Cine en Cataluña, o los lugares llevados adentro

por max 9. diciembre 2011 08:32

 

Contar un mundo, una región, un lugar. Porque se ha nacido allí, porque se vive allí, porque se siente que lo está allí puede ser de significación universal. Este mes, Max nos trae dos filmes que transcurren y de alguna manera hablan sobre lugares, sobre la humanidad de los lugares. Porque los lugares tienen su particular forma de ser, temperamento, alma. Su situación geográfica, su clima, su crecimiento urbanístico, su historia, lo determinan; incluso determinan el tipo de personas que en ese lugar nacen, viven o van a vivir. Esos lugares, no obstante, pueden ser tan complejos como la mirada que intenta comprenderlos, opuestas, dispares, extremas. Lo que uno ve no lo ve el otro, la relación de esta persona con aquel lugar no es idéntica a la tuya. Es así: un lugar es como una persona. Disfrutamos, padecemos, amamos, odiamos al lugar. El lugar es el otro y eres tú también. Tus relaciones con el mundo te definen, te describen. Dime con quién andas y te diré quién eres, dime qué comes y te diré quién eres, dime qué vistes y te diré quién eres, dime dónde vives y te diré quién eres.

Este mes, Max ha escogido una pequeña muestra de dos filmes que nos muestran el cine hecho en Cataluña. Y fíjate bien: se trata de cine en Cataluña, y no de Cataluña, porque uno de los dos filmes está dirigido por un mexicano de renombre internacional, Alejandro González Iñárritu, y el otro, por Agustí Villaronga, quien, aunque ha vivido casi toda su vida en Barcelona, es de Mallorca. Porque es así, los lugares son en las almas portátiles. Las personas los llevan por dentro, y se apropian de esos lugares.

Las dos fechas y los dos filmes que Max nos presenta este mes dentro del especial Cine en Cataluña son:


 

 

Domingo 11, Biutiful (2010): Cuarto largometraje del mexicano Alejandro González Iñárritu, esta vez sin el guionista Guillermo Arriaga, con quien González Iñárritu tuvo un conflicto ya de sobra socorrido, donde Arriaga argumentaba que era tan autor de los filmes como el mismo director. Más allá de los dimes y diretes, lo cierto es que González Inárritu trabaja acá junto a dos guionistas distintos, y nos presenta una obra sin saltos lineales (como lo acostumbra en sus guiones Arriaga), mas no menos compleja en sus planteamientos. El cineasta mexicano vuelve acá sobre uno de sus temas predilectos: el mundo contemporáneo y la multipolaridad. En este caso, nos ubicamos en Barcelona, lugar de encuentro de múltiples razas y culturas. Pero no por el turismo, no por la fascinación de la ciudad; lo que hace González Inárritu es centrarse en la vida que está al otro lado del telón, allí en el barrio de Santa Coloma, donde, por ejemplo, chinos, senegaleses y catalanes hacen negocios ilegales, y donde la miseria y la ambición unen a todos por igual. En medio de todo esto, aparece Uxbal, interpretado magníficamente por Javier Bardem, quien es sin duda uno de los actores más completos de la actualidad. Bardem sabe darle a Uxbal una humanidad conmovedora. No me cabe duda de que en manos de otro actor menos dotado, este personaje pudo haber resultado un fiasco de excepciones inverosímiles: Uxbal tiene cáncer, le quedan pocos meses de vida, es amargado, es cruel y delinque; pero al mismo tiempo tiene dignidad, valor, belleza, y además, posee poderes sobrenaturales, porque puede hablar con los muertos. Hay, sin duda, algo de mexicano en Uxbal. Su nombre nos remite, sin mayores partidas de sesos, al antiguo mundo maya, así como esa capacidad para hablar con los muertos, que también se antoja relacionada al famoso realismo mágico latinoamericano. No sé si el guión estaba planteado originalmente para un actor mexicano. Pareciera incluso que la historia podría ocurrir en cualquier lugar de los Estados Unidos con fuerte presencia de inmigrantes mexicanos. Aunque creo que esto no importa mucho: pienso que la intención de González Iñárritu fue precisamente mostrar una vez más cómo el mundo entero es una gigantesca y atroz Babel. Aún más, el alma de Uxbal es toda una Babel. Paradójicamente, lo que se presenta como multipolar, termina siendo absolutamente local. Es decir, los hombres somos iguales en todas partes, porque nuestra contemporaneidad resulta un gran patio donde todos estamos conectados. Lo sentimientos universales son sentimientos locales, sentimientos de todos. El drama y la tragedia son iguales para todos. La muerte siempre estará allí (el cáncer de Uxbal), la muerte que nos pone a todos al ras. Pero la muerte también que nos saca aquello que nos hermana en el fondo: la necesidad del bien, la necesidad de trascender dejando algo de valor.

Biutiful, de Alejandro González Iñárritu, el domingo 11 de diciembre.

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Lunes 12, Pan negro (2010): Augustí Villaronga construye una historia basada en una novela y algunos relatos del escritor Emili Teixidor. Villaronga (Tras el cristal, El niño de la luna, El crimen del Cine Oriente, El mar, Aro Tolbukhin: en la mente del asesino) no es un director de historias fáciles, él siempre ha fungido de francotirador del sistema que se mueve entre géneros, sacando como constante las oscuridades del alma humana. Con Pan negro nos situamos ante otra de sus películas de corte oscuro que apunta hacia una historia de crecimiento juvenil. Su trama gira en torno a la iniciación de la vida, a la pérdida de la inocencia, pero desde una perspectiva completamente diferente, lo que hace también particular la visión sobreexplotada en el cine español del tema y el escenario de la posguerra. Villaronga se aproxima a todo esto con otra mirada, con su mirada, donde la mentira y la corrupción de los ideales se convierten en el pivote fundamental que determinará la personalidad del joven Andreu. El contraste de su mundo mágico e infantil choca contra una dura realidad que a ratos resulta no menos increíble que el propio mundo de Andreu, pero por supuesto, en sentido negativo. El mundo adulto de la posguerra se me antoja un cuadro del Bosco, la cara horrenda de un mundo mágico que, como ya señalé, no es mágico, sino horríficamente verdadero. En ese sentido, Pan negro se ubica en la línea de El laberinto del fauno de Guillermo del Toro, pero sin el despliegue de efectos especiales. En Pan negro no existe un mundo paralelo ni maravilloso, sino una realidad llena de mentiras, muertes y dolor que va aplastando la burbuja espiritual de la inocencia. Crecer en medio de los estragos de la guerra puede ser terrible.

Pan negro, el lunes 12 de diciembre, por Max.

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