haciendo filmes cargados de ácida y surrealista comedia, y ésta parecía ser su marca y su camino, hasta que en 1977 empieza a trabajar con historias que tienen lugar en la ciudad de Manhattan. Estamos hablando de Annie Hall (1978), Interiors (1978) y Manhattan (1979). Acá Allen encuentra un nuevo nicho, a parte de la comedia: encuentra su ciudad, y su ciudad comienza a convertirse en tema. Al mismo tiempo, con estos film, Allen se vuelve más introspectivo y aborda de manera más seria el tema amoroso. Desde entonces, y tal como ya señalé, alternará y mezclará drama y comedia, siempre con una delicadeza y un ritmo muy suyo, muy fluido, que siempre deja un grato sabor de vida vivida, de alegría recuperada.

 

De Europa a la casa

Nueva York, personajes neuróticos, humor, sexo, relaciones de pareja, una película de Allen es absolutamente reconocible del resto de las películas de cualquier otro director. Hasta las más recientes, menos afanosas en su arte y más insistentes con el continente europeo, son películas de Woody Allen.

De este su período de vueltas por el viejo mundo, tenemos sin embargo, una que lo devuelve a Nueva York. Hablamos de Whatever Works, de 2009. Un viejo guión que, como ya dijimos en otro texto, se quedó congelado en los años setenta y que Allen retomó en los últimos tiempos. Se trata de una historia protagonizada por un tristón Larry David, genio cínico y amargado que se enamora de una joven chica, y que, a través de ella, baja al mundo material de las relaciones familiares y de pareja. Un film de Allen que redescubre rincones de Nueva York, que busca, que escarba en las verdades del amor (el amor homosexual, el amor de tríos, el amor del hombre maduro con una mujer más joven) y en general, en los caminos de la honestidad y la felicidad. Toda una pieza que rescata el viejo sabor a Manhattan y el viejo sabor a terreno conocido y amado.

No me queda más que invitarte a disfrutar del arte del Woody Allen este viernes 18 de noviembre con la comedia Whatever Works, como parte del ciclo Sujetos de culto, por Max.

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