
La pregunta eterna del hombre, la pregunta eterna de la humanidad. Saber de dónde venimos para entender quiénes somos y saber hacia dónde vamos. Los orígenes son necesarios; así creamos en una entidad superior o en nosotros mismos como medida de todo, así nos basemos simplemente en nuestra historia nacional, mundial, ciudadana. El origen nos ayuda a conocernos, nos ayuda a tener identidad. No somos una aparición momentánea en el mundo. Tenemos historia, tenemos pasado. Somos lo que fuimos y lo que otros han sido en nosotros. De hecho, para saber quiénes somos y para definir nuestra propia bondad, nuestros límites con respecto al mal, nuestras propias libertades nos necesitamos a nosotros mismos y a los otros. Sé quién soy, soy libre. El amor nos hace esclavos, porque no nos reconocemos en el amor. El alcohol y las drogas nos hacen esclavos, porque nos salimos de nosotros mismos. Un gobierno despótico pretende decirnos quiénes somos bajo la égida de una ideología: tú eres quien nosotros decimos, lo que esta ideología dice.
La identidad nos da libertad, nos da alma. Desde la antigüedad griega la identidad es asunto importante. La máscara del teatro (persona viene de máscara) nos recuerda que sólo somos un agujero que emite una voz, que somos personajes, máscaras, que quizás nunca llegaremos a ser nosotros mismos. En la literatura fantástica el tema del doble gira fundamentalmente en torno a la identidad. Jekyll no se reconoce en Hyde; Hyde lo esclaviza, lo domina, lo pierde. En Kafka, Gregorio Samsa despierta convertido en bicho. No sabe quién ahora es, tiene una crisis de identidad, y está perdido: ha sido condenado al encierro del cuarto. Perder la identidad es cosa terrible. En Persona (1966), Bergman nos muestra a Alma, la enfermera, apoderándose de la mudez accidental y perpetua de Elisabeth. Al hacerlo, toma su lugar, posee todo lo que la actriz Elisabeth posee. Alma se esconde de ella misma tomando otra identidad, que es anulada. En El Pasajero (1975) de Antonioni, un hombre (Jack Nicholson) toma la identidad de otro. Hastiado de su vida, se hace de los papeles de un hombre muerto, un traficante de armas. Asumir la identidad de otro es una manera de decir que te has perdido en ti mismo, que has fracasado en la búsqueda de tu identidad.
Series como Twilight Zone han explorado en varias oportunidades ese camino. Una mujer, en un país extranjero, sale a buscar un remedio para su madre, cuando regresa, la madre no está y nadie la recuerda en el hotel (a ella, la hija). La dama ha perdido su identidad, desesperadamente comienza la búsqueda.
En El prisionero, serie inglesa de suspenso y ciencia ficción de finales de los años sesenta, asistimos al secuestro y posterior encierro del agente Número 6 en La villa. Allí lo interrogan constantemente, necesitan información (no sabemos cuál), y él, por su parte, necesita escapar de la isla. La serie es un juego constante de ocultamiento y fuga de identidades desarrollado en 17 episodios, donde la identidad de Número 1 (el encargado de La villa) es siempre un misterio, y la identidad de Número 2 cambia con frecuencia. Número 2 es la supuesta cara visible del equipo de agentes de La villa, pero, tal como ya señalé, su rostro (el actor) cambiaba en determinados episodios.
En 1995 se transmitió una serie norteamericana de nombre Nowhere Man a través del canal UPN. En esta serie, un fotógrafo de nombre Thomas Veil realiza una exposición con un material que ha tomado en una república bananera posiblemente controlada por el gobierno norteamericano. Suponemos que algo hay allí comprometedor para los poderosos, pues luego de esto se desencadena lo extraño: su esposa resulta que ahora está casada con otro y no sabe quién es él, sus tarjetas de crédito han sido canceladas y nadie lo reconoce como Thomas Veil. La fractura de la personalidad es tal que hasta su padre parece estar involucrado en el asunto.
Acá recuerdo aquel film magnífico protagonizado por Jim Carrey y dirigido por Peter Weir, The Truman Show (1998), en el que el personaje descubre que toda su vida ha sido un enorme engaño. La ciudad en la que vive es falsa, sus padres son falsos, su mujer es falsa, su vida es falsa: todo es nada más que un show televisivo, una operación llevada a cabo por medios de comunicación muy poderosos.
Acabamos de verlo: saber quién eres puede llevarte a la perdición, si lo que realmente eres se sustenta sobre el vacío. En Angel Heart (1987) de Alan Parker, el detective Harry Angel, interpretado por Mickey Rourke, termina descubriendo que Johnny Favourite, aquel oscuro personaje que él debía buscar bajo contratación de un tal Louis Cyphre (Lucifer, fonéticamente), es en realidad él mismo. Angel es Favourite, y Angel es también un sicópata, un asesino, que le ha vendido su alma al diablo, ese Cyphre, interpretado por Robert De Niro.
Versiones más recientes de pérdida y recuperación de identidad la tenemos en la serie de película de Bourne, que nos remite de alguna manera a El prisionero. Sin embargo, Bourne realmente no recuerda quién es, y poco a poco va descubriendo que es un agente especial, un asesino entrenado, que sin embargo, busca redimirse. En él, ese descubrimiento del pasado terrible lo lleva hacia la redención.
Este mes, Max no trae una nueva serie de primera categoría que gira en torno a este complejo tema de la identidad. Un thriller de ciencia ficción, un magnífico heredero —una vez más— de El prisionero, tanto en lo que respecta a la ciencia ficción como al tema de la identidad. Hablamos de Ésta no es mi vida (This is Not my Life), una serie de 2010 producida en Nueva Zelanda.
En el pueblo idílico de Wainona todo es aire puro, hay mucho espacio y mucha naturaleza, y la cantidad exacta de gente. Todo es perfecto, hasta los carros son eléctricos. Pero claro, estamos en el año 2020 y vivimos en el mundo feliz. En cierta casa de esta pequeña ciudad, cierto día, un personaje llamado Alec Ross (Charles Mesure) despierta y se encuentra, como lógico es pensar, con su familia. Pero hay un problema: Alec no reconoce a su esposa Callie (Tandi Wright) ni a sus hijos. Por increíble que parezca, no sabe donde está ni cómo llegó allí. Tampoco, como ocurre en El prisionero o en Truman Show, puede largarse. Lo único, lo único de lo que él puede estar seguro, es de que él no es Alec Ross.
La serie, además de la ciencia ficción y el muy bien manejado tema de la identidad, nos va llevando por distintos estadios de posibilidades, donde entra en juego el motivo de la conspiración, heredado de series como Millenium y X-Files, ambas originales de Chris Carter. No obstante, los guionistas y sus directores saben llevar tan bien el nivel de ocultamientos que hacen faltan los 13 episodios de la serie para completar todo el cuadro.
Ahí lo tienes, a partir de agosto, disfruta de otra de esas series diferentes y de altísima calidad que sólo Max puede ofrecer. Ésta no es mi vida, estreno el miércoles 5 de agosto. Reinventa, reimagina… Descubre Max.