4:44, último día de la Tierra, o ni a 666 llegamos

por max 29. noviembre 2013 13:25

 

Quizás ya no nos importa la vida, quizás el fin del mundo llegue y nos dé igual. Quizás debamos ir pasando por distintas etapas, quizás debamos gritar, deprimirnos, tener sexo, quizás debemos simplemente terminar por aceptar que el fin del mundo es tan igual como cualquier día de nuestras vidas. Porque quizás, nosotros somos los culpables de nosotros mismos. De nuestra indiferencia, de nuestro vacío. Si hubieran sido los extraterrestres, como en la novela de H. G. Wells, hubiéramos salido corriendo a las calles, o hubiéramos luchado. Pero ni siquiera. Quizás si hubiéramos sido nosotros los culpables. Pero tampoco. Simplemente fue el universo que se cansó de nosotros. Y quizás, en ese momento antes del fin, sólo debamos buscarnos, acurrucarnos, querernos, estar con la persona amada, como hicieron Cisco (Willem Dafoe) y Skye (Shanyn Leigh). Quizás ese día podamos pedir algo de comer, dejar que un chico asiático use nuestra computadora, quizás debamos nosotros chatear un poco por Skype, quizás debamos visitar a algún vecino, quizás debamos drogarnos un poco. Qué sé yo. Quizás debamos simplemente asomarnos a la ventana y ver, ver que afuera no pasa nada, porque todo el mundo se ha recogido a dejar que llegue la muerte, finalmente la muerte que se llevará todos nuestros errores, todos nuestros vacíos, todas nuestras culpas. Por eso quizás, el mundo ni siquiera tenga un final bíblico, por eso quizás ni siquiera nos merezcamos un 666, sino un 4:44. Quién sabe, quizás esto fue lo que nos quiso decir Abel Ferrara.

4:44, último día de la Tierra, este domingo 1ero de diciembre.

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Chelsea on The Rocks, el hotel de los huracanes el alma

por max 23. septiembre 2011 10:28

 

Abel Ferrara nació en el Bronx y es un newyorkino con todas las de la ley. De nacimiento, de herencia: por sus venas corre sangre italiana e irlandesa (¿se puede ser más newyorkino?).

Director, guionista, actor, productor, Ferrara es una de esos directores fundamentales para la historia del cine norteamericano en los ochenta y los noventa, heredero, digámoslo así, del llamado nuevo cine norteamericano de los setenta, lleno de realismo y violencia. Ferrara es la violencia dramática en el extremo, un hijo del Scorsese, de alguna manera. A ambos los une Nueva York y el tema de la violencia. Ferrara se dio a conocer a finales de los setenta (en 1979) con el film The Driller Killer. Su personaje, un pintor enloquecido por el peso de la realidad, sale en las noches a llenarse las manos de sangre por las calles de Nueva York. Cabe destacar que éste, su primer largometraje, estuvo protagonizado por el mismo Ferrara. Luego, vendrían Ms. 45 (1981) y Fear City (1986), dos filmes donde la violencia de la ciudad se vuelca sobre las mujeres. En el primero, una joven muda violada en dos ocasiones el mismo día, toma la justicia en sus manos. En el segundo, un sicópata anda suelto matando nudistas. La calle, la noche, la violencia, la locura, Nueva York. Ferrara se mete en el bajo mundo, en las cloacas, en los callejones oscuros, busca a los pequeños seres; el chulo, la prostituta, el drogadicto, el policía decadente. La calle es un lugar duro, y Ferrara sabe retratarla. En los noventa, ese filón inicial alcanzó momentos cumbres con King of New York (1990) y Bad Lieutenant (1992). En la primera el rol protagónico fue de Christopher Walken, en la segunda de Harvey Keitel. Ambas son consideradas sus mejores películas, en especial Bad Lieutenant.

En 1996, Ferrera vuelve a trabajar con Walken, en otro de sus filmes más representativos, The Funeral. Luego, en 1998, presenta uno de sus filmes de ficción más extraños: New Rose Hotel, un film basado en un cuento del autor de ciencia ficción William Gibson, protagonizado también por Walken, y por Willem Dafoe. Para 2008, Ferrara se atreve con el género documental. Su primer trabajo resulta ser un gran acierto. Con Chelsea on the Rocks, el cineasta vuelve sobre Nueva York, sobre su eterna Nueva York, y regresa de igual modo a aquellas primeras exploraciones sobre la personalidad artística. ¿Qué mejor lugar para hablar de Nueva York, de los artistas que han pasado por la ciudad, de glorias y oscuridades que el hotel Chelsea? Este hotel mítico, situado en el 222 Oeste de la Calle 23, entre la Séptima y la Octava avenida, alguna vez tuvo habitaciones de larga estadía donde la gente podía mudarse con sus libros, sus ollas, sus máquinas de escribir y sus instrumentos musicales. Tanto en las habitaciones de estadía corta como de larga, estuvieron una cantidad de artistas que hoy son historia. Leonard Cohen, Dylan Thomas, Bob Dylan, Janis Joplin, Arthur C. Clark, Patti Smith, Robert Mapplethorpe, Andy Warhol, entre otros, fueron inquilinos del Chelesa. Allí se amó, se fornicó, se hizo el amor, se discutió, se bebió, se usaron drogas, se creó arte y hasta se acometieron asesinatos. El Chelsea hotel fue una especie de vórtice, de huracán del arte, un lugar que para algunos podría ser oscuro, para otros luminoso, depende de los ojos de quien vea. Ferrara, en Chelsea on the Rocks utiliza una gran cantidad de material de archivo, que por supuesto abunda, tratándose de un lugar tan famoso, pero también explora en los trabajadores y ex trabajadores del hotel, en los residentes actuales, en los expertos, buscando siempre las anécdotas célebres y también las más íntimas, de aquellos que trabajaban allí, gente sin mayor fama, pero con algo interesante que contar. Entre los entrevistados se encuentran Dennis Hopper, Milos Forman, Robert Crumb, Ethan Hawke y Grace Jones. Un film, sin duda, perfecto para Abel Ferrara, el artista de los abismos del alma y de las oscuridades y las luces de una Nueva York que muta y que no sabemos cuánto más mutará. De hecho, sirva el film para recordar que hoy día el hotel tiene cerradas sus puertas, y su futuro, es totalmente incierto.

Chelsea on the Rocks, este domingo 25 de octubre, por Max.

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The Girl With The Dragon Tattoo, o Lisbeth Salander la heredera

por max 30. agosto 2011 16:24

 

Desde hace tiempo el detective (detective de policía) ya no es el protagonista de las novelas negras. O por lo menos no totalmente. Claro que el detective sigue estando allí, en muchas ocasiones siendo exactamente lo que es: un hombre de ley, más o menos rudo, más o menos problemático. Recordemos al teniente drogadicto de Abel Ferrara interpretado por Harvey Keytel, uno realmente problemático, sin duda. Perry Mason, aquel abogado creado por Erle Stanley Gardner, sí es en cambio un ejemplo de cómo el detective deja totalmente sus terrenos para derivarse en otros rostros, en otras profesiones. Un gran descendiente de estos detectives abogados es el gran Mandrake de Rubem Fonseca, que no sólo es un rapaz leguleyo sino también un magnífico sátiro. La búsqueda de la originalidad, el cansancio de lo mismo, la explosión del cliché y los tiempos, el paso de los tiempos con respecto a la realidad de la investigación criminal, generan cambios inevitables y, claro está, provechosos. La serie CSI es la cara insoslayable de los avances científicos en criminalística. Es absurdo hoy día pensar en un detective que anda siguiendo pistas a los Holmes o dándole tortazos a un soplón para que suelte algo interesante. Sí, no cabe duda de que la tradición está allí, y que muchas cosas se siguen haciendo de la misma manera. Pero darle la espalda al pasado sería absurdo. Grissom y compañía son los nuevos tiempos de la investigación criminal, el presente. Por supuesto, también tenemos escritores, sicólogos y periodistas. El escritor Paul Auster ha sido protagonista y detective escritor de sus propias novelas. Recuerdo además la serie de HBO, Bore to Death, protagonizada por Jason Schwartzman, en la que un joven y torpe escritor debe hacer de detective, al tiempo que no para de fumar marihuana en su camino de entuertos. Con respeto a los sicólogos, acudimos a Wire in the Blood, serie basada en los personajes creados por Val McDermid. Uno de ellos, como muchos sabrán, es un psicólogo clínico, el doctor Anthony Hill. El escritor Paco Ignacio Taibo II tiene a su escritor periodista, el ya célebre Daniel Fierro. Alberto Fuguet, con Tinta roja, introduce un aprendiz de periodista que a su vez se convierte en una especie de aprendiz de detective. Así, cada autor (con más o menos éxito) y cada tiempo introduce sus variantes. El sueco Steig Larsson introdujo las suyas. En una parte, tiene a su escritor periodista, Mikael Blomkvist, un hombre con conciencia social, socio de una revista de investigación periodística. Pero si bien a Blomkvist estamos más o menos acostumbrados, por otra parte, Larsson nos presenta a su creación más original o radical: una hacker detective. Lisbeth Salander es una experta en computadoras, una chica que sabe adentrarse en esos mundos desconocidos del hacker. ¿Quién va a negar que ahora, en nuestros tiempos, todos los secretos del mundo están guardados en nuestros computadores? Nuestras casas, las grandes empresas, los gobiernos, todas nuestras vidas están allí, en ese aire cargado de corriente eléctrica que es la red, el chat, el Facebook, la carpeta, el Twitter, el blog, el archivo digital del periódico. Uno de los grandes secretos del vertiginoso éxito del personaje de Lisbeth Salander es ése: Lisbeth es el detective de nuestros tiempos, el justo, el exacto, el indicado, el que nos tocaba. Es además mujer, y la posmodernidad (en sus aspectos artísticos, sociales, políticos) ha querido traer al centro de las escenas, dándoles su lugar en el mundo, su protagonismo necesario a las mujeres. Lisbeth es una heroína absoluta: no sólo ha tomado el lugar que antes ocupaba con predominio el hombre (el clásico detective) sino que es la voz de un cuerpo, de un alma y de un espíritu considerados como un objeto en un país donde todo parece ser perfecto, justo y equilibrado como es Suecia. Lisbeth Salander es la voz de la mujer en contra del poderío blanco y masculino que debajo de su aparente decencia, alcurnia y educación no hace más que menospreciarla. La chica Salander se antoja rebelde a los poderosos… más que rebelde, la quieren juzgar dañada, rota en su cabeza. Así la juzgan, sólo porque ella es distinta, porque no se acopla, porque sabe que detrás de tanta pulcritud se esconden las cloacas de la fuerza dominante. Lisbeth es víctima, y como víctima se alza en cierto momento por encima del tormento, para convertirse en la heroína de las historias de Larsson. No habla mucho, pero hace, hace desde el teclado, desde sus habilidades para hurgar en la porquería de los hombres, desde su conducta hacia el mundo, desde sus acciones justicieras, desde su fascinante rebeldía. Lisbeth Salander, es sin duda, la digna heredera de Holmes, de Irene Adler, de Miss Marpple, de Maigret, de Sam Spade, de las agentes científicas de CSI, de Nikita. Ella es la concentración de todos esos personajes que le anteceden y que la acompañan en el presente. Ella es el personaje tatuado, posmoderno, gótico, que visitó a Larsson, ese escritor que con su revelación tatuada estuvo en el lugar preciso, en el instante preciso, para hacer historia.

Max se complace en presentar en estreno absoluto The Girl With The Dragon Tattoo, el film sueco dirigido por Niels Arden Oplev y protagonizado por Michael Nyqvist y por la increíble Noomi Rapace en el rol de Lisbeth Salander. No te la pierdas el domingo 4 de septiembre, por Max.

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