Los sueños de Akira Kurosawa, o el hombre contra la naturaleza

por max 15. marzo 2012 04:00

 

Este mes, Max presenta, lleno de todo el orgullo que esto conlleva, Los sueños de Akira Kurosawa (1990), uno de los últimos largometrajes de uno de los grandes maestros del cine japonés, quizás el más internacional de todos.

Contaba Kurosawa ya con 80 años (moriría en 1998, a los 88) cuando nos regaló esta obra maestra constituida por ocho cortometrajes inspirados en sueños que tuvo el a lo largo de los años. Estas ocho piezas reflejan una preocupación muy propia de la sensibilidad artística japonesa. Si nos remitimos, por ejemplo, a Hayao Miyasaki, uno de los directores contemporáneos más importantes de Japón, encontramos en él temáticas similares: la tecnología, el abuso de la energía y la guerra en contraposición a las fuerzas de la naturaleza y, en el caso de Kurosawa, también encontraremos la fuerza del arte en unión con el mundo.

En estos cortometrajes hay progresión argumental que va desde la captación del mundo a través del pensamiento mágico propio del mundo sagrado hasta la captación del espacio y el tiempo profanos, donde el miedo y el respeto por los misterios ha sido substituido por la locura racional del hombre, que no lleva más que a la destrucción de la naturaleza, y la del hombre mismo. La visión inicial del tiempo sagrado se hace a través de los ojos de los niños en los cortos «La luz del sol a través de la lluvia» y «El Huerto de durazno y la fiesta de la muñeca». Allí, la naturaleza se percibe como un lugar fascinante, muy cercano a los dioses y a su acontecer extraño, terrible y al mismo tiempo hermoso. La naturaleza y el tiempo interior de la naturaleza pertenecen al miedo primitivo, pero también a la convivencia, al respeto, a la reverencia, al ritual que acerca, por instante, a los dioses ya perdidos. Así, de la visión infantil, Kurosawa da un salto al mundo adulto, pero también a una manera de relacionarse con la naturaleza que todavía no es totalmente profana, que sigue teniendo algo de religiosidad. Se trata del corto «La tormenta de nieve». Ante el reto de la montaña, el hombre percibe lo natural de manera doble: es un deportista, un vencedor, un retador de aquello que ha temido durante tantos siglos. Pero, a pesar de su ego, no se convierte aún en un destructor. Hay algo místico y religioso en el montañismo, un cara a cara aún lleno de amor. Tanto así que la muerte, en esta contienda de altura, acecha más al hombre que a la naturaleza.

La muerte también está en la guerra, en la soledad del soldado en «El túnel». Acá la guerra (ausente pero con una presencia innegable) se muestra como la más clara imagen del ansia del hombre por controlar y ser el máximo señor del mundo. La guerra, paradójicamente, es la máxima expresión de la razón que sólo en la razón se recrea. La razón que se libra de todo pensamiento mágico, sagrado, que se libra del miedo y hasta del respeto de la naturaleza. Pero la guerra, el pensamiento de la guerra, la posibilidad de la guerra, mata al hombre mucho antes de que esté muerto de verdad. Entre la muerte, la vida y la guerra no parece haber diferencia. En este punto, Kurosawa parte una lanza por el arte, y en la mitad del largometraje ubica «Cuervos», donde Van Gogh (interpretado por Martin Scorsese), tiene una significación fundamental. El arte en fusión con la naturaleza. Van Gogh se pegó un tiro, sí, es cierto; su contacto con el arte y los campos no fue suficiente para evitar la muerte. Pero también es verdad que sólo en esa relación arte-naturaleza encontraba él su refugio, el poco que podía tener. Luego, Kurosawa también nos entrega algo más: aunque el final de Van Gogh fue trágico, su obra, basada en su visión de los campos, las plantas, los cielos y los sembradíos, inspira a muchos otros; les da paz y belleza. Allí, en esa visión, pareciera haber un punto de equilibrio entre el hombre y la naturaleza. El arte como una forma de religión conciliadora.

En los dos cortometrajes siguientes: «El monte Fuji Rojo» y «El demonio lastimero», Kurosawa nos muestra las consecuencias de la soberbia de la razón: destrucción de la naturaleza, muerte del hombre, caos. La razón como máxima destructora, la razón como locura. Y finalmente, el último cortometraje, «El pueblo de los molinos de agua», nos presenta una imagen poética de esta relación del hombre y la naturaleza, un estado ideal, un equilibrio, una utopía ecologista, una ecología donde la salud espiritual es la consigna. No es fácil, hablar de estas ideas y no ser en extremo propagandístico. Kurosawa, todo un maestro, logra sin embargo tratar estas complejas relaciones y hacer arte. Uno de sus últimos legados, es un llamado a la humanidad, a su desesperación por el poder, es un mensaje de sabiduría, y al mismo tiempo una expresión de arte magnífica. Del temor del tiempo primitivo, pasando por el reto espiritual y los bautismos del arte, la sinrazón de la guerra y la contaminación de los tiempos profanos, y de allí a la sabiduría ecológica final, Los sueños de Akira Kurosawa es un paseo por la mente del hombre y su relación con su lugar de residencia, con este mundo donde sueña, pero también, donde forja pesadillas.

Los sueños de Akira Kurosawa, este viernes 16 de marzo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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