La cueva de los sueños olvidados, o las visiones de Herzog

por max 25. mayo 2012 08:31

 

Werner Herzog siempre me ha parecido un visionario, un loco peligroso, un poeta, un místico. La primera vez que lo vi fue en una entrevista que le hicieran en un festival de cine de Cartagena. Ahí estaba, con una guayabera de colores estampada de alegres palmeras. Tenía un trago en la mano y hablaba alegremente. La cámara había pasado por allí y lo había pillado. Herzog y otro amigo de él, quizás también alemán, habían reaccionado de la mejor manera. Estaban felices. Parecían dos bárbaros de otra época, un par de caballeros medievales disfrutando de un rato de solaz en su castillo antes de partir a la siguiente batalla, a la siguiente extracción de sesos, dientes y tripas.

Sí, Herzog es como un guerrero de otros tiempos. Pero un guerrero monje, porque en él está muy estrechamente arraigada la mirada poética, religiosa o metafísica del mundo. Es un buscador, alguien que siempre tendrá preguntas y que no parará de buscarlas por todo el mundo. En ese sentido, Werner Herzog es un peregrino grandulón, lleno de fuerza, que prefiere tomar siempre los caminos más difíciles, porque por esos caminos es donde realmente se aprende de la vida y del alma.

Cuando hizo Fitzcarraldo (1982) se metió en la selva amazónica, y allí, hizo pasar un enorme barco por encima de una colina. Es decir, lo que hacía su personaje, interpretado por Klaus Kinski (con quien el director tuvo una muy dura relación de amistad-odio), también lo hacía Herzog durante la misma filmación. Brian Sweeney Fitzgerald pensó en traspasar el obstáculo de una colina para cumplir su sueño de edificar un teatro de ópera en el medio de la selva, y para ello, transportó su barco sobre una colina. Herzog hizo lo mismo: pasó el barco por encima de la colina, para también cumplir su meta, su sueño: hacer una película magnífica, una obra maestra. Así es Herzog, un héroe de lo imposible. Iguales son sus personajes: seres que luchan contra todos y contra todo, seres que se rebelan contra el mundo, que ponen el alto sus ideas sobre la existencia y que, por lo general, son aplastados hacia el fin de sus guerras. Esos perdedores son hermosos buscadores de la verdad, espejos del alma del particular cineasta, rasgador de los grandes enigmas. Herzog se acerca a ellos, los sospecha, los intuye, y abre una fisura por donde se asoma y algo otea. Algo saca y algo queda en su alma y en la nuestra. Algo que nos hace más humanos, un poco más inseguros de nuestro lugar y nuestro papel en el mundo, de ese mundo que nos cuentan y nos quieren imponer. Herzog, como todo buscador, como visionario, quiere mirar, porque en la mirada está la fuente de su mística. Esa mirada que va y hurga en los lugares donde pocos han estado, lugares de vida y de muerte, de chispazos de alguna verdad olvidada. De allí quizás que su interés en los últimos años haya girado hacia el documental.

Uno de sus trabajos recientes más impresionantes es Encounters at the End of the World (2007), donde nos muestra fascinantes, nunca vistos paisajes de la Antártida, o Grizzly Man (2005), donde el mismo Herzog pareciera envidarle las imágenes y las delirantes ideas al fallecido Timothy Treadwell, aquel hombre que se creyó la Diane Fossey de los osos. Treadwell grabó durante años sus incursiones a los bosques profundos, allí donde estuvo muchas veces absolutamente solo y hablándole a una cámara sobre su contacto con los osos y sobre sus ideas de lo que es la existencia, hasta que un día, los osos se lo comieron.

En 2011, Herzog se internó en las profundidades del alma de los hombres, allí donde los sueños de un pasado remoto, como dice el mismo Herzog, han sido congelados. Estamos hablando de La cueva de los sueños olvidados (The Cave Of Forgotten Dreams), documental que le permitió al director explorar y capturar el interior de las cuevas de Chauvet al sur de Francia.

Descubiertas apenas en 1994, la cuevas de Chauvet guardan un registro de más de 400 pinturas rupestres de hace 32.000 años, las más antiguas descubiertas hasta el momento. El visionario Herzog pasea a través de sus galerías, que son ya de por sí muestras del arte de la naturaleza, e indaga, con una cámara 3D, en el enigma de lo que ve.

Tal como ha dicho el mismo cineasta, al ver aquello, al contemplarlo, algo nos maravilla y algo nos hace buscar no sabemos qué respuestas ni qué interpretaciones. Sea la sea a la conclusión que lleguemos, acota él mismo, estaremos equivocados, pero sin duda, siempre entenderemos que allí hay algo que se relaciona, a un nivel muy profundo, con nosotros mismos.

Herzog, protagonizando su propio trabajo, explora este mundo antiquísimo y va haciéndose preguntas y maravillándose con las pinturas rupestres. Rasgando siempre, rasgando y mostrándonos aquel lugar ancestral que muy pocos han visto, y que en su silencio, nos habla de nuestra alma.

La cueva de los seños olvidados, de Werner Herzog, este domingo 27 de mayo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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