El mundo de Roger Corman, o esa fibra profunda de nuestra alma

por max 19. agosto 2013 13:19

 

Cuando usted se sienta a recordar esa vieja película, aquella que le impresionó por la carga de terror, a pesar de lo que usted, así lo recuerda, le parecen malos efectos especiales, entonces usted está yendo hacia Roger Corman. Eso, esa clara ubicación en la memoria de una historia de Edgar Allan Poe protagonizada por un hombre joven que luego usted reconoció como Jack Nicholson, ese posicionamiento nítido (diría un experto en marketing) es el imperio de Roger Corman sobre todos nosotros. Las películas de Roger Corman ocurrieron hace mucho tiempo atrás (aunque las siga haciendo), ocurrieron en una época en que a usted no le interesaba saber cuánto dinero se había gastado ni cuántos efectos por computadora se manejaron en apenas unos segundos, una época en que usted se asustaba de verdad, pero al mismo tiempo se sentía protegido en la tranquilidad de su hogar, en el sofá, o bajo el cobertor en la cama. Roger Corman pertenece a un tiempo sagrado en que fuimos más felices, y en el que todavía éramos capaces del asombro. Ese es su verdadero alcance. Cuando vamos hacia Corman también vamos a una zona de nuestra alma que está intacta.

Hay otras explicaciones, por supuesto, que tienen que ver con la anécdota, con la rebeldía, con el cine independiente. Corman quería hacer películas que le gustara a la gente que quería pasar un buen rato. Eso también es lo que quiere Hollywood. La diferencia es que Corman no se dejaba enredar por los grandes ejecutivos. Nuestra hombre leyenda de rigor hacía lo suyo, aparte, sin ellos. Hacía sus guiones, conseguía los decorados (por lo general de otras películas y que él usaba a la carrera), grababa en tiempo record y era un excelente cazador de jóvenes talentos, entre los que podemos contar con, nada más y nada menos, que Jack Nicholson y Martin Scorsese.

El documental El mundo de Roger Corman (Corman's World: Exploits of a Hollywood Rebel, 2011) de Alex Stapleton nos habla de este cineasta legendario que en su época llegó a decir que había logrado hacer más de cien películas sin gastar un centavo. En realidad ahora son más de cuatrocientas… sin gastar un centavo. Allí estarán, para hacerle homenaje, aquellos que le deben y que le deberán la pasión y la practicidad del arte (Tarantino, los mismos Scorsese y Nicholson, entre otros).

Que no quepa duda, qué difícil es encontrar un hombre práctico hoy en día. Un hombre que va a lo que va, sin protocolos, sin esnobismos, sin grandilocuencias. Roger Corman es esa clase de hombre, ese que quiso hacer películas y ganar dinero haciéndolas, sin engañarse con intelectualismos, sin pretender que estaba haciendo arte en el séptimo arte. Como diría Foucault, o eso creo, Corman se preocupaba por más por cuidarse a sí mismo que por conocerse a sí mismo. Él ya se conocía, él lo que quería era cuidarse, ser práctico, ocuparse de estar bien haciendo lo que gustaba: pergeñar películas divertidas, entretenidas, películas que llegaran a las profundidades de nuestro espíritu inmortal. La esencia de lo que otros han pretendido con asuntos más sesudos, y no han logrado. El buen cine es cosa de pocos.

El mundo de Roger Corman este martes 20 de agosto. Cine B, biografía, arte, rebeldía, entretenimiento. ¿Qué ves cuando ves Max?

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El gato desaparece, o todos somos extraños

por max 5. octubre 2012 07:36

 

La locura y la enfermedad tienen extendida relación histórica. Un historiador de la locura como Foucault, relaciona lo leprosorios con la locura. Allí, donde alguna vez estuvieron los leprosos, allí donde alguna vez estuvieron los sifilíticos, allí también fueron a parar los criminales, los locos, los vagabundos. El loco y el criminal. Es decir, el loco no solamente está enfermo, no solamente es un leproso, el loco también es un criminal. Todos están en la periferia social. Todos han sido apartados, todos son temibles.

No es de extrañar, pues, que en El gato desaparece (2011), film del argentino Carlos Sorin, el personaje de Luis (interpretado por Luis Luque) resulte un ser a quien hay que temerle. La historia comienzando cuando Luis, profesor universitario que en algún momento tuvo una crisis de nervios y actuó violentamente en contra de otro, sale finalmente del siquiátrico. Lo ha ido a buscar su esposa Beatriz (Beatriz Spelzini). En ella se debate la alegría de recuperar a su esposo y el miedo de llevar a casa a un desconocido. Porque eso, al fin y cabo, resulta Luis: un desconocido. ¿Dónde se ocultaba la locura de su marido, ese hombre que ha estado a su lado 25 años de su vida, ese hombre que ella creía conocer tan bien? Sorin lo sabe: nunca llegamos a conocer a nadie totalmente. Lo sabe y lo utiliza a su favor para realizar este thriller minimalista y dirigido con excelente pulso. El esposo, de pronto marcado por la locura, se convierte en un posible criminal, pero también en un enfermo. Y esta última acotación no está de más: como loco está enfermo, sí, pero hay un elemento de la enfermedad que Sorin aprovecha para su historia: hay enfermedades contagiosas (recordemos su relación con la lepra y la sífilis), y la locura de Luis parece ser una de ellas, pues pronto vemos que Beatriz también comienza a padecerla. Se desata entonces una dinámica de contagios, sospechas, temores, desconocimientos del otro, en esta historia que es un drama de pareja que podríamos llamar infernal, y que de infiernos y demonios también se nutre a través del simbolismo del gato, animal que se relaciona sin duda con la oscuridad, con el misterio. En ocasiones se le relaciona también con lo diabólico, pero en las significaciones del gato hay, sobre todo, un aspecto extrasensorial. El gato es un animal de sentidos agudos, ve y siente más allá que los humanos. El gato, por ejemplo, puede percibir la presencia del mal, se eriza, bufa cuando lo siente. De allí que el gato de la casa, mascota de Luis, termine atacando a su amo el día de su vuelta del siquiátrico. No olvidemos también que entre la locura y la posesión hay una relación estrecha. El poseso es un loco, el loco es un poseso. ¿Qué ha visto el gato en Luis que lo hace actuar de esa manera? ¿Al demonio, a un ser del mal o a un loco peligroso? No sabemos. Desconocemos también el destino del gato en determinado momento. Los referentes a Edgar Allan Poe están allí obligatoriamente. ¿Acaso estamos ante la historia del gato negro de Poe? ¿Acaso el gato, más que desaparecido, está muerto?

Sin duda, Carlos Sorin es un director que sabe manejar las imágenes y los signos, que sabe que un signo tradicional puede estallar en mil significados cuando es adecuadamente representada. El director no es un inexperto, tiene un largo camino de filmes de dramáticos donde ha trabajado el alma humana. Luego de joyas íntimas y conmovedoras como Historias mínimas (2002) o La ventana (2008), el director, quizás en la búsqueda inquieta propia del artista verdadero, da un giro para contarnos esta historia de suspenso que no se queda en los sustos mecánicos y trillados, sino que, ya con su experiencia en el drama, se centra principalmente en la relación de la pareja: nunca llegaremos a conocernos unos a otros completamente, y eso, visto bajo una luz de tintes delirantes, resulta aterrador: somos los extraños y somos los locos, los criminales, los enfermos de nuestra propia insondable humanidad.

El gato desaparece, este lunes 8 de octubre. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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O Estranho Caso de Angélica, o la fotografía, el amor, el arte y la muerte

por max 10. febrero 2012 06:32

 

Una novia cadáver, una muchacha delicada, enferma de algún mal del siglo XIX, así como la María de Jorge Isaacs. Apenas se casa, muere, y su familia adinerada decide entonces contratar un fotógrafo para que le tome fotos. Fotos a la muerta. Esto, cabe decir, no era extraño en el siglo XIX. La fotografía empezaba a popularizarse, pero no tanto como para que hubiera una cámara en cada casa. En aquel entonces, el proceso de fotografiar era lento, elaborado, y requería de la intervención de un profesional. Así que se pueden imaginar: un ser querido muere (la mayoría de estas fotos son de niños pequeños), y de pronto la familia se encuentra con que no tiene una imagen para recordar, una imagen que no borre por completo la presencia del difunto en el mundo. Así de importante es la imagen, así de pasajero el recuerdo. Para paliar la presente ausencia de la voz, del cuerpo que se mueve y del brillo en los ojos —y luego la ausencia absoluta—, la familia contrata a un fotógrafo para que le tome fotos al muerto. Lo visten, lo acomodan, los escenifican. La muerte requiere una escena para que parezca vida. La realidad de la muerte se simula con una representación de vida. Para decirlo con términos de Wittgenstein, se intenta darle a la muerte la forma de un hecho. La vida es una representación de hechos.

En el film O Estranho Caso de Angélica (2010), el veterano Manoel de Oliveira nos presenta a un joven y excéntrico fotógrafo de origen judío que acude a una casa de pudientes católicos en un lejano poblado, precisamente, para ejercer este oficio. Al llegar, se encuentra con una difunta en extremo hermosa. Mientras le toma las fotos, ella abre los ojos en algún momento —o ese parece— y le sonríe, enamorada. Edgar Allan Poe se nos vuelve acá una referencia obligada. «Ligeia» y «Berenice» son dos relatos que dan cuenta de ese «amor más allá de la muerte» que deja atormentado a quien se ha quedado a solas en medio del universo, o eso por lo menos creemos, que ha quedado solo. En el caso de Poe, aquella que está muerta en realidad no lo estaba por completo, o aquella que está muerta se transforma (Ligeia) en la viva (Rowena) para morir también en la mujer que está viva. Rowena, por cierto, rubia y de ojos azules, nos recuerda a la bella Angélica. ¿Será que las rubias delicadas y enfermas siempre estarán más enfermas y son más dignas de conmiseración que las morenas? Quizás esta rubia delicada y etérea recuerde a la iconografía de sobra ya vendida de un ángel terrenal, y acaso duele más que muera un ser que nos recuerda un ángel (Ángelica) que una simple morena. Ligeia, que era morena, vuelve a la vida y se lleva a Rowena, la delicada rubia. Al final, Ligeia termina siendo un ser infernal. Así que la rubia se lleva los honores de la pureza, de la inocencia, de la vida suprema cortada antes de tiempo, como le sucede a Angélica en el film que nos ocupa. El cineasta portugués, en todo caso, no sigue una línea tan oscura como la de Poe. Sí sume a su fotógrafo en la locura, pero en todo caso, ésta se nos antoja, en su poesía, más luminosa. Allí tenemos al fotógrafo judío enamorado de una muerta que fue católica. Como si el cineasta nos dijera que, sin importar la religión del o los enamorados, el amor va más allá de la muerte, o que quizás la locura va más allá de la muerte; la locura no conoce religiones, como el amor.

Para Susan Sontag en Sobre la fotografía, uno de las características principales de la fotografía es la belleza, la representación del mundo. El muerto de las fotos del siglo XIX que es mostrado «vivo» para sus parientes, está representado, montado sobre un escenario; en ocasiones, se le muestra como dormido, pero aun así, está vivo. Es como si el arte tuviera la virtud de volver a la vida lo que está muerto, como si, paradójicamente, el arte agrediera a la muerte, como si fuese agresivo con la muerte en su búsqueda de arrancar de ésta una forma de vida. La fotografía del memento mori inmortaliza la muerte, el cuerpo que desaparecerá, le arranca a la muerte una de sus funciones principales: el olvido. Y olvido precisamente es lo que busca evitar el arte, olvido es lo que busca evitar el amor. El amor pretende ser eterno, así como el arte. Si pensamos en Platón, tenemos la idea completa: el alma del hombre, convertida en la tierra en cuerpo, recuerda, sospecha, intuye en alguna parte lejana e íntima de aquel hombre, el mundo del que viene, el mundo de las ideas, donde alguna vez fue perfecta. Así, plantada en esa sombra de las ideas que es la materia, el alma busca alcanzar este otro mundo a través de lo que Platón llama el amor. El amor por las cosas bellas nos acerca al lugar originario del alma. Siguiendo con la paradojas, Susan Santog dice que toda fotografía es memento mori. «Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa.» Y también dice: «La fotografía es una suerte de énfasis, una copulación heroica con el mundo material.» Pero De Oliveira parece preguntarse: ¿Qué pasa cuando ya la cosa ha sido vulnerada, qué pasa cuando la cosa fotografiada ya ha muerto? ¿Qué pasa, precisamente, cuando lo fotografiado ya es el memento mori? Pareciera responderse entonces desde lo metafísico. No es lo material lo que registramos, es lo inmaterial, el más allá, la belleza que oculta el misterio de la muerte. El arte y el amor redimen la belleza, destierran el olvido, dan vida. De allí quizás que Angélica, ese ser angelical que en la tierra parecía ser una «idea» platónica bajada a la tierra —un ángel para los judíos y cristianos—, vuelve a la vida a través del arte de la fotografía y a través, claro está, del amor. Isaac, al contrario de lo que dice Sontag, no está libre de responsabilidad al fotografiar la muerte. Él la ha agredido y debe pagar. Recordemos al suicidio, por ejemplo de Diane Arbus (hebrea), que al final no pudo con el horror de los seres particulares que fotografiaba. Isaac, al fotografiar la belleza muerta, al revivir la belleza muerta, se enamora, y la muerte, a su vez se enamora de él. La invasión de los hombres a ese otro mundo, allí donde el alma sabe de inmortalidades, es un atrevimiento. Asomarse al otro lado, a lo que está más allá (más allá) del ángel muerto, conlleva a la desestabilización, a la locura. Susan Sontag dice que «la fotografía es el inventario de la mortalidad.» En el caso del film de Manoel de Oliveira parece ser lo contrario: la fotografía se vuelve un inventario de lo inmortal, del amor, del arte y de la belleza.

O Estranho Caso de Angélica, este domingo 12 de febrero.

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