O Estranho Caso de Angélica, o la fotografía, el amor, el arte y la muerte

por max 10. febrero 2012 06:32

 

Una novia cadáver, una muchacha delicada, enferma de algún mal del siglo XIX, así como la María de Jorge Isaacs. Apenas se casa, muere, y su familia adinerada decide entonces contratar un fotógrafo para que le tome fotos. Fotos a la muerta. Esto, cabe decir, no era extraño en el siglo XIX. La fotografía empezaba a popularizarse, pero no tanto como para que hubiera una cámara en cada casa. En aquel entonces, el proceso de fotografiar era lento, elaborado, y requería de la intervención de un profesional. Así que se pueden imaginar: un ser querido muere (la mayoría de estas fotos son de niños pequeños), y de pronto la familia se encuentra con que no tiene una imagen para recordar, una imagen que no borre por completo la presencia del difunto en el mundo. Así de importante es la imagen, así de pasajero el recuerdo. Para paliar la presente ausencia de la voz, del cuerpo que se mueve y del brillo en los ojos —y luego la ausencia absoluta—, la familia contrata a un fotógrafo para que le tome fotos al muerto. Lo visten, lo acomodan, los escenifican. La muerte requiere una escena para que parezca vida. La realidad de la muerte se simula con una representación de vida. Para decirlo con términos de Wittgenstein, se intenta darle a la muerte la forma de un hecho. La vida es una representación de hechos.

En el film O Estranho Caso de Angélica (2010), el veterano Manoel de Oliveira nos presenta a un joven y excéntrico fotógrafo de origen judío que acude a una casa de pudientes católicos en un lejano poblado, precisamente, para ejercer este oficio. Al llegar, se encuentra con una difunta en extremo hermosa. Mientras le toma las fotos, ella abre los ojos en algún momento —o ese parece— y le sonríe, enamorada. Edgar Allan Poe se nos vuelve acá una referencia obligada. «Ligeia» y «Berenice» son dos relatos que dan cuenta de ese «amor más allá de la muerte» que deja atormentado a quien se ha quedado a solas en medio del universo, o eso por lo menos creemos, que ha quedado solo. En el caso de Poe, aquella que está muerta en realidad no lo estaba por completo, o aquella que está muerta se transforma (Ligeia) en la viva (Rowena) para morir también en la mujer que está viva. Rowena, por cierto, rubia y de ojos azules, nos recuerda a la bella Angélica. ¿Será que las rubias delicadas y enfermas siempre estarán más enfermas y son más dignas de conmiseración que las morenas? Quizás esta rubia delicada y etérea recuerde a la iconografía de sobra ya vendida de un ángel terrenal, y acaso duele más que muera un ser que nos recuerda un ángel (Ángelica) que una simple morena. Ligeia, que era morena, vuelve a la vida y se lleva a Rowena, la delicada rubia. Al final, Ligeia termina siendo un ser infernal. Así que la rubia se lleva los honores de la pureza, de la inocencia, de la vida suprema cortada antes de tiempo, como le sucede a Angélica en el film que nos ocupa. El cineasta portugués, en todo caso, no sigue una línea tan oscura como la de Poe. Sí sume a su fotógrafo en la locura, pero en todo caso, ésta se nos antoja, en su poesía, más luminosa. Allí tenemos al fotógrafo judío enamorado de una muerta que fue católica. Como si el cineasta nos dijera que, sin importar la religión del o los enamorados, el amor va más allá de la muerte, o que quizás la locura va más allá de la muerte; la locura no conoce religiones, como el amor.

Para Susan Sontag en Sobre la fotografía, uno de las características principales de la fotografía es la belleza, la representación del mundo. El muerto de las fotos del siglo XIX que es mostrado «vivo» para sus parientes, está representado, montado sobre un escenario; en ocasiones, se le muestra como dormido, pero aun así, está vivo. Es como si el arte tuviera la virtud de volver a la vida lo que está muerto, como si, paradójicamente, el arte agrediera a la muerte, como si fuese agresivo con la muerte en su búsqueda de arrancar de ésta una forma de vida. La fotografía del memento mori inmortaliza la muerte, el cuerpo que desaparecerá, le arranca a la muerte una de sus funciones principales: el olvido. Y olvido precisamente es lo que busca evitar el arte, olvido es lo que busca evitar el amor. El amor pretende ser eterno, así como el arte. Si pensamos en Platón, tenemos la idea completa: el alma del hombre, convertida en la tierra en cuerpo, recuerda, sospecha, intuye en alguna parte lejana e íntima de aquel hombre, el mundo del que viene, el mundo de las ideas, donde alguna vez fue perfecta. Así, plantada en esa sombra de las ideas que es la materia, el alma busca alcanzar este otro mundo a través de lo que Platón llama el amor. El amor por las cosas bellas nos acerca al lugar originario del alma. Siguiendo con la paradojas, Susan Santog dice que toda fotografía es memento mori. «Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa.» Y también dice: «La fotografía es una suerte de énfasis, una copulación heroica con el mundo material.» Pero De Oliveira parece preguntarse: ¿Qué pasa cuando ya la cosa ha sido vulnerada, qué pasa cuando la cosa fotografiada ya ha muerto? ¿Qué pasa, precisamente, cuando lo fotografiado ya es el memento mori? Pareciera responderse entonces desde lo metafísico. No es lo material lo que registramos, es lo inmaterial, el más allá, la belleza que oculta el misterio de la muerte. El arte y el amor redimen la belleza, destierran el olvido, dan vida. De allí quizás que Angélica, ese ser angelical que en la tierra parecía ser una «idea» platónica bajada a la tierra —un ángel para los judíos y cristianos—, vuelve a la vida a través del arte de la fotografía y a través, claro está, del amor. Isaac, al contrario de lo que dice Sontag, no está libre de responsabilidad al fotografiar la muerte. Él la ha agredido y debe pagar. Recordemos al suicidio, por ejemplo de Diane Arbus (hebrea), que al final no pudo con el horror de los seres particulares que fotografiaba. Isaac, al fotografiar la belleza muerta, al revivir la belleza muerta, se enamora, y la muerte, a su vez se enamora de él. La invasión de los hombres a ese otro mundo, allí donde el alma sabe de inmortalidades, es un atrevimiento. Asomarse al otro lado, a lo que está más allá (más allá) del ángel muerto, conlleva a la desestabilización, a la locura. Susan Sontag dice que «la fotografía es el inventario de la mortalidad.» En el caso del film de Manoel de Oliveira parece ser lo contrario: la fotografía se vuelve un inventario de lo inmortal, del amor, del arte y de la belleza.

O Estranho Caso de Angélica, este domingo 12 de febrero.

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