Día especial con Joel Schumacher (y acá una filmografía)

por max 13. enero 2012 12:46

 

A la orden para dirigir

De Joel Schumacher podemos decir que es de esos directores que están ahí a la orden para dirigir. Podríamos decir que no es un autor a la manera cómo se entendieron autores Scorsese, Coppola o Allen. Pero, de un modo paradójico, Schumacher se ha terminado convirtiendo en un director de filmes de género (el thriller seguro, la comedia segura, la de terror segura; el seguro entre comillas, por favor) que si bien no podemos calificar como fundamentales en la historia de la cinematografía mundial, sí son piezas que tuvieron su momento, piezas que incluso todavía recordamos y que forman parte de la historia del cine norteamericano.

 

Diseño de moda y los ochenta

Schumacher estudió diseño de modas y tiene ese gusto para lo estético que aporta a su obra un interés y una calidad visual que están por encima de la media. Se dio a conocer en los años ochenta, cuando ya el furor del nuevo cine de Hollywood se había asentado (no me atrevo a decir que había pasado) y los ejecutivos, aprovechando aquel empujón, empezaban a hacerse del control de la situación, esta vez tomando como base el trabajo previo de aquellos que revolucionaron la manera de entender, hacer y ganar dinero en el cine a finales de los sesenta. Pero no se crea, Schumacher estuvo allí en esos años del estallido. Ya para 1973 lo tenemos en Los Ángeles (él es de Nueva York) haciendo el vestuario de Sleeper (El dormilón) de Woody Allen (otro de Nueva York). Cabe destacar que el vestuario en esta temprana obra maestra de Allen juega un papel muy importante, muy estrecho, y es así porque está magníficamente logrado en función de la delirante fantasía futurista de Allen. Quizás ya para entonces, Schumacher guardaba para sí el sueño de la dirección, porque al año siguiente (1974), dirige su primer film para televisión, Virginia Hill, la historia de una prostituta amiga del famoso pandillero Bugsy Seagal. Schumacher escribió el guión y dirigió la cinta; y esto hay que anotarlo: en aquellos años (estamos aún en los setenta), quien quería ser autor debía escribir, producir y dirigir su propia cinta. No es de extrañar que él, en aquel entonces, quisiera, pretendiera formar parte del grupo de cineastas del nuevo Hollywood, y anduviera trabajando para ello.


El salto a las estrellas

Después de otro film para televisión en 1975, Amateur Night at the Dixie Bar and Grill, el recién estrenado director por fin da al salto al cine con la comedia de género fantástico The Incredible Shrinking Woman (1981), para luego repetir con otra comedia dos años más tarde, D.C. Cab, protagonizada por Mr. T, comedia (como ya se dijo) a la que se añade mucho de acción. Para este momento, Schumacher ha tomado un camino que marca distancia con respecto al cine autoral. Es un director de éxito, sí, pero enmarcado dentro de las modas y los formatos que impone el cine comercial. En 1985 entrega St. Elmo's Fire, film que irá a formar parte de ese paquete de películas protagonizadas por jóvenes promesas. Recordemos a Sexteen Clandes (1984), Breakfast Club (1985), Pretty in Pink (1986), Ferris Bueller's Day Off (1986), entre otras. El amo absoluto en aquel entonces de este tipo de filmes era el guionista y director John Hughes; así que Shcumacher estuvo allí no para tomar un lugar y quedarse, sino para hacer su aporte, en todo caso más glamoroso y con estrellas un poco más adultas y sensuales como Demi Moore y Rob Lowe, y los ya clásicos del cine juvenil Emilio Estevez, Ally Sheedy y Judd Nelson. A estas alturas Schumacher asentaba una muy buena fama con claves fundamentales: sus películas tenían buena pintas, hacían taquilla y además él sabía dirigir estrellas. Empezaría así a ser un director para estrellas, y a oscilar entre los filmes de fantasía y suspenso y los dramas y las comedias suaves protagonizadas por grandes astros.

 

Entre la luz y la oscuridad

En 1987, Schumacher nos presenta Los muchachos perdidos (The Lost Boys), un film de vampiros protagonizado por figuras juveniles en aquel momento en alza: Kiefer Sutherland, Jason Patric y Corey Haim. Una historia de vampiros en América, vampiros juveniles, guapos y muy bien vestidos (recordemos que Schumacher estudió diseño de moda), pero también al mismo tiempo terroríficos y violentos. Joven espectador que en aquel entonces no se sintió fascinado con Los muchachos perdidos debió de haber estado viviendo a la orilla del mar sin salas de cine alrededor.

Luego, en 1989, el director volvería a hacer una comedia facilona con Ted Danson e Isabella Rosselini, Cousins, y al año siguiente saltaría al suspenso metafísico o científico con Flatliners, otro de los grandes aciertos de su carrera. Allí tendría a Julia Roberts y a Kiefer Sutherland, pero esta vez estaría más cómodo, pues se movería en un terreno donde ya se sentía más a gusto. Flatliners fue otro gran estallido de cartelera, y otra razón más para pensar que Schumacher era un excelente director de filmes de género. Los grandes estudios le tomaron confianza, Julia Roberts lo quería, y ahí estuvo de nuevo con él al año siguiente en Dying Young, un drama facilón, nada del otro mundo, pero protagonizado por ella, y eso era lo que importaba. Siguiendo en la tónica de una para la luz y otra para la oscuridad (tú eliges cuáles películas son de las luz y cuáles de la oscuridad), al año siguiente de Dying Young, Schumacher dirige el que quizás sea su film más original y más ajeno a todas las fórmulas de Hollywood: Falling Down, una verdadera pieza maestra llena de ruido e ira protagonizada por Michael Douglas, haciendo el rol de un desempleado que tiene un día de furia absoluta. Lo que hace aquel hombre, la manera cómo se alza contra toda la estupidez humana resulta tan dura y al mismo tiempo tan sincera que uno no deja de sentirse identificado. Una pieza rara, una pieza que pudiera haber hecho Scorsese, una película que podríamos llamar de autor.

 

 

Batman, Grisham, la caída

Luego vendría un período de la carrera de Schumacher que oscilaría entre John Grisham y Batman. The Client seguido de Batman Forever y luego y A Time To Kill para volver al enmascarado con Batman & Robin, film este último que lo lanzó al foso de la ignominia, pues fue un rotundo fracaso de taquilla y de crítica, tanto que los estudios le quitaron la secuela, y hasta el guión le rechazaron. Los fanáticos y el público lo odiaron, y en alguna entrevista Schumacher aparece pidiendo perdón por haber cometido tan horrendo crimen artísticos, que incluyó, para espanto de todos, tetillas en los trajes de Batman y Robin.

 

Salvadidas y otras lecciones

Al cerrar esta década, Schumacher se juega todo por el todo con dos filmes el mismo año: Ocho milímetros y Fawless. Con Ocho milímetros (8MM, 1999), el cineasta busca la reivindicación en una vuelta a las oscuridades, a los rincones del alma, allí donde (ya lo dije) mejor cine hace. Ocho milímetros, protagonizada por Nicolas Cage y Joaquin Phoenix, nos sumerge en el mundo de los filmes snuff, de la pornografía, del sexo abyecto, de la venganza y la muerte. Nos recuerda sin duda Tesis (1996) de Alejandro Amenábar, pero también Hardcore (1979) de Paul Schrader, un referente quizás mucho más cercano para Schumacher —Schrader formó parte de esa nueva ola de directores de Hollywood— y para Andrew Kevin Walker, el guionista de Se7en (1995), film de David Fincher que cambió la manera de contar y de mirar historias de asesinos en serie. Ocho milímetros es un film que se adentra en las oscuridades del alma, plantea profundo conflictos morales y escarba en torno a la naturaleza del mal. Fawless, por su parte, es un drama con toques de comedia y brochazos de oscuridad. Por supuesto, dos grandes actores lo apoyan: Robert De Niro y Philip Seymour Hoffman. De Niro hace de policía retirado y a punto de infarto, y Philip Seymour Hoffman de travesti adorable.

 

 

Ya con la lección aprendida

Vuelven entonces a subir los números de Schumacher, quien parece haber aprendido su lección, es decir, que lo suyo es el thriller, las oscuridades del hombre, allí donde hay guerras, drogas, asesinatos y mucho suspenso para dejarte pegado a la silla. Por ese camino sigue y nos entrega varios filmes de respetable factura: Tigerland (2000), su único film de guerra baja la batuta protagónica de Colin Farrell; Bad Company (2002), una de identidades suplantadas en el mundo de corrientes subterráneas que es la CIA, acá con Anthony Hopkins y Chris Rocks; Phone Booth (también 2002), otra vez con Colin Farrell y con el viejo amigo Kiefer Sutherlad, un film tenso, milimétrico, que explora también el mundo de la moral y los bajos instintos desde el breve espacio de una cabina telefónica; Veronica Guerin (2003), historia que no se aparta del camino de las oscuridades del alma, del suspenso ni tampoco de los dilemas morales y sociales, en este caso con la venia de Cate Blanchett como heroína. Al año siguiente entrega su primer musical, The Phantom of the Opera, basado en la novela de Gaston Leroux, pero sobre todo, en la obra de Broadway. Mucho decorado, mucho canto, mucho vestuario, mucha teatralidad; seguramente Schumacher se habrá sentido muy libre y muy cómodo contando esta historia que no deja de tener su fascinación por el lado oscuro. Tres años después, es decir, en 2007, Schumacher vuelve con The Number 23, protagonizado por Jim Carrey, un film que explora la naturaleza de la locura, de la escritura de ficción y del crimen. 2009 es el año de Blood Creek, y acá el director hace uso de los elementos de la venganza, las relaciones entre hermanos y la maldad del nazismo. En 2010 nos recibe con Twelve, basado en el libro de Nick McDonell publicado en 2002, cuando McDonell contaba con tan sólo 17 años. Se trata de la historia de un joven acomodado de Nueva York, que, tras abandonar la escuela, se convierte en traficante de drogas de niños ricos; un retrato generacional, una mirada fría y desgarrada a la juventud de nuestros tiempos, heredera de vicios y pocas virtudes. A finales del año pasado estrenó Trespass, protagonizada por Nicolas Cage y Nicole Kidman. Acá Shumacher vuelve a explorar en el mundo de la alta burguesía, quebrando su tranquilidad por medio de un secuestro en casa. Aquel encierro cargado de tensión, resulta una perfecta vía para adentrarse en los conflictos y oscuridades de los secuestradores y los secuestrados.

 

En la balanza de la gloria y la culpas

Joel Schumacher es un director que no puede ser dejado a un lado así nada más. Quizás algunos filmes de él nos parezcan realmente descartables. Son filmes que por ir tras la búsqueda de la taquilla han perdido su horizonte; pero Schumacher es también un director solvente que ha entregado piezas cinematográficas de gran factura con excelentes historias y excelentes actuaciones. Estamos hablando de un director que entre el ir y venir como caballo de batalla de los grandes estudios, ha ido buscando sus temas, sus obsesiones y las historias con las que se siente cómodo y con las que evita no caer tan bajo como cayó en la época de su segundo Batman. ¿Lo ha logrado? Está trabajando en eso, me parece, y todavía le quedan rollos de películas guardados en casa.

 

Lo que nos trae Max

Este mes, Max nos ofrece, tres filmes de Joel Schumacher. El jueves 19, disfruta de Ocho milímetros, Twelve y Los muchachos perdidos, una perfecta oportunidad para recordar los ochenta, para dar el salto de los noventa al siglo XXI, y para darle una vuelta a la joven generación de estos tiempos. La sociedad, sus horrores, sus pesadillas y sus realidades, todo, a través de la mirada de Joel Schumacher.

Recuerda, este jueves 19 de enero, Joel Schumacher estará en Max.

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