Sansón y Dalila, o el poder del amor

por max 9. agosto 2011 08:51

 

Sansón y Dalila son dos nombres comunes en las comunidades aborígenes australianas, sobre todo las del centro. Que el director Warwick Thornton haya utilizado estos dos nombres para titular su primer film, Sansón y Dalila (Samson and Delilah, 2009) y llamar así además a sus personajes no es pura casualidad. Allí, en esos dos jóvenes aborígenes enamorados y silenciosos, reposa, metafórica, toda una historia de colonialismo y alienación. La influencia de los colonizadores, su religión, su religión, su mundo, sus ideas, su dominio sobre los aborígenes australianos está allí reflejada. El peso de esos poderes aniquila y subyuga las almas, las vuelve bobas, inútiles, incapaces de rebeldía. El cineasta simboliza la religión como instrumento de dominación, pero al mismo tiempo, como elemento de salvación (ya lo veremos). Ya desde el título, Warwick Thornton nos presenta la idea de la alienación, de una alienación que ha llevado a estos personajes, alegorías quizás de una comunidad mayor, a la barranca del vicio (Sansón es un aspirador de gasolina o petróleo), y al mutismo cultural. Ambos aspectos se proyectan en el film: las drogas y el silencio. Sansón y Dalila no hablan, no pueden hablar. Aun así, la historia es sobre ellos, y habla por ellos, los muestra. Pero los muestra tal como son: una marginalidad cultural, una raza ya minoritaria a la que se les arrebató su territorio y su capacidad de decidir por ellos mismos. No puede haber más que bocas cerradas en este film. No obstante, Thornton, muy hábilmente los hace hablar. Ellos se comunican con el espectador a través de los sonidos, de la música, de sus acciones, de sus cuerpos, de la violencia incluso. Algo en ellos quiere liberarse, y eso lo vemos a través de sus cuerpos, de sus acciones. Y algo en ellos termina, efectivamente, liberándose, a través de la purificación. El mundo los golpea, se ven incluso obligados a huir de su propia comunidad, y a mal establecerse en la ciudad, entre los marginados, prostitutas, delincuentes. En la ciudad, Sansón y Dalila son parte de ese conglomerado que es violento hasta consigo mismo, que no se protege, que no conoce la ley. Sansón y Dalila no son raza, son etnia (esa palabra cómoda que designa minorías), y están al mismo nivel que cualquier escoria social. Para ellos entonces no queda sino el amor. Pero el amor no sólo de ambos, sino el amor religioso que purifica. Paradójicamente, aquello que Warwick Thornton critica, esa dominación y ese abandono en manos del poder que comenzó con la colonización, también se vuelve una respuesta, una salida. El film, no resulta así, una simple fábula maniquea. Lo que ya fue seguirá siendo, lo que hay que hacer es tomar lo verdaderamente valioso de la gran estructura del poder. Y esto verdaderamente valioso es el mensaje original y desvirtuado; nada más y nada menos que el amor como acto de purificación. De la religión tomar el amor, no sus actos de violencia. No es la religión la que falla, sino los hombres. La estructura está allí para ayudarte, sólo tienes que quitar las capas de sucio y vivir lo que verdaderamente te salva. Así, el amor entre Sansón y Dalila no sólo sirve para contar una fábula hermosa y terrible, sino también para mostrar una comprensión de la sociedad que rescata un argumento que muchos consideran caduco y de sobra desprestigiado: el amor como una herramienta mística. Warwick Thornton apela al futuro en un mundo donde el hedonismo, el individualismo a ultranza y cierto capitalismo ciego parecen dominar. Al apelar a este futuro contrapone el agotamiento de la modernidad a una estructura de pensamiento muy antigua: la religiosa, entendiendo lo religioso como una actitud espiritual profunda, de renovación humana.

Sansón y Dalila, el jueves 11 de agosto, por Max.

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