
La palabra glück, que se traduce del alemán como felicidad, estado de gracia, es el título del film de la directora y escritora alemana Doris Dörrie (de quien vimos hace algún tiempo en Max la comedia The Hairdresser). Esa palabra que encabeza el film podemos verla como una ironía pero también como una afirmación.
Glück (2012) no viene de una de las historias de Dörrie. En este caso, la cinta está basada en un cuento del abogado penalista Ferdinand von Schirach, que a su vez se inspira en la historia real de un romance atroz. Glück, cargada de humor y también de abominación, se mete en los meandros de la noche, de los callejones y los basureros, de la prostitución y la crueldad, para convertirse en una especie de flor que crece en el asfalto, una flor que el mundo pisa sin reparar en sus heridas.
Ella es Irina (Alba Rohrwacher), una chica originaria de los Balcanes, que ha sufrido la Guerra, la muerte de sus padres, que ha sido violada y ha terminado haciendo de prostituta ilegal en las calles de Berlín. Él es Kalle (Vinzenz Kiefer), no exactamente un pordiosero, sino más bien un chico anti sistema que duerme en los parques y tiene un perro de nombre Byron. El nombre del perro nos remite, por supuesto, al poeta inglés del romanticismo, al poeta apasionado y maldito. La oscuridad y la poesía como estado de gracia, la bajada a los abismos para descubrir el alma y la inocencia del alma, la bajada llena de amor que toda atrocidad vence, todo estas significaciones nos trae el sustantivo de marras. La belleza, la oscuridad, la verdad, la inocencia, todo está allí, en el indicio del personaje que se nos da a través del perro. Y es que, al contrario de Irina, no conocemos mayor cosa de Kalle y, sin embargo, si ponemos atención al nombre de su mascota, podemos sospechar mucho de él, y de la historia.
Por supuesto, Kalle e Irina se encuentran, se unen, se enamoran y buscan curar, en esa unión, sus heridas en un juego de pacificaciones mutuas. Así, comienzan a vivir en un estado de gracia que podríamos llamar amor. La pareja intenta llevar una vida, digamos, pequeño burguesa, de apartamento, salidas y cenas. La pareja quiere ser eso precisamente: una pareja con todas las de la ley, joven y enamorada, como las que nos cuenta la publicidad, el mercado. Pero un día, un cliente de Irina muere sobre ella (sí, ella no ha dejado de trabajar de prostituta), y a Kalle no se le ocurre mejor idea que usar un cuchillo eléctrico. Irina no ha tenido la culpa, pero ya sabemos, los marginados portan la marca del crimen (cometido o no) en la frente. Hasta el mismo Kalle lo ha visto así, y por ello, pica en pedacitos al cliente muerto.
¿La culpa la ha tenido el estado de gracia en que vivió Kalle todo este tiempo? ¿La culpa la he tenido su extrema felicidad? ¿Dicho estado «amoroso» en que se cometió el crimen, lo exonerará de la cárcel luego de un juicio? Eso es lo que está por verse, por allí va la historia, por los meandros de esos estados de gracia. Porque de entrada, usted puede ver dos. Uno, el anhelado, el que nos venden; el otro, el vivido, el que supuestamente nos libra de todo mal, el que nos lleva a las alturas de los ángeles, de lo terrible, de la inocencia de lo terrible. Todo, con los magníficos colores y la amena edición que caracteriza al cine de Doris Dörrie, además del humor, del tratamiento de comedia, aunque usted no le crea, asombrosamente bien administrado.
Glück, de Doris Dörrie, este viernes 1ero de marzo. Felicidad, atrocidad, inocencia, belleza. ¿Qué ves cuando ves Max?
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