Only The Young, o los dioses vagabundos contra el olvido

por max 4. febrero 2014 09:22

 

Elizabeth Mims y Jason Tippet son jóvenes, y admiran a directores amados por los jóvenes que aman el cine. No es de extrañar que les guste el cine de Gus Van Sant, o el de Larry Clark, no es de extrañar que, poniéndose a dirigir, trabajen estéticas parecidas a la de estos directores que admiran. Ser joven es estar cerca de esas idolatrías, no está mal, es parte del proceso de aprendizaje. No obstante, Mims y Tippet han logrado dar un salto por encima de lo que llamaríamos admiración o incluso homenaje desde el influjo de la imitación y han hecho una ópera prima que encuentra sus propios caminos. Hablamos de Only The Young (2012), un documental que toma la delicada estética que hemos visto en Van Sant en filmes como Elephant (2003), pero que se aleja de las oscuridades del alma juvenil que tanto le han atraído al maestro. El tema de Mims y Tippet es, efecto, la juventud. La exploran, pero sin el velo cargado de miedo, o preocupación o delirio de Van Sant o Clark. Mims y Tippet se van hacia tres patineteros (skaters) y comienzan a seguirlos, a registrar sus vidas más allá de lo evidente, de lo que los adultos, por ejemplo, ven y conocen. Yo siempre me he preguntado qué hace un gato cuando uno no lo ve, adónde va, con quiénes se relacionan. Así, del mismo modo que la ausencia de los gatos —esa especie de dioses mínimos— es un misterio, también la vida de un joven quinceañero puede serlo.

¿Qué hacen estos chicos cuando no están en casa, qué conversan cuando no están los adultos alrededor, qué les inspira fuera de la escuela? Only The Young va tras la pista de estos muchachos y los encuentra en sus predios, una casa abandonada, la calle, las pistas de patinaje, terrenos baldíos, en una ciudad, en una pequeña ciudad (Santa Clarita, California) sumida en la depresión económica. El asunto es que, al irnos tras estos gatos, tras estos mínimos dioses, no nos encontramos una vida sórdida, como podríamos esperar de filmes producidos bajo la mirada ficcional de directores como Van Sant o Clark. Dentro de aquella casa abandonada no hay drogas, ni en los cuartos de esa casa o de la de ellos mismos hay sexo. Hay sí, hormonas bullendo, amor, celos, hay incluso desorientación en la vida (vamos, apenas tienen quince años), pero no hay abyección. Estos muchachos que se visten como patinadores, que de hecho, son patinadores, son además cristianos, y creen en el amor, y son dueños de una cierta correcta medianía que los contiene, una correcta medianía, por cierto, que también podría ser una luz interior. Estamos ante un documental, nada es falso: así son ellos, muchachos que se mueven a través de la decadencia de su ciudad y de su tiempo. No son un hatajo de oscuridades, ni locura con armas en las escuelas, ni el abismo de la droga; son chicos con sentimientos, chicos sí, quinceañeros, con sus vidas, con sus circunstancias, con sus pensamientos raros e intensos. Pero con todo, la destrucción no los ocupa. Son ellos reales en una cinta muy estilizada, magníficamente dirigida, que parece ficción pero no es. Allí están, veámoslos vagando por una ciudad llena de espacios vacíos o abandonados, vagando como almas en pena, ocupando esos lugares que ya nadie quiere. Son, volviendo a los gatos, como dioses olvidados en un mundo que ya no los necesita. De hecho, uno de los chicos dice que ellos son los dioses de la ciudad. Lo extraño es que estos dioses son jóvenes y no saben bien todavía cómo tomar el mundo por asalto. Les preocupa su momento, les preocupa el poco dinero que tienen, les preocupa incluso su futuro en un lugar sin futuro, y sus dominios, el de estos dioses, es el abandono. Los niños de América a los que tanto se les teme en cintas donde la violencia es un reflejo de la locura del país, en ésta son en cambio una necesidad de expresión, un silencio que vagabundea y que se cuestiona sobre sus propias vidas. Son chicos que están aprendiendo a crecer en medio de una época cargada de dificultades, de crisis, de conflictos. Son dioses de sí mismos en el pequeño espacio que ocupan, y se encargan de vivir el momento. Este documental es el momento, el disfrute del momento. Es más, el documental en sí mismo, todos los documentales en sí mismos, son quinceañeros, viven para el momento y viven también la insatisfacción de lo que ven. El documental no todo lo cree, no todo le place, es un chico que deambula buscando sus verdades. Así es como estructura genérica, así es el ensayo (tan unido al documental), así son estos chicos de Santa Clarita, California. Sólo ellos, estos jóvenes, los vagabundos y los dioses del olvido (nada más imposible que un dios del olvido). Allí viven, en mundo que no es de ellos, siendo lo que todavía no son, buscándose. Son como viajeros que han llegado a una ciudad abandonada y que comienzan a reconstruir el mundo sobre esas ruinas. ¿Qué saldrá de allí, qué conformará el alma de esos nuevos habitantes? He allí la pregunta que buscamos leer en ellos. El documental no nos lo dice, nos lo deja a nosotros, allí, en medio de esa estética que —lejos del olvido— paga homenaje a directores de fuerte aire independiente, pero que al mismo tiempo se aleja de sus visiones, para adentrarse, con calma e inteligencia, en tierras más cargadas de intimidad, de compasión, de simpatía. Vagar es también una forma de viajar, quizás la mejor, cuando se es joven.

Only The Young, este martes 4 de febrero, por Max.

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Restless, o las pasiones juveniles de Gus Van Sant

por max 8. marzo 2013 13:05

 

Gus Van Sant lleva ya más de tres décadas explorando la inquieta alma juvenil y sus extremos. El mundo de las drogas en Drugstore Cowboy (1989), la prostitución en My Own Private Idaho (1991), la locura y el horror de los asesinatos en los colegios en Elephant (2003), la decadencia, la presión de la fama el suicidio de un joven rock star en Last Days (2005), la culpabilidad de un patinetero y el asesinato en Paranoid Park (2007).

Luego de haber coqueteado con los grandes estudios y darle una patada a la mesa del Oscar con Milk en 2008, el cineasta volvió a esas viejas obsesiones —o inquietudes— con Restless (2011), el drama de una pareja muy joven que vive rodeada por la presencia de la muerte. Ella, Annabel (Mia Wasikowska), padece un cáncer letal (tumor cerebral), una chica hermosa y dulce, obsesionada con Darwin y los pájaros acuáticos. Él es Enoc (Henry Hopper), un muchacho que tiene la costumbre de colearse en funerales de gente desconocida y que además conversa con el fantasma (eso suponemos, que es fantasma) de un kamikaze japonés. Ambos personajes perfilan una asentada madurez a pesar de ser tan jóvenes (edad que presupone inquietud de espíritu), dada por esa relación cercana con la muerte que los hace sentirse finitos y preguntarse sobre la existencia. Al film lo recorre ese sentido de la madurez, que va acompañado además de los conceptos del honor y la nobleza (de allí el kamikaze), elementos que ayudan a enfrentar y a asumir la muerte. Así, con esa vuelta atrás a un estilo muy indie, muy de bajo presupuesto, muy de película pequeña y delicada, Van Sant nos lleva por los meandros de la muerte y el amor; del amor como esa forma de combatir la muerte, y no de morir en vida exaltado por la pasión. La inquietud juvenil de los filmes de Van Sant acá sigue presente (restless, inquietud, por eso mi insistencia con la palabra a lo largo del texto), pero ahora matizada por ese destino inexorable —esa gran presencia— que es el fin de la vida. Restless resulta así una fábula romántica pero al mismo tiempo gótica, una fábula mórbida, a lo Gus Van Sant, pero más delicada de lo que el autor suele ser.

Restless, este domingo 10 de marzo. Amor, muerte, juventud. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Los jueves de diciembre, la música, el cine y el alma

por max 4. diciembre 2012 10:55

 

La música, siempre presente. Los pitagóricos la incluyeron entre las sietes artes liberales; para ellos era un saber exacto junto a la geometría, la astronomía y la aritmética. En su doctrina, las matemáticas y la música se unían en el concepto de harmonia, que significa proporción de las partes en un todo. Así, se establecía un paralelismo entre los intervalos acústicos, base de la música, y las distancias que separaban a los planetas. El universo, la música y las matemáticas estaban fuertemente unidos en este pensamiento filosófico nacido de Pitágoras. Había pues una música callada en las esferas celestes, una música que unía el Cosmos. La harmonia también estaba en el alma. En el microcosmos y en el macrocosmos existía la música como elemento de sostén, como elemento generador. Bajo esta visión, la música es creador, por decirlo así. Si mal no recuerdo, y disculpen el salto, en El Silmarillion del Tolkien, el canto de los ainur y de Ilúvatar crea el mundo.

Se dice que esta idea de Tolkien fue inspirada en fuentes ancestrales. Una antigua leyenda persa nos cuenta que Dios hizo una estatua de barro para meterle el alma, pero el alma no se quedaba quieta. Así que para calmarla Dios pidió a los seres celestiales cantaran una canción. Esa canción hizo el alma se estuviera tranquila del cuerpo de barro. Los sufís, por otra parte, sostienen que Dios creó el mundo a partir del sonido. En las religiones africanas, la música y los dioses están estrechamente unidos. Hoy en día los dioses siguen sonando en África y el Caribe.

 

 

En Japón tenemos otra leyenda de creación y música, que voy a relatar brevemente. La historia nos habla de Amaterasu, la diosa del sol. Ella vivía encerrada en una caverna mientras afuera el mundo era frío y sin vida. Cansada del silencio, la diosa tomó seis arcos e hizo la primera arpa. La diosa tocaba aquel instrumento, y cierto día, otra diosa, Ame-no-Uzume, atraída por aquella música, comenzó a bailar y a cantar. El canto llamó la atención de la diosa Amaterasu. Su curiosidad fue tal que se asomó fuera de la caverna. Al hacerlo, su luz llenó el exterior y entonces el mundo se hizo, el mundo fue creador, con sus plantas y sus animales y sus hombres. El crítico de Jazz y estudioso de la música Joachim-Ernst Berendt's habla mejor que yo de todo esto en The World Is Sound: Nada Brahma.

Pero sigamos. Nietzsche escribe, en sus primeros tiempos, El nacimiento de la tragedia. Este libro portentoso habla sobre las fuerzas dionisiacas y las apolíneas, y sobre Wagner. La música, para aquel Nietzsche, era lo que salvaba al hombre en el mundo. San Agustín también habló de la música. La vio primero desde el punto de vista filosófico, muy cercano al de los pitagóricos y a su perfección armónica. Luego, con el paso de los años, vuelve a meditar sobre el tema, y ésta vez lo hace desde su visión religiosa, contemplativa. Entonces la música para San Agustín se convierte en una vía para llegar a Dios, para estar en Dios.

 

 

La música como ente sagrado, la música como elemento para lo sagrado está allí presente, en todos estos pensadores, en todas estas historias. De tal modo la seguimos entendiendo hoy día. La música tiene algo que nos lleva más allá. No es sólo entretenimiento. Pero también la música, despojada de esa sacralidad, la música en nuestro mundo profano o laico, mezclada a rituales desacralizados y drogas desacralizadas, se convierte en un elemento a todas luces destructor. Con el poder, con lo grande no se puede jugar, porque lo grande te destruye. Rudolf Otto hablaba de lo numinoso, una energía poderosa que repele y al mismo tiempo fascina, que inspira y al mismo tiempo que puede destruir.

Así pues, quien se enfrenta a lo numinoso sin estar debidamente preparado puede ser destruido. Recordemos a Rilke cuando hablaba de los ángeles. Decía «Todo ángel es terrible». Darle la cara a lo sagrado puede ser terrible, puede acabar contigo. Aunque también puede ser que ese careo con lo sagrado, y que ese dejarse destruir pueda ser consciente. Pueda ser incluso, una forma de purificación profana.

 

 

Con todo, la música siempre tendrá ese poder. Ha llevado a los abismos y a la muerte a más de uno. Los señores del rock han padecido tales enfrentamientos. Se han lanzado con los ojos cerrados a los abismos de la música, y unos cuantos no han regresado. ¿Nunca lo supieron? ¿Nadie les aviso? Pues quién sabe. Algunos lo habrán ignorado. Otros, más inteligentes y más trágicos, quizás sí sabían lo que les esperaba, y aún así se atrevieron. Son los temerarios de la música, los hijos de la música. Ya lo dije arriba: quizás en ellos, el sacrificio profano es una forma de purificación profana. Quién sabe. La música se los llevó, eso es indudable.

Este mes, Max nos trae, durante cuatro jueves de diciembre, la experiencia de la música como ente sagrado y ente destructor, como fuente de luz y fuente de oscuridad luminosa.

El jueves 6 tocaremos los últimos acordes de un vacío ídolo del rock en Los últimos días de Gus Van Sant, el jueves 13 marcharemos con los redoblantes y el sonido de las botas militares en Pink Floyd The Wall, el jueves 20 subiremos al escenario con el mejor guitarrista de todos los tiempos en el documental Jimi Hendrix, y el jueves 27 tocaremos en un piano blanco un tema inmortal de un músico inmortal en Imagine: John Lennon.

Cuatro filmes, cuatro visiones de esa relación entre el hombre y la música, tan cercana, tan terrible, tan violenta, tan hermosa. Sólo en diciembre.

Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Polytechnique, o la locura sin oídos

por max 24. abril 2012 07:16

 

Siguiendo el rastro y las preocupaciones marcadas por filmes como Bowling for Columbine (2002) de Michael Moore, y Elephant (2003) de Gus Van Sant, el director canandiense Denis Villeneuve (Maelstrom, Incendies) entregó en 2009 Polytechnique, un film inspirado en una masacre que tuvo lugar en la École Polytechnique de Montreal el 6 de diciembre de 1989, cuando un hombre de nombre Marc Lépine entró y asesinó a 14 mujeres, alegando que el «feminismo» había desgraciado su vida.

Polytechnique es film en blanco y negro, con música minimalista y escasos diálogos, donde el director deja ver los hechos, sin juzgar, sin intervenir, sin explicar ni siquiera los motivos del asesino. ¿Por qué el señor Villeneuve hace esto? Estamos, sin duda, en tiempos de voces. El feminismo es una de ellas. Esa voz se ha alzado con fuerza y ha ido poniendo a la mujer en el lugar que se merece. La razón, la justicia, el derecho, la igualdad hacen su espacio. Pero también, parece decirnos Villeneuve, estamos en los tiempos de la locura absoluta. De los sinsentidos, de las sinrazones. A veces, en los momentos menos esperados de la existencia, parece estallar la locura asesina que se lleva la vida sin explicaciones. Algo está mal. Algo, en alguna parte está mal. ¿Qué se esconde, no tras la soledad, sino tras la alienación del hombre? Pareciera que cada vez estamos más separados de los otros. Cada vez el mundo nos pisa más y más, nos hunde, nos separa. La expatriación del alma es, sin duda, una terrible forma de ofensa, de humillación. Lo que se acumula en ese lugar, en ese tiempo de alienación, estalla. Estalla sin explicaciones. Estalla y se equivoca, pero estalla, genera violencia, muerte, locura, dolor.

Recuerdo un momento de Bowling for Columbine. Está Marilyn Manson, y le preguntan qué les diría a los muchachos que perpetraron la masacre. Manson responde que él no les diría nada, que él los escucharía. Quizás eso le haga falta al mundo, más oídos que escuchen.

Polytechnique, este jueves 26 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Los últimos días, o el fracaso de la contracultura

por max 3. abril 2012 03:47

 

Grunge comercial-contracultural

Never Mind de Nirvana, Ten de Pearl Jam. Esos son los dos álbumes, estas son las dos bandas que le dieron vida al grunge. Y el grunge, sí, es un estilo musical: es indie rock, con heavy, con punk. Es rock alternativo, es la paz y el grito, el vacío y la explosión en el vacío. Porque el grunge es también una actitud de vida: contracultura sí, pero contracultura que, a pesar de sí misma, se vuelve comercio, éxito social. Mientras el alma punk estaba llena de rabia, pero entendía que esa rabia era una manera de cambiar el mundo, el grunge estallaba desde el silencio, desde el vacío de un alma que no cree nada y se sabe vencida desde el inicio. El grunge explota desde el descreimiento del mundo. Nada puede ser cambiado, nada sirve, pero acá estoy yo, gritándole a la nada mi nada. El grunge, ya se dijo, es la contracultura derrotada, la contracultura que acepta su derrota y que, sabiéndose derrotada, se deja arrastrar por el mar de los dólares, de las multitudes y del capitalismo para terminar crucificada en su propio vacío, vacío asqueado del mundo. ¿No me creen? Hablemos entonces de la gran estrella contracultural muerta.

 

La gran estrella contracultural muerta

Aquí viene la gran estrella contracultural muerta, aquí viene vestido de mujer, con la cabeza baja, llorando por las esquinas sin lágrimas que llorar. Aquí viene la gran estrella contracultural muerta; sabe, desde el principio, que ha fracasado. Pero se deja llevar, se deja llevar, lo suyo es la gravedad. La gravedad y la gran estrella contracultural muerta. La gravedad, la caída, la silenciosa caída que termina en estrepitoso olor a pólvora. Al final, lo que queda es hacerse daño. Hacerse daño es el máximo placer, el último placer es matarse. Nihilismo, estoicismo, la gran estrella contracultural muerta lo sabe, o lo sabía. La gran estrella contracultural muerta murió un 8 de abril de 1994. Lo encontró un electricista que llegó para instalar un nuevo sistema de seguridad en su chalet con vista al lago Washington, al norte de la ciudad de Seattle. Ni la vista al lago salva, porque la gran estrella contracultural muerta estaba muerta, rodeada de un enorme charco de sangre. Se había tomado una sobredosis de heroína y después se había volado la parte izquierda de la cabeza con una escopeta Remington calibre 20. Esto lo cuentan las noticias, y así lo repiten Joseph Heath y Andrew Potter en Rebelarse vende (Taurus, 2005). Dicen los autores sobre todo este asunto de la estrella contracultural muerta:

 

«A Kurt Cobain lo mató Kurt Cobain. Pero el cantante de Nirvana también fue víctima de una idea falsa: la teoría de la contracultura. Aunque se consideraba un músico punk, un rockero dedicado a hacer música "alternativa", había vendido millones de discos. En gran parte fue él quien propició que la música antes denominada "rock duro" se rebautizara como "grunge", una etiqueta mucho más comercial. Pero en vez de sentirse orgulloso, esta popularidad siempre le pareció algo de lo que avergonzarse. Tenía mala conciencia por haberse "vendido a las multinacionales".»

 

El lector-director grunge

Gus Van Sant es un hito del cine independiente. Tiene ese talento para conseguir temas espinosos, contemporáneos, y al mismo tiempo, tiene también eso que lo hace, extrañamente comercial. Es como si fuera un director grunge. Gus Van Sant sabe leer en el nihilismo, en el estoicismo o en la vacío de la contemporaneidad. Sobre todo, en el alma de esos jóvenes acorralados, perdidos en estos tiempos inexplicables donde hasta la contracultura es parte del sistema. El sistema perfecto, la máquina perfecta. La excepción habrá de ser tragada, absorbida, y si la excepción no está cómoda con el lugar que se le ha asignado, pues que estalle y se elimine. Que se aniquile a sí mismo (y a unos cuantos más), entre vicios, pasiones desenfrenadas y escopetas. Al final, la excepción, ese juguete roto, desaparecerá, y el sistema seguirá funcionando. Gust Van Sant, monstruoso clarividente, deja ver esto en sus filmes. Recordemos Drugstore Cowboy (1989) My Own Private Idaho (1991), Elephant (2003), Paranoid Park (2007) y, por supuesto, Los últimos días (Last Days, 2005).

 

Los últimos días

En abril, Max nos trae de Gus Van Sant, Los últimos días, una recreación de los momentos postreros del vocalista del grupo Nirvana, Kurt Cobain. Este jueves 5 de abril, reinventa, reimagina… Descubre Max.

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La calle del Rey, o las rutas de Valdís

por max 1. noviembre 2011 08:14

 

Si yo digo Valdís, eso a nada nos suena, ¿verdad? Si yo digo que Valdís es un nombre, entonces no sabemos si es hombre o mujer. Si digo Valdís Óskarsdóttir, quizás el Óskar nos haga pensar en un hombre. Pero no, Valdís es nombre de mujer. Es un nombre islandés, para más señas. Valdís se relaciona a su vez con nombres como Thomas Vitenberg, Gus Van Sant y Michel Gondry. ¿Por qué? Porque Valdís es editora de cine. Editora de las buenas, de las mejores, supone uno, porque para trabajar con estos nombres tan importantes, tendría que serlo. Nada más y nada menos que con un acólito de Dogma (fue editora de The Celebration, de 1998, primer film danés del grupo Dogma 95, encabezado por Thomas Vitenberg y Lars Von Trier), con un loco norteamericano que nada entre las aguas del cine independiente y el cine comercial con filmes como Drugstore Cowboy, My Own Private Idaho, Elephant o Finding Forrester (donde trabajo Valdís) y con un director francés de comerciales, videos y películas tan alucinadas como Human Nature y Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Pero Valdís también es directora. En julio pudimos disfrutar en Max de Country Wedding (2008), la historia de una pareja de Reykjavik que decide casarse en el campo, y termina enfrentándose a una serie de conflictos, secretos y alegrías familiares en el autobús donde estos novios viajan con todos los invitados. Un film fatal y al mismo tiempo divertido, con mucho de la herencia de cámara en mano que le dejara Dogma.

Este mes volveremos a disfrutar del trabajo de Valdís Óskarsdóttir, gracias al film La calle del Rey (Kóngavegur, 2010), una comedia (ese humor de la directora, tristón, negro siempre está allí de fondo) con profundos marcas de drama que nos muestra la cara más patética y empobrecida de un país como Islandia. Es la historia de un retorno, de un hijo que vuelve a la búsqueda del auxilio de un padre que recuerda como un banquero próspero, pero que se lo encuentra viviendo en un marginal parque de caravanas, totalmente arruinado, casado con una deprimente ex reina de belleza y rodeado de una caterva de vecinos estrafalarios y no menos ensombrecidos por la decadencia. Son los personajes de la periferia, los abortados por la maquinaria correcta, aquellos del limbo, que forman y no forman parte de la sociedad. Allí se detiene la directora, allí hurga, allí también se divierte con su particular sentido del humor, para mostrarnos ese mundo, para contarnos de un país tan lejano y desconocido por todos. Al conocer estas historias pequeñas, entendemos que Islandia es como cualquier parte del mundo, que sus sueños y sus pesadillas son las de todos, las de todos los seres humanos.

La calle del Rey, el miércoles 2 de noviembre, por Max.

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