
La música, siempre presente. Los pitagóricos la incluyeron entre las sietes artes liberales; para ellos era un saber exacto junto a la geometría, la astronomía y la aritmética. En su doctrina, las matemáticas y la música se unían en el concepto de harmonia, que significa proporción de las partes en un todo. Así, se establecía un paralelismo entre los intervalos acústicos, base de la música, y las distancias que separaban a los planetas. El universo, la música y las matemáticas estaban fuertemente unidos en este pensamiento filosófico nacido de Pitágoras. Había pues una música callada en las esferas celestes, una música que unía el Cosmos. La harmonia también estaba en el alma. En el microcosmos y en el macrocosmos existía la música como elemento de sostén, como elemento generador. Bajo esta visión, la música es creador, por decirlo así. Si mal no recuerdo, y disculpen el salto, en El Silmarillion del Tolkien, el canto de los ainur y de Ilúvatar crea el mundo.
Se dice que esta idea de Tolkien fue inspirada en fuentes ancestrales. Una antigua leyenda persa nos cuenta que Dios hizo una estatua de barro para meterle el alma, pero el alma no se quedaba quieta. Así que para calmarla Dios pidió a los seres celestiales cantaran una canción. Esa canción hizo el alma se estuviera tranquila del cuerpo de barro. Los sufís, por otra parte, sostienen que Dios creó el mundo a partir del sonido. En las religiones africanas, la música y los dioses están estrechamente unidos. Hoy en día los dioses siguen sonando en África y el Caribe.

En Japón tenemos otra leyenda de creación y música, que voy a relatar brevemente. La historia nos habla de Amaterasu, la diosa del sol. Ella vivía encerrada en una caverna mientras afuera el mundo era frío y sin vida. Cansada del silencio, la diosa tomó seis arcos e hizo la primera arpa. La diosa tocaba aquel instrumento, y cierto día, otra diosa, Ame-no-Uzume, atraída por aquella música, comenzó a bailar y a cantar. El canto llamó la atención de la diosa Amaterasu. Su curiosidad fue tal que se asomó fuera de la caverna. Al hacerlo, su luz llenó el exterior y entonces el mundo se hizo, el mundo fue creador, con sus plantas y sus animales y sus hombres. El crítico de Jazz y estudioso de la música Joachim-Ernst Berendt's habla mejor que yo de todo esto en The World Is Sound: Nada Brahma.
Pero sigamos. Nietzsche escribe, en sus primeros tiempos, El nacimiento de la tragedia. Este libro portentoso habla sobre las fuerzas dionisiacas y las apolíneas, y sobre Wagner. La música, para aquel Nietzsche, era lo que salvaba al hombre en el mundo. San Agustín también habló de la música. La vio primero desde el punto de vista filosófico, muy cercano al de los pitagóricos y a su perfección armónica. Luego, con el paso de los años, vuelve a meditar sobre el tema, y ésta vez lo hace desde su visión religiosa, contemplativa. Entonces la música para San Agustín se convierte en una vía para llegar a Dios, para estar en Dios.

La música como ente sagrado, la música como elemento para lo sagrado está allí presente, en todos estos pensadores, en todas estas historias. De tal modo la seguimos entendiendo hoy día. La música tiene algo que nos lleva más allá. No es sólo entretenimiento. Pero también la música, despojada de esa sacralidad, la música en nuestro mundo profano o laico, mezclada a rituales desacralizados y drogas desacralizadas, se convierte en un elemento a todas luces destructor. Con el poder, con lo grande no se puede jugar, porque lo grande te destruye. Rudolf Otto hablaba de lo numinoso, una energía poderosa que repele y al mismo tiempo fascina, que inspira y al mismo tiempo que puede destruir.
Así pues, quien se enfrenta a lo numinoso sin estar debidamente preparado puede ser destruido. Recordemos a Rilke cuando hablaba de los ángeles. Decía «Todo ángel es terrible». Darle la cara a lo sagrado puede ser terrible, puede acabar contigo. Aunque también puede ser que ese careo con lo sagrado, y que ese dejarse destruir pueda ser consciente. Pueda ser incluso, una forma de purificación profana.

Con todo, la música siempre tendrá ese poder. Ha llevado a los abismos y a la muerte a más de uno. Los señores del rock han padecido tales enfrentamientos. Se han lanzado con los ojos cerrados a los abismos de la música, y unos cuantos no han regresado. ¿Nunca lo supieron? ¿Nadie les aviso? Pues quién sabe. Algunos lo habrán ignorado. Otros, más inteligentes y más trágicos, quizás sí sabían lo que les esperaba, y aún así se atrevieron. Son los temerarios de la música, los hijos de la música. Ya lo dije arriba: quizás en ellos, el sacrificio profano es una forma de purificación profana. Quién sabe. La música se los llevó, eso es indudable.
Este mes, Max nos trae, durante cuatro jueves de diciembre, la experiencia de la música como ente sagrado y ente destructor, como fuente de luz y fuente de oscuridad luminosa.
El jueves 6 tocaremos los últimos acordes de un vacío ídolo del rock en Los últimos días de Gus Van Sant, el jueves 13 marcharemos con los redoblantes y el sonido de las botas militares en Pink Floyd The Wall, el jueves 20 subiremos al escenario con el mejor guitarrista de todos los tiempos en el documental Jimi Hendrix, y el jueves 27 tocaremos en un piano blanco un tema inmortal de un músico inmortal en Imagine: John Lennon.
Cuatro filmes, cuatro visiones de esa relación entre el hombre y la música, tan cercana, tan terrible, tan violenta, tan hermosa. Sólo en diciembre.
Reinventa, reimagina… Descubre Max.