The Last Station, o los últimos días del complicado Tolstoi

por max 6. enero 2012 11:43

 

Hablar de León Tolstoi resulta harto difícil. Tolstoi era un hombre complejo en tiempos complejos. Sus años fueron los años de la ebullición de los pensamientos utopistas, socialistas, marxistas, anarquistas, colectivistas, argumentos todos organizadores del mundo de la modernidad que pretendían futuro, esperanza, luz, ciencia y razón. De aquella Rusia sumida en el zarismo feudal surgió la primera revolución de 1905, guiada por el inconformismo generalizado de la gente y por las ideas libertarias reinantes de la intelectualidad contra la autocracia zarista. Tolstoi, de origen noble, creció con los privilegios que alguien de su clase podía tener. En su juventud se hizo de una vida disoluta, se entregó también al invite y al azar, hizo la guerra como oficial, pero luego empezó a derivar hacia las preocupaciones sociales de la época. Como todo hijo de terrateniente estuvo unido al campo, y hacia allá, como si aquellos sus recuerdos de infancia allí fuesen tabla de salvación, volvía su mirada de escritor, pero más aún de redentor de hombre espiritual que buscaba sacar de la oscuridad al campesino, pivote fundamental de muchos pensadores de finales del siglo XIX y principios del XX. En la rusa zarista de ese intersticio, habían comenzado a darse cambios en lo económico y en lo cultural. Lo político y lo social seguían en el mismo sitio, trabajando a favor de los más poderosos. Pero esa nueva visión del mundo que traía la modernidad, con sus argumentos científicos y racionales, dejaba a un lado el pensamiento religioso y monárquico que imperaba y que hacía el juego de conveniencias para una minoría. No sin razón: la iglesia y la monarquía se habían impuesto durante siglos, habían dictado el quehacer del mundo, todo, además, sobre la base de la fe, de la fe irracional (y no es peyorativo; si existe algo realmente irracional, es la fe). León Tolstoi en ese sentido, nunca terminó de encajar en los postulados de esa modernidad; tenía un profundo arraigo religioso —venido de lo monárquico— que se extendió luego hacia su pensamiento social, aunque no creo que sea correcto considerar que era un socialista cristiano. En él, hombre complejo, inteligente, profundo y no dogmático, por lo menos en lo que respecta a las ideas ajenas, se movilizaban diversas corrientes de ideas. Había en Tolstoi mucho de bondad y colectivismo cristiano y posiblemente también de Proudhon, Fourier y del conde de Saint-Simon, entre otros. Tampoco estuvo totalmente cercano o unido a los ideales marxistas, no sólo por su sentir religioso, sino también porque para él era importante la resistencia pacífica, inspirada en gran parte por el mismo cristianismo y por Thoreau y su resistencia civil. Mejor lo dijo el mismo Lenin en un artículo que publicó en 1908 en El Proletariado. Una parte del artículo, titulado «Tolstoi, espejo de la revolución rusa», dice así:

 

«Las contradicciones en las obras, en las ideas, en las teorías, en la escuela de Tolstoi, son verdaderamente flagrantes. De un lado, es un artista genial, que no sólo ha producido lienzos incomparables de la vida rusa, sino obras de primer orden en la literatura mundial. De otro, es un terrateniente poseído de cristiano fanatismo (…) Por acá, una crítica implacable de la explotación capitalista, la denuncia de las brutalidades del gobierno, de esa comedia que son la justicia y la administración pública, un análisis de todas las profundas contradicciones entre el aumento de las riquezas y las conquistas de la civilización y el aumento de la miseria, el embrutecimiento y las penalidades de las masas obreras; por allá, la prédica fanática del "no oponerse" por la violencia "al mal".»

 

Por supuesto, Lenin ponía el dedo en sus llagas revolucionarias, echaba en cara, atacaba al difunto y a sus seguidores, pero al mismo tiempo alababa; Tolstoi nunca fue totalmente del bando de los que Lenin consideraba los buenos, por las razones que ya expusimos y por las que él mismo Lenin señalaba.

Tolstoi, era sin duda, un hombre de múltiples visiones, podríamos decir inclusive que de contradicciones. Al mismo tiempo que proyectaba todas sus fuerzas para hablar del campesino ruso y enfilaba su vida por esos caminos en aquel supremo esfuerzo de pasar la mayor parte del tiempo entre los trabajadores del campo, volverse zapatero y educar niños pobres, lo vemos de igual manera casado con Sofía Behrs, noble rusa, mujer acomodada mas no displicente, que estuvo muchos años junto a aquel hombre testarudo y ensoñador quien, temerario y hasta egoísta, se lanzaba de lleno en su arte, en sus obsesiones, en sus proyectos. Ella, abnegada, se ocupó siempre de las finanzas de su esposo, de cuidarlo mientras él se entregaba a sus fantasías. Se dice que le copió siete veces el manuscrito de Guerra y paz, preocupada siempre por las correcciones de la obra. Conocedora de la importancia de su marido, lo fotografió en repetidas ocasiones y llevó un diario donde documentó cada instante de su vida. Siempre estuvo allí, a su lado, cuidando de su camada de hijos y del hogar, donde él apenas iba a dormir, avergonzado de tener aquella especie de doble vida entre su deber con el campesino y la opulencia burguesa. Aquel conflicto estuvo en Tolstoi durante toda su vida, pero sobre todo, en los últimos años.

Filmes como The Last Station (2009), el cual podrás disfrutar este mes por Max, nos muestran aquel momento crítico en que Tolstoi, ya de edad avanzada, siente cada vez más una imperiosa necesidad de dejar todos sus bienes materiales, de renunciar a su título de nobleza y donarle todos sus derechos al pueblo, o a esa entelequia que para él era el pueblo.

Bajo la dirección de Michael Hoffman (Restoration), Christopher Plummer, Helen Mirren y Paul Giamatti encarnan a los tres personajes principales de esta historia dramática basada en hechos históricos. Mirren, en el rol de la esposa, Plummer como el escritor ruso, y Giamatti como el hombre posiblemente responsable de las decisiones últimas y radicales del gran hombre. Se trata de un film hecho con delicadeza y precisión escenográfica que da lugar a las actuaciones soberbias de estos tres grandes intérpretes que logran batir la pasión de sus personajes y conmover al espectador. En ese sentido, no podemos dejar a un lado la interpretación también significativa de James McAvoy como el último ayudante y futuro biógrafo de Tolstoi, Valentin Bulgakov, quien padece, con inocencia y sustancia moral, el fuego cruzado de la esposa y el consejero idealista.

The Last Station nos presenta aquellos últimos años del escritor como una lucha por llegar a ser totalmente fiel a los principios, que son, si se me permite decirlo, una forma del amor. Porque al fin y al cabo, lo que se movía en Tolstoi era una lucha profunda entre dos amores: su amor al mundo y su amor a su familia, a su mujer, a Sofía Behrs, personaje que también sufre y vive los sentimientos propios y los de una época de profundos cambios para la historia de la humanidad en la que el amor-por-la-razón pretendía imponerse al amor-por-el-amor.

The Last Station, el miércoles 11 de enero, con retransmisión el sábado 14, por Max.

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