Gorbaciof, los gestos del bien y del mal

por max 1. marzo 2013 15:42

 

El mundo está lleno de pícaros, y estos, por lo general, suelen hablar mucho. Para darte vuelta, para marearte, para confundirte. Pero detrás de todo pícaro hay un gran silencio. Hay pícaros, por supuesto, que podrían no ser muy habladores. De todo hay en la viña del Señor. Podría ser un pícaro que sabe que en boca cerrada no entran moscas. Sin embargo, en todo pícaro hay algo eléctrico. Si no es la voz, puede ser su cuerpo que sea eléctrico. Detrás de esa electricidad de la voz o del cuerpo, en esa gestualidad exagerada está el poseso medieval. Es decir, todo gesto desarticulado, todo movimiento paroxístico es una ruptura de la norma, de la corrección cultural. Esa singularidad rebelde tuvo en otros tiempos carácter demoníaco, así como también lo tuvo la risa, lo cómico. De todo aquello hemos heredado, entre otros personajes, al pícaro. Su verborrea y su exceso corporal son un indicio del mal que lo habita. Su gestualidad es una especie de marca de Caín que lo señala por el pecado cometido. De allí quizás la marca que exhibe el actor Toni Servillo en Gorbaciof (2010) de Stefano Incerti. Se trata de una marca a lo Mijaíl Gorvachov, antiguo Presidente de la Unión Soviética que alguna vez, en esa maremágnum de disparates que recorren el mundo, fue comparado con el Anticristo o algo por el estilo, formulación que tenía parte de su asentamiento en la mancha de su frente, su número de la Bestia. Por supuesto, el Anticristo y el mal no pueden tener una relación más estrecha. Ni tampoco el magnífico actor Toni Servillo podía estar mejor enlazado con este personaje. Recordemos, por ejemplo, que en Il Divo (2008) de Paolo Sorrentino, Servillo interpreta a Giulio Andreotti. Su actuación está sumamente marcada por las facciones secas y los gestos cerrados y gibosos del famoso y controversial político. Servillo sabe, como todo gran actor, comunicar también con su cuerpo y su rostro. Lo mismo hace al interpretar a Gobarciof, ese carcelero ludópata que roba dinero de los presos, que poco habla pero que dice mucho del pícaro que lleva por dentro a través de sus movimientos torpes y acelerados, casi epilépticos. No habla gran cosa el personaje, tampoco puede comunicarse con la muchacha de origen asiático en quien cree encontrará el amor. A ella la ha visto en un restaurante chino, de ella se prenda, y para ella luego deberá sacar al exterior el bien que lleva adentro. Los gestos también le sirven para ello. El cuerpo y esos gestos, en todo caso, pueden servir tanto para el mal como para el bien, tanto como para anunciar tu picardía como para entenderte en el lenguaje del amor. En ese sentido, podemos decir, con todo el permiso del cliché reverso, que el mal también es universal y que también tiene sus movimientos clásicos, universales, reconocidos. En el personaje Gorbaciof conlleva toda aquella complejidad, pues no es sólo es el pícaro, un ladrón que roba a ladrón (pero sin redención) sino aquel que igualmente busca salvarse a través del amor.

Un film totalmente de actuación, que corre, como ya se dijo, por parte de Servillo, llevado además con mano sobria. Stefano Incerti, con el fin de marcar el peso de tamaño de actor, no se ha ido a los virtuosismos cinematográficos, sino que ha dejado la cámara allí como testigo de los acontecimientos que van llevando las picardías y los amores, de ese bien y de esa mal que se entrecruzan en la vida de Gorbaciof.

Gorbaciof, este domingo 3 de marzo. Picaresca, amor, excelentes actuaciones. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Il Divo, o el arte de ser ángel y demonio al mismo tiempo

por max 16. abril 2011 22:40

 

 

El miércoles 11 de mayo comienza la 64° Festival de Cine de Cannes, y en Max le rendimos homenaje con un ciclo de obras maestras ganadoras en el festival. Comenzaremos con Il Divo, de Paolo Sorrentino, film que obtuviera el Premio del Jurado en 2008. Il Divo se centra en la vida del conocido político italiano Giulio Andreotti. El Divino, como le dicen, es todo un personaje de la vida real que parece sacado de la imaginación de un mordaz escritor satírico. Andreotti tiene un rostro muy particular, una estampa única, con una manera de andar recta, con los brazos pegados, como si su cuerpo fuese un escudo que no deja salir las más profundas oscuridades del alma. Porque Andreotti, llamado el Divino quizás por sus estrechas relaciones con el Vaticano, quizás porque reza todos los días, quizás porque habla latín a la perfección, quizás por demócrata cristiano, quizás porque tiene mucho carisma, quizás porque es amado por muchos, es también conocido como Belcebú. Belcebú porque el diablo sabe más por viejo que por diablo, y porque le sobran enemigos, tanto como adoradores. Belcebú, sí, Belcebú porque se dice que tuvo relaciones, o negocios, con la mafia. Porque fue siete veces Primer Ministro, y porque durante 45 años fue veinte veces miembro de todos los gobiernos. Porque tuvo mucho poder, y el poder, de una u otra manera, siempre termina relacionándose con el mal. Porque se le ha acusado de corrupción, porque tuvo que ver con el famoso Tangentópolis, un caso de corrupción que se inició en Milán, y que involucró comisiones (tangente en italiano es comisión, y polis por la ciudad de Milán: es decir, la ciudad de la comisiones). Se le conecta de igual manera con la quiebra del banco Ambrosiano (el banco del Vaticano), con comisiones por los contratos de petróleo Enim-Petronim y con la compra de aviones de la Lockheed. Hasta se le acusó de haber mandado a asesinar al periodista Mino Pecorelli, quien investigaba sobre la muerte del mítico político de la democracia cristiana, Aldo Moro. Moro, se sabe, murió a manos de las Brigadas Rojas en el año 1979; sin embargo, el asunto no es tan sencillo como parece, y más de un político estuvo allí involucrado. Con todo, el Incombustible, como también le dicen a Andreotti, no se ha quemado con tanta persecución, y ha salido airoso, con sus 92 años encima de la andana de cargos. Este hombre, este lindo viejito, con sobrado humor, ha dejado perlas como esta: «Es pecado pensar mal de los otros, pero con frecuencia se acierta».

Il Divo, protagonizado por Toni Servillo, se mete a profundidad en las gesticulaciones y la sicología del célebre político y aporta una interpretación notable. Su joven director, Paolo Sorrentino, nos presenta, a través de este film estilizado y lleno de movimientos de cámara, un momento específico de la vida del Divino, pero también viaja hacia su pasado y nos muestra hitos claves en la vida de este personaje tan fundamental en la sociedad italiana del siglo XX. Sorrentino ha hecho un film político, cargado de acidez, humor, drama y suciedad, un film heredero de los grandes cineastas italianos, de la gran tradición del arte. En Il Divo, la corrupción y el cinismo campean, así como la violencia, el asesinato y la corrupción. Todo medio justifica su fin. Pero la pregunta es, ¿cuál fin?

Il Divo, el miércoles 11 de mayo, comenzando el ciclo de filmes premiados en Cannes que Max nos trae en exclusiva.

Y ya lo sabes, descubre Max.

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