Kubrick, un enigmático sujeto de culto

por max 20. noviembre 2011 11:20

 

 

El falso Kubrick

Recuerdo haber leído alguna vez una noticia que contaba que un estafador se había hecho pasar por Stanley Kubrick para conquistar mujeres. El tipo que se hacía pasar por Kubrick iba a los bares de Los Ángeles, se sentaba en la barra y buscaba a las chicas lindas. Las chicas, muchas de ellas, o casi todas, tratándote de Los Ángeles, tenían aspiraciones actorales. Así que este tipo conversaba con ellas, les decía que era Kubrick y les prometía un papel en su próxima película. Ellas, encantadas, interesadas, pues cedían a los engaños y terminaban en la cama con el falso Kubrick. Era una noticia realmente particular, extraña y divertida. Lo que me llamaba especialmente la atención, era el equívoco por «ignorancia» de estas chicas. Y con esto no quiero decir que Kubrick fuese un santo; la verdad no lo sé. Lo que sí es cierto es que Kubrick no solía salir a divertirse ni a cometer excesos por la noche de Los Ángeles. Kubrick nunca se dejó llevar por las luces de Hollywood, siempre fue un retraído, un ermitaño que sólo pensaba en su trabajo. Uno de esos hombres con talento, con genio, con ego enorme. No, definitivamente Kubrick no hubiera estado en ese bar, porque Kubrick estaba en otra parte, lejos, en las afueras de Londres. Kubrick en realidad, no estaba nunca en ninguna parte. Era un hombre que vivía metido en su mundo.

 

El meticuloso quisquilloso

Un par de años después de muerto, archivadores y cajas y más cajas de materiales de varios tipos ocupaban la casa del cineasta. Era un investigador incansable. Su gran sueño, hacer la vida de Napoleón, se quedó en montañas y montañas de material informativo. El periodista y cineasta Jon Ronson cuenta en alguna parte que cuando visitó la casa de Kubrick, entró a una biblioteca enorme donde todos los libros eran sobre Bonaparte. Así escribió: «Me siento un poco como Shelley Duvall en The Shining, ojeando la novela de su esposo y descubriendo que solo dice la frase: "Puro trabajo y nada de relajo dejan a Jack hecho un estropajo", la misma frase, tipeada una y otra vez, en todas las páginas.» De hecho, cuenta el mismo Ronson, que John Baxter en una biografía sobre Kubrick, lo compara con el mismísimo Jack Torrance. No sabemos si no hizo Napoleón de tanto investigar. No sabemos si fue culpa de Hollywood que canceló el proyecto. Lo cierto es que Kubrick podía tardarse años entre una película y otra por causa de sus investigaciones. En los cincuenta, cuando comenzó, hizo cuatro películas; en los 60, también cuatro; en los setenta, dos; en los ochenta, otras dos, y finalmente una, la última, en 1999. 13 largos en total, más tres cortos. Ese es el resultado de 50 años de carrera cinematográfica. Kubrick, sin duda, se daba su tiempo, vivía en su tiempo, en su mundo. Era meticuloso, era quisquilloso, pero hizo obras maestras.

 

El artista ocupado

¿Hubiera tenido este hombre tiempo para ir a seducir chicas en los bares de Los Ángeles? No, estaba demasiado ocupado queriendo hacer cosas. Y cosas a su manera. Porque Kubrick hizo las cosas con calma, y siempre con curiosidad creativa. Porque allí está la esencia del verdadero artista: la lucha contra el lugar común, su obstinación para meterse donde todos se han metido y sacar de allí algo nuevo. No es de extrañar entonces que hiciera filmes tan diversos, y que saltara de un género a otro con la inquietud de su enorme curiosidad artística: grandiosa producción de Hollywood, ciencia ficción, film histórico, comedia, erotismo, sátira social, terror incluso. Allí se metió Kubrick y desde allí demostró lo que se podía hacer. Que el arte no se divide en baja cultura y alta cultura, o en arte popular y arte académico. No, Kubrick, como todo gran artista, tomaba de todas partes y lo adaptaba a sus gustos. De hecho, la mayoría de los filmes de Kubrick son historias adaptadas de otros; pero adaptadas por él. Los guiones eran su mirada, la producción era suya, la fotografía suya (Kubrick comenzó su carrera como fotógrafo), la dirección suya. Todo lo controlaba, todo era parte de su visión.

 

El visionario visualizador

Por cierto, la palabra «visión» no debe ser tomada a la ligera con Kubrick. Él era un visionario, un visualizador de mundos. Si hay algo fundamental en él es su capacidad para construir mundos, para construir escenas. Si bien mucho de su cine parece un estallido que acontece fuera de lo real, no debemos olvidar que una de sus características esenciales es su capacidad para recrear mundos con absoluta y obstinada fidelidad. Se sabe que para hacer 2001: A Space Odyssey (1968), Kubrick y Clarke hicieron una investigación a fondo de lo que sería el futuro. Se entrevistaron con expertos de la NASA, con expertos en moda de vestir, con expertos en computadoras. De hecho, el film se vendía como una versión «realista» del futuro. El interés escenográfico de Kubrick estribaba siempre en una búsqueda de lo real. Siempre buscaba ser lo más realista posible. Los escenarios alucinados de Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, fueron trabajados con extremo detalle basándose en las ubicaciones reales, a pesar incluso que los militares del Pentágono se negaron a colaborar con él. Sus recreaciones históricas, Spartacus (1960) y Barry Lyndon (1975), son notables. Sí, Kubrick era un gran hacedor de escenografías, cada detalle tenía que ser duplicado a la perfección. Si Tim Burton es un creador de mundos particulares, Kubrick era un gran re-creador de realidades. Sabía que para retar al mundo y sus males, debía instaurarse sobre ese mundo y retarlo. El reto a ese mundo eran sus historias, que sí alcanzaban muchas de ellas niveles realmente alucinantes, absurdos, oníricos incluso. El arte de Kubrick era un espejo, pero un espejo de feria que se burlaba de los hombres.

Este martes 22 de noviembre, disfruta de la última obra maestro de Stanley Kubrick, Ojos bien cerrados, dentro del ciclo Sujetos de culto, por Max.

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