Ciclo de cine del libro a la gran pantalla

por max 2. abril 2013 04:38

 

En De la Literatura al cine: Teoría y análisis de la adaptación (2000), José Luis Sánchez Noriega nos dice que ya para 1908 productoras como Pathé, empiezan a darle un viso artístico al cine. La misma Pathé funda SCAGL (Sociedad cinematográfica de Autores y Gentes de Letras), y posteriormente Film d´Art. Se contratan escritores, dramaturgos, actores de teatro, músicos de talento, a la búsqueda de hacer adaptaciones de novelas de Alejandro Dumas, Walter Scott, Víctor Hugo, Shakespeare y autores de la antigüedad clásica. Alemania, si bien prefiere argumentos originales, contrata escritores para crear sus historias, nos dice Sánchez Noriega. También W. C. Griffith hablaría de la influencia de Dickens en su estilo. Explica el filósofo Juan Nuño en el ensayo «Cine y literatura» (1989):

 

«La gran innovación producida por Griffith consistió en lograr que la narración cinematográfica fuese una auténtica narración literaria. El cine despega y sale del estrecho marco de la teatralidad en lo que lo habían situado Meliès y los primeros creadores y todo ello gracias a que Griffith se inspira en Dickens y crea para el cine un estilo copiado literario.»

 

S. M. Eisenstein en Dickens, Griffith y el cine actual (1944), enfatiza en esa unión entre el cine y la literatura, y hablando de sus propias influencias nos referirá a Tólstoi, Flaubert y Zola. Esa influencia, acota Nuño, se da en los planos. Es decir, la escena teatral (fija) se vuelve plano y movimiento, y esa es una de las grandes herencias de la literatura narrada al cine. Lo que los une, no solamente es la adaptación de una historia, sino también una manera de mirar al mundo.

Esta relación existe, sin duda, desde los inicios del cine. De la tipografía a la imagen, el trabajo de la traslación de un «formato» al otro conoce la adaptación, la libre inspiración, la versión, el comentario, la mezcla incluso entre la biografía y la ficción. Y claro, lo narrado, las historias, siempre está allí, haciendo puente entre ambos mundos, tan afines y tan diferentes al mismo tiempo.

Este mes y todos los jueves, Max nos trae un ciclo que tiene que ver con esto del cine y literatura, un ciclo especial que va del libro a la pantalla.

Los filmes que podremos disfrutar serán:

 

Jueves 4: El aullido (Howl) original de Allen Ginsberg.

Jueves 11: 2001: A Space Odyssey, original (en parte) de Arthur C. Clark.

Jueves 18: Norwegian Wood, original de Haruki Murakami.

Jueves 25: Hamlet & Otello, original de William Shakespeare.

 

 

Y así, para comenzar, el jueves 4 disfruta de El aullido (Howl, 2010) de Rob Epstein (ganador de tres premios en el festival de Berlín, y de dos estatuillas del Oscar en la categoría de Mejor documental) y Jeffrey Friedman (ganador de tres premios en Berlín junto a Epstein). El aullido toma elementos biográficos y que se inspira por su puesto en el famoso poema de uno de los más grandes poetas beat de Norteamérica, Allen Ginsberg. Entre la animación, el estilo documental, la poesía y el drama, el film es una pieza experimental y de espíritu independiente que nos presenta a James Franco en un rol fuerte y alucinado. Cargado de conflictos, entre la homosexualidad como bandera libertaria y los ideales estéticos que al mismo tiempo resultan marcadamente políticos, Ginsberg se presenta como un personaje atormentado y luchador, a pesar incluso de su temperamento nirvánico, o casi extraterrestre. Tanto la personalidad del poeta, como el mismo poema tienen igual carga dramática. Cabe recordar que en 1955 el poeta Lawrence Ferlinghetti leyó Howl a manera de performace artítisco en la célebre librería City Lights, y que, unos días después, fue detenido por ello. El cargo: propagar, difundir, recitar literatura obscena. Aunque usted no lo crea, a Ginsberg y su poema son llevados a juicio. A ambos se les acusa de impúdicos. Dicho juicio, por supuesto, es uno de los ejes fundamentales de la cinta, bastión que nos recuerda la lucha por la libertad, por la belleza y por el derecho a amar a quien se nos venga en gana. Franco, en su rol, demuestra su valentía y su talento. Los directores, dejan claro sus puntos de vista en un pieza muy digna.

Recuerda, El aullido, este jueves 4 de abril, iniciando el ciclo de películas que inician en el libro y que saltan a la gran pantalla. Amor por el cine, amor por la literatura. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Michel Petrucciani, o los caminos de Michael Radford

por max 27. diciembre 2012 06:15

 

Podemos decir que Michael Radford no es un tipo fácil. Considerado un director promesa en los años ochenta, cuando entregó al mundo la adaptación cinematográfica de George Orwell, 1984 (estrenada en 1984), Radford ha ido de grandes triunfos a sonados fracasos que lo han hecho apartarse del ojo público por años, para luego volver con un nuevo proyecto ajustado a sus búsquedas, a sus necesidades del momento, nunca a la impronta comercial, a veces exitoso, a veces otra vez un fracaso.

Tampoco es fácil Radford con respecto a su vertiente temática: no le gusta encasillarse. No obstante, después de más de cuatro décadas de camino, podemos ver en él varías líneas trazadas. Radford gusta de Shakespeare —gusta de la literatura— (El mercader de Venecia, El Rey Lear, ésta última a estrenarse en 2013, el film 1984), gusta también de la cultura latina (América y España se ven reflejados en filmes como La mula —del que se retiró y del que no quiere ser señalado como su director—, Elsa and Fred —también para 2013—, o Il Postino) y parece que le gusta, finalmente, la música. Como buen inglés (nació en la India de padre inglés y madre australiana) y heredero posiblemente del realismo social, su cinematografía tiene una buena carga crítica, de lucha —es importante la palabra lucha— contra los poderes. No es de extrañar que en los últimos años esté trabajando una cinta protagonizada por el Che Guevera (Castro's Daughter), aunque también allí vemos su gusto por lo latino. Otro tema que ha tocado Radford en su trabajo es la música. Su primer largometraje (en 1980) fue un documental sobre Van Morrison. En 2011 vuelve sobre otro músico, esta vez sobre Michel Petrucciani, y lo hace de igual modo, en formato documental. Aunque, debemos decir, que el mismo Radford confesó que no sabía nada sobre el músico cuando le propusieron realizar el documental. Aun así, cuando comenzó a investigar se dio cuenta de que se trataba de un hombre excepcional, alguien que batalló por encima de todas las circunstancias adversas. Petrucciani no sólo medía menos de un metro, y no sólo poesía un gran talento, sino que representó para Radford una forma titánica de lucha humana por sacar el máximo partido a la vida, y a lo que la vida le dio, sin sumirse en la lástima, sin dejarse derrotar.

De eso trata, Michel Petrucciani (2011) de Michael Radford, de la sorprendente historia de un hombre. Petrucciani nació con una minusvalía física importante, con osteogenia imperfecta (conocida también como la enfermedad de los huesos de cristal), un padecimiento muy raro que se da en una de cada veinte mil personas. Con todo, Petrucciani fue uno de los pianistas de jazz más resaltantes de la historia, y, aunque murió a los treinta y seis años, su historia merece ser contada. Y eso es lo que hace Radford a través de entrevistas —entrevistó a más de treinta y cinco personas—, archivos de video y fotografía, en este documental humano y aleccionador. Radford es sin duda un director de caminos variados que nos ofrece con la profundidad de su pasión, la lucha del hombre ante los avatares de la existencia.

Ya lo sabes, este domingo 30 de diciembre, Max cierra con broche de oro el año con una historia de esperanza y vida: el documental Michael Petrucciani, de Michael Radford.

Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Dumas, o la escritura y el amor a cuatro manos

por max 1. marzo 2012 05:31

 

Hay gente a la que le encanta un misterio, una conspiración, y gente a la que le fascina ver a un ídolo caer. Todos somos humanos, todos queremos tener la «verdadera historia» entre nuestras manos, y queremos que la verdad se parezca a una debilidad humana. Quizás la soberbia académica, la prepotencia del ungido, sea lo que haga que muchos sientan esa necesidad de huir hacia otros argumentos, hacia otras historias. En el fondo, la teoría de la conspiración, o la alegría por la caída del héroe son reacciones del oprimido ante la dictadura de los poderes. No es casualidad que el más reciente film de Roland Emmerich se llame Anonymous (2011), siendo «Anonymous» el nombre del colectivo de hackers que se ha vuelto bandera en Internet de la lucha contra los poderes corporativos y de estado. Anonymous se llama el film que pretende poner en duda la autoría de William Shakespeare y adjudicársela a otro, más educado e interesante, que trabajaba en las sombras. Esto, claro, es el extremo de una teoría. En otros casos, lo que se ha dicho es que Shakespeare es un plagiario que le robaba historias a otros y las presentaba como suyas. Quien dice estas cosas, quizás ignora que el concepto de autoría ha variado a lo largo de los siglos. En los tiempos de Shakespeare, las mismas historias viajaban de pluma en pluma, y lo que ya había escrito uno anterior era retomado por otro, sin que eso significara falta de originalidad o plagio; digamos que había todavía una mezcla entre la historia de origen popular y la autoría individual. Por otro lado, el texto de teatro en sí, no era considerado para aquel momento un trabajo exactamente literario, sino más bien como una guía actoral. En el caso de Shakespeare se dice que piezas como Romeo y Julieta o Hamlet fueron tomadas de obras anteriores, y posiblemente sea así; lo único es que no podemos juzgar a un autor de hace cuatrocientos años con los parámetros de hoy día. Si bien Shakespeare, suponiendo que exista, tomó otros textos anteriores para escribir sus historias, debemos también admitir que al hacerlo las convirtió en algo mucho más grande, de mayor calidad.

Lo fundamental acá, volviendo a nuestro tema, es que siempre está presente esa necesidad de bajar de su pedestal al poder. También, me digo, está esa resistencia del ser humano a creer en el genio desmedido, en el talento perpetuo. Se nos hace difícil creer que alguien realmente pueda producir tanto y con tanta calidad.

Algo similar ha ocurrido con Alejandro Dumas padre. En el caso del gran autor francés, se sabe, incluso por su propio testimonio, que tuvo de sobra lo que en inglés se conoce como «ghost writer», escritor fantasma o negro, como también se le llama. Un negro o escritor fantasma es, por lo general, aquel que escribe en anonimato un libro que firmará otra persona. Hoy día, por ejemplo, las biografías de los políticos o de los actores están firmadas por el respectivo político o actor, pero en realidad fueron escritas por un profesional contratado por la editorial, que nunca dejará saber su nombre. Recordemos, por ejemplo, The Ghost Writer (2010), de Roman Polanski, donde Ewan MacGregor es el escritor fantasma y Pierce Brosnan el ex primer ministro de Inglaterra. Alejandro Dumas llegó a tener más de sesenta «secretarios», quienes en realidad ayudaban al autor en su producción interminable. Dumas publicó más de 500 textos, entre artículos, obras de teatro y novelas; todavía hoy se sigue sacando la cuenta de cuánto escribió. Sus novelas se publicaban como folletines en periódicos y la gente las seguía con pasión. Una historia de Dumas significaba ventas, muchas ventas para el periódico y también mucho dieron para Dumas. Así pues, fue una especie de rockstar de la literatura francesa del siglo XIX, pero al mismo tiempo se vio obligado a contratar ayudantes para que junto a él escribieran las historias. Uno de esos escritores, no tan fantasma —porque el mismo Dumas llegó a concederle su crédito, de boca, nunca por escrito—, fue Auguste Maquet, disciplinado profesor de historia quien trabajó con Dumas en la serie de novelas de los tres mosqueteros, El Conde de Montecristo, La reina Margot, Cagliostro, entre otras también muy conocidas. Al parecer su amistad y asociación duró siete años, y tuvo sus inicios cuando Maquet, en 1844, por intermedio de su amigo el poeta Gérard de Nerval, le hizo llegar a Dumas una obra de teatro, La Noche de Mardi-Gras, que luego el famoso escritor mejoraría y que terminaría siendo publicada con la firma de los dos bajo el nombre de Bathilde. A poco ocurrió lo mismo con una novela de Maquet que estaba en esbozo. Dumas la revisó, la mejoró, y cuando estuvo lista, el editor de ambos decidió que esa novela, firmada en exclusiva por Dumas, tendría más ventas que firmada por los dos. Maquet aceptó, la novela, El Caballero de Harmental, fue publicada y, desde entonces, Maquet, con su excelente capacidad para recrear momentos históricos se convertiría en el colaborador más aventajado de Dumas. Se cree así que Maquet, luego de planificar el esqueleto con su socio, hacía los primeros borradores de las novelas, centrándose además en los detalles históricos. Luego Dumas agregaba lo que le faltaba a Maquet, ese talento indescriptible para ser de la obra una historia realmente apasionante. Al cabo de los años, Maquet se fue cansando del papelito y decidió demandar a Dumas. Esto ocurrió en 1851. No obstante, en 1845, apenas a un año después de ellos conocerse, aparecería el panfleto Casa de Alejandro Dumas y Cía.: Fábrica de novelas, donde Eugene De Mirecourt acusaba a Dumas de publicar el trabajo de otros bajo su nombre. El escritor ganó el caso en aquella ocasión; con Maquet, sin embargo, no tuvo una suerte tan exacta. El juez determinó que Dumas era el autor de sus libros (aún así, en su documento de herencia, Maquet declaró que las obras eran suyas), pero también impuso un pago por diez años (Dumas se había declarado en quiebra, y efectivamente lo estaba, pues se gastaba todo en la buena vida) de cierta cantidad de dinero al demandante.

Protagonizado por Gérad Depardieu como Alejandro Dumas y por el belga Benoît Poelvoorde como Maquet, Dumas (L'Autre Dumas, 2010) de Safy Nebbou, rescata la figura de este olvidado autor, en una mezcla de realidad con ficción muy bien manejada y ambientada. Maquet se nos presenta como un duro trabajador, un hombre organizado que le pone los puntos sobre las íes a la caótica estrella literaria. Sin embargo, queda claro que su dimensión como autor es mucho menor que la del otro. Safy Nebbou ha declarado al respecto: «Maquet no tenía el genio de Dumas; podía pasar horas y horas escribiendo, pero nada cambiaría para mejor. El genio no se aprende.» Con todo, el cineasta trabaja sobre la idea de que ambos se necesitaban. Había alquimia entre ellos, y Dumas, desordenado y subido a la fama, necesitaba a alguien que lo bajara a tierra, lo disciplinara y le diera pautas. Y por supuesto, con la ficción siempre en juego, el conflicto surge justo cuando aparece la joven Charlotte (Mélanie Thierry). Charlotte, admiradora de Dumas, primero tropieza con Maquet y lo confunde con su ídolo. Maquet, ni corto ni perezoso, no aclara la confusión y la alimenta. A partir de este momento, la relación entre ambos hombres, ya no será igual.

El amor, el orgullo, la verdad, la justicia, la libertad y la rebeldía, Dumas, este sábado 3 de marzo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Elizabeth Taylor, o el arte de luchar contra la belleza

por max 9. noviembre 2011 02:52

 

La belleza y el dolor. Si Frida Kahlo hubiera sido hermosa, igual hubiera tenido el dolor, y con el dolor, también hubiera bajado a las profundidades del alma. El dolor te hace bajar. El dolor físico se convierte en dolor metafísico, filosófico, existencial; es una especie de Nirvana amargo amarrado a los huesos. Si Frida hubiera sido hermosa, y además actriz y además víctima del dolor, no se hubiese llamado Frida, sino Elizabeth, Elizabeth Taylor. Porque la Taylor era bella y era actriz, una gran actriz llena de dolor. Porque la belleza puede ser otra forma del dolor. Es así, hay mujeres que son dominadas por su belleza, y se pierden por su causa. Algunas luchan contra ella, intentan que su inteligencia gane la batalla. Pero también, al mismo tiempo, hay algo en la belleza que las arroja a la sensualidad. Para algunas, la belleza es eso, un demonio que se lleva dentro, otro ser que las domina. ¿Fue Elizabeth Taylor una mujer dominada por su belleza, por el demonio de la belleza? El dolor, real, físico, la dominaba. Una afección de espalda eterna, un tumor cerebral. Algo profundo la hería. Tuvo problemas con el vicio. Sin duda, algo la hería. Y lo dijimos, era hermosa. Sólo hace falta verla en Cleopatra (1963). Gran actriz también fue. Sólo hace falta verla en Who's Afraid of Virginia Wolf? (1966). Famosa, talentosa, poseída por su belleza, Elizabeth se casó ocho veces, dos con el mismo hombre: Richard Burton. Creía en el amor, era una enamorada, pero el amor no le duraba. ¿La belleza quizás le jugaba esas malas pasadas? Vivió entregando pedazos de su enorme corazón, y murió de una insuficiencia cardíaca. Así fue Elizabeth Taylor, una mujer bellísima que luchaba contra el dolor, contra el dolor físico, y contra el dolor espiritual. Una mujer que se empeñó en demostrar toda su vida que la belleza no era su único fuerte. Sus ojos, debo decir, siempre fueron los mismos. Los ojos de Frida hablan de tristeza, lo de Elizabeth son insondables. Eran bellos, y decían poco, no podían ser descifrados. Quizás buscaban hacia adentro, buscaban su alma y las razones de su alma. Cansada de su belleza externa, no quería ser de los demás, sino de ella misma, y quizás por eso sus ojos escondían la luz que ella necesitaba para iluminar sus propias verdades.

Siempre pensé que ella debió morir joven porque había sido demasiado bella. Que de vieja había arruinado su imagen, su mito. Pero no, la Taylor fue algo más que una espléndida Cleopatra. Y si se siguió mostrando al mundo, fue quizás para demostrar que a pesar de la belleza perdida, ella seguía siendo Elizabeth Taylor, la actriz, la diva, la verdadera estrella de Hollywood, como pocas quedan.

Como gran actriz que quiso ser, obtuvo tres premios de la Academia, uno en 1961 a Mejor Actriz en Butterfield 8, y otro, en 1966, también en la misma categoría por Who's Afraid of Virginia Woolf? En 1993 la Academia le otorgó el Jean Hersholt Humanitarian Award. Vale la pena resaltar que en Butterfield 8, su rol tenía como base fundamental la belleza. En el film ella interpretaba a una bella modelo, que en parte también era dama de compañía, y cuya vida romántica iba entre la exaltación y el tormento. Es decir, bella, sí, pero igual, gran actriz.

Este viernes 11, dentro del ciclo Sujetos de culto, Elizabeth Taylor interpretará a una fierecilla no tan domada en The Taming of the Shrew (1967), un rol nada fácil, porque por supuesto estamos hablando de Shakespeare, y cuando se habla de Shakespeare hay muchos ojos puestos en los actores, y porque además el personaje de la Taylor, Katherina, es como ya sabemos, una chica rebelde, eléctrica, que evoluciona con rapidez, y que se mueve entre los registros del humor y el drama, entre la indiferencia y el amor.

Recuerda, Elizabeth Taylor será tu Sujeto de culto en The Taming of the Shrew, este viernes 11 de noviembre, por Max.

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