Ésta no es mi vida, o la búsqueda de la identidad

por max 3. septiembre 2012 12:59

 

La pregunta eterna del hombre, la pregunta eterna de la humanidad. Saber de dónde venimos para entender quiénes somos y saber hacia dónde vamos. Los orígenes son necesarios; así creamos en una entidad superior o en nosotros mismos como medida de todo, así nos basemos simplemente en nuestra historia nacional, mundial, ciudadana. El origen nos ayuda a conocernos, nos ayuda a tener identidad. No somos una aparición momentánea en el mundo. Tenemos historia, tenemos pasado. Somos lo que fuimos y lo que otros han sido en nosotros. De hecho, para saber quiénes somos y para definir nuestra propia bondad, nuestros límites con respecto al mal, nuestras propias libertades nos necesitamos a nosotros mismos y a los otros. Sé quién soy, soy libre. El amor nos hace esclavos, porque no nos reconocemos en el amor. El alcohol y las drogas nos hacen esclavos, porque nos salimos de nosotros mismos. Un gobierno despótico pretende decirnos quiénes somos bajo la égida de una ideología: tú eres quien nosotros decimos, lo que esta ideología dice.

La identidad nos da libertad, nos da alma. Desde la antigüedad griega la identidad es asunto importante. La máscara del teatro (persona viene de máscara) nos recuerda que sólo somos un agujero que emite una voz, que somos personajes, máscaras, que quizás nunca llegaremos a ser nosotros mismos. En la literatura fantástica el tema del doble gira fundamentalmente en torno a la identidad. Jekyll no se reconoce en Hyde; Hyde lo esclaviza, lo domina, lo pierde. En Kafka, Gregorio Samsa despierta convertido en bicho. No sabe quién ahora es, tiene una crisis de identidad, y está perdido: ha sido condenado al encierro del cuarto. Perder la identidad es cosa terrible. En Persona (1966), Bergman nos muestra a Alma, la enfermera, apoderándose de la mudez accidental y perpetua de Elisabeth. Al hacerlo, toma su lugar, posee todo lo que la actriz Elisabeth posee. Alma se esconde de ella misma tomando otra identidad, que es anulada. En El Pasajero (1975) de Antonioni, un hombre (Jack Nicholson) toma la identidad de otro. Hastiado de su vida, se hace de los papeles de un hombre muerto, un traficante de armas. Asumir la identidad de otro es una manera de decir que te has perdido en ti mismo, que has fracasado en la búsqueda de tu identidad.

Series como Twilight Zone han explorado en varias oportunidades ese camino. Una mujer, en un país extranjero, sale a buscar un remedio para su madre, cuando regresa, la madre no está y nadie la recuerda en el hotel (a ella, la hija). La dama ha perdido su identidad, desesperadamente comienza la búsqueda.

En El prisionero, serie inglesa de suspenso y ciencia ficción de finales de los años sesenta, asistimos al secuestro y posterior encierro del agente Número 6 en La villa. Allí lo interrogan constantemente, necesitan información (no sabemos cuál), y él, por su parte, necesita escapar de la isla. La serie es un juego constante de ocultamiento y fuga de identidades desarrollado en 17 episodios, donde la identidad de Número 1 (el encargado de La villa) es siempre un misterio, y la identidad de Número 2 cambia con frecuencia. Número 2 es la supuesta cara visible del equipo de agentes de La villa, pero, tal como ya señalé, su rostro (el actor) cambiaba en determinados episodios.

En 1995 se transmitió una serie norteamericana de nombre Nowhere Man a través del canal UPN. En esta serie, un fotógrafo de nombre Thomas Veil realiza una exposición con un material que ha tomado en una república bananera posiblemente controlada por el gobierno norteamericano. Suponemos que algo hay allí comprometedor para los poderosos, pues luego de esto se desencadena lo extraño: su esposa resulta que ahora está casada con otro y no sabe quién es él, sus tarjetas de crédito han sido canceladas y nadie lo reconoce como Thomas Veil. La fractura de la personalidad es tal que hasta su padre parece estar involucrado en el asunto.

Acá recuerdo aquel film magnífico protagonizado por Jim Carrey y dirigido por Peter Weir, The Truman Show (1998), en el que el personaje descubre que toda su vida ha sido un enorme engaño. La ciudad en la que vive es falsa, sus padres son falsos, su mujer es falsa, su vida es falsa: todo es nada más que un show televisivo, una operación llevada a cabo por medios de comunicación muy poderosos.

Acabamos de verlo: saber quién eres puede llevarte a la perdición, si lo que realmente eres se sustenta sobre el vacío. En Angel Heart (1987) de Alan Parker, el detective Harry Angel, interpretado por Mickey Rourke, termina descubriendo que Johnny Favourite, aquel oscuro personaje que él debía buscar bajo contratación de un tal Louis Cyphre (Lucifer, fonéticamente), es en realidad él mismo. Angel es Favourite, y Angel es también un sicópata, un asesino, que le ha vendido su alma al diablo, ese Cyphre, interpretado por Robert De Niro.

Versiones más recientes de pérdida y recuperación de identidad la tenemos en la serie de película de Bourne, que nos remite de alguna manera a El prisionero. Sin embargo, Bourne realmente no recuerda quién es, y poco a poco va descubriendo que es un agente especial, un asesino entrenado, que sin embargo, busca redimirse. En él, ese descubrimiento del pasado terrible lo lleva hacia la redención.

Este mes, Max no trae una nueva serie de primera categoría que gira en torno a este complejo tema de la identidad. Un thriller de ciencia ficción, un magnífico heredero —una vez más— de El prisionero, tanto en lo que respecta a la ciencia ficción como al tema de la identidad. Hablamos de Ésta no es mi vida (This is Not my Life), una serie de 2010 producida en Nueva Zelanda.

En el pueblo idílico de Wainona todo es aire puro, hay mucho espacio y mucha naturaleza, y la cantidad exacta de gente. Todo es perfecto, hasta los carros son eléctricos. Pero claro, estamos en el año 2020 y vivimos en el mundo feliz. En cierta casa de esta pequeña ciudad, cierto día, un personaje llamado Alec Ross (Charles Mesure) despierta y se encuentra, como lógico es pensar, con su familia. Pero hay un problema: Alec no reconoce a su esposa Callie (Tandi Wright) ni a sus hijos. Por increíble que parezca, no sabe donde está ni cómo llegó allí. Tampoco, como ocurre en El prisionero o en Truman Show, puede largarse. Lo único, lo único de lo que él puede estar seguro, es de que él no es Alec Ross.

La serie, además de la ciencia ficción y el muy bien manejado tema de la identidad, nos va llevando por distintos estadios de posibilidades, donde entra en juego el motivo de la conspiración, heredado de series como Millenium y X-Files, ambas originales de Chris Carter. No obstante, los guionistas y sus directores saben llevar tan bien el nivel de ocultamientos que hacen faltan los 13 episodios de la serie para completar todo el cuadro.

Ahí lo tienes, a partir de agosto, disfruta de otra de esas series diferentes y de altísima calidad que sólo Max puede ofrecer. Ésta no es mi vida, estreno el miércoles 5 de agosto. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Pink Floyd The Wall, o la oscura belleza de un film

por max 18. abril 2012 05:35

 

Este mes, Max nos presenta un film que es sin duda toda una obra maestra de la imaginación y la música, una confluencia del arte cinematográfico con la música rock: Pink Floyd The Wall (1982), uno de esos filmes inolvidables que deben ser visto por lo menos, dos veces (sí, dos veces) en la vida.

Un poco antes de su salida definitiva de la banda, Roger Waters, artífice de The Wall, pudo finalmente ver realizado uno de sus sueños: la versión cinematográfica de este álbum. No sería Barbet Schroeder, para quien la banda realizara varias bandas sonoras de sus películas, sino Alan Parker el director del proyecto. Se sabe que fue Parker, fan de Pink Floyd, quien solicitó adaptar el doble álbum. En el rol protagónico estuvo el cantante punk Bob Geldof, quien tenía un gran parecido con Syd Barrett, y quien fue elegido precisamente por eso. El guión, por supuesto estuvo a cargo de Waters. No tiene diálogos convencionales y respeta grandemente el espíritu del álbum. Las magnífica animaciones que acompañan la cinta son del también británico Gerald Scarfe, caricaturista que es conocido por sus grotescas representaciones de personajes de la política y de la nobleza de su país. Fue él el ilustrador de la portada del The Wall, y luego, en 1982, el animador de la cinta.

Pink Floyd The Wall es una obra de arte sicodélica, onírica, espectacular y al mismo tiempo claustrofóbica, llena de fuerza y de delicadeza oscura y poética, un enorme logro de Parker, hasta aquel momento director de Midnight Express (1978), y que años más tarde dirigiría filmes maravillosos como Birdy (1984), Angel Heart (1987) y Mississippi Burning (1988).

Pink Floyd The Wall. No te lo pierdas este viernes 20 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Pink Floyd The Wall, o el incansable Roger Waters

por max 17. abril 2012 08:53

 

Se llama George Roger Waters. Roger Waters. Nacido el 6 de septiembre de 1943, natural de Surrey. Su padre, Eric Fletcher Waters, fue maestro de escuela, cristiano y pacifista. Precisamente, por pacifista, en los primeros años de la guerra mundial fue conductor de ambulancia. Luego abandonó el pacifismo por causa de la militancia comunista, se enroló en el ejército y murió en combate en Italia en el año de 1944. Roger apenas contaba con cuatro meses de edad. Su madre, a raíz de esa muerte, se llevó a sus dos hijos a Cambridge. Allí Roger pasaría su niñez y su juventud, allí conocería a David Gilmour por las calles de la ciudad, y a Syd Barrett en unas clases de arte que tomaría para paliar el cerrado sistema educativo que le sofocaba. Roger era excelente deportista, pero no se sentía a gusto con los estudios. Le chocaba la estricta disciplina de su escuela, todo aquel acoso de los alumnos mayores y de los profesores. Quería salir corriendo, quería dejar los estudios.

En 1963 estaba en Londres estudiando arquitectura en el Regent Street Polytechnic. No tenía gran amor a los estudios, pero sí formó una banda con el baterista Nick Mason y el tecladista Rick Wright; él tocaba el bajo y cantaba. Al poco tiempo, Syd Barrett se unió, y la banda que en un principio se llamó Tea Set pasaría a llamarse Pink Floyd en el primer álbum. Syd Barrett no duró como líder de la banda más allá de este trabajo inaugural, y pronto Waters fue tomando el lugar predominante. Ya para 1973, con The Dark Side of the Moon, Waters se había hecho del dominio total de la banda. Por supuesto, no faltaron las discusiones, los reconcomios y las guerras de egos. Este disco, The Dark Side of the Moon, se convirtió en un hito en la historia de la banda. Se hizo más popular aún y musicalmente marcó un nuevo camino, donde ya se asentaba un sonido propio mezcla de jazz, blues, rock y sicodelia. Aquel álbum conceptual, que se trataba temas como la enfermedad, la locura, el conflicto, las drogas (Syd Barrett dejó una huella imborrable en sus vidas), estaba totalmente centrado por la mente de Roger, quien ya para entonces estaba en pleno momento creativo, pero también egocéntrico.

En 1975 vendría Wish You Were Here, donde también la añoranza a Barrett se halla muy presente. De hecho, el tema «Shine on You Crazy Diamond» está directamente relacionado con Barrett. La historia cuenta que cuando estaban grabando esta canción, Barrett se apareció en el estudio: gordo, calvo, la cejas afeitadas, distante, fantasmal. Roger, dicen, lloró al verlo.

En 1977 vendría Animals, basado en Rebelión en la granja de George Orwell, una metáfora del poder corrupto a través de un bestiario campesino constituido por cerdos, perros y ovejas. Y en 1979 saldría su undécimo albúm, The Wall. Ya para este momento todos los miembros de la banda vivían fuera de Inglaterra, en la banca rota, asediados por deudas a causa del quiebre de la compañía que solía administrar sus gastos y que desapareció dejándolos sin un centavo.

Con The Wall, Roger se había alzado como el amo y señor de la banda, a pesar de la banda misma. El concepto es totalmente de él y, aunque no superó en ventas The Dark Side of the Moon, es quizás su álbum más representativo, y el que, además, tiene película.

The Wall (el álbum) es una ópera de rock progresivo que nos muestra el tránsito oscuro de una estrella del rock de nombre Pink, quien se va hundiendo paulatinamente en las drogas y termina construyendo una pared alucinógena entre él y el mundo. En este disco, Roger recurre a sus temas acostumbrados: la guerra, la pérdida del padre en la guerra, las drogas, la fama, la alienación, la educación escolar obtusa, el poder y la corrupción del poder. Es sin duda unos de los discos dobles más importantes de la banda y uno de los más influyentes en la historia del rock, la cima creativa Roger, quien saldría de la banda en 1985, luego de una disputa legal con el resto de la banda. Los otros miembros se quedaron con el nombre Pink Floyd, pero Roger consiguió quedarse con casi todos los temas de The Wall. Pero antes de su salida, en 1982, el cantante y bajista pudo ver realizado otro de sus sueños: la realización de The Wall en el cine bajo la dirección del gran Alan Parker.

Hoy en día, Roger Waters lleva dos años girando con The Wall Live, un espectáculo grandioso que ya ha recorrido medio mundo, con más de cien presentaciones. El motivo: los treinta años del lanzamiento del disco. Actualmente se encuentra por los lados de Sur América y Brasil; luego México y Estados Unidos. Roger no descansa. Dirá que bastante le costó aquel tremendo acto creativo.

Este mes, Max se enorgullece en presentar, Pink Floyd The Wall. No te lo pierdas este viernes 20 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Pink Floyd The Wall, o la herencia de Syd Barrett

por max 16. abril 2012 15:36

 

Se llamaba Roger Keith Barrett, y le decían Syd. Syd Barret. Era un muchacho talentoso, con tendencia a las artes, nacido en Cambridge el 6 de enero de 1946. A los siete años ganó una competencia de piano. También, más adelante, ganó un concurso de poesía en el Cambridge High School. Sus padres estaban orgullosos de él, lo animaban a que siguiera por esos caminos. Syd estaba hecho para ser artista. En primaria conocería a Roger Waters y luego David Gilmour. A los tres le gustaba la música. Eran bohemios, hicieron nombre como músicos en la escena nocturna de Cambridge. Había jazz, había rhythm and blues en sus toques. A Syd le gustaba muchísimo los Beatles y el rhythm and blues. Luego se fue a estudiar arte en Londres. A su regreso, en 1964, se encontró con que Roger había fundando una banda llamada Tea Set. Ya eran los tiempos del rock sicodélico, y en eso se metieron los muchachos. Pero claro, Revolver de los Beatles acababa de salir, y el LSD era la consigna para todo; el espíritu humano, según algunos gurús contraculturales, evolucionaría gracias a las drogas. Recordemos que en septiembre de 1966, Timothy Leary fundó La Liga para el Descubrimiento Espiritual, una religión que ponía al LSD tomando el lugar del santo sacramento. Así que Syd andaba en drogas, pero seguía siendo un gran talento. Para ese mismo año, durante el otoño, Tea Set acude a un festival de música. Allá se encuentran con que otra banda tiene el mismo nombre. Syd, que todavía pensaba y pensaba bien, propuso que se cambiara el nombre de la banda a The Pink Floyd Band, una combinación de dos nombres de músicos de blues: Pink Anderson y Floyd Council. El nombre fue aceptado, y durante un tiempo el grupo osciló entre Tea Set y The Pink Floyd Band.

Pronto los muchachos se convirtieron en los favoritos de la escena underground. En 1967 lanzan al mercado su primer álbum, ya como Pink Floyd, The Piper at the Gates of Dawn, disco totalmente sicodélico, con temas compuestos y escritos en su mayoría por Syd. Alguien llamó a este álbum «la Biblia del rock sicodélico».

Para este momento, Syd estaba totalmente perdido en las drogas. Dejaba de cantar en las presentaciones, acudía ido a las entrevistas. Roger Waters decidió entonces sacarlo de los escenarios. Le dijo que podía quedarse como compositor, que no lo sacaba totalmente. Ahí fue también cuando Roger llamó a David Gilmour para sustituir a Syd. No obstante, Syd se fue alejando del grupo paulatinamente. Se encerraba en su casa, se perdía en la droga. Ya para el segundo álbum, A Saucerful of Secrets (1968) la participación de Syd se redujo a una canción, «Jugband Blues». En 1975, la banda graba Wish You Were Here, todo un homenaje al ex miembro, que ya para entonces vivía sumido en el total ostracismo en casa de sus padres. Se sabe que cuando estaban grabando este disco, Syd se apareció en el estudio, sin cabello, gordo, con las cejas afeitadas. Lo vieron allá, sentado al fondo del estudio. Todos los miembros de la banda lo vieron, y esa imagen se les quedó grabada. Syd Barrett se les clavó en las mentes para siempre. Tanto, que aquel que es considerado su más grande trabajo, The Wall (1979), gira totalmente en torno a la figura de un astro del rock llamado Pink, cuyos avatares de vida nos llevan directamente a Barrett. Hay, incluso, una escena del film Pink Floyd The Wall (que realizaría Alan Parker en 1982) en que vemos a Bob Geldof totalmente afeitado en la cabeza y en las cejas. Syd Barrett fue sin duda una marca en la vida de los integrantes de la banda, y un tema de referencia constante en su trabajo artístico.

Este mes, Max se enorgullece en presentar, Pink Floyd The Wall. No te lo pierdas este viernes 20 de abril. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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