
Un muchacho desordenado que hace una película al año
Woody Allen lleva 44 años haciendo cine, y desde 1984 ha hecho una película por año, sin fallar. Había empezado con la serie en 1977, pero en 1980 no sacó nada al mercado. De lo que sí no cabe duda es que desde 1984 ha hecho una película por año. ¡Es decir, Allen cuenta con más de 40 películas! Bastante, muchísimo para aquel zagaletón que no pasó ninguna de las materias de cine en su lejana juventud, y cuyos profesores incluso dudaban de su sanidad mental. De hecho, uno de ellos le recomendó ir al siquiatra, único asunto en el que Allen fue obediente. Desde aquellos días, el director no falla sus citas con el médico de la cabeza. Claro, alguien dirá que aquello de una película por año es de locos. Y también alguien dirá que la cantidad no se impone sobre la calidad, pero nadie, absolutamente nadie, puede negar la trascendencia del cineasta y la importancia de filmes como Annie Hall, Manhattan, Zelig, Broadway Danny Rose, The Purple Rose of Cairo, entre otros tantos.
El camaleón Zelig
Una de las cosas que más me impresiona de Allen es su capacidad para moverse, para saltar de un género a otro sin dejar de ser él. De la ligereza cómica va al peso dramático, dejando siempre su marca. Él es como Zelig, su propio personaje de 1983, un camaleón, un cineasta multifacético que sin embargo, nunca deja ser él mismo. Admirador de Groucho Marx y fanático de Ingmar Bergman y de Federico Fellini, el alma de Allen es una fusión de ideas, temas y estilos donde muy pocas veces falta la mirada del humor. Claro, acá podríamos caer en la suprema tontería de creer que la comedia es un género menor que no refleja profundidades. Pero Allen, siempre, nos habla del alma humana, y es un notable admirador de los griegos, de su mitología y de los arquetipos. Lo más fantástico de él es que hasta en la comedia, la tragedia hace su camino. Allen entiende que el humor es una manera de afrontar el mundo. Pero también es capaz, ya lo dijimos, de dejar el humor a un lado y realizar una historia cargada de drama. El amor, las relaciones de pareja, con frecuencia conforman las obsesiones de sus historias. Pareciera que Allen no entiende el amor, y lo busca y lo piensa, tanto, pero tanto, que ha llegado a ser, paradójicamente, un experto en el tema. Y si hablamos del amor como culpa, mucho más. La culpa y el amor son dos grandes temas humanos, muy judeo-cristianos, y que sin duda apasionan a Allen, quien los ha explorado en todas sus etapas y en todas sus variantes. El amor y la culpa, el amor y el crimen, el amor y la separación. El amor como fracaso, el amor como misterio, como imposibilidad, como perdición, pero al mismo tiempo como belleza suprema y única razón de vida. Allen es un director complejo, no se queda en lo maniqueo, y eso lo hace grande. Sus personajes, hasta el más caricaturesco, tienen profundidad. Y ese es quizás uno de sus logros: hacer que la caricatura tenga alma. Y cuando no se trata de la comedia, la caricatura va a instalarse en la lucha contra el cliché que está en el amor y en la mezquindad del alma humana. Nada más cliché ni más difícil que contar historias de amor, nada más vulgar que la mezquindad del hombre. Pero es hacia allá donde va Allen y donde se bate a muerte con el mal gusto para regalarnos arte.
Al comienzo fue el humor, pero pronto también fue Manhattan
Aquel muchacho que estaba más preocupado por escribir buenos chistes, por jugar por las palabras, por burlarse de los judíos y de él mismo con lo más típico del humor judío, empezó escribiendo, precisamente, comedia con el film What´s New Pussycat? en 1965, y ya para 1966 estaba dirigiendo What's Up, Tiger Lily?, un film delirante, donde realmente Allen no dirige sino los diálogos, pues la película ya existe; se trata de un film japonés de acción que Allen deja tal cual y del que sólo sustituye los parlamentos. Luego de esto continuó haciendo filmes cargados de ácida y surrealista comedia, y ésta parecía ser su marca y su camino, hasta que en 1977 empieza a trabajar con historias que tienen lugar en la ciudad de Manhattan. Estamos hablando de Annie Hall (1978), Interiors (1978) y Manhattan (1979). Acá Allen encuentra un nuevo nicho, a parte de la comedia: encuentra su ciudad, y su ciudad comienza a convertirse en tema. Al mismo tiempo, con estos film, Allen se vuelve más introspectivo y aborda de manera más seria el tema amoroso. Desde entonces, y tal como ya señalé, alternará y mezclará drama y comedia, siempre con una delicadeza y un ritmo muy suyo, muy fluido, que siempre deja un grato sabor de vida vivida, de alegría recuperada.
De Europa a la casa
Nueva York, personajes neuróticos, humor, sexo, relaciones de pareja, una película de Allen es absolutamente reconocible del resto de las películas de cualquier otro director. Hasta las más recientes, menos afanosas en su arte y más insistentes con el continente europeo, son películas de Woody Allen.
De este su período de vueltas por el viejo mundo, tenemos sin embargo, una que lo devuelve a Nueva York. Hablamos de Whatever Works, de 2009. Un viejo guión que, como ya dijimos en otro texto, se quedó congelado en los años setenta y que Allen retomó en los últimos tiempos. Se trata de una historia protagonizada por un tristón Larry David, genio cínico y amargado que se enamora de una joven chica, y que, a través de ella, baja al mundo material de las relaciones familiares y de pareja. Un film de Allen que redescubre rincones de Nueva York, que busca, que escarba en las verdades del amor (el amor homosexual, el amor de tríos, el amor del hombre maduro con una mujer más joven) y en general, en los caminos de la honestidad y la felicidad. Toda una pieza que rescata el viejo sabor a Manhattan y el viejo sabor a terreno conocido y amado.
No me queda más que invitarte a disfrutar del arte del Woody Allen este viernes 18 de noviembre con la comedia Whatever Works, como parte del ciclo Sujetos de culto, por Max.