
En 1917, Marcel Duchamp quiso hacer pasar un objeto utilitario como obra de arte. Aquel objeto, un urinario, firmando por R. Mutt, se titulaba La fuente y fue presentado para participar en la primera exhibición de la Sociedad de Artistas Independientes. Había que pagar una suma muy baja para conseguir un lugar en la exhibición, y no había jurado ni curadores para la misma. Pero aquel urinario fue rechazado. Fue rechazado por los artistas más revolucionarios del momento, porque lo consideraron una burla, una afrenta moral. No era arte, este fue el dictamen. ¿Qué había hecho Duchamp para merecer aquello? Pues aparte de retar el ego de los artistas del momento y de colocarse unas cuantas décadas hacia el futuro, Duchamp hizo algo que no se había hecho hasta el momento: convertir un objeto industrial, utilitario, en una cosa. ¿Pero qué es una cosa? Una cosa es algo indeterminado. Es muy común la frase «¿Qué cosa es ésa?», o bien «Pásame aquella cosa». La cosa es lo indeterminado, aquello que todavía no tiene nombre, aquello que todavía no se sabe lo que es. Lo que no tiene nombre, da miedo, y lo que da miedo se rechaza. Duchamp convirtió a un objeto utilitario en una cosa, algo que no tiene nombre ni aparente utilidad. Duchamp hizo del objeto cotidiano una forma de arte y la llamó ready-made. Desde entonces, la vida de los objetos del mundo industrial, del mundo laico, tiene la posibilidad de rebelarse, de dar el salto allí donde esos objetos se convierten en cosas indeterminadas, peligrosas y, al mismo tiempo, hermosas; lo sublime está muy cercano al horror y a la destrucción. Recordemos también que cuando el Conde de Lautréamont, precursor de los conceptos del arte y de la poesía de las vanguardias, habló de la belleza, dijo lo siguiente: «Bello como el encuentro de una máquina de coser con un paraguas sobre una mesa de disección».
Este miércoles 14, los objetos se rebelan, pasan de ser aquello para los que nos sirven, útiles herramientas del día a día, a cosas con vida que se nos vuelven oscuras realidades, oscuros espejos de nosotros mismos.

Comenzamos con Reflexões de um Liquidificador (2010), comedia brasilera de humor negro dirigida por André Klotzel. Acá, una licuadora gana voz y se convierte en la mejor amiga de una mujer de nombre Elvira. Esta mejor amiga, licuadora mortal, le advierte a Elvira que su mujer tiene una amante. Reflexões de um Liquidificador, una comedia cruel y tan filosa como las hojas del aparato que habla y acusa.

Y seguimos con Neumático (2010) de Quentin Dupieux: la historia de un neumático, simple y llanamente un neumático que se llama Robert y que de buenas a primeras descubre que tiene poderes paranormales. Con ellos, con los poderes paranormales, Robert comenzará, cual asesino en serie, a matar gente por la inmensidad de una solitaria carretera. Se trata, como se ve, de una de las comedias de horror más originales de los últimos tiempos.
Ya lo sabes, este miércoles 14 de diciembre, llega a Max la Rebelión de los objetos. No te la pierdas.