Bill Murray, la cara exitosa de la resignación

por max 28. noviembre 2011 14:03

 

Debo decirlo así, de entrada, para no caer en confusiones: pero para mí, Bill Murray nunca ha sido un actor cómico. No es, propiamente, un actor que nos haga reír a carcajadas, que nos parezca graciosísimo como los tres chiflados, o como Mike Myers. Aunque Mike Myers tampoco es particularmente cómico. Este tipo de actores, salidos de Saturday Night Live, son más bien sarcásticos, burlescos, duros. Myers, con personajes como Austin Powers, con sus capacidades para el disfraz, se nos puede antojar cómico. Hay mucho de comicidad en el gesto, en la falsa torpeza, en lo teatral. Cómico, con su acidez claro, es Jim Carrey. Pero díganme ustedes, ¿qué de teatral, de gestual o de torpe tiene Bill Murray? Murray es un actor de expresiones mínimas, que incluso ha ido acentuando esta característica con los años. Murray, de cómico, entendida la comicidad como una exageración de los gestos y los movimientos del cuerpo, no tiene nada. En Murray el gesto cultural está totalmente presente. Recordemos que la comedia (como una ramificación del humor) hace crítica a lo social, se burla de lo social. El cómico apela a la risa. El cómico que tropieza, que exagera sus gestos, está retando las correctas normas del comportamiento social. Nadie anda por la vida caminando raro a propósito, ni haciendo gestos exagerados, ni disfrazándose. Eso no es correcto. El cómico reta esa corrección, reta la normativa social, es un rebelde. Recordemos que en la Edad Media, por ejemplo, el gesto exagerado era considerado pecaminoso, satánico. Bill Murray, si nos basamos en esto, entonces no tendría nada de cómico. Y de hecho, cómico no es. Su cara, sus movimientos, son más bien contenidos, como de alguien que no quisiera llamar la atención. Su gesto, eso sí, no es normal: su expresión constante es la de un hombre que padece. Los orígenes de Murray son humildes. Pertenece a una familia de nueve hermanos que tuvieron que trabajar desde pequeños, prestando servicios como asistentes de campos de golf. Murray conoció la pobreza, las privaciones, la penuria. Su cara es la de alguien que vivió eso, que pasó por allí. Si de teatral tiene algo Murray, es que precisamente su rostro es la máscara de la tristeza con que suele representarse el arte de las tablas, en contraposición siempre a la cara sonriente. Murray pertenece más bien a los terrenos de lo absurdo. El humor y lo absurdo saben ir juntos, y en esa hermandad es donde Murray tiene cabida. No creo en esa apreciación que dice que Murray ha ido con los años buscando papeles serios. No, para mí, lo que ha hecho Murray es buscar papeles que encajen con él: sean o no sean comedia. Murray es un maestro de lo absurdo, haga lo que haga. Groundhog Day (1993) fue el film que lo terminó de catapultar como un actor de absoluto talento fuera de la etiqueta de la comedia. Tenía que hacer así, Groundhog Day es uno de los filmes sobre el absurdo existencial más importantes que Hollywood haya realizado en los últimos años. Harold Ramis nos entregó una durísimas parábola de la cotidianidad y del sentido de la vida en ese giro de repeticiones del mismo día que Murray, con su magnífica cara de resignación sabe llevar a todo lo largo del film. Bajo la dirección de Sofía Coppola hace lo mismo: mostrar su resignación ante los avatares y las imposibilidades de la vida. Con Wes Anderson trabaja algo similar: sus personajes están imbuidos de una profunda tristeza, de un deseo de ser algo más de lo que son y que, sin embargo, no pueden ser. Pensémoslo incluso en su pequeño papel en Zombieland (2009). Su actuación allí es muy significativa, porque Murray hace de él mismo. En un mundo apocalíptico ocupado por zombis, Murray es un sobreviviente en su propia mansión. Vive solo allí y se hace pasar por zombi para que estos no le hagan daño. Se maquilla y sale al mundo con su cara de zombi. Gracias a ese maquillaje, a esa cara de muerto vivo, él puede seguir siendo un ser humano. ¿No es esto absolutamente alegórico? Murray es y existe y tiene éxito en el mundo gracias a su cara. A su cara de resignación, de persona arrasada por la vida, de persona casi muerta. En esta pequeña aparición, Murray le quiere dar una sorpresa a los humanos visitantes de su casa. Dentro de él hay un demonio interno que es temerario, que quiere divertirse a pesar de que conoce los peligros que entraña esa broma pesada. Y así, Murray se aparece en la sala de cine de su mansión con el fin de asustar a los dos jóvenes protagonistas. El muchacho se pone de pie y le pega un tiro a Murray. El actor muere actuando, muere con la máscara puesta. Su vida y su arte se vuelven uno solo. Esa cara de resignación, de hastío ante la vida, le acompañará siempre, dentro y fuera del escenario. La vida de Murray no es fácil, recientemente, en 2008, su esposa lo abandonó por violencia conyugal y alcoholismo. La vida engendra demonios internos, y hay quienes se resignan ante sus demonios, y por lo tanto ante la vida. Murray, por lo menos el actor Murray, ha sabido sacarle provecho a su desgracia. No habrá estudiado con Lee Strasberg, pero podría haber sido su alumno más aventajado con cara de reprobado.

Disfruta o padece con disfrute a Bill Murray en Tres es multitud (Rushmore) de Wes Anderson, este miércoles 30 de noviembre, ya en la semana final del ciclo Sujetos de culto, por Max.

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