Chelsea on The Rocks, el hotel de los huracanes el alma

por max 23. septiembre 2011 10:28

 

Abel Ferrara nació en el Bronx y es un newyorkino con todas las de la ley. De nacimiento, de herencia: por sus venas corre sangre italiana e irlandesa (¿se puede ser más newyorkino?).

Director, guionista, actor, productor, Ferrara es una de esos directores fundamentales para la historia del cine norteamericano en los ochenta y los noventa, heredero, digámoslo así, del llamado nuevo cine norteamericano de los setenta, lleno de realismo y violencia. Ferrara es la violencia dramática en el extremo, un hijo del Scorsese, de alguna manera. A ambos los une Nueva York y el tema de la violencia. Ferrara se dio a conocer a finales de los setenta (en 1979) con el film The Driller Killer. Su personaje, un pintor enloquecido por el peso de la realidad, sale en las noches a llenarse las manos de sangre por las calles de Nueva York. Cabe destacar que éste, su primer largometraje, estuvo protagonizado por el mismo Ferrara. Luego, vendrían Ms. 45 (1981) y Fear City (1986), dos filmes donde la violencia de la ciudad se vuelca sobre las mujeres. En el primero, una joven muda violada en dos ocasiones el mismo día, toma la justicia en sus manos. En el segundo, un sicópata anda suelto matando nudistas. La calle, la noche, la violencia, la locura, Nueva York. Ferrara se mete en el bajo mundo, en las cloacas, en los callejones oscuros, busca a los pequeños seres; el chulo, la prostituta, el drogadicto, el policía decadente. La calle es un lugar duro, y Ferrara sabe retratarla. En los noventa, ese filón inicial alcanzó momentos cumbres con King of New York (1990) y Bad Lieutenant (1992). En la primera el rol protagónico fue de Christopher Walken, en la segunda de Harvey Keitel. Ambas son consideradas sus mejores películas, en especial Bad Lieutenant.

En 1996, Ferrera vuelve a trabajar con Walken, en otro de sus filmes más representativos, The Funeral. Luego, en 1998, presenta uno de sus filmes de ficción más extraños: New Rose Hotel, un film basado en un cuento del autor de ciencia ficción William Gibson, protagonizado también por Walken, y por Willem Dafoe. Para 2008, Ferrara se atreve con el género documental. Su primer trabajo resulta ser un gran acierto. Con Chelsea on the Rocks, el cineasta vuelve sobre Nueva York, sobre su eterna Nueva York, y regresa de igual modo a aquellas primeras exploraciones sobre la personalidad artística. ¿Qué mejor lugar para hablar de Nueva York, de los artistas que han pasado por la ciudad, de glorias y oscuridades que el hotel Chelsea? Este hotel mítico, situado en el 222 Oeste de la Calle 23, entre la Séptima y la Octava avenida, alguna vez tuvo habitaciones de larga estadía donde la gente podía mudarse con sus libros, sus ollas, sus máquinas de escribir y sus instrumentos musicales. Tanto en las habitaciones de estadía corta como de larga, estuvieron una cantidad de artistas que hoy son historia. Leonard Cohen, Dylan Thomas, Bob Dylan, Janis Joplin, Arthur C. Clark, Patti Smith, Robert Mapplethorpe, Andy Warhol, entre otros, fueron inquilinos del Chelesa. Allí se amó, se fornicó, se hizo el amor, se discutió, se bebió, se usaron drogas, se creó arte y hasta se acometieron asesinatos. El Chelsea hotel fue una especie de vórtice, de huracán del arte, un lugar que para algunos podría ser oscuro, para otros luminoso, depende de los ojos de quien vea. Ferrara, en Chelsea on the Rocks utiliza una gran cantidad de material de archivo, que por supuesto abunda, tratándose de un lugar tan famoso, pero también explora en los trabajadores y ex trabajadores del hotel, en los residentes actuales, en los expertos, buscando siempre las anécdotas célebres y también las más íntimas, de aquellos que trabajaban allí, gente sin mayor fama, pero con algo interesante que contar. Entre los entrevistados se encuentran Dennis Hopper, Milos Forman, Robert Crumb, Ethan Hawke y Grace Jones. Un film, sin duda, perfecto para Abel Ferrara, el artista de los abismos del alma y de las oscuridades y las luces de una Nueva York que muta y que no sabemos cuánto más mutará. De hecho, sirva el film para recordar que hoy día el hotel tiene cerradas sus puertas, y su futuro, es totalmente incierto.

Chelsea on the Rocks, este domingo 25 de octubre, por Max.

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Tarde de perros, o el maestro que aprendiendo de sus alumnos enseña

por max 30. mayo 2011 11:28

 

Cuando se estrenó Tiburón en 1975, Steven Spielberg tenía 29 años. Comenzaba, corría, crecía la época del nuevo cine norteamericano. Spielberg se había lucido ese año, había dado un gran salto. Era el dueño de la taquilla, Tiburón era un gran fenómeno. Cuenta Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes que algunos de sus amigos se burlaron de su éxito, que le dijeron que sólo había tenido suerte, que la película fue nominada al Oscar sólo por las recaudaciones. Dice Biskind: «Spielberg estaba tan seguro que iba a ser candidato a un premio de la Academia que invitó a un equipo de televisión a su despacho para que filmara su reacción cuando recibiera la buena noticia. Pero no hubo ninguna. Tiburón obtuvo una nominación a la mejor película; el director se sintió ofendido. En cambio, la Academia escogió a Altman por Nashvile, a Milos Forman por Alguien voló sobre el nido del cuco, a Stanley Kubrick por Barry Lindon, a Sidney Lumet por Tarde de perros y a Federico Fellini por Amarcord, una espléndida lista de directores y película para ese año fundamental. Cuando la cámara lo filmó con el rostro hundido en las manos, Spielberg se quejó: "No puedo creerlo. ¡Escogieron a Fellini antes que a mí!" Que nominaran a la película y no a él fue una auténtica bofetada». Pues bien, Spielberg en aquel entonces era un muchacho engreído, con ganas de comerse el mundo, y con ganas de ascender rápidamente. Que no pudiera creer que nominaran al gran Fellini y no a él, ya es un hecho significativo. Esa lista, tal como dice el mismo Biskind, era rutilante, todos ellos tenían desde hace rato un prestigio ganado. El ganador fue, por cierto, Milos Forman. Pero hoy nos interesa hablar de Lumet.

Sidney Lumet le llevaba nada más y nada menos que veintidós años de diferencia a Spielberg. Lumet no era precisamente uno de esos nuevos directores que surgieron con Spielberg, aquellos que se formaron en las escuelas de cine, los llamados movie brats, o mocosos del cine, entre los que se encontraban Martin Scorsese, De Palma o George Lucas. Lumet venía a caballo entre el Hollywood de otros años y este que empezaba a surgir, salvaje, creativo, inquieto, lleno de luz. Ese nuevo cine que Andrew Sarris, desde el Village Voice, defendía como cine de autor bajo la premisa no totalmente cierta, no totalmente falsa, de que el director de la película es el único autor de su obra. Estas ideas, sin duda, estaban muy influidas por los franceses. Así, Lumet no se encontraba totalmente dentro de la nueva camada, pero era uno de los directores activos del momento. Se había destacado en 1957 por el muy teatral film 12 angry men; brilló, luego de una cadena de filmes más o menos desafortunados, con Larga jornada hacia la noche de 1962, y ya en 1973 había comenzado a adoptar las nuevas ideas del cine que comenzaba a surgir con el drama policial Serpico. Así, para 1975, la nominación de Lumet era más que justificada, no sólo por su trayectoria, sino porque también porque Tarde de perros era un film renovador, duro, mordaz, inteligente y estelarmente actuado. El cineasta combina de manera magistral el drama y la crítica a los medios, al presentarnos a estos dos hombres desesperados que terminan convertidos en ladrones de banco. Uno, carismático y rebelde (Al Pacino), el otro, inestable y muy peligroso (el muy recordado John Cazale). Ambos terminan con rehenes, rodeados por la fuerza de la ley y por el poder de los medios. ¿Quién resulta más peligroso? Pues es allí donde Lumet trabaja y donde su maestría sale a relucir. La hipocresía, el interés comercial, el rating son armas más peligrosas que un fusil policial, parece decirnos el director. La hidra de los medios primero muestra una cara afable, aliada; esgrime la defensa del criminal, este hombre desesperado (Pacino), metáfora de la situación social y económica. Pero así como lo eleva, como lo enaltece, la hidra pronto se vuelve contra él y muestra un rostro oscuro plagado de prejuicios: ya Sonny, el personaje de Pacino, no es un héroe, sino un perverso homosexual cuyo amante es también su cómplice.

Lumet trabaja una dirección muy urbana, muy realista, se aleja del tono y la mirada de lente teatral y se inspira sin duda en las nuevas tendencias del momento, más cercanas a la crudeza, al documentalismo incluso, a la representación de la realidad como un lugar para hablar del hombre contemporáneo y sus conflictos sociales y humanos. Tarde de perros es una obra que, dentro del cine norteamericano, es fundamental. Está allí como una de las máximas demostraciones de ese nuevo cine que florecía en los setenta. Paradójicamente, su director, no era uno de esos geniecillos refunfuñones que todo lo querían para ellos. Sin embargo, a ese momento y al impulso de esos jóvenes, Lumet se debe, y con un film como Tarde de perros paga sus deudas y sus homenajes. Un maestro sabe dar lecciones aceptando que los alumnos también pueden enseñarle.

Tarde de perros, este domingo 5 de junio. Descubre Max.

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