Revolución este domingo

por max 18. noviembre 2011 13:45

 

Hay acontecimientos históricos que marcan, que son fundadores de nuestra personalidad, de nuestra alma. Para México, la Revolución es uno de esos acontecimientos que se repiten como ecos en la boca de todos, del que se habla con orgullo, que se realza en las escuelas y que está narrado una y otra vez en los libros. Es incluso herramienta de venta, arma de mercadeo, artículo de exportación. Hollywood ha hecho de la Revolución Mexicana un tema fascinante para la taquilla hace ya mucho rato.

Desde un punto de vista más reflexivo, sin querer obviar lo comercial, el film de producción mexicana Revolución (2010), explora aquel acontecimiento histórico. Justo cuando se conmemoran los cien años de la fecha patria, sale este trabajo de ficción cuya premisa fue hablar de la Revolución con toda libertad creativa; eso sí, sin forzar una postal histórica que recree el pasado, sino más bien llevando los acontecimientos al año 2010. Para ello, los productores reunieron a diez directores (no todos mexicanos) que realizaron diez cortometrajes de diez minutos cada uno. El espectro varía desde la comedia, el filme contemplativo hasta el experimento al borde del documental y la ficción, metáforas todos de un país complejo que muestra lo mejor y lo peor de una herencia tan poderosa como lo fue la Revolución.

Los diez cortometrajes son:

 

«La bienvenida» de Fernando Eimbcke (México, 1970). El corto se centra en el mundo rural, en la música de Mozart y en la desolación de unas vidas que quizás no tengan nada que celebrar en un día patrio. Una especie de Esperando a Godot de la Revolución.

 

«Lindo y querido», de Patricia Riggen (México, 1970), es una pequeña comedia que se inicia con una familia de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos viendo la manera de sacar a su padre muerto del país para enterrarlo en su pueblo natal. La Odisea de aquellos que se van de su país porque no tienen nada que celebrar, porque la Revolución no llegó hasta ellos.

 

«Lucio», del actor Gael García Bernal (México, 1978), también se funda en un mundo rural y en torno a los niños como protagonistas. Acá, el juego vacío de las tradiciones, de las canciones, de los símbolos patrios manoseados y vueltos a manosear, se contrasta con la niñez y la juventud contemporáneas.

 

«El cura Nicolás colgado», de Amat Escalante (España, 1979), es un film de excelente fotografía, cargado de imágenes, de simbolismos (¿el colgado del Tarot?), de desiertos y de niños que también funcionan como referencia al presente y claro está, al futuro.

 

«Este es mi reino», de Carlos Reygadas (México, 1971), se presenta como uno de los cortos más interesantes del grupo. Entre la ficción y el documental, el film se sitúa en una fiesta de campo donde están reunidas distintas clases sociales. El alcohol y el tiempo comienzan a hacer estragos, y el caos toma su lugar, así como los odios y las diferencias.

 

«La tienda de raya», de Mariana Chenillo (México, 1977), es una comedia con toque de romance (o más bien una especie de comedia romántica) que se desarrolla en un supermercado. El término tienda de raya viene de ese tipo de tiendas donde los obreros solían firmar los vales con que les pagaban para realizar las compras con una raya de tiza, pues no sabían escribir, mucho menos firmar.

 

«R-100» de Gerardo Naranjo lleva el título del nombre de una moto marca Mazda, y sus hechos se desenvuelven en una carretera vacía y con dos personajes. Un film sin palabras, lleno de tensión y violencia. Un road short de los caminos de México, un espíritu guerrero transmutado en delincuencia.

 

«30/30» de Rodrigo Plá (Uruguay, 1968) se adentra en el tema del héroe y de los descendientes del héroe, lo que nos lleva a otro tema, al de la imagen y la representación; de cómo todo luce más bonito con publicidad, homenajes y fotografías mientras que la realidad es otra, no tan lumínica como luce en los medios.

 

«Pacífico» de Diego Luna (México, 1979) busca la consideración de la paternidad, sobre el hecho de cómo ser padre puede ser una revolución en sí misma. El film, de alguna manera, pareciera mostrar a los mexicanos como huérfanos de la Revolución que los dejó «libres» pero sin claras guías, sin un camino precisado y sin la compañía de los mayores.

 

«La Séptima y Alvarado» de Rodrigo García (Colombia, 1959) es un corto filmado en cámara lenta trabajado desde lo urbano por el hijo de Gabriel García Márquez. Un barrio de Los Ángeles, un punto en específico (el del título) y gente que va y viene; caras de mexicanos, ocupando los Estados Unidos, como si esos movimientos, como si esa presencia fuese una nueva revolución.

 

Ya lo sabes, Revolución, el domingo 20 de noviembre. Por Max.

Para retransmisiones, haz clic acá.

Diarios de una motocicleta, ciclo de Gael García Bernal (parte 3)

por max 25. mayo 2011 06:38

 

Las road movies son las hijas contemporáneas del viaje iniciático del héroe. Sólo que en las road movies la máquina toma un lugar preponderante. La máquina se transforma, eso sí, es el instrumento de la magia. Ernst Jünger en su libro Los titanes venideros señala: «A menudo la técnica tiene algo de asombroso. Es cómico, pero a veces, mientras hablo con alguien por teléfono, todavía tengo la sensación de llevar a cabo no solamente un acto posibilitado por la técnica, sino también algo que es mágico». Esa idea de lo mágico y la técnica (en este caso la técnica que ha llevado al motor que se desplaza) está muy presente en las películas iniciáticas que abrieron los caminos de asfalto de los Estados Unidos. La magia sobre la carretera está en el descubrimiento del alma, en la naturaleza, en el paisaje humano. La máquina y el viaje en función de lo espiritual.

El cineasta brasilero Walter Salles (Central do Brasil, Dark Water) conoce los alcances del género. Actualmente prepara On the Road, la versión fílmica del clásico de la literatura norteamericana escrito por Kerouac. No obstante, ya en 2004, Salles se adentró en el género con Diarios de una motocicleta, film basado en los diarios de viaje de Ernesto «Che» Guevara y Alberto Granado. Sin duda, allí, en ese material escrito, hay una película, una especie de road movie. Walter Salles supo verla y se planteó realizarla. Pero no es fácil darle rostro al personaje del Che Guevara. Se trata de una figura demasiado fuerte, con demasiada personalidad. Para ser llevado a la pantalla, el Che requiere de un actor que sepa manejar matices. En este caso, el asunto a Salles se le dificultaba aún más porque se trataba de un Guevara joven, de un Guevara en sus años universitarios, que iba a descubrirse en el viaje. El actor que lo interpretaría tendría que estar consciente de que Ernesto, un muchacho burgués, debía atravesar por un proceso difícil de despertar, mezcla de profundo amor por lo humano y al mismo tiempo de rabia. Ese actor terminó siendo alguien joven y con mucho talento actoral. Por supuesto, hablamos de Gael García Bernal. Gael tiene todo el aspecto de un joven universitario con ojos brillantes que quieren descubrir el mundo. Gael, por su parte, sabe de registros, y puede asumir sin problema la evolución, la transformación. Porque, como ya se dijo, en este film el amor se mezcla con la ira justiciera. El Che despierta al amor, pero también a las armas. Según el punto de vista del revolucionario que se alza en armas, una cosa es la violencia del que despierta y otra la fuerza del que oprime. Georges Sorel dice en Reflexiones sobre la violencia: «Los términos fuerza y violencia se emplean unas veces hablando de actos de autoridad, y en otras ocasiones hablando de actos de rebelión. Resulta claro que estos dos casos dan lugar a consecuencias harto diferentes. Estimo yo que se saldría ganando mucho si se adoptase una terminología que no diese pie a ninguna ambigüedad, y que habría que reservar el término violencia para la segunda acepción; por tanto, diríamos que la fuerza tiene como objeto imponer la organización de determinado orden social en el cual gobierna una minoría, mientras que la violencia tiende a la destrucción de ese orden.» Así, de acuerdo a estas definiciones, la violencia se justifica para destruir el orden social que aplica la fuerza sobre sus ciudadanos con el fin de subyugarlos. La violencia se ve acá como emancipación, como necesidad libertaria. Eso descubre el joven Guevara en su largo viaje por toda la América del Sur. Es decir, Guevara se llena de amor por los más necesitados, y descubre también la opresión de los poderosos, y es cuando se decide por la violencia. No es fácil para cualquier actor asumir un papel de esta envergadura. Gael García Bernal, sin embargo, supo asumirlo. Supo darle la furia y el romanticismo necesario y nos aporta una actuación valiosa que hace un nuevo lugar en su carrera de exploración y conquista.

Diarios de una motocicleta, el viernes 17 de junio, último film del ciclo dedicado al actor mexicano Gael García Bernal. Descubre Max.

Vidas privadas, especial Gael García Bernal (parte 2)

por max 23. mayo 2011 09:09

 

Hablemos de Fito y de Gael. De Fito, porque a Fito Páez siempre lo llamaremos Fito. A ese músico que recreó los mejores años de nuestra universidad, sin duda lo hemos de llamar simplemente por su nombre. No Rodolfo, sino Fito. Fito que ya no sabemos bien por dónde anda estos años con su música. No obstante, sí podemos decir que quiere andar por los lados del cine. Desde 1994 anda eso, buscando ser director. Comenzó con un cortometraje, La balada de Donna Helena, una pieza bastante surrealista con robos de carros, infiernos, amores y cámaras fotográficas letales (eso de la cámara fotográfica, siempre me recuerda un poco a Cortázar). Pero habrían de pasar siete años para que Fito saltara del corto al largo, su primer largo, el que disfrutaremos en junio por Max.

Se trata de Vidas privadas (2001), un drama intenso y complejo que pone la lupa sobre las historias de aquellos que sufrieron las atrocidades de la dictadura argentina. Mundo de cicatrices, mundo de silencios ponzoñosos que a veces afloran en la realidad en forma de extraños comportamientos, o que esperan, esperan no para aflorar sino para estallar. Carmen Uranga, personaje interpretado por Cecilia Roth (en aquel entonces musa de Fito), interpreta a una mujer llena de esos silencios, una mujer que ha sido llevada al limbo, al umbral de la inexistencia por causa de los dolores sufridos. Ella, durante la dictadura, perdió a su esposo y a su hijo, e incluso dejó su patria. Ahora, en el momento que la historia nos ocupa, vuelve a la Argentina para visitar a su padre enfermo, pero también para encontrarse con esos lugares donde amó y sufrió, esos lugares antes de su limbo. Porque así vive ella, en la fantasmagoría. Carmen es un fantasma, un fantasma alejado del dolor y de sí misma. Tanto que ha adoptado un extraño hábito de vida sexual con el fin de mantenerse alejada de la realidad: contrata a parejas para que tengan sexo en la habitación de al lado mientras ella se masturba escuchándolos. Hay acá, una vez más, cierta referencia, creo yo, de Cortázar, en especial en lo que respecta al cuento «La puerta condenada», donde un hombre en un hotel escucha lo que ocurre en la habitación de al lado. La versión de Fito podría quizás venir de allí, pero con cierto elemento erótico, claro está.

Bien, sigamos: Carmen romperá el celofán, y la realidad y los recuerdos volverán sobre ella. Los cuerpo también estarán allí: el cuerpo de ella y el cuerpo de Gael García Bernal, quien interpreta en ese caso a un joven modelo que también presta servicios sexuales. Por supuesto, la elección de Fito ha sido adecuada: Gael tiene lo que es necesario. Gael el explorador, Gael el conquistado es un tipo guapo, rodeado de cierto aire de misterio, que se explota en el film a conciencia. En Vidas privadas, nuestro homenajeado demuestra una vez más su gran talento: se presenta superficialmente erótico al principio, y luego se va abriendo hacia el enigma, el secreto y su propio drama. Ese cambio sutil y complejo confirma su talento.

    Vidas privadas, el jueves 16 de junio dentro del ciclo dedicado al actor Gael García Bernal. Descubre Max.

En junio, especial de Gael García Bernal (parte 1)

por max 19. mayo 2011 19:05

 

Mi padre decía: «No te enamores de mujer sentada». Pues lo mismo debe aplicar para los hombres. Ahí tenemos a Gael. Cualquier mujer que lo viera sentado, diría qué muchacho tan bello, qué hombre tan atractivo, o cualquiera de esas cosas que diga una mujer cuando ve a un hombre que le gusta. Gael, sentado, luce como un conquistador. De pie, pues quién sabe. Porque Gael se pone de pie, y ya le ves el tamaño. No es muy alto que se diga. Quizás alguna se desilusionaría. Pero aún así, Gael no deja de ser un conquistador, ¿o sí? En realidad, si nos ponemos a pensar en los hombres pequeños, ahí tenemos a Napoleón. Ni tampoco era alto Simón Bolívar, por nombrar uno de por estos lados. Y es que los hombres altos como que lo tienen ya todo ganado. Son altos y con eso les basta. A los de baja estatura, pues le cuesta más, y tienen que fajarse. Napoleón era un conquistador, Bolívar también, Gael igual, a su manera. Bueno, tampoco es que sea tan bajo, mide 1,68. Eso no es ser bajo, ¿o sí? Pero igual tiene cara de bajito. No sé, algo tiene de bajito, sí. En fin…

Hijo de actores, el guapo —y quizás bajito— Gael siempre estuvo en contacto con la actuación. Y como buen conquistador, fue primero un explorador, un viajero. De la Guadalajara natal se traslada a Ciudad de México. Allí estudia, actúa. Hace una telenovela que se llamó Teresa (por allá por los ochenta), y comparte con la que luego sería la muy famosa Salma Hayek. Cuántos no quisieran hoy en día haber trabajado en esa novela de suertes premonitorias. De Ciudad México, Gael sigue con la exploración y se va a Londres a continuar perfeccionado su talento actoral. Luego regresa a México. Entonces actúa en su primer largo, el film que le daría la fama: Amores perros (2000) de Alejandro González Iñárritu. Amores perros fue todo un éxito, una historia original, diferente, atrevida. Respiraba aires de cosa nueva, de mundo que siempre se ve pero que nunca supo ser contado hasta que por fin alguien lo hizo con los ojos de la narrativa y del arte cinematográfico. Ese fue el trabajo de González Iñárritu, eso exploró el director. Pero para hacer lo que hizo, necesitaba un actor que también fuese un explorador, y ahí estaba Gael. Gael destacó, y pronto se encontró realizando films de alta factura donde pudo demostrar su capacidad. Su gran tamaño… de actor. En 2001, es decir, al año siguiente del Amores perros, se estrenó Y tú mamá también, de otro de los nuevos directores estrellas del cine mexicano, Alfonso Cuarón, quien a la postre terminaría dirigiendo en Hollywood Harry Potter y el prisionero de Azkabán (2004) en Children of Men (2006). En pie sobre la vía exploratoria de su talento, Gael protagoniza en 2002 El crimen del padre Amaro, una cinta de un director mexicano que podría considerarse el padre de los nuevos directores: Carlos Carrera. El film fuerte, sin tapujos que muestra la falta de moral y el juego de poderes de un joven sacerdote atacado por la lujuria. No dejaría Gael de trabajar con directores de talla: a poco se convertiría en el muso de Pedro Almodóvar, quien lo convirtió en el objeto del deseo del film La mala educación (2004).

A partir de entonces, Gael ha seguido su camino de exploración y de conquista. Ha trabajo con el muy particular Jarmusch y de nuevo con González Iñárritu. En los últimos años se ha mantenido alejado de las tentaciones de Hollywood, pues su manera de conquistar no es la del común de los mortales. Su manera de conquistar está muy dada por la exploración. Explorar, en ocasiones, pareciera para él mucho más importante que conquistar.

En junio, podremos disfrutar de tres filmes de primera protagonizados por el gran Gael, es decir, por Gael García Bernal, gracias a un especial dedicado a este actor de exploraciones y conquistas que Max nos ha preparado. Estos filmes son El crimen del padre Amaro, Vidas privadas y Diarios de una motocicleta.

Pero hablemos para comenzar de El crimen de padre Amaro

Se trata de un film basado en una novela del portugués Eça de Queirós escrita en 1875, y que mostró una insólita y sobrecogedora vigencia en 2002 y hoy en día también. La iglesia y sus tentáculos de corrupción y muerte. La iglesia como un ente cerrado que hace el mal y calla. El poder de una institución corrupta, que puede ser la iglesia o cualquier otra. La hipocresía del mundo. Amaro, interpretado por Bernal (o Gael, si prefieres), es un joven sacerdote recién ordenado a quien vemos en la superficie pero que poco llegamos a saber de él. De alguna manera, Amaro es un personaje kafkiano: estamos con él, lo seguimos, pero poco sabemos de una parte de su alma, poco de sus intenciones. ¿Qué lo mueve? ¿Qué quiere? ¿De qué es capaz Amaro? Eso no lo tenemos muy en claro. ¿Lo que te rodea te corrompe? ¿Puedes llegar a ser igual a la oscuridad? ¿O el ser humano produce sus propias oscuridades y sólo me mueve dentro de sus egoísmos? Estas y otras preguntan nos deja este magnífico drama de Carlos Carrera. Lo que sí es seguro es que Amaro actúa arropado por la tela gruesa del silencio, del silencio cómplice que oculta todo pecado.

El crimen del padre Amaro se convirtió en unos de los filmes más taquilleros de la historia de México, costó menos de dos millones de dólares y llegó a recaudar un total de 22 en todo el mundo. En su país, fue la ganadora absoluta de los premios Ariel (el galardón cinematográfico más importante de México), y también fue nominada a Mejor película extranjera en el Oscar. Para el gran Gael significó otro paso enorme en su camino de exploración y conquista.

El crimen del padre Amaro, el miércoles 15 de junio. Descubre Max.

Y pronto hablaremos de Vidas privadas y de Diarios de una motocicleta.

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