Tamara Drewe, o una comedia campestre de Stephen Frears

por max 18. octubre 2012 05:43

 

Stephen Frears es uno de esos directores que sabe poner el dedo donde duele. Su cinematografía está cargada de sátira y comentario social. No menos esperamos de un director de origen británico, con maravillosos filmes en su haber como My Beautiful Laundrette (1985), Prick Up Your Ears (1987), Sammy and Rosie Get Laid (1987), Dangerous Liaisons (1998), The Grifters (1990), Dirty Pretty Things (2002), Mrs. Henderson Presents (2005), o The Queen (2006).

Su trabajo más reciente, Tamara Drewe (2010), es una comedia costumbrista de carácter coral, que se basa en un tira cómica de periódico creada por la caricaturista y escritora de literatura infantil Posy Simmonds, quien a su vez se basó en la novela Lejos del mundanal ruido de Thomas Hardy, para recrear su mundo dominical. En el film, tenemos a Tamara (Gemma Arterton), una exitosa, joven y atractiva periodista que vuelve a su pueblo natal en la campiña inglesa con el fin de vender la casa de su madre recién fallecida. Allí, Tamara se encontrará con los personajes de su pasado y otros más recientes. Tales aproximaciones servirán para ir excavando en el cuerpo y en las almas de aquel poblado no más infernal que cualquier gran ciudad. Maridos adúlteros, esposas demasiado fieles, estrellas de rock, escritores demasiado clichés en su manera de ver el mundo (es decir, escritores demasiado escritores) y una periodista despechada y ávida de sexo, todo un catálogo de situaciones costumbristas que no por ligeras dejan de presentar una excelente oportunidad para que Frears se adentre en dos de los temas que tan bien maneja y tanto la interesan: los meandros del amor y la sátira social. Una comedia de Stephen Frears al estilo de los Cuentos de Canterbury o a lo Decamerón, nada que se deba dejar pasar.

Tamara Drewe, este sábado 20 de octubre. Reiventa, reimagina… Descubre Max.

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Daniel Day-Lewis, un sujeto de culto que es como un camaleón cool

por max 14. noviembre 2011 15:43

 

Daniel Day-Lewis se ha vendido muy bien como un actor que se toma con calma la actuación. O más bien, como un actor que cuando le interesa, cuando le parece bien, cuando encuentra el papel ideal, cuando no tiene otra cosa que hacer, entonces es cuando actúa. Daniel Day-Lewis es, en definitiva, todo un misterio cool. Según sabemos, Daniel tiene más aserrín en la cabeza que otra cosa. Digo, porque la carpintería es su predilección. De hecho, pensó que algún momento de su vida se entregaría de lleno al oficio de carpintero, pero la actuación no lo dejó tranquilo. ¡Ah, ese mundo de candilejas fastidioso e insistente!

¿Pero cómo fue que Daniel se puso a estudiar actuación? Digamos que por razones ajenas a la fama y esas cosas, según él mismo ha referido. Su padre, un poeta comunista de renombre (Cecil Day-Lewis) lo había puesto en un colegio público donde Daniel se acercó peligrosamente a la delincuencia. Alarmado, comunista pero con dinero de sobra, el padre lo mandó al oscuro internado inglés de Sevenoacks, el más antiguo y conservador en el Reino. Allí, en ese lugar que Daniel llegó a odiar, se puso a estudiar actuación como vía de escape. No era bueno en los estudios, pero sí en la carpintería y en la actuación. Lo de la actuación tampoco fue gratuito. Es decir, no le vino así como así, o simplemente como reacción a la rudeza del internado. Su abuelo, Sir Michael Balcon, había sido un importante productor de cine inglés, y su madre había sido actriz. El padre poeta no tenía por qué quejarse, si hasta un poema le había escrito a su Daniel recién nacido, donde le admiraba su potencia, su fuerza. Tales energías previstas desde el nacimiento debían fluir necesariamente hacia algún modo de expresión, y el arte actoral estuvo allí para servir de conductor.

El asunto es que Daniel, como quien no quiere la cosa, termina siendo actor y no carpintero. En 1985 trabaja en dos filmes que lo dan a conocer: My Beautiful Laundrette de Stephen Frears y A Room with a View de James Ivory. En ambos, Day-Lewis demostrará su talento para la variación interpretativa. En el primero, es un rudo personaje homofóbico que al mismo tiempo gusta de los hombres, y en el otro es un joven caballero que dentro de su estricto temple inglés sufrirá los tormentos de un amor imposible.

Daniel Day-Lewis se mete tanto en los papeles, se apasiona de tal manera, que dejó incluso de hacer teatro porque sumergirse demasiado tiempo dentro de un personaje parecía hacerle daño. En 1989 salió corriendo de las tablas y no ha vuelto más. ¿Qué pasó? Que haciendo de Hamlet sufrió un terrible colapso nervioso, pues en la escena en que Hamlet habla con el espectro de su padre, Daniel creyó estar hablando, a su vez, con su padre muerto, el ya mencionado poeta Cecil Day-Lewis.

Entonces, Daniel resulta ser ese tipo de actor que no actúa mucho no porque la actuación no lo apasione, sino lo contrario: porque se la toma con demasiada intensidad. Y para colmo, elige cada papel. Daniel no acepta cualquier cosa ni se la pasa leyendo guiones todo el tiempo. Dice que si leyera todos los guiones que le llegaran se volvería loco. Él prefiere leer literatura, poesía, y andar con sus asuntos del aserrín. Pero sin duda, Day-Lewis (para no andarle diciendo Daniel todo el tiempo) elige con mucho cuidado sus papeles (y a sus directores), y no tiene ni una manchita actoral (a excepción de aquella del teatro). Los papeles que selecciona, eso sí, siempre son retadores. De hecho, en 1989 (el mismo año que lo de Hamlet) interpretó a Christy Brown, un artista irlandés discapacitado en el film My Left Foot, papel con que ganaría su primer Oscar a Mejor Actor. Y acá comienza parte de la leyenda de Day-Lewis. Se dice —o se sabe— que para entrarle al personaje del artista cuadripléjico pasó meses estudiando a los pacientes de un centro médico para personas discapacitadas en Dublín. Además aprendió a pintar con un cuchillo sujetado por dos dedos de su pie, y durante el rodaje no se levantaba de la silla de ruedas; los miembros del equipo lo llevaban y le daban de comer en la boca. ¿Quieres más? Para hacer de Hawkeye en The Last of the Mohicans (1992), aprendió a pescar con lanza, a despellejar animales y a construir una canoa. Para rodar In The Name of the Fahter (1993) perdió 15 kilos de peso comiendo solo comida de cárcel. Para The Crucible (1996) se fue a vivir en el bosque y se construyó, a mano limpia, la cabaña que sería usada como su casa en la filmación. En The boxer (también de 1996) aprendió a boxear y terminó con la nariz rota y una hernia discal. Para Gangs of New York (2002) aprendió a ser carnicero y a lanzar cuchillos con arte.

Sí, Daniel Day-Lewis es un actor que no solamente no es un desesperado de la actuación que se da largos períodos entre una y otra película, sino que también es muy selectivo y muy exigente con sus papeles. Digamos que, con respecto a los actores de Actors Studio, Daniel ha ido mucho pero mucho más allá en la preparación de sus personajes. Es un tipo excéntrico, pero serio, que todo lo que hace lo hace bien, y que desprecia los abalorios de las candilejas (no se le conocen juergas angelinas; de hecho, no vive en Los Ángeles, sino en Irlanda). Daniel Day-Lewis ha pasado a la historia de la cultural del cine, y él, simplemente, anda viviendo su vida, aprendiendo a ser zapatero por aquí, apartando un poco de aserrín por allá, leyendo de vez en cuando algún guión, revisando sobre todo quién dirigirá la película, llevando las cosas con calma. Se nos antoja que algo oscuro se esconde detrás de él, imaginamos un alma atormentada y sumamente sensible. Pero en el caso de Daniel esto no es problema. Él no cayó en los abismos de Brando o de Dean. Daniel es, simple y llanamente, un atormentado cool que lleva sus tormentos con calma, y más nada. Yo también quiero ser así, ¿quién no?

Este miércoles 16 de noviembre, disfruta del camaleón cool Daniel Day-Lewis en un papel de época y bajo la batuta del gran Martin Sorsese en La edad de la inocencia, por Max.

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