El patio de mi cárcel, continúa el ciclo de mujeres alfa en Max

por max 20. marzo 2012 09:15

 

Este jueves, seguimos con las películas protagonizadas por las mujeres alfa. Esta vez le toca a El patio de mi cárcel (2008), primer largometraje de Belén Macías, quien ha venido hasta el momento desempeñándose como solvente directora de series de televisión españolas.

Centrado en el tema femenino, El patio de mi cárcel opone la disciplina del arte al caos y a la disciplina violenta de la cárcel, la sensibilidad del cuerpo femenino a la rudeza del sistema. En medio de la aniquilación del alma y del cuerpo, en medio de ese aplastamiento que embrutece, un grupo de mujeres líderes, representadas principalmente por Isa, una prisionera (Verónica Echegui), y por Mar, una guardia de prisión (Candela Peña), decidirán darle sentido a sus días a través del teatro, del arte. Sus cuerpos alguna vez tristes y sofocados, tomarán vida y se alzarán sobre los muros de la prisión. El arte del teatro, la representación del mundo se vuelve entonces una forma de liberación. Como en Hamlet, estas prisioneras aguerridas se atreverán a hacer una obra de teatro que trate sobre la realidad que viven, en el caso de ellas, sobre sus problemas carcelarios, y esto, por supuesto, a los ojos de los detentadores del pode será una insubordinación tan peligrosa como cualquier otra. Contra el control oscuro, ajeno y caótico de la cárcel, estas mujeres bien plantadas impondrán el control propio, la luz de sus cuerpos y el orden de una disciplina artística. Esta historia de cárcel de mujeres no es cualquier historia barata, es el drama, la pasión y el ejemplo de un grupo de valientes mujeres contra las injusticias de un sistema.

El patio de mi cárcel, este jueves 22 de marzo en el ciclo dedicado a las mujeres alfa. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

El patio de mi cárcel, o el cuerpo y la libertad

por max 5. agosto 2011 09:17

    

En las sociedades disciplinarias el cuerpo debe ser sometido, limitado, educado con el fin de que su energía se desgaste lo menos posible, pero sobre todo, con el fin de que produzca, de que sea eficiente. Lo mismo ocurre con las instituciones, según lo entiende y lo explica Foucault en Vigilar y castigar. Las instituciones son lugares de encierro (el cuartel, la escuela, el hospital, la cárcel) donde se pretende crear un colectivo falso que en realidad aísla a los individuos dentro de la masa. El cuerpo, de manera general, se domestica en el registro técnico-político «para controlar o corregir las operaciones del cuerpo». Dice Foucault que el cuerpo humano es «tanto más obediente cuanto más útil». Yéndonos en específico a las cárceles, allí el individuo y su cuerpo deben ser aislados, tal como nos señala Foucault, con el propósito de «sofocar los complots y los motines que puedan formarse, impedir que se urdan complicidades futuras o nazcan posibilidades de chantaje (el día que los detenidos se encuentren libres), obstaculizar la inmoralidad de tantas "asociaciones misteriosas".» La prisión tiene como estatuto evitar que se forme una «pequeña nación en el seno de la grande». Como bien sabemos, Foucault hizo estos análisis con respecto al nacimiento de las prisiones y su evolución en Europa, principalmente durante el siglo XIX. La pregunta es si esto se logra en nuestros tiempos y en algunos países donde el caos carcelario no es un sueño del siglo XIX.

La realidad para estos casos parece ser otra. Por un lado, el cuerpo no es sometido a un proceso de entrenamiento donde trabaje la eficiencia, sino más bien a la constante humillación. El cuerpo vale poco, su higiene, las ropas que lo cubren, su alimentación, su asalto constante en la llamada requisa. En la cárcel de mujeres puede ser peor. Porque sin duda, el cuerpo de la mujer siempre ha estado rodeado de mayor misterio, de más tabú, de mayor discreción. Así, el cuerpo en determinadas cárceles no es producto de la disciplina, sino más bien de la violencia del poder, y por otro lado, del ocio. El hacinamiento obra a favor de estos elementos. La idea de la corrección desaparece por completo. En la prisión el delincuente no va a recapacitar sobre su delito, su soledad es la alienación no la purga espiritual. En el caos del hacinamiento, el poder de afuera no puede hacer nada, pierde todo control. Acá no existe sino la «pequeña nación», la de adentro, con sus propias leyes. Así, cuando los vigilantes de afuera intervienen, lo hacen como máquinas de guerra, máquinas violentas, agresoras. Toda individualización coercitiva se pierde, la temida asociación de otros poderes se hace posible. Allí, el individuo es otra vez una cosa: pero una cosa aún menos valiosa que el cuerpo disciplinado: porque el cuerpo disciplinado es útil a lo sociedad, acá, el cuerpo del ocio sólo es útil para los intereses de quienes mandan. No se pierde lo que Foucault llama el emplazamiento funcional, es decir, esa idea de la prisión como un lugar utilitario, sino que más bien se transforma. La prisión y los cuerpos que allí se encuentran siguen siendo rentables, desde la oscuridad, desde los manejos turbios. ¿Qué salida nos queda entonces? El patio de mi cárcel, de Belén Macías ofrece algunas miradas, alguna esperanza en torno a este panorama. Centrada dentro del tema femenino, Belén Macías opone la disciplina del arte al caos y la disciplina violenta de la cárcel. La solución sigue estando en la educación, en la inclusión de estas mujeres en otra disciplina, esta vez la teatral. El cuerpo en el teatro trasmuta, se concentra, se ejercita, se vuelve útil. Pero al mismo tiempo, el teatro es peligroso. Es una forma de asociación de cuerpos, es una forma de liberación de las mentes. El cuerpo que es útil en el teatro, es útil para pensar, y es útil para denunciar. Son un colectivo «social» que sabe oponerse al colectivo criminal y al colectivo del poder violador, un colectivo social que denuncia, que piensa, que ha encontrado el camino de la libertad dentro de la disciplina del teatro, dentro del caos carcelario y en su condición de mujeres.

El patio de mi cárcel, el miércoles 10 de agosto, por Max.

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