El hada, o cuando fuimos tontos y felices

por max 19. diciembre 2013 03:57

 

Hay una diferencia entre el tonto malo y el tonto inocente. Al tanto malo, esa extraña mezcla de tara con el mal mismo, lo tenemos en Pável Fiódorovich Smerdiakov, de Los hermanos Karamazov. Pável estaba lleno de complejos, era rastrero, rencoroso y siempre andaba por las esquinas, haciéndose el desentendido, concibiendo en secreto oscuridades. También está Lennie en De ratones y hombres. Lennie, sin proponérselo, terminó asesinando a una pequeña niña. Pero Lennie era muy fuerte y muy tonto, y el asesinato fue accidental. Los personajes de las novelas de Jim Thompson tienen también algo roto en su cabeza. Son unos muchachones tranquilos, que pasan desapercibidos y, de pronto, estallan. Llevan como una bomba de tiempo por dentro. En cierta manera también son tontotes, o se hacen pasar por. Si recordamos Los idiotas (1998) de Lars von Trier, tenemos allí una clara concepción cultural de estas personas. El tonto, el idiota, primordial, adánico, es totalmente inocente, como un niño crecido; todo se le perdona. De allí que un grupo de bromistas, o de anarquistas, o de guerrilleros sociales se hicieran pasar por idiotas para sacarle provecho a esa especie de inmunidad que estos tienen. Hay una escena magnífica en la que uno de los del grupo, en su rol de idiota es sentado en un restaurante en medio de unos terribles pandilleros motorizados. Los motorizados se comportan como damas con el idiota. Incluso lo acompañan al baño, y cuando éste dice que no puede sujetar su miembro, uno de los motorizados se lo saca y se lo sostiene para ayudarlo a hacer su necesidad.

El tonto es inocente, es hermoso, es delicado, tiene cierta gracia incluso. De ese tonto, del tonto bueno, parecieran provenir ciertos personajes del cabaret, del café-concert y del vodevil. A finales del siglo XIX grande era el interés que se tenía por los estudios de la locura. En los periódicos se comentaban con profusión los avances de Charcot; gente, legos totales, acudían a sus cursos, a sus charlas. Los artistas de ese entonces comenzaron a interesarse en temas como la histeria. Veían en las gestualidades, en los movimientos de los pacientes mentales un atractivo particular. Se sabe incluso que algunos pacientes, una vez que salían a la calle, se dedicaban a hacer representaciones callejeras para ganarse un poco la vida. En este ir y venir, por supuesto, el idiota, el tonto entró en la mira de los artistas. Esa pérdida del gesto cultural del tonto pasaría a formar parte de la expresión de muchos de estos intérpretes de cabaret.

Recordemos que el humor utiliza como arma de ataque, de pensamiento crítico social, todo aquello que la sociedad misma margina, deja a un lado, rechaza por no ser correcto, por estar fuera del canon. Por supuesto, también se puede tomar esa gestualidad del tonto para generar ternura, para generar una risa agradable y ligera.

Tal es el caso, posiblemente, de El hada (2011), comedia franco-belga dirigida por Dominique Abel, Fiona Gordon y Bruno Romy, trío de comediantes que viene desarrollando un cine (Rumba, 2008, y L'iceberg, 2005) que tiene mucho que ver con ese retomar de la comedia gestual heredada del cabaret, de vodevil y a su vez de artistas como Chaplin, Buster Keaton o Jacques Tati. Y sí, acá recordamos The Artist, pero The Artist es también de 2011 y, como vemos, Abel, Gordon y Romy vienen trabajando desde 2005 en esa especie de cine del nuevo vodevil que mezcla lo sonoro con el cine mudo.

En El hada tenemos dos personajes muy cercanos al tonto inocente: un recepcionista de un hotel y una chica misteriosa que llega al hotel. Dominique Abel es Dom, el chico, y Fiona Gordon es Fiona, el hada. Él no tiene mucho qué hacer ni mucho que perder en la vida, no tiene tampoco grandes esperanzas. Ella, pues ella es rara, un hada, según dice, y como hada que es le propone a Dom pedir tres deseos, que ella se los concederá. Todo es muy raro. Ellos dos son muy raros, son inocentes, son agradables, son conmovedores, están ahí, al borde de la tontería. Pero no, ya se dijo, de la tontería perversa o de la tontería agresiva. No, ellos son buenos y tiernos, y nos causan gracia, porque son como niños. Dom pide entonces dos deseos, sencillos, básicos, una scooter y el servicio de gas de por vida; nada más. Dom no se deja arrastrar por el poder, por las bajas pasiones. De hecho, ni siquiera tendrá idea de qué otro deseo pedir. Eso dará pie a que él y Fiona empiecen a andar juntos por el mundo, y que entre ellos se vaya estrechando la relación. Pero no todo es idílico, de pronto, Fiona se ve en peligro. La buscan, la persiguen, como si fuese una loca, como si debiera volver al manicomio. Al siquiátrico, al lugar en el que se inspiraron aquellos lejanos comediantes de vodevil.

La película transcurre así entre saltos, persecuciones, silencios, caídas, embarazos mágicos, momentos absurdos e infinidad de graciosas tonterías que nos deleitan, porque ellos, los personajes son unos tontos encantadores, niños inocentes, santos inocentes, y de ellos no esperamos más que ternura e inocencias que nos hacen recordar ese gran tonto inocente que llevamos por dentro. Ya lo asomé unas líneas más arriba: Adán y Eva, que nacieron adultos y que fueron inocentes siendo adultos, son los paradigmas de estos tontos. Es así: nuestros padres fundadores fueron un par de tontos que no hicieron caso a papá, que hicieron su travesura y que, por lo tanto, fueron castigados, sacados del paraíso. Ese día, entiéndase, empezaron a ser adultos, a disimular sus torpezas, a preocuparse por la risa de los otros. Ahora, cada vez que tropezamos, cada vez que vemos a una de esas personas con ciertos problemas de aprendizaje, recordamos, en alguna parte de nosotros recordamos que alguna vez fuimos así, y nos reímos al vislumbrar la súbita gloria anterior a la caída, a la travesura, la gloria que fue torpe, inocente, felizmente tonta.

El hada, el sábado 21 de diciembre.

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L'Illusionniste, o la magia nostálgica de Chomet y Tati

por max 20. abril 2012 06:24

 

Jacques Tati llegó a decir: «Tenemos el confort, pero el precio ha sido altísimo: se ha acabado la fantasía. Sólo los niños conservan la imaginación.» Quizás esta frase sea el resumen perfecto de la mirada vital de Tati. Mirada que, por supuesto, se encuentra en sus filmes. Filmes cómicos, humanos, entre dos mundos: Tati es un gran heredero del cine mudo, del gag, de la comedia física (había sido un gran deportista en su juventud). Jacques Tati hizo cine mudo en los tiempos del cine sonoro (recordemos a Mr. Bean, unos de sus herederos). Aquellos que alucinaron con The Artist (2011), deberían ver las películas de este magnífico comediante y director, donde los diálogos eran pocos y sí fundamental el sonido de ambiente y la música.

Ya se dijo, Tati es una bisagra, un techo a dos aguas: un defensor de una vida que él sentía morir, de una vida pisoteada por la modernidad, por las máquinas, por la automatización. Tati es quizás un nostálgico que abogaba por lo mejor de la vida que va quedando atrás. Lo sencillo, lo humano, la armonía con las cosas.

Alguien dirá: dime de lo que presumes y te diré quién eres. Sí, Jacques Tati no era perfecto. Se entregó a su trabajo con absoluta dedicación y descuidó obligaciones paternales. Se sabe que tuvo una hija ilegítima. A los 33 años, trabajando en el Lido de París, conoció a la bailarina Herta Schiel y, producto de su relación, nació en 1942 una niña de nombre Helga. Hijo de familia pudiente con muchos prejuicios —Tati era de apellido Tatischeff, y su padre un noble ruso—, el joven actor se vio obligado a no reconocer a la niña y también a abandonar a la madre. Se dice que nunca conoció a Helga. En 1944 se casó con Micheline Winter. En 1946 nació Sophie-Catherine Tatischeff, a quien, según cuentan, también dejó a la buena de Dios. Años más tarde, en 1956, Tati escribirá el guión de un film que nunca llegó a realizarse, donde, de alguna manera, se drena o se intenta remediar el error del abandono. Hoy día no podemos saber si el guión estuvo dedicado a Helga, a quien nunca vio, o a Sophie (aunque esto no importa gran cosa a efectos del arte y tampoco lo vamos a discutir). Lo cierto es que este guión cuenta la historia de un mago que conoce a una niña abandonada y comienza a compartir con ella sus días, sus fracasos y sus pequeñas alegrías. Tati no lo llegó a realizar, y la historia quedó a la espera de un director durante décadas hasta que se produjo la conjunción entre Sophie Tatischeff, Jerome Deschamps, Macha Makeieff y Sylvain Chomet. Jerome Deschamps es un renombrado actor y director teatral, y además sobrino de Jacques Tati. Junto a su esposa Macha, Deschamps se ha convertido en el albacea cultural del comediante, dándose a la tarea de recuperar sus películas y extendiendo su legado con exposiciones y charlas. Chomet es el animador y director francés que en 2003 obtuvo dos nominaciones al Oscar por Les Triplettes de Belleville. El film en animación 2D se desarrolla en la Francia de los años 30 y sigue de cerca el estilo de comedia de Tati; de hecho, le rinde homenaje en varios momentos.

En los tiempos en que Chomet se encontraba realizando Les Triplettes de Belleville, tuvo la oportunidad de conocer a la hija de Tati. Ella, quien le dio permiso para usar unas escenas de los filmes de Tati en Les Triplettes…, le contó además del guión sin realizar, y lo puso en contacto con la pareja de directores teatrales. Así que el encuentro entre la pareja y el animador de cine no pudo ser más afortunado. De allí salió L'Illusionniste (2010).

Chomet trabajó la cinta para tenerla lista en 2007, pero terminó estrenándola en 2010. Se trata de un trabajo animado en 2D (aunque también cuenta con 3D) que tuvo un presupuesto de más de 17 millones dólares, el film más costoso de Escocia. En éste intervinieron más de 300 personas (Chomet trabajó con dos estudios en Escocia, uno Francia y otro en Corea) para un resultado de más de 300,000 dibujos. Nombrar acá a Escocia no es gratuito, pues el film se desarrolla en Edimburgo (y no en Praga, como originalmente lo planteara su autor). La ciudad es tratada acá con tanta ternura que pasa a ser algo más que un telón de fondo para convertirse casi en otro personaje.

L'Illusionniste muestra esa preocupación paternal de Tati en la historia del encuentro del mago con la niña, pero igualmente deja ver la idea que tenía Tati sobre la condición del mundo (Chomet respetó el 80% del guión). El mago resulta ser una especie extinción, perdido en un mundo de nuevas formas de entretenimiento, en un mundo que ha perdido lo romántico, un mundo automatizado donde «se ha acabado la fantasía». Tal como expresa el mismo Tati en la frase que al principio leímos, sólo el alma infantil conserva la imaginación, sólo la niña cree en los magos, en su poder real. Se trata de un film triste, elegíaco, pero al mismo tiempo muy hermoso que hace homenaje al gran Tati y que se sumerge en la remembranza y en el cariño de tiempos más inocentes y más simples, tiempos que morían para aquel momento y que ya para nuestros días han muerto totalmente. Tiempos que sólo viven en la magia de las historias, de las películas.

L'Illusionniste, este domingo 22 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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