L'Illusionniste, o la magia nostálgica de Chomet y Tati

por max 20. abril 2012 06:24

 

Jacques Tati llegó a decir: «Tenemos el confort, pero el precio ha sido altísimo: se ha acabado la fantasía. Sólo los niños conservan la imaginación.» Quizás esta frase sea el resumen perfecto de la mirada vital de Tati. Mirada que, por supuesto, se encuentra en sus filmes. Filmes cómicos, humanos, entre dos mundos: Tati es un gran heredero del cine mudo, del gag, de la comedia física (había sido un gran deportista en su juventud). Jacques Tati hizo cine mudo en los tiempos del cine sonoro (recordemos a Mr. Bean, unos de sus herederos). Aquellos que alucinaron con The Artist (2011), deberían ver las películas de este magnífico comediante y director, donde los diálogos eran pocos y sí fundamental el sonido de ambiente y la música.

Ya se dijo, Tati es una bisagra, un techo a dos aguas: un defensor de una vida que él sentía morir, de una vida pisoteada por la modernidad, por las máquinas, por la automatización. Tati es quizás un nostálgico que abogaba por lo mejor de la vida que va quedando atrás. Lo sencillo, lo humano, la armonía con las cosas.

Alguien dirá: dime de lo que presumes y te diré quién eres. Sí, Jacques Tati no era perfecto. Se entregó a su trabajo con absoluta dedicación y descuidó obligaciones paternales. Se sabe que tuvo una hija ilegítima. A los 33 años, trabajando en el Lido de París, conoció a la bailarina Herta Schiel y, producto de su relación, nació en 1942 una niña de nombre Helga. Hijo de familia pudiente con muchos prejuicios —Tati era de apellido Tatischeff, y su padre un noble ruso—, el joven actor se vio obligado a no reconocer a la niña y también a abandonar a la madre. Se dice que nunca conoció a Helga. En 1944 se casó con Micheline Winter. En 1946 nació Sophie-Catherine Tatischeff, a quien, según cuentan, también dejó a la buena de Dios. Años más tarde, en 1956, Tati escribirá el guión de un film que nunca llegó a realizarse, donde, de alguna manera, se drena o se intenta remediar el error del abandono. Hoy día no podemos saber si el guión estuvo dedicado a Helga, a quien nunca vio, o a Sophie (aunque esto no importa gran cosa a efectos del arte y tampoco lo vamos a discutir). Lo cierto es que este guión cuenta la historia de un mago que conoce a una niña abandonada y comienza a compartir con ella sus días, sus fracasos y sus pequeñas alegrías. Tati no lo llegó a realizar, y la historia quedó a la espera de un director durante décadas hasta que se produjo la conjunción entre Sophie Tatischeff, Jerome Deschamps, Macha Makeieff y Sylvain Chomet. Jerome Deschamps es un renombrado actor y director teatral, y además sobrino de Jacques Tati. Junto a su esposa Macha, Deschamps se ha convertido en el albacea cultural del comediante, dándose a la tarea de recuperar sus películas y extendiendo su legado con exposiciones y charlas. Chomet es el animador y director francés que en 2003 obtuvo dos nominaciones al Oscar por Les Triplettes de Belleville. El film en animación 2D se desarrolla en la Francia de los años 30 y sigue de cerca el estilo de comedia de Tati; de hecho, le rinde homenaje en varios momentos.

En los tiempos en que Chomet se encontraba realizando Les Triplettes de Belleville, tuvo la oportunidad de conocer a la hija de Tati. Ella, quien le dio permiso para usar unas escenas de los filmes de Tati en Les Triplettes…, le contó además del guión sin realizar, y lo puso en contacto con la pareja de directores teatrales. Así que el encuentro entre la pareja y el animador de cine no pudo ser más afortunado. De allí salió L'Illusionniste (2010).

Chomet trabajó la cinta para tenerla lista en 2007, pero terminó estrenándola en 2010. Se trata de un trabajo animado en 2D (aunque también cuenta con 3D) que tuvo un presupuesto de más de 17 millones dólares, el film más costoso de Escocia. En éste intervinieron más de 300 personas (Chomet trabajó con dos estudios en Escocia, uno Francia y otro en Corea) para un resultado de más de 300,000 dibujos. Nombrar acá a Escocia no es gratuito, pues el film se desarrolla en Edimburgo (y no en Praga, como originalmente lo planteara su autor). La ciudad es tratada acá con tanta ternura que pasa a ser algo más que un telón de fondo para convertirse casi en otro personaje.

L'Illusionniste muestra esa preocupación paternal de Tati en la historia del encuentro del mago con la niña, pero igualmente deja ver la idea que tenía Tati sobre la condición del mundo (Chomet respetó el 80% del guión). El mago resulta ser una especie extinción, perdido en un mundo de nuevas formas de entretenimiento, en un mundo que ha perdido lo romántico, un mundo automatizado donde «se ha acabado la fantasía». Tal como expresa el mismo Tati en la frase que al principio leímos, sólo el alma infantil conserva la imaginación, sólo la niña cree en los magos, en su poder real. Se trata de un film triste, elegíaco, pero al mismo tiempo muy hermoso que hace homenaje al gran Tati y que se sumerge en la remembranza y en el cariño de tiempos más inocentes y más simples, tiempos que morían para aquel momento y que ya para nuestros días han muerto totalmente. Tiempos que sólo viven en la magia de las historias, de las películas.

L'Illusionniste, este domingo 22 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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