La demora, o las caras de la vejez

por max 25. octubre 2013 05:50

 

Los ancianos, nos dice un paradigma del signo, son fuente de sabiduría. Han vivido mucho, saben mucho, son venerables. También, otro paradigma no muestra a la vejez en el tiempo del reposo, de la tranquilidad, de dejar los oficios del mundo. Por supuesto, de la vejez también vale el paradigma de los males, del deterioro del cuerpo y de la mente, la lejanía del amor. La vejez es un signo, sin duda, lleno de mucha riqueza. Veamos un poco.

 

La vejez como sabiduría

Siempre hemos escuchado a hablar de los famosos grupo o consejos de ancianos de las culturas tradicionales africanas. Aquel famoso consejo de ancianos administraba la ley y la justicia. El consejo solía reunir a la víctima y al culpable, y el daba voz a ambos, a la búsqueda de la comprensión mutua, lo que llevaba a un acto de redención, de purga y de perdón. No sólo la víctima era reivindicada, sino también el victimario.

 

La vejez como decadencia

En el mundo griego parecía haber una doble articulación con respecto a la vejez. Por un lado, la vejez como fin de la belleza del cuerpo, de los placeres que el cuerpo da, y por otro, la vejez como el lugar del fin de las pasiones que agitan a los jóvenes. En cuanto a la primero, recordamos a Mimnermo de Colofón: «¿Qué vida, qué placer hay al margen de la áurea Afrodita? / Morirme quisiera cuando ya no me importen / el furtivo amorío y sus dulces presentes y el lecho, / las seductoras flores que da la juventud / a hombres y mujeres. Pues más tarde acude penosa / la vejez, que a un tiempo feo y débil deja al hombre.» Otro poeta, Anacreonte, se lamenta del rechazo de una bella joven hacia la vejez del sujeto lírico: «De nuevo me arroja su pelota purpúrea / Amor, el de áurea cabellera, / para invitarme a juguetear / con la muchacha de coloreadas sandalias. /Pero ella (como procede de Lesbos / fortificada) mi cabellera desprecia, / pues está ya encanecida, / y hacia otra dirige su boca abierta.» Hay más. En un poema diferente, Anacreonte dice que de nada le sirve la retórica, el conocimiento académico, apolíneo, pues ya está encanecido; mejor, dice, preferir el vino y los placeres. «La nieve ha hecho en mi cabeza su corona; / muchacho, dame agua y vino que el alma me adormezcan / pues el tiempo que me queda por vivir / es breve, demasiado breve. / Pronto me habrás de enterrar / y los muertos no beben, no aman, no desean.»

 

La vejez como remanso (con dinero)

Si bien por este lado la vejez es una desesperación, Platón, en La República, nos presenta otra visión. Céfalo, anciano acomodado, explica que la vejez no es cosa mala, aunque haya escuchado en reuniones a otros ancianos decir que ya no pueden comer ni beber y que los placeres de la juventud y el amor han volado lejos. Céfalo termina diciendo: «La verdad es, Sócrates, que esos pesares y también las quejas sobre las relaciones, deben ser atribuidas a la misma causa que no es la vejez, sino al carácter de los hombres y sus temperamentos; porque el que es de una naturaleza calma y feliz, apenas si sentirá la presión de la edad, pero para el que es de opuesta disposición, tanto la juventud y la vejez le son igualmente una carga.» Céfalo también cita a Sófocles, quien ante la pregunta de cómo combinar el amor con la edad, contesta con una sola palabra, con la palabra paz. Luego completa: «Yo he escapado alegremente de las cosas de la que usted habla; yo me siento como si me hubiera escapado de un amo enfadado y furioso.» Sensación de calma y libertad, acota Céfalo, a lo que finalmente Sócrates, luego de escuchar atentamente, dice: «Sospecho que las personas en general no son convencidas por usted cuando habla así; ellos piensan que la vejez le sienta ligeramente, no debido a su disposición feliz, sino porque usted es rico y es bien sabido que la riqueza es un gran confortador.» Con riqueza pues, toda vejez va bien, va acomodada. La fortuna es pues, como lo ve Sócrates, una especie de almohadón que aligera el peso de los años, la fortuna que te permite el tratamiento, las medicinas, los lujos. Eso allí queda claro.

 

La vejez en La demora

En el film La demora (2012) del director uruguayo radicado en México, Rodrigo Plá (La zona, Desierto adentro), aborda el tema de la vejez desde la perspectiva de aquellos que tienen que asumir los cuidados del viejo; lo que nos lleva directamente al diálogo de Céfalo y Sócrates, y también a María (Roxana Blanco), el personaje principal de la cinta. El padre de María, ya anciano nunca pudo hacerse de bienes de fortuna. Vive con ella, y ha empezado a perder la memoria. María, la heredera de los infortunios, trabaja en una fábrica textil y el sueldo a duras penas le alcanza para mantener a sus hijos y a este padre ya inútil. Estamos sí, ante la vejez decadente, ante ese viejo que en nada se parece a Céfilo, sino más bien a ese ser separado ya del mundo que vemos en Anacreonte y Mimnermo. Esta idea del anciano trae consigo la alienación. El viejo ya no es una máquina útil. El viejo deja de ser hombre-máquina y por lo tanto, ya la estructura del poder no lo necesita y, por lo tanto, lo vomita fuera del centro. El viejo es acá una periferia, el basurero de los trastos viejos. Poco le sirve a su hija. Ella está agobiada por la vida, él no le propina ni sabiduría ni tampoco bienestar económico. Es un viejo decadente, y por lo tanto, María decide, repentinamente, abandonarlo. Ese abandono da paso a la dinámica principal de la cinta, y genera en la visión del director una nueva perspectiva. Tal como los ancianos africanos del consejo, la trama busca el encuentro de la víctima (el anciano) con el victimario (la hija, María) en un juego de arrepentimientos y búsquedas que van a llevar a María, como personaje protagonista, a someter a juicio su propio conciencia y a buscar sus propias redenciones en la recuperación del padre. El padre espera, y el cuento original de Laura Santullo, pareja del director y guionista de la cinta, se llama «La espera». Pero los viejos siempre han esperado. Ya forma parte de nuestro paradigma contemporáneo el ver a estos ancianos abandonados al desuso, a la desidia, al olvido. Lo que no es común, es que quien abandona regrese a rectificar. Es decir, acá la espera del anciano se da porque el abandono se ha de convertir en una demora, no más que en una demora. Y en la demora la gente siempre vuelve, llega; llega tarde, pero llega. Así como también llega la vejez, que nunca, al parecer, llega tarde, sino demasiado pronto, antes de que nos demos cuenta, antes de que, incluso, quienes te rodean se den cuenta que tienen que cargar contigo. En torno a esas personas gira la cinta, en torno a María que, desde la mirada de viejo sabio del director, como aquellos ancianos africanos, que enfrentaban a la víctima y al victimario en un proceso de redención, perdón y catarsis.

La demora, este domingo 27 de octubre, por Max.

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Las viudas de los jueves, o el encierro seguro y la inmortalidad falsa

por max 28. junio 2012 13:54

 

El tema del encierro y la sociedad tiene abolengo. El encierro, como nos lo muestra Horacio Quiroga en su cuento "La realidad" es, al inicio de la historia del hombre, una búsqueda de refugio. El encierro en la caverna fue una necesidad cuyo origen se encuentra en la seguridad. Por supuesto, el encierro como forma de seguridad se nos antoja absolutamente entendible. Pero también ese mismo encierro es entendido de otras maneras, por ejemplo, en Platón. Quien ve la captación del hombre de la realidad como un juego de sombras. Aquel grupo de hombre que imagina Platón, encadenados en una caverna, sólo ven de la realidad las sombras. Las sombras que se proyectan sobre la pared de la caverna. Acá, la imagen del encierro se distorsiona, se vuelve oscura. El encierro, esa seguridad de la caverna, se vuelve un equívoco. En El ángel exterminador de Buñuel, el encierro inexplicable de los burgueses en la sala de una casa, le abre las puertas al cineasta para mostrar toda la furia animal que se esconde tras los códigos sociales. En aquel desgarro de la costumbre social, se entiende, está la crítica a la ceguera burguesa, a la ceguera producida por ese mismo encierro de lo seguro. La seguridad, la sombra de la seguridad produce invidentes sociales. Eso pareciera decirnos Buñuel. En Malpertuis de Jan Ray y luego en la versión cinematográfica de Harry Kümel (1971) la idea del encierro como elemento de distorsión también está muy presente. El encierro es una forma de olvido eterno, la seguridad una especie de falsa inmortalidad, y por lo tanto de endiosamiento. En Malpertuis los confinados a la mansión son dioses griegos, dioses en decadencia. Jung decía que aquellos que fueron dioses se han convertido en enfermedades. Álvaro Mutis en La mansión de Araucaíma (para mí, una verdadera obra maestra) también muestra el encierro como una fuente infinita del mal; una novela gótica en el trópico, una novela del mal con la que Mutis le ganó una apuesta a Buñuel iniciada en una noche de martinis. Era fácil ganarla: el mal, gótico o no, el mal de los enceguecidos, está en todo encierro, en toda seguridad con forma de inmortalidad, incluso en las tierras calientes de nuestra América (Buñuel decía que una novela gótica era imposible por estos lados).

En el cine latinoamericano, hemos conocido algunas herencias al respecto. El film mexicano La zona (2007), dirigido por Rodrigo Plá, gira en torno a la vida dentro de una zona residencial de clase alta, sumamente protegida, donde un día van a parar unos "inocentes" ladronzuelos y por circunstancias azarosas mueren varias personas. Aquella zona residencial es el lugar de los dioses falsos, de aquellos que se piensan más allá del bien y del mal, y que creen que pueden actuar por su cuenta, tomar la justicia en sus manos.

Otro film latinoamericano que también maneja el tema del encierro seguro como generadora de poderes falsos, es Las viudas de los jueves, del cineasta argentino Marcelo Piñeyro. Piñeyro es un reconocido director que ha ganado varios premios Goya por sus filmes El método y Plata quemada, este último basado en una de las novelas fundamentales del autor Ricardo Piglia. Las viudas de los jueves, su más reciente film (es de 2009, Piñeyro es un director que se da su tiempo), se centra también en una comunidad cerrada donde habitan familias de clase acomodadas. Un día, en "Altos de la Cascada", aparecen tres cadáveres flotando en una piscina. Para evitar mayores intromisiones, o molestas intromisiones, los inquilinos etiquetan de inmediato las muertes bajo la rúbrica del accidente. No obstante, el horror de estas tres muertes desencadena un ejército de manos dolorosas que irán desnudando todas las verdades, en un film cargado de buena dosis de suspenso. Los actores Pablo Echarri, Ana Celentano, Leonardo Sbaraglia, Ernesto Alterio, Gloria Carrá y Juan Diego Botto entre otros conforman los personajes de esta ópera coral que sirve al director para mostrar este reducto social que en muchos casos, no por ser reducido, no quiere decir que no controle ni dicte grandes pautas de comportamiento en un determinada nación. Desde su encierro, desde su ceguera, desde su falsa eternidad, pretenden del Olimpo y desde ese Olimpo lanzan sus tentáculos al mundo.

Las viudas de los jueves, este sábado 30 de junio. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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