Crime d'amour, o el círculo del crimen

por max 9. marzo 2012 05:04

 

Alain Corneau abrió y cerró un círculo de vida (y de muerte). Comenzó su carrera cinematográfica con France Inc. (1974), luego Police Python 357 (1976), La Menace (1977) y la Série noire (1979), cine negro, cine de asesinato e intriga que le dio un lugar en la cinematografía francesa. En el primero, se conjugan alto gobierno, negocio de la droga y legalización; Yves Montand disparando y golpeando y haciendo largos monólogos en el segundo; un trío amoroso, una mujer loca, un suicidio y un detective en el tercero; y un vendedor ambulante que se mete a redentor de prostitutas y criminal por el bien, en el cuarto. A lo largo de ese camino, Corneau echó también mano de sus otros intereses, como por ejemplo la música, de la cual fue fiel acólito en su juventud y con la que se abría quedado si la cinematografía no se hubiera atravesado en su camino. Quizás, a manera de sublime disculpa, el cineasta le ofreció a este su primer amor Tous les Matins du Monde (1991), un film histórico ambientado a finales del siglo XVII, que involucra a un maestro de viola y un joven estudiante de música interpretado por Gérard Depardieu. El remordimiento y la vuelta a sus orígenes, bien le valió siete premios César.

Treinta y seis años después de haber puesto en cartelera su primer film de ficción, el 30 de agosto de 2010, Corneau muere. Había terminado de filmar su más reciente film (que terminó siendo su último) y estaba en proceso de edición. Se trataba de otra cinta de cine negro. Pero esta vez el crimen no ocurría en los bajos fondos, ya no entre policías y ladrones ni entre hombres rudos y llenos de pelos por todos lados. Esta vez, con Crime d'amour (2010), Alain Corneau nos entrega una cinta con una visión del crimen actualizada. Ya la oscuridad de los bares y de los callejones no ocupa los escenarios, sino el ambiente empresarial, corporativo, allí donde en las últimas décadas hemos encontrado lo más feroces criminales, las más bajas pasiones, las más abyectas ambiciones. En el mundo de Enron, los malos usan corbata y llevan su cuello de camisa muy blanco, muy pulido, o, también ocurre, usan tacones y falda. Este es el caso del Crime d'amour, donde Ludivine Sagnier y Kristin Scott Thomas son la apuesta principal del duelo interpretativo planteado por el director. Scott Thomas, la ejecutiva de alto nivel, Sagnier, la joven aprendiz, tan ambiciosa como su superior, pero de primer momento aún virgen en el padecimiento y/o en el ejercicio del mal. Así, en Crime d'amour, Corneau se ocupa del tema de género, de mirar hacia la mujer y de explorarla en el mundo corporativo. Muchas mujeres, ingentes cantidades de mujeres, han logrado llevar sus derechos hasta lo más arriba del escalafón empresarial, y han demostrado que son igual de eficientes como el hombre. Pero Corneau, y con esto espero amainar cualquier intento de furia feminista, parece decirnos que el poder, tanto en el hombre como en la mujer, hace estragos idénticos. El poder nos convierte en monstruos, y los monstruos, si me permiten jugar con esta idea, no tienen sexo. O digámoslo así: el poder es el que no tiene sexo (pero es sexy). El poder carcome por igual, y urde intrigas, corrupción, abuso de autoridad y abuso sexual por doquier. De hecho, en Crime d'amour el tema lésbico entra a formar parte de ese vórtice del poder que no conoce de homo o de heterosexualidades, porque funciona en realidad como un animal que come sexo para satisfacer su ego. No es cuestión de preferencias, es cuestión de comer allí porque se quiere y se puede, y porque así también se humilla. El sexo como control, como humillación, y el poder también como atracción, porque la parte sometida también se deja fascinar. Así, en este juego de tensiones, la persona no es más que una máscara. La figura delineada y el rostro hermoso y sonriente se presentan como acá partes constitutivas del personaje que somos. Persona, recordemos, viene de máscara, de per sonar, «para sonar». La máscara, lo que oculta y está delante del rostro bestial del poder, es lo que emite voz, lo que se muestra al mundo. El poder asume estas máscaras, y en consecuencia, el crimen también. El crimen que seduce, que se obsesiona con el otro hasta el punto de convertirse en el otro y que, bajo esa apariencia, destruye. Isabelle (Sagnier), la joven ejecutiva, llegará a ser la voz, la máscara y la figura de Christine (Scott Thomas), en un juego de mimesis obsesivas que nos mostrará la dualidad que vive en una misma persona, así como la complejidad de conceptos como el bien y el mal. Nos viene a la mente Persona (1966), obra maestra de Ingmar Bergman donde dos mujeres, Alma y Elisabet, entran en una dialéctica perversa y surrealista de personalidades. Alma, paradójicamente, es la voz, Elisabet, la muda. Lo que nos da vida, lo que nos da «alma» es precisamente la voz. No obstante, esa voz, ya lo dijimos, es del personaje, de ese algo que realmente no tiene vida propia, que no existe, y que en el fondo es altamente mimético. Más hacia nuestros tiempos, pienso en Single White Female (1992) de Barbet Schroeder, una suerte de Persona pero a lo Hollywood, con menos simbolismo y más suspenso, donde Jennifer Jason Leigh es la máscara orate, el doble desquiciado de la perfectísima Bridget Fonda, blanco de envidias de esta acomplejada inquilina. Más cerca aún, se me ocurre pensar en Chloe (2009) de un fallido Atom Egoyan, director que se deja llevar por la fascinación visiual de Julianne Moore y Amanda Seyfried, en un film también de suspenso donde las dos actrices son vapuleadas por la obsesión, los celos, la atracción mutua y la pasión sexual hasta llegar a un punto donde ambas son oscuro reflejo una de la otra. Estos procesos de mimesis y fusión se encuentran magistralmente tratados en Crime d'amour, formando además parte de un plan, de una coartada, de un crimen y de una venganza suprema. Es decir, en el caso de Corneau, podemos aseverar que la mímesis se convierte en némesis, en este lamentable fin de carrera de un autor que abrió con cine negro y cerró con cine negro, a las puertas de una sociedad que ha visto caer los cuellos blancos y las máscaras, y se ha estremecido ante los perturbados rostros del poder.

Crime d'amour, último film de Alain Corneau, este domingo 11 de marzo. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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