Tokio blues, la vida y el suicidio en Japón

por max 30. agosto 2012 09:40

 

A la entrada del bosque Aokigahara, al pie del monte Fuji, al oeste de Tokio, hay un cartel que reza: «Un momento, por favor. La vida es un precioso regalo que le dieron sus padres. No guarde sus preocupaciones sólo para usted, busque asistencia.» No está puesto el cartel por tonterías. Este enorme bosque de unas 3000 hectáreas, conocido también como Jukai (mar de árboles), es uno de los lugares preferidos por los japoneses para cometer suicidio. En 2001 fueron recuperados cincuentainueve cuerpos; en 2002, setentaiocho, y ya para 2004 el gobierno del Japón dejó de publicar las cifras, como otra de las medidas desesperadas para bajar la tasa de los suicidios en el país. La fama de este bosque como lugar de muerte, tiene siglos. Se dice que en la antigüedad, en tiempos de hambruna, los padres llevaban allí a sus niños a morir. También que las familias dejaban en el sitio a sus ancianos para que finalizarán sus días en paz. Ya en el siglo XX, en específico en 1993, Wataro Tsurimi, escribió un libro que rápidamente generó polémica, nada más y nada menos que El completo manual de suicidio, 198 páginas de una guía muy aséptica que muestra los diversos métodos para morir de forma voluntaria. La primera edición vendió más de un millón de copias, todo un éxito de ventas que ya va por los trece millones. En este libro, Wataro Tsurimi señala al Jukai como el mejor lugar para morir. En los años sesenta, Seicho Matsumoto escribió un drama de televisión conocido como Nami No To, La torre de onda, en el que se cuenta la historia de una muchacha joven, con un amor infeliz, que se suicida en este bosque. La historia fue muy popular, y los suicidios en el Aokigahara no menos populares.

La verdad que el suicidio no es cualquier cosa en el Japón. En 2011, por decimocuarto año consecutivo, el país superó los 30000 suicidios. Aunque bien es cierto que no ocupa el primer lugar en el mundo, sí ocupó ese año el séptimo, lo que no es poco decir.

Muchas son las razones por las que el suicidio es un problema fundamental en Japón. Podemos incluso remontarnos a razones históricas. Recordemos a los samuráis y su concepto del honor y del deshonor que lleva al famoso harakiri. En la Segunda Guerra Mundial muchos oficiales japoneses se hicieron el harakiri ante la derrota. Las imágenes de Cartas de Iwo Jima (2006) que nos regaló Clint Eastwood son bastantes elocuentes al respecto.

Las causas del suicidio contemporáneo, quizás tengan alguna relación con estos conceptos del honor. Por un lado, la depresión por el trabajo excesivo es una de las primeras razones. En 2008 la fatiga por el trabajo ocupó el 47% de los suicidios. La ética del trabajo de los japoneses tiene un fuerte arraigo en tradiciones antiguas. La relación del empleado con el jefe se encuentra establecida por una dura jerarquía casi medieval. En la novela Estupor y temblores, Amelie Nothomb nos muestra lo duro que puede ser ese mundo empresarial japonés desde la perspectiva de un extranjero; en este caso desde la joven de veintidós años Amèlie, quien empieza a trabajar en una trasnacional nipona. En Japón se debe trabajar duro, y ese trabajo duro produce fuertes depresiones y suicidios. Por otro lado, el desempleo también es una causa de suicidio. Décadas atrás, una persona en Japón se empleaba en una empresa y estaba en ella toda su vida. Podías comenzar en un puesto muy bajo y llegar a ser, si te esmerabas, un ejecutivo importante. La vida de esta persona era la empresa, sus amigos, la urbanización incluso donde vivía era de la empresa. Con la crisis, los despidos se han vuelto cada vez más frecuentes. Si consideramos la importancia que para un japonés entraña el trabajo y pertenecer a una empresa, vemos claramente por qué el desempleo también se ha convertido en causa de suicidio.

Entre los jóvenes se ha generado un nivel de angustia muy profundo ante el choque con la férrea cultura laboral e incluso con las exigentes metas que se impuso la nación a partir de la Segunda Guerra Mundial, y que alcanzaron sus máximas tensiones a finales de los años sesenta, cuando la gestión económica y el desarrollo industrial comenzaron a acelerarse súbitamente. Los jóvenes se veían obligados a elegir entre el querer ser y el deber, entre sus inclinaciones individuales y el ideal o las necesidades de la nación. A partir de 1960, cabe destacar, las grandes empresas expandieron el sistema de empleo para toda la vida. El país tenía una gran meta, y los jóvenes de entonces tenían un compromiso, que en muchos casos era más una obligación, casi un castigo impuesto. No es de extrañar que las tensiones sacudieran el alma de la juventud. El 25 de noviembre de 1970, el gran escritor Yukio Mishima, tomó un cuartel del ejército y dio un discurso proclamando la decadencia de su país. Todo aquel progreso no estaba sirviendo de nada, el Japón de la tradición, el Japón de pasado glorioso y digno estaba en proceso de desaparecer bajo la aplastante maquinaria del capital. Luego de sus palabras, Mishima se hizo el harakiri. A finales de los sesenta y principios de los setentas fuertes críticas sacudieron el Estado japonés. Los estudiantes protestaban, y hombres como Mishima abanderaban tales movimientos. Era una época, en general, de cuestionamientos y crisis mundiales, de hippies y juventudes que alzaban su voz crítica.

Hoy en día las razones quizás no sean diferentes. Aunque autores como Ryu Murakami —no Haruki, Ryu— dicen que ya se ha alcanzado aquel ideal nacional japonés, y que lo que queda ahora es un vacío. No obstante, podríamos decir, en ese vacío generacional de metas, también anida el suicidio. De hecho, en la novela Azul casi transparente, el suicidio entre sus personajes jóvenes está presente.

Este mes, Max nos presenta Tokio Blues (Noruwei no mori, 2010) de laureado director de origen vietnamita Tran Anh Hung (The Scent of Green Papaya, Cyclo, I Come with the Rain), un film inspirado en la novela Tokio blues (Norwegian Wood, 1987) de otro Murakami, esta vez sí Haruki, Haruki Murkami, uno de los escritores japoneses contemporáneos de mayor proyección internacional.

Tokio Blues parte de un recuerdo. Toru Watanabe escucha el tema de los Beatles Norwegian Wood, y eso lo lleva a remontarse atrás en su vida, a finales los sesenta, cuando era un estudiante universitario. Toru, su compañero de clase Kizuki y la novia de éste, Naoko, son amigos inseparables, pero el suicidio inesperado de Kizuki el día que cumple los diecisiete años, afectará la vida de los dos sobrevivientes a muy largo plazo. A partir de este evento, Naoko y Toru estrecharán lazos y terminarán amándose. Luego se separarán y vendrán otros personajes femeninos a la vida de Toru, también otras crisis de identidad y otros suicidios. Siempre de fondo estarán aquellos años de revueltas estudiantiles, los cuales Murakami retrata con mirada cuestionadora. Escrita en 1987, luego de una novela de corte marcadamente fantástico como El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (1985), Murakami ofrece acá una historia realista de crecimiento, de madurez y de enfrentamiento con la muerte (a través del suicidio), con un fuerte presencia de la locura, el amor y el sexo en la etapa juvenil. En alguna ocasión declaró el mismo autor que no tenía interés en escribir novelas de corte realista, pero que decidió, aunque fuese una vez, escribir una. Tokio blues, dijo, «fue un simple experimento». Llegó a decir que no sentía interés por el estilo realista, porque, si escribe así, terminaba por aburrirse. Con todo, Tokio blues es una de sus novelas más leídas. La versión de Tran Anh Hung, director que sabe darle un toque delicado, sereno y altamente estético a su trabajo, capta con sutileza ese cierto tono a lo proustiano de la obra, cargándola de un poder visual y de una luz donde los personajes entran y salen de sus oscuridades en una búsqueda desesperada de felicidad o de sentido de vida, enfrentando al dolor que los acosa y a la muerte que está detrás de todo, presencia omnímoda que nunca cesa.

Tokio Blues, el domingo 2 de septiembre. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Para retransmisiones, haz clic acá.

Clint Eastwood, o el amigote que quisiéramos

por max 22. noviembre 2011 13:58

 

Clint Eastwood es un sujeto de culto porque los sujetos de cultos están cerca de uno, porque uno siente que ese sujeto se identifica contigo, te entiende. Clint Eastwood sería algo así como tu mejor amigo. Pero también, al mismo tiempo, sería como tu papá. Clint Eastwood es como un amigote viejo. Claro, en los últimos años. Porque cuando uno lo ve en sus primeros filmes, haciendo de vaquero o de duro policía, Clint vuelve a ser joven, y vuelve a ser nuestro amigo contemporáneo. ¿Quién hubiera pensado que aquel muchacho alto, de cara inexpresiva, se iba a convertir en un director de cine ganador de premios de la Academia, en uno de los que mejor sus preocupaciones y los males de su sociedad? Era un vaquero, un perfecto vaquero vengador que sabía actuar con silencios y con el cuerpo, era el perfecto protagonista de los Spaghetti western, tan europeos, tan italianos, tan de los años sesenta. Ahí lo tenemos en 1964, en A Fistful of Dollars, haciendo de un personaje sin nombre que llega a un pueblo donde dos familias violentas se encuentran enfrentadas. El personaje, el Extraño o el Extranjero, estará en medio del conflicto sacando el mejor provecho posible a la rencilla. Aunque el presupuesto era muy bajo (el mismo Eastwood se compró el célebre poncho que lo caracterizaría), la película se ha convertido en una de las obras fundamentales del género western, junto con las otras dos que le siguieron también protagonizadas por él. El actor, que desde el principio tenía muy claras sus ideas del negocio y la independencia financiera, fundó su ya famosa productora Malpaso, y no tardía en empezar a dirigir y producir sus propias películas. Una de las más importantes de sus inicios es Play Misty For Me (1971), un film de suspenso sobre una obsesión fatal que preconizaría otras obsesiones fatales ochenteras. No obstante, Eastwood siempre volverá a los filmes de vaqueros, donde se mueve a sus anchas. Pale Rider (1985) está dirigida por él, así como Unforgiven (1992), con el que se llevó cuatro premios Oscar, dos de ellos a Mejor Director y Mejor Película (Eastwood obtuvo este premio también como productor). Por supuesto, igualmente se sentía cómodo con la acción, no por nada fue el ínclito y nunca bien ponderado Harry el Sucio, aquel policía sin ley que portaba con peligroso orgullo su Magnum 44. En esa vertiente también trabajará en los años posteriores a Unforgiven, más dado sí por la política y el suspenso, pero nunca dejando de ser un personaje rudo y viril. Actuará para otros directores y también se dirigirá el mismo, y nos sorprenderá con The Bridges of Madison County (1995), una historia de amor junto a Meryl Streep que abre sus filmes que podríamos llamar de reflexión en torno a la vejez, y entre los que se encuentran Space Cowboys (2000), Blood Work (2002) o Gran Torino (2008). Para Eastwood, el paso del tiempo es un tema importante. El tiempo confrontado al honor, a la dignidad y o el orgullo de sus personajes. Río místico (Mystic River, 2003) es un confrontación con los horrores del pasado en la edad adulta, mientras que Letters from Iwo Jima y Flags of Our Fathers (2006) también es una exploración del pasado histórico en un contexto de lucha, de retos, de honor patrio y dignidades individuales. Eastwood es un luchador, lucha contra el tiempo y contra los males del hombre con sus ideales caballerescos, tradicionales. Toma las armas y las usa con valentía. Armas que, cuando son físicas, son una de todos modos su declaración de principios. Eastwood es sin duda un tipo que sería nuestro amigo, nuestro amigote de edad, de quien nos sentiríamos muy orgullosos.

Este miércoles 23 de noviembre, Clint Eastwood estará con nosotros en Río mísitico, dentro del ciclo Sujetos de culto, por Max.

archivos
 

etiquetas
 

más comentados