Glück, o el estado de gracia

por max 27. febrero 2013 15:08

 

La palabra glück, que se traduce del alemán como felicidad, estado de gracia, es el título del film de la directora y escritora alemana Doris Dörrie (de quien vimos hace algún tiempo en Max la comedia The Hairdresser). Esa palabra que encabeza el film podemos verla como una ironía pero también como una afirmación.

Glück (2012) no viene de una de las historias de Dörrie. En este caso, la cinta está basada en un cuento del abogado penalista Ferdinand von Schirach, que a su vez se inspira en la historia real de un romance atroz. Glück, cargada de humor y también de abominación, se mete en los meandros de la noche, de los callejones y los basureros, de la prostitución y la crueldad, para convertirse en una especie de flor que crece en el asfalto, una flor que el mundo pisa sin reparar en sus heridas.

Ella es Irina (Alba Rohrwacher), una chica originaria de los Balcanes, que ha sufrido la Guerra, la muerte de sus padres, que ha sido violada y ha terminado haciendo de prostituta ilegal en las calles de Berlín. Él es Kalle (Vinzenz Kiefer), no exactamente un pordiosero, sino más bien un chico anti sistema que duerme en los parques y tiene un perro de nombre Byron. El nombre del perro nos remite, por supuesto, al poeta inglés del romanticismo, al poeta apasionado y maldito. La oscuridad y la poesía como estado de gracia, la bajada a los abismos para descubrir el alma y la inocencia del alma, la bajada llena de amor que toda atrocidad vence, todo estas significaciones nos trae el sustantivo de marras. La belleza, la oscuridad, la verdad, la inocencia, todo está allí, en el indicio del personaje que se nos da a través del perro. Y es que, al contrario de Irina, no conocemos mayor cosa de Kalle y, sin embargo, si ponemos atención al nombre de su mascota, podemos sospechar mucho de él, y de la historia.

Por supuesto, Kalle e Irina se encuentran, se unen, se enamoran y buscan curar, en esa unión, sus heridas en un juego de pacificaciones mutuas. Así, comienzan a vivir en un estado de gracia que podríamos llamar amor. La pareja intenta llevar una vida, digamos, pequeño burguesa, de apartamento, salidas y cenas. La pareja quiere ser eso precisamente: una pareja con todas las de la ley, joven y enamorada, como las que nos cuenta la publicidad, el mercado. Pero un día, un cliente de Irina muere sobre ella (sí, ella no ha dejado de trabajar de prostituta), y a Kalle no se le ocurre mejor idea que usar un cuchillo eléctrico. Irina no ha tenido la culpa, pero ya sabemos, los marginados portan la marca del crimen (cometido o no) en la frente. Hasta el mismo Kalle lo ha visto así, y por ello, pica en pedacitos al cliente muerto.

¿La culpa la ha tenido el estado de gracia en que vivió Kalle todo este tiempo? ¿La culpa la he tenido su extrema felicidad? ¿Dicho estado «amoroso» en que se cometió el crimen, lo exonerará de la cárcel luego de un juicio? Eso es lo que está por verse, por allí va la historia, por los meandros de esos estados de gracia. Porque de entrada, usted puede ver dos. Uno, el anhelado, el que nos venden; el otro, el vivido, el que supuestamente nos libra de todo mal, el que nos lleva a las alturas de los ángeles, de lo terrible, de la inocencia de lo terrible. Todo, con los magníficos colores y la amena edición que caracteriza al cine de Doris Dörrie, además del humor, del tratamiento de comedia, aunque usted no le crea, asombrosamente bien administrado.

Glück, de Doris Dörrie, este viernes 1ero de marzo. Felicidad, atrocidad, inocencia, belleza. ¿Qué ves cuando ves Max?

Para retransmisiones haz clic acá.

Etiquetas:

General

The Hairdresser, o ser gorda en el capitalismo

por max 9. enero 2012 13:45

 

Con las vanguardias artísticas el concepto de belleza comienza a cambiar, y aquellos patrones del realismo que trae la modernidad se cuestionan a ultranza. La belleza, hasta aquel momento, tiene dos fuentes fundamentales: la realidad misma, en especial la naturaleza, que se entiende como la imitación o mimesis a toda lo que es la naturaleza y el mundo y, siempre de fondo, el canon de belleza que viene de los griegos, esa forma idealizada, estilizada, perfeccionada de la realidad. Ambas maneras de entender la belleza han corrido en paralelo a lo largo de los siglos, a pesar del empuje de las vanguardias, a pesar de aquella famosa frase de Lautréamont: «Bello como el encuentro de un paraguas con una máquina de coser sobre una mesa de disección». Si bien ahora la contemporaneidad conoce la relatividad del concepto, heredada de los cuestionamientos ya señalados, la belleza sigue cumpliendo con los parámetros que llamamos clásicos, que además estallan dentro del mundo de la moda, la publicidad, los concursos de belleza e incluso del porno, en un vórtice de referentes cada vez más idealizados y complejos. La muy flaca, la anoréxica, la tetona, la bembona, la de cintura estrecha, la muy alta, la de cuello muy largo, la achinada, la de ojos muy grandes, la nórdica, la latina, la negra, la oriental, y así, imagen sobre imagen, accesorio sobre accesorio, como si la belleza fuese una Barbie a la que vamos vistiendo según cada ocasión. Pero esta idea de la Barbie, no obstante, no deja de ser esencial. Hay un modelo, un ideal digamos platónico, un modelo de lo que es lo bello, que tiene su origen en aquella cultura griega que señalo, y aunque las variantes se pueden disparar hacia lo múltiple, lo que sí bien es cierto es que la belleza tiene sus límites. Los parámetros de la mujer bella, según la ley de mercado, existen. El mercado de la belleza se cotiza, y se cotiza alto y con fuerza, y con ganas, y con fervor.

The Hairdresser (2009) de la directora Doris Dörrie, apunta hacia estas cuestiones de lo bello, y nos presenta a Kathi (interpretada por Gabriela Maria Schmeide), una peluquera de Berlín, madre sin pareja y extremadamente gorda confrontando, precisamente, su obesidad en un mundo donde el aspecto, la imagen, la belleza dominan las relaciones y los negocios: el mundo de las peluquerías, que corresponde a su vez al naciente capitalismo de la Berlín unificada. Kathi resulta una extraña en el nuevo mundo de su competencia laboral, su aspecto es desagradable para muchos, como la raza también es desagradable para muchos. Kathi y los otros, Kathi que se convierte en los otros. De allí su relación estrecha con los inmigrantes orientales que vemos en el film, de allí que ella provenga incluso del otro lado del muro, y que en la Berlín ya unificada intente integrarse a la sociedad del mercado, allí donde todo, oficio, publicidad, belleza y política es parte de la misma cosa. Jean Baudrillard decía que ahora vivimos en un mundo donde todo se ha vuelto estética, donde todo se ha vuelto arte y a la vez ya no hay arte de tanto que ha proliferado en todas partes. En una sociedad así, quien no comparte parámetros de belleza y no juega a las leyes del mercado, pasa a ser el otro. El otro que viene del otro Berlín, el otro que es obeso, el otro que es madre soltera, el otro que es de otro país y que es pobre e inmigrante, de otra raza, el otro que no encaja. Todo esto está en The Hairdresser visto desde el punto de vista de la comedia, aguijón de lindos colores que nos hace reír pero también nos pone en frente realidades, quizás con un poco de optimismo (reflejado en el personaje) algo sobrecargado… pero vamos, la alegría también cuenta ante una pelota de idiotas que quieren agarrarse la felicidad sólo para ellos y cómo ellos dicen.

The Hairdresser, este viernes 13 de enero, por Max.

Para retransmisiones, haz clic acá.

archivos
 

etiquetas
 

más comentados