Invierno profundo, dentro del ciclo USA Independiente

por max 11. septiembre 2013 10:42

 

Y uno se pregunta, no hace más que preguntarse, ¿de dónde viene el mal? ¿Cuál es su origen? ¿Qué lo produce? En una región apartada, donde no existen los teléfonos móviles, ni las computadoras, ni el cine, ni los centros comerciales, allí, entre bosques, niebla y autos sin motor a las puertas de las cabañas, el mal se asienta. Se asienta en silencio, y huele a metanfetamina. Y uno, otra vez, se pregunta, ¿qué fue primero, la metanfetamina o el mal? En este mundo del extrarradio no hay modernidad, ni tampoco utopía bucólica. Es un lugar echado a perder, un lugar donde el mal tiene la forma del silencio, del encierro, del hastío existencial. Eso es Invierno profundo (Winter´s Bone, 2010) film nominado a cuatro Oscares y ganador del Premio del Jurado en el festival de Sundance. Un trabajo independiente dirigido por Debra Garnik que nos sumerge en unas oscuridades aún más patéticas y horrendas que las que nos presentara John Boorman en Deliverance (1972); un mundo remoto, casi olvidado, un mundo donde los seres humanos parecen salidos de las entrañas mismas de la tierra, pequeños titanes, pequeños monstruos consumidos por la ignorancia y por la naturaleza misma. Me digo que quizás el hombre ha creado la civilización para eso, para «limpiarse» de la naturaleza, de sus abismos, de sus atavismos, de su bestialidad, de su poderoso silencio, que es más como el bramido de un enigma. El silencio del bosque sobrecoge, aterroriza. No obstante, en el film de Debra Granik, a esa monstruosidad de los seres marginados, se suma algo nuevo, algo más, otro factor de embrutecimiento: la droga. La droga que ya no es entendida como la entendía un hombre antiguo, primitivo; no en su sacralidad, sino dentro de la, paradójicamente, bestialidad profana. La droga desacralizada que adormece y que al mismo tiempo es fuente del mal al convertirse en negocio oscuro, ilegal, de abyectas estrategias. En Invierno profundo hay pues una doble articulación del horror: el mal se produce por causa de la metanfetamina (droga que proviene del mundo civilizado) y del abandono de la esencia humana y la adopción de esa animalidad arisca y cruda del lejano habitante rural. La comunidad donde vive Ree Dolly (Jennifer Lawrence), la pequeña protagonista, es algo así como el mundo de Boorman con drogas.

Ree, nuestra heroína, ve rota la patética tranquilidad de su mundo (patética porque debe cuidar a su madre inútil y catatónica y a un par de chicos) cuando es amenazada la estabilidad de su hogar. Puede perder el sitio donde vive, pues su padre, un drogadicto fabricante de drogas, ha puesto la casa como garantía de su fianza para lograr la excarcelación. Pero el padre, al salir, ha desaparecido, y ahora Ree y su familia podrían perder la casa. Ree, esta joven chica adusta y al mismo tiempo hermosa y correcta, sale a la búsqueda del padre perdido. Pero este padre no es Odiseo ni ella es Telémaco. En este mundo no hay dioses, pero sí sobran los titanes, los monstruos, los hombres que no quieren hablar, porque si hablaran descubrirían su animalidad, el abismo en el que han caído. Recuerdo aquella escena en la que Pinocho es llevado a un lugar de placeres infinitos, de placeres adormecedores de la conciencia que terminan convirtiéndolo a él y sus compañeros en borricos desesperados. Este mundo de Ree es similiar. El placer y el vacío han vuelto a las personas seres perversamente animales pero, al mismo tiempo, perversamente racionales. Con todo, esa perversidad, el mal, se traduce en silencios llenos de terribles secretos, de espantosas verdades. Ree, el único ser humano con capacidad de elevarse sobre la bestialidad, hará acá un viaje a fondo a los inviernos del alma.

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Invierno profundo, o la odisea del mal

por max 17. mayo 2012 15:02

 

Y uno se pregunta, no hace más que preguntarse, ¿de dónde viene el mal? ¿Cuál es su origen? ¿Qué lo produce? En una región apartada, donde no existen los teléfonos móviles, ni las computadoras, ni el cine, ni los centros comerciales, allí, entre bosques, niebla y autos sin motor a las puertas de las cabañas, el mal se asienta. Se asienta en silencio, y huele a metanfetamina. Y uno, otra vez, se pregunta, ¿qué fue primero, la metanfetamina o el mal? En este mundo del extrarradio no hay modernidad, ni tampoco utopía bucólica. Es un lugar echado a perder, un lugar donde el mal tiene la forma del silencio, del encierro, del hastío existencial. Eso es Invierno profundo (Winter´s Bone, 2010) film nominado a cuatro Oscares y ganador del Premio del Jurado en el festival de Sundance. Un trabajo independiente dirigido por Debra Garnik que nos sumerge en unas oscuridades aún más patéticas y horrendas que las que nos presentara John Boorman en Deliverance (1972); un mundo remoto, casi olvidado, un mundo donde los seres humanos parecen salidos de las entrañas mismas de la tierra, pequeños titanes, pequeños monstruos consumidos por la ignorancia y por la naturaleza misma. Me digo que quizás el hombre ha creado la civilización para eso, para «limpiarse» de la naturaleza, de sus abismos, de sus atavismos, de su bestialidad, de su poderoso silencio, que es más como el bramido de un enigma. El silencio del bosque sobrecoge, aterroriza. No obstante, en el film de Debra Granik, a esa monstruosidad de los seres marginados, se suma algo nuevo, algo más, otro factor de embrutecimiento: la droga. La droga que ya no es entendida como la entendería un hombre antiguo, primitivo; no en su sacralidad, sino dentro de la, paradójicamente, bestialidad profana. La droga desacralizada que adormece y que al mismo tiempo es fuente del mal al convertirse en negocio oscuro, ilegal, de abyectas estrategias. En Invierno profundo hay pues una doble articulación del horror: el mal se produce por causa de la metanfetamina (droga que proviene del mundo civilizado) y del abandono de la esencia humana y la adopción de esa animalidad arisca y cruda del lejano habitante rural. La comunidad donde vive Ree Dolly (Jennifer Lawrence), la pequeña protagonista, es algo así como el mundo de Boorman con drogas.

Ree, nuestra heroína, ve rota la patética tranquilidad de su mundo (patética porque debe cuidar a su madre inútil y catatónica y a un par de chicos) cuando es amenazada la estabilidad de su hogar. Puede perder el sitio donde vive, pues su padre, un drogadicto fabricante de drogas, ha puesto la casa como garantía de su fianza para lograr la excarcelación. El padre, al salir, ha desaparecido, y ahora Ree y su familia podrían perder la casa. Ree, esta joven chica adusta y al mismo tiempo hermosa y correcta, sale a la búsqueda del padre perdido. Pero este padre no es Odiseo ni ella es Telémaco. En este mundo no hay dioses, pero sí sobran los titanes, los monstruos, los hombres que no quieren hablar, porque si hablaran descubrirían su animalidad, el abismo en el que han caído. Recuerdo aquella escena en la que Pinocho es llevado a un lugar de placeres infinitos, de placeres adormecedores de la conciencia que terminan convirtiéndolo a él y sus compañeros en borricos desesperados. Este mundo de Ree es similiar. El placer y el vacío han vuelto a las personas seres perversamente animales pero, al mismo tiempo, perversamente racionales. Con todo, esa perversidad, el mal, se traduce en silencios llenos de terribles secretos, de espantosas verdades. Ree, el único ser humano con capacidad de elevarse sobre la bestialidad, hará acá un viaje a fondo a los inviernos del alma.

Invierno profundo, este domingo 20 de mayo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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