
Julia Leigh, la directora de Sleeping Beauty (2011), es una chica con suerte. Tiene 42 años, es australiana (lo que quizás no tenga que ver con la suerte, pero hay que decirlo), una reconocida novelista y además directora de cine. Es joven, pero desde antes de ser la joven que ahora es, antes, cuando era aún más joven, se ganó la Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative, una especie de beca de escritura que se lleva a cabo bajo la tutela de un escritor reconocido; en el caso de Julia, a ella le tocó la asesoría de la novelista ganadora del premio Nobel, Toni Morrison. Su primera novela, The Hunter, fue traducida a nueve idiomas, y además llevada al cine por Daniel Nettheim (en los roles protagónicos Willem Dafoe y Sam Neill).
La misma Julia Leigh contó que a partir del éxito de The Hunter, empezó a soñar que alguien, una especie de demonio, la observaba mientras ella dormía. El sueño recuerda a Lost Highway de David Lynch. En Lost Highway los dos personajes protagonistas (Patricia Arquette y Bill Pullman) reciben un video donde descubren que los graban sin su permiso mientras duermen. También podríamos recordar Caché (2005) de Michael Hanake, donde Juliette Binoche y Daniel Auteuil también reciben un video donde descubren que la parte de afuera de su casa es constantemente grabada. Ser espiado, ser mirado de esa manera nos recuerda nuestra indefensión. Somos vulnerables ante la mirada espía. Esa mirada tiene poder sobre nosotros. Es un poder, es el poder.
Julia Leigh se quedó con la idea de este sueño-demonio en su cabeza, y un tiempo después realizó su ópera prima: Sleeping Beauty, título que sin duda nos remite a los cuentos de hadas, a la Bella Durmiente, pero también a asuntos mucho más perversos (un cuento de hadas es ya de por sí perverso).
Confiesa Leigh en una nota sobre la película que ya conocía Memoria de mis putas tristes, la novela de Gabriel García Márquez en la que un periodista decide celebrar sus noventa años acostándose con una prostituta menor de edad. En la novela, a la joven Delgadina la duermen para que el anciano pueda estar con ella. Éste se dedica entonces a contemplarla, sólo a eso. No cabe duda que hay allí una influencia directa y confesada.
Por los lados de la prostitución nos viene otra cantidad de referencias. Leigh habla de la historia de Salomón que mandaba a traer prostitutas jóvenes a su cama. En el cine (ya de esto no habla la Leigh) contamos con Belle de jour, de Buñuel. Podemos irnos de igual modo hacia mundos más sórdidos donde la prostitución y la lujuria de los poderosos se entremezclan. Allí tenemos Requiem for a Dream (2000) de Darren Aronofsky y Eyes Wide Shot, último film del gran Stanley Kubrick.
Una conjunción de todos estos elementos y más nos presenta Julia Leigh en Sleeping Beauty, la historia de una linda muchacha con oscuridades por dentro que nunca se aclaran, porque no hace falta. Esta linda muchacha es Emily Browning (Lemony Snicket's A Series of Unfortunate Events), a quien desde su primeros filmes se le adivinaba un rostro exótico que a futuro podía calar a la perfección en cintas de giro sensual. Su intervención en Sleepling Beauty cuadra de mil maravillas. En sus facciones, en su mirada, en su delicadeza salvaje se sospecha la oscuridad, la noche que cae, la tentación de una serpiente interna. Por ello no nos extraña cuando su personaje Lucy toma un particular trabajo: a cambio de un buen dinero, ella se dejará dormir, y mientras duerme, unos ancianos burgueses, adinerados, se acostarán junto a ella y harán con su cuerpo lo que quieran… todo, menos penetrarla. Su entrepierna es un templo prohibido. La mirada espía está allí presente, esa mirada que, como ya se dijo, es poder.
Pero hay más. Una vertiente de los significados del poder se relaciona con la vejez. El anciano ha acumulado, a lo largo del tiempo, influencias, dinero, conocimiento. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y el anciano con dinero es, por supuesto, una metáfora de la corrupción del alma humana. Pero a ese anciano que lo tiene todo, algo le ha sido vedado: la juventud, el cuerpo de la juventud. Sus ansias, su nostalgia, su deseo de aquello que no poseerá nunca más, se traduce en sus manos que buscan tocar la suavidad perdida. El cuerpo tocado se convierte así en espejo del deseo. Si la imagen reflejada es el anhelo del anciano corrupto, entonces la imagen también está enferma. La imagen en el espejo está contaminada, la chica también está contaminada. En se llena de oscuridad al momento de convertirse en reflejo, pero en el caso de Lucy, la oscuridad está en ella antes, mucho antes. Y por este lado, el personaje nos recuerda a la hermana desequilibrada del film de Jane Campion, Sweetie (1989), y sin duda algo debe haber, pues la misma Campion es la madrina, la mentora de la ópera prima en cine de Julia Leigh. Sin duda, la Leigh, es una chica con suerte.
Sleeping Beauty, este domingo 17 de marzo. Juventud, deseo, vejez, poder. ¿Qué ves cuando ves Max?
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