Desenfocado, o las obsesiones sexuales de Paul Schrader

por max 11. junio 2013 09:45

 

El sexo ha sido uno de los temas principales que Paul Schrader ha tocado durante su carrera, tanto en su rol de guionista como de director. Recordemos que Schrader tomó renombre mundial gracias al guión de Taxi Driver (1976), aquel film que también catapultó a Martin Scorsese. Schrader, tal como cuenta Peter Biskind en Monteros tranquilos, toros salvajes (2004) pertenece a la segunda camada del llamado Nuevo Hollywood, constituida por «los primeros hijos del baby boom, nacidos durante y, en su mayoría, después de la Segunda Guerra Mundial, la generación que se formó en las escuelas de cine, los llamados movie brats, los mocosos, los "niños mimados" de la industria cinematográfica.» Allí Biskind mete a Scorsese, Spielberg, Lucas, De Palma, Malick y por supuesto a Schrader, quien, como muchos de estos nuevos directores, era todo un caso. Anduvo en drogas, se emborrachaba, era dueño de un ego enorme y se cuenta que escribía con una pistola calibre 38 junto a la máquina, y que en ocasiones se ponía sobre la cabeza una corona de espinas de bronce que le hacía sangrar la frente (sus padres eran unos calvinistas muy estrictos). Talento, eso sí, le sobraba, por lo que no es de extrañar que se convirtiese en uno de los guionistas más crudos y temidos de Hollywood. Recordemos, una vez más, que en 1976 se estrenó Taxi Driver, pero también Obsession de Brian De Palma, ambos filmes con guiones de Schrader, ambos de temática realista y cruda. En Taxi Driver, la vertiente del asunto sexual está en la figura de la prostituta Iris, interpretada por Jodie Foster, la jovencita que es «salvada» al final de la cinta por Travis Bickle, aquel ínfimo y solitario taxista interpretado por Robert De Niro. Una marcada influencia de su pasado religioso, hace quizás que la visión de Schrader hacia el sexo sea oscura y punitiva. En Taxi Driver el sexo está cubierto de una patina cosificada, que lo vuelve mercancía y lo desprovee de todo espíritu. El sexo rebaja al ser humano, está allí representado con toda su fuerza y se vuelve el símbolo final de la laureada cinta de Scorsese.

En Hardcore (1979), segundo film bajo su dirección (el primero sería Blue Collar) el tema sexual vuelva a aparecer, pero como tema central, esta vez bajo la forma del emporio de la pornografía. Un hombre de negocios, interpretado por George C. Scott, se adentra en este mundo, urgido de encontrar a su hija menor de edad, quien posiblemente ande dando vueltas por esos sórdidos predios.

Al año siguiente, con American Gigolo, volverá a meterse en las profundidades del sexo como negocio al presentarnos a Richard Gere como el trabajador sexual que atiende señoras maduras y que un día termina enredándose con la esposa de un policía y además metido en el medio de una investigación criminal por causa de la muerte de una de sus clientes.

Otro año más, y el tema sexual será nuevo relevante en la versión del film de 1946 Cat People. Bajo el mismo título, pero esta vez con una fuerte carga erótica, Schrader nos entrega una historia de despertar sexual protagonizada por Nastassja Kinski. Lo terrible de todo: la joven no sólo despierta al sexo, sino que también se va convirtiendo en un terrible pantera negra. ¿A alguien le cabe dudas? Una vez más están allí el sexo y lo oscuro claramente entrelazados.

Luego de unos cuantos años tambaleando con proyectos más o menos interesantes, vuelve Schrader a sus obsesiones sexuales en The Comfort of Strangers (1990), donde hay una mezcla entre lo erótico comercial (Venecia, pareja bonita, misterio y seducción), y el amargo drama sicológico en el que el sexo tiene un protagonismo profundo y perverso. Light Sleeper, dos años más tarde, retoma indirectamente algo de esa tensión sexual a través de una serie de asesinatos a mujeres. El mundo de la droga, la redención, la muerte, y por supuesto, el sexo están allí con una fuerte carga. En 1999 vendría Forever Mine, un thriller en el que la infidelidad, la venganza y la muerte hacen un coctel sobrecogedor. Lo sexual siempre en puertas, siempre dominando los cuerpos y las mentes, siempre oscuro y retorcido.

Schrader mantiene así su visión todos estos años, y en 2002 la expande con Desenfocado (Auto Focus), un film biográfico que se centra en la vida de Bob Crane, en sus idas y venidas por el mundo de la fama, desde que era un simple disc jockey hasta su rol protagónico y de éxito en la serie de los sesenta Hogan´s Heroes. Compartiendo protagonismo están Greg Kinnear, como Bob Crane, y Willem Defoe (reincidente con Schrader) en el rol de John Henry Carpenter, un gerente de ventas regional de Sony Electronics. ¿Dónde está el oscuro tema sexual en todo esto? Pues que Crane, desde que conoció a Carpenter, se dedicó a cazar mujeres en bares. Cada vez que Crane andaba de gira por los circuitos de comedia, Carpenter lo acompañaba y, luego de las presentaciones, se iban a los sitios a enganchar mujeres. Aprovechando la incierta fama de Crane (hombre casado que no bebía), seducían a las mujeres y luego se las llevaban a la cama. La diversión verdadera de todo aquello estaba en grabar las sesiones sexuales con los nuevos y maravillosos aparaticos que el técnico de la Sony facilitaba (estamos en los inicios de los aparatos de videos caseros).

Allí, como se ve, el tema del abismo sexual está muy presente. Crane se convirtió en un adicto al sexo que empezó a ver cómo lo poco que quedaba de su carrera y de su vida familiar se iba desmoronando en los desesperos de la paranoia y de la culpa. La profunda crisis al final se resuelve en muerte, pues Crane terminó golpeado brutalmente —y muerto— por lo que se supone era el trípode una cámara. Carpenter, claro está, fue acusado, aunque nunca pudo comprobársele nada. No está de más decir que el asesinato de Crane sigue sin resolverse hoy en día.

Schrader retrata esa vida y esa obsesión sexual en este film poco convencional que va desde los colores de un sitcom de los años cincuenta hasta una cinematografía más sucia y lavada que obedece a la caída en el abismo del desenfreno sexual y la culpa. Desenfocado es una pieza fundamental en la obra de Schrader. Acá, con mayor fuerza incluso que en Taxi Driver, se ponen de manifiesto los temas del sexo, el pecado, la culpa y la naturaleza de la fama. Esos son sus temas, esas son sus miradas, sus obsesiones.

Desenfocado, este jueves 13 de junio. Obsesión, sexo, deseo, muerte, lo mejor del cine de Hollywood. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Día especial con Joel Schumacher (y acá una filmografía)

por max 13. enero 2012 12:46

 

A la orden para dirigir

De Joel Schumacher podemos decir que es de esos directores que están ahí a la orden para dirigir. Podríamos decir que no es un autor a la manera cómo se entendieron autores Scorsese, Coppola o Allen. Pero, de un modo paradójico, Schumacher se ha terminado convirtiendo en un director de filmes de género (el thriller seguro, la comedia segura, la de terror segura; el seguro entre comillas, por favor) que si bien no podemos calificar como fundamentales en la historia de la cinematografía mundial, sí son piezas que tuvieron su momento, piezas que incluso todavía recordamos y que forman parte de la historia del cine norteamericano.

 

Diseño de moda y los ochenta

Schumacher estudió diseño de modas y tiene ese gusto para lo estético que aporta a su obra un interés y una calidad visual que están por encima de la media. Se dio a conocer en los años ochenta, cuando ya el furor del nuevo cine de Hollywood se había asentado (no me atrevo a decir que había pasado) y los ejecutivos, aprovechando aquel empujón, empezaban a hacerse del control de la situación, esta vez tomando como base el trabajo previo de aquellos que revolucionaron la manera de entender, hacer y ganar dinero en el cine a finales de los sesenta. Pero no se crea, Schumacher estuvo allí en esos años del estallido. Ya para 1973 lo tenemos en Los Ángeles (él es de Nueva York) haciendo el vestuario de Sleeper (El dormilón) de Woody Allen (otro de Nueva York). Cabe destacar que el vestuario en esta temprana obra maestra de Allen juega un papel muy importante, muy estrecho, y es así porque está magníficamente logrado en función de la delirante fantasía futurista de Allen. Quizás ya para entonces, Schumacher guardaba para sí el sueño de la dirección, porque al año siguiente (1974), dirige su primer film para televisión, Virginia Hill, la historia de una prostituta amiga del famoso pandillero Bugsy Seagal. Schumacher escribió el guión y dirigió la cinta; y esto hay que anotarlo: en aquellos años (estamos aún en los setenta), quien quería ser autor debía escribir, producir y dirigir su propia cinta. No es de extrañar que él, en aquel entonces, quisiera, pretendiera formar parte del grupo de cineastas del nuevo Hollywood, y anduviera trabajando para ello.


El salto a las estrellas

Después de otro film para televisión en 1975, Amateur Night at the Dixie Bar and Grill, el recién estrenado director por fin da al salto al cine con la comedia de género fantástico The Incredible Shrinking Woman (1981), para luego repetir con otra comedia dos años más tarde, D.C. Cab, protagonizada por Mr. T, comedia (como ya se dijo) a la que se añade mucho de acción. Para este momento, Schumacher ha tomado un camino que marca distancia con respecto al cine autoral. Es un director de éxito, sí, pero enmarcado dentro de las modas y los formatos que impone el cine comercial. En 1985 entrega St. Elmo's Fire, film que irá a formar parte de ese paquete de películas protagonizadas por jóvenes promesas. Recordemos a Sexteen Clandes (1984), Breakfast Club (1985), Pretty in Pink (1986), Ferris Bueller's Day Off (1986), entre otras. El amo absoluto en aquel entonces de este tipo de filmes era el guionista y director John Hughes; así que Shcumacher estuvo allí no para tomar un lugar y quedarse, sino para hacer su aporte, en todo caso más glamoroso y con estrellas un poco más adultas y sensuales como Demi Moore y Rob Lowe, y los ya clásicos del cine juvenil Emilio Estevez, Ally Sheedy y Judd Nelson. A estas alturas Schumacher asentaba una muy buena fama con claves fundamentales: sus películas tenían buena pintas, hacían taquilla y además él sabía dirigir estrellas. Empezaría así a ser un director para estrellas, y a oscilar entre los filmes de fantasía y suspenso y los dramas y las comedias suaves protagonizadas por grandes astros.

 

Entre la luz y la oscuridad

En 1987, Schumacher nos presenta Los muchachos perdidos (The Lost Boys), un film de vampiros protagonizado por figuras juveniles en aquel momento en alza: Kiefer Sutherland, Jason Patric y Corey Haim. Una historia de vampiros en América, vampiros juveniles, guapos y muy bien vestidos (recordemos que Schumacher estudió diseño de moda), pero también al mismo tiempo terroríficos y violentos. Joven espectador que en aquel entonces no se sintió fascinado con Los muchachos perdidos debió de haber estado viviendo a la orilla del mar sin salas de cine alrededor.

Luego, en 1989, el director volvería a hacer una comedia facilona con Ted Danson e Isabella Rosselini, Cousins, y al año siguiente saltaría al suspenso metafísico o científico con Flatliners, otro de los grandes aciertos de su carrera. Allí tendría a Julia Roberts y a Kiefer Sutherland, pero esta vez estaría más cómodo, pues se movería en un terreno donde ya se sentía más a gusto. Flatliners fue otro gran estallido de cartelera, y otra razón más para pensar que Schumacher era un excelente director de filmes de género. Los grandes estudios le tomaron confianza, Julia Roberts lo quería, y ahí estuvo de nuevo con él al año siguiente en Dying Young, un drama facilón, nada del otro mundo, pero protagonizado por ella, y eso era lo que importaba. Siguiendo en la tónica de una para la luz y otra para la oscuridad (tú eliges cuáles películas son de las luz y cuáles de la oscuridad), al año siguiente de Dying Young, Schumacher dirige el que quizás sea su film más original y más ajeno a todas las fórmulas de Hollywood: Falling Down, una verdadera pieza maestra llena de ruido e ira protagonizada por Michael Douglas, haciendo el rol de un desempleado que tiene un día de furia absoluta. Lo que hace aquel hombre, la manera cómo se alza contra toda la estupidez humana resulta tan dura y al mismo tiempo tan sincera que uno no deja de sentirse identificado. Una pieza rara, una pieza que pudiera haber hecho Scorsese, una película que podríamos llamar de autor.

 

 

Batman, Grisham, la caída

Luego vendría un período de la carrera de Schumacher que oscilaría entre John Grisham y Batman. The Client seguido de Batman Forever y luego y A Time To Kill para volver al enmascarado con Batman & Robin, film este último que lo lanzó al foso de la ignominia, pues fue un rotundo fracaso de taquilla y de crítica, tanto que los estudios le quitaron la secuela, y hasta el guión le rechazaron. Los fanáticos y el público lo odiaron, y en alguna entrevista Schumacher aparece pidiendo perdón por haber cometido tan horrendo crimen artísticos, que incluyó, para espanto de todos, tetillas en los trajes de Batman y Robin.

 

Salvadidas y otras lecciones

Al cerrar esta década, Schumacher se juega todo por el todo con dos filmes el mismo año: Ocho milímetros y Fawless. Con Ocho milímetros (8MM, 1999), el cineasta busca la reivindicación en una vuelta a las oscuridades, a los rincones del alma, allí donde (ya lo dije) mejor cine hace. Ocho milímetros, protagonizada por Nicolas Cage y Joaquin Phoenix, nos sumerge en el mundo de los filmes snuff, de la pornografía, del sexo abyecto, de la venganza y la muerte. Nos recuerda sin duda Tesis (1996) de Alejandro Amenábar, pero también Hardcore (1979) de Paul Schrader, un referente quizás mucho más cercano para Schumacher —Schrader formó parte de esa nueva ola de directores de Hollywood— y para Andrew Kevin Walker, el guionista de Se7en (1995), film de David Fincher que cambió la manera de contar y de mirar historias de asesinos en serie. Ocho milímetros es un film que se adentra en las oscuridades del alma, plantea profundo conflictos morales y escarba en torno a la naturaleza del mal. Fawless, por su parte, es un drama con toques de comedia y brochazos de oscuridad. Por supuesto, dos grandes actores lo apoyan: Robert De Niro y Philip Seymour Hoffman. De Niro hace de policía retirado y a punto de infarto, y Philip Seymour Hoffman de travesti adorable.

 

 

Ya con la lección aprendida

Vuelven entonces a subir los números de Schumacher, quien parece haber aprendido su lección, es decir, que lo suyo es el thriller, las oscuridades del hombre, allí donde hay guerras, drogas, asesinatos y mucho suspenso para dejarte pegado a la silla. Por ese camino sigue y nos entrega varios filmes de respetable factura: Tigerland (2000), su único film de guerra baja la batuta protagónica de Colin Farrell; Bad Company (2002), una de identidades suplantadas en el mundo de corrientes subterráneas que es la CIA, acá con Anthony Hopkins y Chris Rocks; Phone Booth (también 2002), otra vez con Colin Farrell y con el viejo amigo Kiefer Sutherlad, un film tenso, milimétrico, que explora también el mundo de la moral y los bajos instintos desde el breve espacio de una cabina telefónica; Veronica Guerin (2003), historia que no se aparta del camino de las oscuridades del alma, del suspenso ni tampoco de los dilemas morales y sociales, en este caso con la venia de Cate Blanchett como heroína. Al año siguiente entrega su primer musical, The Phantom of the Opera, basado en la novela de Gaston Leroux, pero sobre todo, en la obra de Broadway. Mucho decorado, mucho canto, mucho vestuario, mucha teatralidad; seguramente Schumacher se habrá sentido muy libre y muy cómodo contando esta historia que no deja de tener su fascinación por el lado oscuro. Tres años después, es decir, en 2007, Schumacher vuelve con The Number 23, protagonizado por Jim Carrey, un film que explora la naturaleza de la locura, de la escritura de ficción y del crimen. 2009 es el año de Blood Creek, y acá el director hace uso de los elementos de la venganza, las relaciones entre hermanos y la maldad del nazismo. En 2010 nos recibe con Twelve, basado en el libro de Nick McDonell publicado en 2002, cuando McDonell contaba con tan sólo 17 años. Se trata de la historia de un joven acomodado de Nueva York, que, tras abandonar la escuela, se convierte en traficante de drogas de niños ricos; un retrato generacional, una mirada fría y desgarrada a la juventud de nuestros tiempos, heredera de vicios y pocas virtudes. A finales del año pasado estrenó Trespass, protagonizada por Nicolas Cage y Nicole Kidman. Acá Shumacher vuelve a explorar en el mundo de la alta burguesía, quebrando su tranquilidad por medio de un secuestro en casa. Aquel encierro cargado de tensión, resulta una perfecta vía para adentrarse en los conflictos y oscuridades de los secuestradores y los secuestrados.

 

En la balanza de la gloria y la culpas

Joel Schumacher es un director que no puede ser dejado a un lado así nada más. Quizás algunos filmes de él nos parezcan realmente descartables. Son filmes que por ir tras la búsqueda de la taquilla han perdido su horizonte; pero Schumacher es también un director solvente que ha entregado piezas cinematográficas de gran factura con excelentes historias y excelentes actuaciones. Estamos hablando de un director que entre el ir y venir como caballo de batalla de los grandes estudios, ha ido buscando sus temas, sus obsesiones y las historias con las que se siente cómodo y con las que evita no caer tan bajo como cayó en la época de su segundo Batman. ¿Lo ha logrado? Está trabajando en eso, me parece, y todavía le quedan rollos de películas guardados en casa.

 

Lo que nos trae Max

Este mes, Max nos ofrece, tres filmes de Joel Schumacher. El jueves 19, disfruta de Ocho milímetros, Twelve y Los muchachos perdidos, una perfecta oportunidad para recordar los ochenta, para dar el salto de los noventa al siglo XXI, y para darle una vuelta a la joven generación de estos tiempos. La sociedad, sus horrores, sus pesadillas y sus realidades, todo, a través de la mirada de Joel Schumacher.

Recuerda, este jueves 19 de enero, Joel Schumacher estará en Max.

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