Day for Night, o la opaca realidad de la ficción dentro del ciclo Oscar sin fronteras

por max 7. febrero 2012 04:46

 

El reality show no es real. Al reality show lo gobierna el ansia de figurar, de representar, realmente no le importa ser, realmente no le importa vivir. La cámara sigue a un actor que actúa la vida real. Un actor que quiere fama, o más fama.

 

El reality show es una ficción que intenta ser verosímil tomando apariencia de realidad. Pero acontece en engaño, o estafa —no tan solapada—, porque pretende hacernos creer que la ficción no existe.

 

En 1973, mucho antes de que el reality show pensara siquiera en nacer, François Truffaut presentó un film donde la cámara apartaba su mirada del set de filmación y mostraba los entretelones, la realidad. Day for night (La Nuit Americaine) es ese film, la historia de lo que está detrás de la historia, la realidad que está detrás de la ficción, lo que acontece fuera de las cámaras mientras una película se filma.

 

Al lente de la cámara se la ha puesto un filtro. Con ese filtro puedes filmar de día y hacer que parezca de noche. Es decir, el resultado, lo filmado, la ficción es una imagen opaca de la realidad.

 

La realidad podría ser el color, el resultado una imagen opaca. El arte es el filtro. Lo que vemos es apenas la pobre representación de la realidad. El arte es representación, opacidad de lo real.

 

La realidad es mucho más de lo que vemos, el film es apenas la punta del iceberg, debajo de esa capa inmensa de mar, de ese intermediario entre la realidad y lo que se ve de la ficción, está el resto del iceberg, el bloque de hielo gigantesco que es la realidad. En Day for Night la ficción es un negativo (esa noche falsa) que contiene, que encuadra, que oscurece y que delimita la realidad. Truffaut muestra lo que está detrás de la cámara, pero nos advierte, con el recurso del filtro oscuro, que ese mundo de la película es ficción, y está matizado por su mirada, por su humor, por el séptimo arte.

 

Al otro lado del film, están los técnicos, las mascotas, sus entrenadores, los cables, las luces, los asistentes de cualquier cosa, los directores, los camarógrafos, los camerinos, los maquilladores, las pasiones, la pasión por el cine.

 

El mismo viaje de la filmación, el mismo tiempo real que se vive realizando una película es una ficción. El equipo se aísla y convive intensamente, como ocurre en el film de Traffaut. Todo se confunde, la brevedad del tiempo hace que todo se viva con mayor intensidad.

 

La filmación nace, crece y muere.

 

Lo vivido por el equipo durante la filmación, tiene el arrebato de toda fugacidad.

 

Se ama el trabajo, se ama la vida, se ama la ficción. La realidad pareciera entonces no quedar en ninguna parte, pues la propia brevedad de la existencia hace que nos apresuremos a vivir la vida, a través de las elipsis existenciales, los encantamientos y las magias que nos inventamos para encontrarle sentido a la vida: todo eso no es más que ficción. La realidad que muestra Traffaut es tan opaca como lo que vemos en el film: todos nos construimos historias en torno a la realidad. Nuestra mente es el filtro. (Ergo, toda teoría anterior queda descartada).

 

El mundo real del mundo del cine también es mundo de ficción. El artista no puede dejar de ser artista en ningún instante. El cine no puede dejar de ser cine ni cuando la cámara se apaga. El arte no sabe dejar de ser arte.

 

Truffaut no pretende engañarnos (al contrario que el reality show), estamos viendo un film sobre un film. Su visión de lo que ocurre detrás de la cámara, es el tema de lo filmado. La pasión, la intensidad, el humor y el arte. Pero, paradójicamente, al no pretender engañarnos, al no estafarnos, aquello que vemos nos parece intensamente real, o por lo menos, verdadero. Más verdadero aún.

 

Day for Night de François Truffaut es la segunda pieza maestra que podrás disfrutar dentro del ciclo Oscar sin fronteras que Max nos ha preparado este mes.

 

En 1973, Day for Night se fue galardonada como la Mejor Película Extranjera. Aquel año le ganó, valga el detalle, a The House on Chelouche Street (Israel) de Moshé Mizrahi, L'Invitation (Suiza) de Claude Goretta, The Pedestrian (Alemania) de Maximiliam Schell, y Turkish Delight (Holanda) de Paul Verhoeven.

 

Disfrútala, este jueves 9 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Un profeta, los sacrificios de la «libertad»

por max 30. enero 2012 13:26

 

A partir de este jueves, todos los jueves del mes y con motivo a la próxima entrega de los premios Oscar, Max no trae el ciclo Oscar sin fronteras, un muestrario de cinco magníficas películas que fueron nominadas al Oscar a Mejor Película Extranjera. De Francia, Un profeta, de Jacques Audiard, y La noche americana, dirigida por François Truffaut; de Israel, Vals con Bashir; de España, Pan negro, y para cerrar Amarcord, dirigida por el gran Federico Fellini, serán los filmes del mundo que representaron a sus respectivos países en diferentes entregas del Oscar.

Comenzamos el jueves 3 con Un profeta (A Prophet, 2009), del experto cineasta francés Jacques Audiard. Un film de sobrevivencia, o supervivencia, como quieran verlo, que a fin de cuentas, termina hablando de la libertad humana. Lo interesante de todo esto es que la cinta transcurre en una cárcel, allí donde el espíritu humano se rebaja a las más bajas categorías del esclavismo y pierde cualquier asomo de emancipación. Quien sobrevive en la prisión es aquel que se pone de rodillas o aquel que se alza por encima de todos.

Malik, interpretado por un sorprendente Tahar Rahim, es un joven sin pasado, temeroso y débil. De origen árabe, Malik convive con la comunidad corsa de la cárcel. Estos son los dos grandes epicentros de poder de aquel reducto, y Malik está allí al inicio, trabajando para los corsos, despreciado por los musulmanes. El film está pensado para mostrar la distintas formas de humillación y servilismos carcelarios, lo que redunda en la pérdida verdadera de la libertad humana. Pero sobre todo, Audiard nos lleva al interior de la historia para asistir al nacimiento del más cerebral y despiadado hombre: aquel que se alzará sobre todos y tendrá el control absoluto del crimen organizado. Y no es propiamente un sicópata, sino alguien que necesita tener «éxito» para sobrevivir. Malik es un nuevo tipo de criminal, un profeta de los nuevos tiempos. Sí, nos recuerda a Michael Corleone de El padrino, sólo que el caso de Malik es distinto: el joven aprendiz está en la cárcel, en una terrible cárcel, y su alma, de alguna manera, es producto del mundo globalizado, trashumancia y desposesión de raza y cultura que se abre al desarraigo. Malik no es de aquí ni de allá; es un paria que, con el fin de cuidar su vida, se hará un lugar en el mundo donde nada pueda alcanzarlo. Malik nos resulta empático, porque entendemos que lo que busca es su libertad dentro de sus limitaciones. Si estuvo vacío cuando llegó, si estaba destinado a no ser nadie fuera de la cárcel, entre rejas Malik se rebela contra la condición más baja a la que un hombre puede llegar, la de esclavo. Su ascenso a las altas esferas del crimen resulta, paradójicamente, un ascenso al despertar de la conciencia, a su libertad.

Asistimos a un film montado sobre un guión sin baches, cerrado y complejo, trabajado por el mismo realizador durante tres años junto a Thomas Bidegain (basados en un texto original de Abdel Raouf Dafri y Nicolas Peufaillit). Thriller intenso cargado de realismo (tanto que la cárcel entera fue construida ex profeso para el film), realismo además extremo, pero que no duda en echar mano de escenas oníricas y fantásticas, lo que nos aporta poesía, misterio y profundidad de espíritu. Incómodo sin duda, pues concesiones no se permite y no aboga por salvaciones ni finales complacientes; Jacques Audiard no se ha limitado, no se ha cohibido de mostrar el mundo criminal tal cual es.

Un profeta obtuvo el Gran premio del jurado en Cannes en el año 2009 y fue nominado al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera en 2010. Disfrútala el jueves 2 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Martin Scorsese, o un chico tímido e inteligente que sabe estallar

por max 25. noviembre 2011 12:46

 

«La suya era una vocación como pocas. Respiraba, comía y cagaba cine». Así llegó a decir Sandy Weintraub de Martin Scorsese, quien sigue teniendo una vocación como pocas, que sigue respirando, comiendo y cagando cine. Se dice que Tarantino sabe mucho de cine porque trabajó en una tienda de videos y todo lo demás, pero quien sabe realmente de cine, quien recuerda cada escena, cada toma de todas las películas que le fascinan es él, Marty, Martin Scorsese.

Era hijo de sastre y de costurera, y siempre anduvo y siempre anda de trajes impecables. Vivió la mayor parte de su vida en el Little Italy de Nueva York, y ama a Nueva York tanto como podría amarla Woody Allen. Sus orígenes son humildes, y vio en las calles de Little Italy, entre todos aquellos inmigrantes italianos, la verdadera cara de la violencia y del mafioso. Entre curas y mafiosos se dice que creció. El joven Marty había visto todas esas cosas y era pequeño, enclenque, sin cuello, cegato. Estaba en las calles, pero digamos que no era apto para ellas. Era testigo, era un ojo observador, pero no protagonista. Se fue a un seminario a estudiar para sacerdote. Pronto dejó el monacal refugio y se fue a buscar otro más profano y cónsono con sus intereses: entró a estudiar cine en NYU. Allí, se encontró con profesores totalmente alejados de las imágenes y de las ideologías del Hollywood de entonces. Allí les hablaban de contar, de hacer cine con lo que conocían, con la vida de la calle. Se creía en el realismo, se creía en la realidad descarnada. El joven Marty había visto cosas, sabía que el mundo de los italianos no era como el de El Padrino de Mario Puzo. Él quería contar estas cosas, él tenía la pasión, el conocimiento vivencial y el c intelectual para contarlas. Era una menta inquita que hablaba a toda velocidad. Hoy día, sigue siendo eso: un hombre vestido con elegancia, que habla a toda velocidad, que no deja de hablar de cine y que sabe hacer cine. Un cine violento y real.

Entonces, en aquellos primeros años, el joven Marty estuvo allí para formar parte de ese Nuevo Hollywood junto a Spielberg, Coppola, Beatty, Altman Kubrick… Coppola, un poco anterior a él, introdujo la fascinación italiana en los estudios y en el público. La fascinación italiana podía ser entendida como las historias de los italoamericanos con pistolas, pero también la fascinación por el cineasta italoamericano, joven y con pretensiones de ser autor, así, a lo europeo, como eran Godard y Truffaut, por ejemplo. De allí que el film que dio a conocer a Scorsese, y que por supuesto le dio problemas en los estudios, como todos los nuevos filmes estaban dando problemas en los estudios, fue Mean Streets (1973). Era una película de la calle, muy cinema verité, que retrataba la vida del barrio italiano de Nueva York según Scorsese. Pequeños negocios sucios, pequeñas vidas, mucha deshumanización, abyección. La realidad de la violencia es cruda, y aquel joven director la mostró como era, un lugar a punto de estallar siempre. La mente del hombre también. Con Scorsese uno entiende que dentro del ser humano habitan oscuridades que lanzan dentelladas. Que el hombre es un animal extraño, y que (ergo) la realidad también es un animal extraño y violento. Desde aquellos primeros tiempos Scorsese ha estado metido allí: rasgando la superficie serena del mundo, haciendo estallar los peligros, las historias, los personajes. Películas como Gangs of New York, Goodfellas, Taxi Driver, Raging Bull, Cape Fear, Casino o Shutter Island son claras muestras de su obsesión por las oscuridades de la mente, y por mostrar cómo el mundo es un lugar peligroso del que nunca estaremos totalmente a salvo. El jovencito delgado, enclenque, temeroso de todo se asoma en estas películas. Un chico contenido que estalla, que también puede generar violencia. Uno de los filmes donde se reflejan tales rasgos de esta parte de la cinematografía de Scorsese es Después de hora (After Hours, 1985). Se trata de una cinta calificada como comedia y que a mí se antoja más bien una épica, pero una épica nocturna y newyorkina. Después de hora es un viaje a la profundidad de la noche, un viaje de héroe que padece, de héroe que no es héroe, de lazarillo de sí mismo. Porque es así, Paul Hackett (Griffin Dunne), el protagonista de Después de hora se va llevando a ciegas a sí mismo a través de una galería de lugares y de personajes de la nocturnidad. Pero acá la picaresca se atenúa, se anula digamos en el alma anglosajona, y más bien nuestro héroe padece, padece como padecería un personaje de Kafka a través de situaciones arropadas por una noche laberíntica. Paul Hackett va rasgando la superficie de la noche, y bajo ésta va descubriendo peligro, locura y muerte. Paul Hackett podría ser una víctima, sí, pero también podría reaccionar y estallar en medio de toda esa vorágine oscura. ¿Un film irreal? La noche tiene un realidad tan irreal, o incluso una irrealidad tan real, que no sabría decir.

Nadie como Scorsese ha sabido hacer de los estallidos de la mente, de la violencia y la locura urbana una forma de arte. Scorsese es el maestro. Los directores de hoy día, como Tarantino o Ritchie, no estarían haciendo el cine que hacen sino es por Scorsese, que abrió esa puerta en los años setenta, y dejó pasar toda la maquinaria de sangre, ruido y furia de su cine. El chico tímido, el chico bien vestido e inteligente, obsesionado con el cine, se alza ahora en la cultura del cine mundial como lo que realmente es: un titán del séptimo arte.

Disfruta el lunes el lunes 28, continuando con el ciclo Sujetos de culto del arte de Martin Scorsese con Después de Hora. Descubre tu sujeto de culto, descubre Max.

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