Shadow Dancer, o las cuitas de una mujer terrorista

por max 23. enero 2014 12:54

 

El cine del terrorismo irlandés, o el cine de la lucha armada en Irlanda es todo un tema y ya cuenta con sus piezas fundamentales. In the Name of the Father (1993), de Jim Sheridan es un clásico que de inmediato se nos viene a la cabeza, así como The Crying Game (1992) de Neil Jordan, The Wind that Shakes the Barley de Ken Loach o más recientemente, Hunger (2008) del tan de moda Steve McQueen.

De este cine en particular llama la atención la idea de la sicología del terrorista, por un lado, y de las manipulaciones del poder por otro. A la guerra se va como soldado, se va como representante de un país, formando parte de un colectivo que defiende una nación. En el terrorismo, me parece, hay algo más individual. El terrorista —hablamos del terrorista europeo, no del islámico— no es propiamente un soldado, sino un individuo, una persona, cómo no, anónima, pero detrás de la cual hay un decisión personal, una situación límite que lo llevó a ser «soldado». Al hombre en la guerra se le recluta, el terrorista entra en las filas del terrorismo por acto voluntario. Detrás de este hombre —una vez más, anónimo— hay un drama o una tragedia. El cine saca a la luz a este individuo de rostro borroso y le da nombre y apellido, porque le interesa, precisamente, ese conflicto interior que lo ha motivado a convertirse en un luchador por una determinada causa. Por otro lado, los manejos del poder son también muy atractivos para mostrar en este tipo de cintas. En esta guerra que no es guerra, quienes se mueven detrás del poder, también son seres anónimos que se deslizan entre las grietas para socavar los cimientos de una organización igualmente anónima y terrible. Hay un juego allí de oscuridades y de tiranteces. La zona de la lucha contra el terrorismo es subrepticia, y en ella la moralidad y la legalidad se mueven entre fronteras. Digamos que es un lugar maquiavélico, donde el fin justifica los medios.

La cinta Shadow Dancer (2012) de James Marsh (excelente documentalista británico que ganara el Oscar a Mejor Documental con Man On Wire en 2008) es una nueva exploración a este tema del terrorismo, a este tema de la lucha irlandesa con un apuntalamiento profundamente femenino —pues su protagonista es una mujer— y shakesperiano. Allí está la mujer, como centro del relato, la mujer terrorista y sus razones, pero además, de Shakespeare está el remolino de la venganza, la traición, el engaño, la ambición y el amor materno. Colette (Andrea Riseboroughes), una joven madre soltera que pertenece a la IRA, será el centro de esta cinta, acompañada de Clive Owen en la contraparte masculina, y también en la contraparte ideológica. Owen es, en este caso, un agente inglés del MI5.

El film abre con un prólogo en que se nos presenta a Colette de pequeña. La niña se niega a salir a hacer una compra que su padre le ordena, y esa negación, traerá consecuencias. En vez de salir ella, sale su hermano pequeño, y luego este hermano regresa a casa muerto, abaleado en un enfrentamiento entre la IRA y el gobierno. El padre entonces escupe sobre el rostro de Colette la culpa de la muerte de su hermano. Se produce el rechazo y viene el corte. Ahora estamos en 1993, Colette va o poner una bomba en una estación de metro. Lo hace, pero la detienen al salir. Luego es llevada hasta Mac (Clive Owen), un agente especial que ya tiene todo preparado para sacudir las seguridades de Colette y obligarla a que trabaje para ellos como informante. Mac sabe del conflicto interno de Colette, sabe de la herida sin sanar de su hermano muerto, y sabe que ella además tiene un hijo. Le muestra fotos que parecieran demostrar que la bala que asesinó a su hermano vino de parte de la misma IRA, y también la amenaza con veinticinco años de cárcel, lo que impedirá que esté con su hijo. Colette se ve así forzada a dar su brazo a torcer: no puede perder otro niño en su vida; en su angustia, hermano e hijo se funden, forman parte de un mismo dolor. Ella saldrá a la calle a espiar entonces a sus hermanos, miembros de la IRA, al mismo tiempo que a sus espaldas, en los meandros del poder, una mujer (Gillian Anderson), por intereses propios, mueve los hilos para entorpecer la situación de espionaje. Mac empieza a sentirse incómodo con su jefa, y, a la vez, algo comienza a surgir entre él y Colette, y esto va agregando por supuesto más conflictos, más capas de trama y confusión a la historia que se mueve, como ya se dijo, shakesperianamente entre las sombras del tormento, la culpa, el deseo, la ideología y la lucha de poderes en una mujer que se debate entre sus distintas condiciones… madre, hija, hermana, luchadora, mujer enamorada… espía.

Shadow Dancer, este sábado 25 de diciembre por Max.

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Route Irish, o las guerras de Ken Loach

por max 8. febrero 2013 13:14

 

Ya lo sabemos, Ken Loach es director comprometido. Su mundo es el de los trabajadores, el de los explotados, el de las luchas contra los poderes. La guerra, ese lugar donde las tensiones entre el hombre y los poderes son tan fuertes, ha sido, por supuesto, ya tema suyo en varias películas. En Hidden Agenda (1990) nos presenta el tema del terrorismo británico al norte de Irlanda a través de un thriller político. En Land and Freedom (1995), su mirada está dada por el honor y la dignidad a través de un drama histórico instaurado en la Guerra Civil Española, cuyo protagonista es un británico que se une al bando republicano. En 2006, vuelve sobre la guerra en The Wind That Shakes The Barley, y esta vez el director se mueve hacia los terrenos de la Guerra de independencia y de la Guerra civil en Irlanda. Acá también resalta el valor de los hombres (dos hermanos en específico) ante la represión de los ingleses, sus ansias de libertad, su pasión y determinación por alcanzarla. Ya para 2010, con Route Irish, su visión de la guerra parece ser otra.

Eso sí, se trata, sin duda, de una película típica de Ken Loach, escrita además por Paul Laverty, guionista habitual que ya lo acompañara en otro film sobre la guerra como es The Wind That Shakes the Barley. El título Route Irish obedece a la carretera que une el aeropuerto de Bagdad con la Green Zone, en algún momento llamada la ruta más peligrosa del mundo. Así que de entrada ya estamos de nuevo dentro del área que corresponde a sus filmes comprometidos que versan sobre la guerra. Pero esta vez Loach no se va al pasado para contarla, como lo había hecho en dos ocasiones anteriores —y lo que quizás le daba al mismo hecho de la guerra un tono romántico, idealista. Ahora el cineasta se viene a tiempos más cercanos, a la Guerra de Iraq, para demostrarnos cómo incluso (y si esto fuera posible) la idea misma de la guerra ha cambiado a manos de una bestial y mercenaria privatización.

Loach se lanza por los abismos de lo conspirativo y se hace (de nuevo, como en Hidden Agenda) de un formato muy hollywoodense para contar esta historia. El thriller sentencia acá un plot mucho más centrado, a diferencia de otros filmes del director, para adentrarse, desde ese centro, en el misterio de una muerte, detrás de la que, ya dijimos, hay una aparente conspiración que tiene que ver con sectores privados involucrados en la guerra. Realista, sin sentimentalismo, acusador, Loach rasga la cortina y se asoma a los predios de las compañías de seguridad británicas que operaron en Iraq, meras máscaras privatizadas del mundo mercenario, donde la codicia se mueve a duros golpes de billete. La historia está cargada de la ira y de la indignación de su protagonista Fergus Molloy (Mark Womack), quien saldrá, paroxístico, a buscar las verdades que se encuentran tras la muerte de un entrañable amigo. No obstante, las paredes son altas, y la impunidad campea. Son otros tiempos, tiempos sin romanticismos, sin ideales, tiempos de capital, de intereses, tiempos más fríos, calculadores, y al mismo tiempo, más horrendos. Eso pareciera decirnos Loach.

Route Irish, este domingo 10 de febrero. Guerra, thriller, compromiso social, poder. ¿Qué ves cuando ves Max?

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También la lluvia, o los paralelismos de la historia

por max 9. noviembre 2012 14:52

 

El hombre moderno entiende que la historia no es cíclica, que no hay componente de pensamiento sagrado que nos haga volver a los orígenes ni repetir ciertos acontecimientos por predestinación o nada parecido. Sin embargo, la historia moderna sí acepta que hay ciertas constantes que se repiten en determinados momentos históricos y en lugares diferentes. Hay ciertos patrones que obedecen a causas muy complejas, y que por supuesto tienen que ver con la esencia del hombre, con el uso excesivo del poder, con el abuso de la libertad. Para la ficción tales repeticiones o paralelismos son muy atractivos, incluso tomándolos desde una perspectiva casi mágica. Pareciera que la ficción sí se permitiera ese pensamiento sagrado, esa concepción cíclica. Hay algo en la literatura que abraza la magia con desparpajo. El film También la lluvia (2010), de la directora, guionista y actriz española Icíar Bollaín (Te doy mis ojos, Mataharis), asume la llamada narración en abismo, la de una historia dentro de otra historia, para mostrarnos la cruda realidad de cierto paralelismo histórico que nos lleva a una comprensión unitaria del abuso del poder.

La filmación de una épica sobre un Cristóbal Colón cruel con los indígenas y hambriento de oro corre a la par de la llamada Guerra del Agua que tuvo lugar en Bolivia en el año 2000, guerra que no fue literalmente una guerra sino un gran protesta en Cochabamba por la privatización del servicio de agua por parte de una compañía trasnacional. Las similitudes quedan más que claras. El poderoso, en su abuso de libertad, siempre querrá todo para él, y siempre cometerá sus peores abusos donde la inocencia de la gente es más grande. No obstante, dentro de esa comprensión de la historia moderna, Bollaín salva la carga mágica de la ficción y no se queda en el simple paralelismo. Entiende que los tiempos cambian, y también los hombres, los pueblos, y nos relata la lucha de aquellos ciudadanos que se negaron a la privatización del agua, de aquellos que lucharon, que sufrieron, que padecieron, pero que también triunfaron.

Protagonizada por un gran actor español como Luis Tosar, y por el astro mexicano Gael García Bernal, También la lluvia se mueve bajo los lineamientos del guión del veterano Paul Laverty, guionista cercano de Ken Loach, uno de los cineastas más representativos del realismo social británico. No es de extrañar entonces la dura corriente social que atraviesa el trabajo de la Bollaín. Tampoco resulta descabellado, partiendo de García Bernal, protagonista de Amores Perros, film de relatos entretejidos, pensar una cierta influencia del Alejandro González Iñárritu y su guionista Guillermo Arriaga.

También la lluvia ha tenido justificado éxito en los festivales de cine internacionales como drama fuerte que es, preocupado por los temas sociales dentro del marco de los abusos de poder contra los más desprotegidos. Asiste a su estreno exclusivo este domingo 11 de noviembre. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Buscando a Eric, o una comedia para Cantona y Loach

por max 10. marzo 2011 15:29

 

 

Una comedia, Ken Loach (The Navigators, Carla's Song, Riff-Raff, Family Life, The Wind That Shakes the Barley, entre otros) nos trae una comedia. ¿Que por qué hago tanta insistencia? Pues bueno, porque Loach es uno de esos pocos directores europeos (es británico) que se ha resistido a Hollywood. Como buen europeo de izquierda, Loach aboga por un realismo socialista en su cine. De allí que una comedia le resulte rara, casi un asomo de traición a sus ideales. Pero no, con Buscando a Eric (Looking for Eric, 2009), Loach hizo una comedia a su manera. Una comedia con un profundo toque humano, social y solidario. Así es Loach, siempre se preocupa por la gente, por el pueblo, dirían nuestros socialistas latinoamericanos. Y por supuesto, Loach necesitaba un buen lugar para el encuentro de la solidaridad y la frescura de la comedia. Ese espacio para estar con la gente y mostrar su alegría, para un inglés socialista, para un español socialista, para un argentino socialista, es el campo de futbol. El campo cultural donde va la gente a unirse por una gran idea, por una gran emoción. Ese lugar que despierta pasiones, que se lleva muy dentro. El futbol es como el alma, es un alma afuera y sobre la grama y con dos arquerías. Sí, verdad que también en ese campo se engendran odios y violencia, pero de eso no quiere hablar Loach, hacia allá no quiere ver. Loach prefiere la epopeya de los hombres que se superan a través del futbol. Recordemos que muchos grandes astros del balón pie han tenido orígenes humildes, han salido de grupos sociales marginados por su raza, su cultura y su nivel económico. Recordemos también que en el campo los hombres, los once jugadores, a pesar de sus diferencias se unen para lograr un solo objetivo. El futbolista es un héroe, y como todo héroe forma parte de un colectivo.

Eric Cantona es uno de esos héroes. Mitad sardo, mitad español, nacido en Marsella (no es parisino pues) de una familia humilde, Cantona es el vivo ejemplo de hombre que se ha superado. Y no sólo eso, también fue un gran jugador. Y no sólo eso, era (o es) todo un personaje. Recordemos que Cantona le propinó una patada de kárate a un fanático en un campo de futbol en 1995 cuando jugaba para el Manchester United. Cabe destacar que la patada al hincha Matthew Simmons no fue gratuita. Simmons le estuvo agrediendo con comentarios racistas, y Cantona no se aguantó. Simmons, se supo luego, era un delincuente con prontuario. Aunque Cantona fue suspendido por nueve meses y se le sancionó con trabajo comunitario, quedó como todo un paladín ante las injusticias del racismo. Pero su fama no la constituye una simple patada. Cantona fue, sin duda, un gran futbolista y muchos lo consideran un hombre que se piensa las cosas de la vida, un «filósofo», le dicen algunos. «Dejé de jugar futbol a los 30, porque perdí mi pasión por el deporte. Mientras siga sintiendo la gran pasión que siento por el cine, continuaré haciendo filmes. Si llego a aburrirme, haré alguna otra cosa.» Así declaró Cantona alguna vez. Y ahí lo tenemos, con unos quince filmes en su haber como actor, y con unos cuatro más en realización. En Buscando a Eric, Cantona se interpreta a sí mismo. Es decir Eric Cantona es Eric Cantona, pero lo es en la mente de otro Eric (Steve Evets), un cartero aficionado al futbol con sobrados problemas existenciales. A los cincuenta, para este Eric, la vida no es lo que imaginó. Su segunda mujer no aparece por ninguna parte (acaba de salir de la cárcel pero no regresó a casa) y además tiene serios contratiempos con sus hijastros, que involucran maternidad, irrespeto y tratos con pandilleros. Con una situación así, no es de extrañar que el cartero Eric necesite ayuda, o por lo menos, algún consejo. Y es allí donde a Eric se le aparece el otro Eric. Nada más y nada menos que el duro de Eric Cantona, quien empieza a mostrársele en un juego de alucinaciones muy cuerdas, o muy lógicas, o muy equilibradas, por decirlo así. Por supuesto, para un director como Loach, Cantona, el futbol, las pandillas, el hombre de clase media, todo esto resulta una perfecta oportunidad para hablar de los temas que le interesan, del hombre común, de la sociedad, de la solidaridad. La comedia, para cineastas como Loach, es otra forma del arte.

Buscando a Eric, este martes 15 de marzo. Descubre Max.

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