Esplendor en la hierba, o las tensiones sexuales de Natalie Wood

por max 6. noviembre 2011 06:23

 

Faltaban todavía unos años para el mayo del 68, el famoso Código Hays seguía en pie, y Natalie era una muchacha linda y agradable, que alguna vez fue una niña estrella, y que como niña estrella era genial. Orson Welles llegó a decir con respecto a la niña actriz: «Ella es tan buena que me asusta.» No se esperaba mucho más de ella, eso sí. Las niñas actrices pocas veces continúan su carrera de adultas. No obstante, en 1955, a los 17 años, Natalie Wood pasó a hacer su primera película adulta junto con James Dean en Rebel Without a Cause.

No fue fácil convencer a los estudios. A Hollywood le gusta encasillar a sus actores, encasillarlos es una manera de controlarlos. Pero Dean había trabajado con ella en televisión y le había gustado. Así que la propuso para la película. Los ejecutivos se negaron, pero al final la chica obtuvo el papel gracias al apoyo del astro más sensual del momento y a la insistencia de la madre de Natalie, mujer terca y obsesiva, empeñada siempre en llevar a su hija a la cima de la fama. Sin duda, tuvo ante ella un gran reto. Debía demostrar que su carrera no terminaba en su infancia, ni en la televisión, donde había estado trabajando en los últimos años. Debía sí, ponerse a la altura de su coprotagonista, mostrar madurez y todo su talento. El resultado no se hizo esperar: la química fue maravillosa. Incluso corrieron rumores de un romance fuera de cámaras. Pronto Natalie pasó a ser la viva representación de la chica bonita y decente, que empieza a sentir lo que es el amor y los calores del cuerpo. Es decir, una niña linda con grandes pasiones apresadas. Era perfecta para los tiempos de aquel Código Hays que controlaba con severidad las salas de cine. El Código contemplaba cosas tales como que ningún film podía rebajar el nivel moral de los espectadores, ni conducir a nadie a tomar partido por el crimen, el mal, o el pecado. El carácter sagrado del matrimonio y del hogar debía ser reflejado, no podían representarse formas groseras de relación sexual, cero adulterios y nada de comportamiento sexual ilícito. Las escenas de pasión debían ser usadas sólo cuando fuera necesario (¿?) y no podían haber besos ni abrazos donde se notara un deseo excesivo. Esto, debo decir, es apenas una muestra de aquella tontería represiva nacida en 1934 bajo la égida del senador William H. Hays. Pero los tiempos comenzaban a cambiar, la juventud tomaba roles protagónicos, su voz se hacía escuchar; se hablaba de paz y amor y sexo. La libertad creativa en las artes tomaba mayores fuerzas. Y en Hollywood se dieron cuenta de que la tendencia a violar las reglas del Código Hays ayudaba a aumentar la taquilla de sus filmes. En consecuencia, el erotismo se fue volviendo más permeable. En 1960, Hitchock mostraba a Janet Leigh dándose un bañito —totalmente desnuda— en Pyscho, y un film de Roger Vadim protagonizado por Brigitte Bardot causaba sensación. Se trataba de Et Dieu... créa la femme (Y Dios creó a la mujer), una historia con un fuerte contenido sexual, totalmente contrario a los principios del Código Hays. Ya para cuando Elia Kazan dirige Splendor in the grass (Esplendor en la hierba, 1961), Hollywood andaba dándole vueltas a esos atrevimientos que generaban taquillas. El juego de las tensiones sexuales estaba allí, a flor de piel. La sociedad y el mundo pedían otras cosas. Si vamos a la historia del film, aquel amor imposible entre Natalie Wood y Warren Beatty es una clara metáfora de eso que bullía. Aquellos jóvenes, consumidos por la desesperación y la tensión sexual, no pueden amarse por causa de la hipocresía, el puritanismo y los prejuicios. No obstante, la pareja lucha, se esfuerza por sostener su amor de alguna manera; se rebela, digamos, en la medida de las posibilidades. Del mismo modo, Hollywood se rebelaba con escamoteos contra lo que representaba el Código Hays. Natalie Wood, una chica menuda y preciosa, fue una de las armas secretas de la industria. Era perfecta, ya lo dijimos: una carita linda que a su vez era una excelente actriz. No había salido del Actors Studio, del que Elia Kazan era un miembro fundador, pero bajo su dirección ella podía explotar esa fragilidad unida a la tensión silenciosa pero evidente que tanto caracterizó a los actores de aquella escuela. Dean era un ejemplo, y allí estuvo ella a su lado. Y por supuesto, tenemos a Brando, el hijo más grande de Actors Studio. ¿Pero por qué nombro a Brando? Porque Warren Beatty, el coprotagonista de Natalie, se consideraba un heredero de Brando. Y aunque Beatty no había salido del Actors Studio, sí había estudiado, como Brando, con Stella Adler, seguidora de las ideas actorales de Stanislavski (ideas que también tomaría el Actors Studio pero que luego evolucionarían hacia el método Strasberg). Kazan, cabe decir, fue el propulsor de uno de los mayores cambios en el estilo de actuación en los Estados Unidos, y Natalie Wood estuvo allí llevada de la mano por él, en las primeras filas, para hacer historia, para alzarse en el imaginario de la cultura como la niña correcta cargada de penas y pasiones que sólo un gran actor puede albergar, dosificar y convertir en una actuación magistral.

Este martes 8 de noviembre, continúa disfrutando del ciclo Sujetos de culto, dedicado en esta ocasión a Natalie Wood y su film Esplendor sobre la hierba. En noviembre, descubre a tus sujetos de culto, descubre Max.

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