222, viñeta 2

por max 12. septiembre 2011 15:42

 

Fue a leer su poesía, y a jugar a la fama, a la gran fama que lo perseguía. Perfecto, donde le tuvieran whisky, él podía estar. Un alcohólico es alguien a quien temes, y que bebe tanto como tú, había dicho una vez. Pero el alcohólico se derrumba y sufre. Era octubre, estaba enfermo y acababa de cumplir 39 años. Su nombre era Dylan Thomas, su nombre despertaba sensualidades y temores. Le dijo a la chica que se fuera a la cama con él, y la cama quedó revuelta. Liz se llamaba, era la asistente de John Brinnin, el director del Centro de Poesía donde debía leer en algún momento de su visita a Nueva York. Un sitio importante aquel centro. Pero él no quería más que beber, y que las sombras que lo alzaban lo siguieran alzando mientras él bebía. Ser famoso para beber, sólo la bebida justifica la fama. Así que Dylan bebió y volvió a beber, y una noche se bebió dieciocho whiskys y mientras iba camino al hotel pensó en caballos blancos y recordó unos versos suyos. La muerte pretende dominios, la muerte siempre está detrás del vaso de whisky, se dijo. Pero la muerte no tendrá esos dominios, así rezaba y aún reza su poema. La muerte no podrá contra el alma, contra el amor, contra el resurgimiento constante de la vida. Pensaba esto y llegaba al hotel y atravesaba el vestíbulo con Liz a su lado. En alguna parte, en alguna habitación, dos artistas que habían ido a conocerlo y que no lo habían encontrado tenían ahora sexo salvaje y borracho. Eran Jack Kerouac y Gore Vidal. Si Dylan se hubiera enterado de esto, quizás hubiera sonreído, corroborando la idea de que la muerte nunca vencerá, que mientras unos agonizan otros se dan duro en el arrebato de la vida. Se sentía mal, y se lo dijo a Liz. Liz, estaba enamorado de ella, de esa chica que apenas conocía. Liz era el amor de su vida en aquellos instantes efímeros y eternos. Se sentía muy mal, algo muy oscuro lo rondaba y le disgregaba las fuerzas del cuerpo. Pero él tenía a esa muchacha, y la amaba. Que se jodiera la muerte, la muerte con él no tendría ningún maldito dominio. Más tarde lo atendió un doctor. Pasaron días, ¿pasaron días? Dylan pensaba en caballos. En caballos blancos. Quizás porque había estado bebiendo en la famosa taberna que llevaba ese nombre. White Horse, en la Hudson con la 11, la taberna de los artistas. Sí, ahí había estado. ¿Hacía horas, hacía días? Ahora, postrado en la cama, su cabeza hervía y él visualizaba caballos blancos galopando en praderas galesas. No podía hablar, no podía contarle a nadie de aquella belleza. ¿Dónde estaba Liz, dónde su esposa, donde todos los amores de su vida? Un día le inyectaron morfina, no volvió a abrir los ojos. En aquella habitación del hotel Chelsea, en los espejos, bajo la cama, dentro de las gavetas y sobre la palma del poeta se extendieron campos de Gales. Y hubo caballos blancos, y fue el final de Dylan Thomas. Aun así, el tiempo ha dicho que la muerte no tuvo dominio sobre él.

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