Top of the Lake, nueva serie en Max

por max 10. septiembre 2013 14:38

 

Una pequeña ciudad, tranquila, perfecta, una ciudad de esas que aburren. Se llama Twin Peaks y queda al noreste del estado de Washington. David Lynch tenía rato despertando esos demonios. Lo hizo con Blue Velvet (1986), y después los llevaría a la televisión con la famosa serie donde la hermosa Laura Palmer era el objeto de las investigaciones del particular detective Dale Cooper. El cineasta introducía a la televisión dos elementos fundamentales de su cinematografía: la podredumbre que se esconde detrás de lo aparentemente sereno, y el grandor, lo sublime, lo terrífico del paisaje. Al contrario de las visiones New Age de la época actual, en las que se habla de la Madre Naturaleza y todo ese montón de cosas llenas de luz, Lynch nos acerca a una idea más oscura de la tierra y del paisaje. Nos confronta digamos con una naturaleza que nos acerca más a lo dionisiaco, a una imagen telúrica, profunda, misteriosa. La naturaleza como el lugar donde se mueven unas fuerzas desconocidas que el ser humano nunca terminará de comprender. Esa oscuridad de la tierra se equipara a la oscuridad también del alma, ese otro bosque desconocido.

Siguiendo con esa herencia nos llega la serie en siete capítulos Top of the Lake (2013) de la directora neozelandesa Jane Campion (The Piano, Bright Star). Tal como ocurre en Twin Peaks, la serie se inicia con una disrupción en medio del paisaje natural. Si bien Laura Palmer aparece flotando en un río, en Top of the Lake una niña de 12 años de nombre Tui (Jacqueline Joe) aparece caminando perdida por los alrededores de un lago cerca de un poblado de nombre Paradise. Como se ve, el agua, en ambas series, es el punto de partida. El agua, el gran ojo de la naturaleza, el gran testigo silencioso de la atrocidad. El nombre del lugar, Paradise, también nos hace pensar en ese paraíso natural que era la ciudad de Twin Peaks, lugares que aparentemente no han sido tocados por el mal. Pero ya sabemos qué le pasó a Adán y a Eva, ya sabemos de la serpiente. Pero volvamos a la serie: Tui ha intentado ahogarse en este lago del sur de Nueva Zelandia; Tui ha sido violada. Allí comienza el misterio, y allí aparece la figura de la ley: en el caso de la serie de Campion, la detective relativamente inexperta o novata, Robin Griffin (Elisabeth Moss, de Mad Men). También por allí anda otro personaje que no resulta nada causal, ni tampoco menor: hablamos de GJ, interpretada por Holly Hunter, la actriz con la que Campion conoció las cimas de la fama en The Piano. GJ es una enigmática dama que anda por los alrededores declarando que está muerta, fumando sin parar y acompañada de un grupo de mujeres que proclaman estar allí para encontrar rehabilitación luego de haber sido abusadas o abandonadas. GJ y sus mujeres no son fáciles, y pronto la emprenderán contra el señor de la droga de la zona, el atemorizante Matt Mitcham (Peter Mullan). Por supuesto, no la tendrán fácil. La detective, por su parte, tampoco tiene deparado un futuro ligero. En una vuelta de tuerca descubre que Tui es hija del Mitcham, el gran narco. La droga y su poder están en todas partes. La droga como elemento profano, corruptor. La droga que, cabe decir, en algún momento de la cultura fue un elemento sagrado para ponerse en contacto con los dioses, con esos dioses que estaban en los bosques, en la selva, en la naturaleza. Todavía hoy es así para algunas tribus en el interior del Amazonas. Pero en este caso, la droga es un envés, una perversión. Mitcham es un tipo peligroso, un tipo que h irrumpido desde hace rato al paraíso y se ha dedicado a socavarlo. No se deje engañar. El paisaje es sereno, pero también frío… como ciertas versiones del infierno. La detective no sólo se va a encontrar con tamaño de detalle: pronto ocurrirá otra cosa: Tui huirá donde las mujeres furiosas, y una mañana, desaparecerá sin dejar rastro. Entonces, definitivamente, todo se hará más complicado. O mejor digamos, entonces todo se terminará de ir al infierno.

¿Quieres mirar más adentro, quieres adentrarte más en la historia de esta serie? Pues no te pierdas este miércoles 11 el estreno exclusivo de Top of the Lake. Manías sin contraindicaciones. Es así, las mejores y más originales series de todas partes del todo el mundo, están en Max.

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Sleeping Beauty, o la suerte de Julia Leigh

por max 15. marzo 2013 13:59

 

Julia Leigh, la directora de Sleeping Beauty (2011), es una chica con suerte. Tiene 42 años, es australiana (lo que quizás no tenga que ver con la suerte, pero hay que decirlo), una reconocida novelista y además directora de cine. Es joven, pero desde antes de ser la joven que ahora es, antes, cuando era aún más joven, se ganó la Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative, una especie de beca de escritura que se lleva a cabo bajo la tutela de un escritor reconocido; en el caso de Julia, a ella le tocó la asesoría de la novelista ganadora del premio Nobel, Toni Morrison. Su primera novela, The Hunter, fue traducida a nueve idiomas, y además llevada al cine por Daniel Nettheim (en los roles protagónicos Willem Dafoe y Sam Neill).

La misma Julia Leigh contó que a partir del éxito de The Hunter, empezó a soñar que alguien, una especie de demonio, la observaba mientras ella dormía. El sueño recuerda a Lost Highway de David Lynch. En Lost Highway los dos personajes protagonistas (Patricia Arquette y Bill Pullman) reciben un video donde descubren que los graban sin su permiso mientras duermen. También podríamos recordar Caché (2005) de Michael Hanake, donde Juliette Binoche y Daniel Auteuil también reciben un video donde descubren que la parte de afuera de su casa es constantemente grabada. Ser espiado, ser mirado de esa manera nos recuerda nuestra indefensión. Somos vulnerables ante la mirada espía. Esa mirada tiene poder sobre nosotros. Es un poder, es el poder.

Julia Leigh se quedó con la idea de este sueño-demonio en su cabeza, y un tiempo después realizó su ópera prima: Sleeping Beauty, título que sin duda nos remite a los cuentos de hadas, a la Bella Durmiente, pero también a asuntos mucho más perversos (un cuento de hadas es ya de por sí perverso).

Confiesa Leigh en una nota sobre la película que ya conocía Memoria de mis putas tristes, la novela de Gabriel García Márquez en la que un periodista decide celebrar sus noventa años acostándose con una prostituta menor de edad. En la novela, a la joven Delgadina la duermen para que el anciano pueda estar con ella. Éste se dedica entonces a contemplarla, sólo a eso. No cabe duda que hay allí una influencia directa y confesada.

Por los lados de la prostitución nos viene otra cantidad de referencias. Leigh habla de la historia de Salomón que mandaba a traer prostitutas jóvenes a su cama. En el cine (ya de esto no habla la Leigh) contamos con Belle de jour, de Buñuel. Podemos irnos de igual modo hacia mundos más sórdidos donde la prostitución y la lujuria de los poderosos se entremezclan. Allí tenemos Requiem for a Dream (2000) de Darren Aronofsky y Eyes Wide Shot, último film del gran Stanley Kubrick.

Una conjunción de todos estos elementos y más nos presenta Julia Leigh en Sleeping Beauty, la historia de una linda muchacha con oscuridades por dentro que nunca se aclaran, porque no hace falta. Esta linda muchacha es Emily Browning (Lemony Snicket's A Series of Unfortunate Events), a quien desde su primeros filmes se le adivinaba un rostro exótico que a futuro podía calar a la perfección en cintas de giro sensual. Su intervención en Sleepling Beauty cuadra de mil maravillas. En sus facciones, en su mirada, en su delicadeza salvaje se sospecha la oscuridad, la noche que cae, la tentación de una serpiente interna. Por ello no nos extraña cuando su personaje Lucy toma un particular trabajo: a cambio de un buen dinero, ella se dejará dormir, y mientras duerme, unos ancianos burgueses, adinerados, se acostarán junto a ella y harán con su cuerpo lo que quieran… todo, menos penetrarla. Su entrepierna es un templo prohibido. La mirada espía está allí presente, esa mirada que, como ya se dijo, es poder.

Pero hay más. Una vertiente de los significados del poder se relaciona con la vejez. El anciano ha acumulado, a lo largo del tiempo, influencias, dinero, conocimiento. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y el anciano con dinero es, por supuesto, una metáfora de la corrupción del alma humana. Pero a ese anciano que lo tiene todo, algo le ha sido vedado: la juventud, el cuerpo de la juventud. Sus ansias, su nostalgia, su deseo de aquello que no poseerá nunca más, se traduce en sus manos que buscan tocar la suavidad perdida. El cuerpo tocado se convierte así en espejo del deseo. Si la imagen reflejada es el anhelo del anciano corrupto, entonces la imagen también está enferma. La imagen en el espejo está contaminada, la chica también está contaminada. En se llena de oscuridad al momento de convertirse en reflejo, pero en el caso de Lucy, la oscuridad está en ella antes, mucho antes. Y por este lado, el personaje nos recuerda a la hermana desequilibrada del film de Jane Campion, Sweetie (1989), y sin duda algo debe haber, pues la misma Campion es la madrina, la mentora de la ópera prima en cine de Julia Leigh. Sin duda, la Leigh, es una chica con suerte.

Sleeping Beauty, este domingo 17 de marzo. Juventud, deseo, vejez, poder. ¿Qué ves cuando ves Max?

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La vida nueva, o el mundo a lo Lynch

por max 2. marzo 2013 02:32

 

Quien me enseñó la maldad reinando en los pequeños poblados fue David Lynch. Lo hizo con Blue Velvet, film de 1986 que yo habré visto unos cuantos años más tarde. Lynch siguió esos caminos con la serie Twin Peaks (1990) y luego con el film que redondeó la serie, Fire Walk With Me (1992). Con Lynch fui testigo de cómo se abren las grandes oscuridades que se ocultan tras los silencios con aire fresco y la tranquilidad de una calle pequeña con casas lindamente pintadas y montañas de fondo. Con Lynch aprendí el abismo enorme que se oculta tras lo pequeño. El mal está en todas partes, la estupidez se esconde en todos los rincones. Siempre habrá un poderoso, siempre unos adolescentes con la mente torcida, siempre un amor roto, siempre un manipulador, siempre una víctima. Siempre, donde sea. El paraíso no queda en la tierra, y como en todo paraíso no existe el bien absoluto.

Así, por estos caminos lynchianos se adentra Santiago Palavecino, el director de La vida nueva (2011). Nos encontramos en un pueblo donde una pareja conformada por un veterinario y una profesora de piano viven una marcada crisis matrimonial. Ella, Laura (Martina Gusman) está, para colmo, embarazada de él, Juan (el escritor Alan Pauls en su estreno como actor). Suelen discutir por las noches, y ella suele huir de la casa en plena batalla. Él sale a buscarla en aquella soledad. Es callado, adusto, como un buen personaje de novela negra. Una de esas noches, en vez de conseguirla a ella, tropieza con un grupo de adolescentes que están apaleando (linchando nos llevan a Lynch; de hecho, la palabra linchamiento viene del apellido Lynch) a un muchacho indefenso. Juan interrumpe la golpiza, pero no sabe que al hacerlo entrará en un vórtice de mentiras, complicidades y poderes. La víctima queda en coma, y los linchadores siguen en la calle, en parte gracias a que el padre del jefe de los agresores es nada más y nada menos que el tipejo más poderoso del lugar, quien no se amilanará a la hora de ocultar los desmanes del hijo. Por otro lado, en vista de la grave situación del agredido, aparece en el pueblo un tal Benitti (Germán Palacios), ex novio de Laura. Ella no dudará ni un instante en buscar apoyo en los brazos del recién llegado.

De este modo se irá conformando este pequeño thriller lyncheano que se mueve entre silencios y tensas calmas, entre mentiras, traiciones, verdades a medias y hombres oscurecidos por el poder. Hasta el amor acá se antoja una cosa dañada. No existe luz, no existe un claro asidero moral. En esta tierra que nos tocó vivir, la moral es, como ya se dijo, una opacidad, y las acciones que cometemosgiran en torno a nuestras más profundas heridas. En ese sentido, podríamos decir que Palavecino ha hecho también una cinta que se acerca mucho a los hermanos Coen y a sus personajes que asumen el crimen como una forma de justicia triste.

Y por supuesto, uno se pregunta: ¿de qué vida nueva nos están hablando? Pues pareciera que la vida es siempre la misma, que en todas partes y en toda época siempre los humanos mostraremos nuestros rostros más horrendos, que la civilización es una máscara, que en verdad no somos buenos, o que esa cosa que llamamos bien y mal es más bien un complejo tejido de pulsiones, tristezas y odios con apenas pequeños fogonazos de felicidad. ¿Cuál entonces es la vida nueva, cuál? Quizás, como nosotros, David Lynch y Palavecino no tengan esa respuesta.

La vida nueva, de Santiago Palavecino, este lunes 4 de marzo. Crisis del amor, odio, poder, ocultamientos. ¿Qué ves cuando ves Max?

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Kaboom, o una lista explosiva y posmoderna

por max 13. noviembre 2012 04:30

 

Nihilismo

Carpe Diem

Juventud

Universidad

Sexo

Bisexualidad

Pansexualidad

David Lynch

Luis Buñuel

John Waters

Bret Easton Ellis

Ciencia Ficción

Comedia

Gore

Cinismo

Magia negra

Conspiración

Fin del mundo

Sexo explícito (o casi)

Surfista de nombre Thor más gay que un gay sin ser gay

Máscaras de cerdos

Desapariciones, asesinatos

Experimentación con drogas

Más sexo

Sexo otra vez

Colores estallados, azul y rosado ochentosos

Transmodernidad, posmodernidad

El universo entero

Explosión

Kaboom, de Gregg Araki, este jueves 15 de noviembre.

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My Joy, o los rastros del mal

por max 3. agosto 2012 12:17

 

La presencia del mal no se erradica de la noche a la mañana, mucho menos si el mal ha estado por décadas allí, horadando, mancillando los espíritus. Lo que queda una vez que la estructura del mal se va, es su presencia sutil en el fondo del alma de los dañados. Un país no se recupera de la noche a la mañana de la locura del poder, porque en cada uno de sus ciudadanos quedan las heridas, la desconfianza, la miseria.

El director ucraniano Sergei Loznitsa nos presenta My Joy (2010), un film donde se hacen patentes los rastrojos del mal soviético que carcomió (y que sigue carcomiendo) el alma de los hombres; toda una crítica a los poderes, a los sistemas de gobierno sumidos en sus propias miserias. My Joy, eso creo, es más el espejo de lo que queda de una etapa fuertemente opresora que una crítica al sistema capitalista, aunque cómo no, también lo es, pues deja muy claro que, en el presente se está viviendo una experiencia igual, o incluso peor.

My Joy es un film con marcadas remembranzas de road movie, que desemboca en una historia propia de las radicales alucinaciones de David Lynch. Lo peor es que no son alucinaciones, sino que estamos ante una representación del estado de las cosas.

Un hombre, Georgy (Viktor Nemets), se lanza a la carretera como conductor de un camión. En el camino, el personaje se irá encontrando con la oscuridad, la corrupción y la miseria humana; policías corruptos, campesinos crueles, una prostituta menor de edad. A esto, se sumará la pérdida de la memoria del personaje, de quien conocemos muy poco, tanto como poco se conocerá él, quien apenas se quedará con la extraña certidumbre de haber matado a alguien, quizás, quién sabe.

El tema de la memoria es fundamental. A la memoria se contrapone acá el olvido, ese olvido, pareciera decirnos el cineasta, condena a los seres humanos, a sus coterráneos. El olvido del pasado nos hace permanecer estancados, y nos lleva a seguir viviendo los mismos horrores del mal, de ese mal que es como una herida que nunca termina de cerrarse, y que no cerrará, si no hacemos de la memoria una útil herramienta para el futuro.

My Joy, este domingo 5 de agosto. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Retornos, o más del thriller provinciano

por max 6. junio 2012 07:39

 

Retornos (2010) de Luis Avilés Baquero me lleva a pensar en David Lynch. En ese Lynch que se mete en la vida más profunda de un tranquilo pueblo, y allí descubre la fuente del mal. Lynch y su Blue Velvet (1986), Lynch y Twin Peaks (1990-1991), Lynch y su Fire Walk With Me (1992). El cineasta que nació en un pequeño pueblo de Montana ha hurgado y ha encontrado una oreja, un muerto de pie, burdeles, satanismo, una chica muerta que tenía que ver con burdeles y sobre todo, bocas que callan entre el silencio de los árboles, que aprietan muchos los labios, porque guardan terribles secretos. Lynch es uno de los grandes maestros del noir pueblirino. Luis Avilés Baquero, de Colombia a Galicia, ha tomado esos caminos verdes y sinuosos y nos ha regalado Retornos, una thriller de corte intimista (en el fondo, no hay nada más íntimo que un crimen) que tiene lugar en las tierras provincianas de Galicia (la cinta fue rodada en Noia y en otras localidades coruñesas), un mundo cerrado, pequeño, donde el pasado nunca se borra, donde es marca en la frente, y donde, además, la gente prefiere callar los horrores del presente, quizás para evitar esas mismas marcas de Caín y seguir tranquilos, mientras todo por dentro se desmorona. No se equivoca quien hace el mal, se equivoca quien hace pública su maldad, o su error con visos de maldad. Se condena quien expía sus pecados, no quien comete el pecado. Eso lo descubrirá Álvaro (Xavier Estévez) cuando regrese a su pueblo natal después de diez años y encuentre que sus errores siguen vivos en la mente de los demás, y que, sin embargo, tras los más acerados silencios se esconden oscuridades inconfesables. El regreso al infierno no será otro que el regreso a la intimidad, a la familia, ese lugar que origina todos los infiernos posibles y donde se ocultan los secretos más penosos. Por el camino de las novelas de Ross McDonald —experto en pecados familiares ocultos— y con este ingrediente además lynchiano, Avilés Baquero se faja a buscar la instauración de la verdad tras la violencia silente de la prostitución inmigrante, la estrechez de miras, el drama familiar adúltero, el vicio y la muerte. No son pocos los elementos que hacen juego de sombras, de espejos y espejismos en la cinta de Avilés Baquero. Sin embargo, en esta su opera prima, el director se maneja con cuidado, con tino y respeto hacia los grandes maestros, lo que termina dándole una buena cantidad de puntos a su favor. Eso sí, inolvidable la lluvia. La lluvia siempre lavando aquello que ya no puede ser lavado, fraguando una redención quizás imposible.

Retornos, este sábado 9 de junio. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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