The Girl With The Dragon Tattoo, o Lisbeth Salander la heredera

por max 30. agosto 2011 16:24

 

Desde hace tiempo el detective (detective de policía) ya no es el protagonista de las novelas negras. O por lo menos no totalmente. Claro que el detective sigue estando allí, en muchas ocasiones siendo exactamente lo que es: un hombre de ley, más o menos rudo, más o menos problemático. Recordemos al teniente drogadicto de Abel Ferrara interpretado por Harvey Keytel, uno realmente problemático, sin duda. Perry Mason, aquel abogado creado por Erle Stanley Gardner, sí es en cambio un ejemplo de cómo el detective deja totalmente sus terrenos para derivarse en otros rostros, en otras profesiones. Un gran descendiente de estos detectives abogados es el gran Mandrake de Rubem Fonseca, que no sólo es un rapaz leguleyo sino también un magnífico sátiro. La búsqueda de la originalidad, el cansancio de lo mismo, la explosión del cliché y los tiempos, el paso de los tiempos con respecto a la realidad de la investigación criminal, generan cambios inevitables y, claro está, provechosos. La serie CSI es la cara insoslayable de los avances científicos en criminalística. Es absurdo hoy día pensar en un detective que anda siguiendo pistas a los Holmes o dándole tortazos a un soplón para que suelte algo interesante. Sí, no cabe duda de que la tradición está allí, y que muchas cosas se siguen haciendo de la misma manera. Pero darle la espalda al pasado sería absurdo. Grissom y compañía son los nuevos tiempos de la investigación criminal, el presente. Por supuesto, también tenemos escritores, sicólogos y periodistas. El escritor Paul Auster ha sido protagonista y detective escritor de sus propias novelas. Recuerdo además la serie de HBO, Bore to Death, protagonizada por Jason Schwartzman, en la que un joven y torpe escritor debe hacer de detective, al tiempo que no para de fumar marihuana en su camino de entuertos. Con respeto a los sicólogos, acudimos a Wire in the Blood, serie basada en los personajes creados por Val McDermid. Uno de ellos, como muchos sabrán, es un psicólogo clínico, el doctor Anthony Hill. El escritor Paco Ignacio Taibo II tiene a su escritor periodista, el ya célebre Daniel Fierro. Alberto Fuguet, con Tinta roja, introduce un aprendiz de periodista que a su vez se convierte en una especie de aprendiz de detective. Así, cada autor (con más o menos éxito) y cada tiempo introduce sus variantes. El sueco Steig Larsson introdujo las suyas. En una parte, tiene a su escritor periodista, Mikael Blomkvist, un hombre con conciencia social, socio de una revista de investigación periodística. Pero si bien a Blomkvist estamos más o menos acostumbrados, por otra parte, Larsson nos presenta a su creación más original o radical: una hacker detective. Lisbeth Salander es una experta en computadoras, una chica que sabe adentrarse en esos mundos desconocidos del hacker. ¿Quién va a negar que ahora, en nuestros tiempos, todos los secretos del mundo están guardados en nuestros computadores? Nuestras casas, las grandes empresas, los gobiernos, todas nuestras vidas están allí, en ese aire cargado de corriente eléctrica que es la red, el chat, el Facebook, la carpeta, el Twitter, el blog, el archivo digital del periódico. Uno de los grandes secretos del vertiginoso éxito del personaje de Lisbeth Salander es ése: Lisbeth es el detective de nuestros tiempos, el justo, el exacto, el indicado, el que nos tocaba. Es además mujer, y la posmodernidad (en sus aspectos artísticos, sociales, políticos) ha querido traer al centro de las escenas, dándoles su lugar en el mundo, su protagonismo necesario a las mujeres. Lisbeth es una heroína absoluta: no sólo ha tomado el lugar que antes ocupaba con predominio el hombre (el clásico detective) sino que es la voz de un cuerpo, de un alma y de un espíritu considerados como un objeto en un país donde todo parece ser perfecto, justo y equilibrado como es Suecia. Lisbeth Salander es la voz de la mujer en contra del poderío blanco y masculino que debajo de su aparente decencia, alcurnia y educación no hace más que menospreciarla. La chica Salander se antoja rebelde a los poderosos… más que rebelde, la quieren juzgar dañada, rota en su cabeza. Así la juzgan, sólo porque ella es distinta, porque no se acopla, porque sabe que detrás de tanta pulcritud se esconden las cloacas de la fuerza dominante. Lisbeth es víctima, y como víctima se alza en cierto momento por encima del tormento, para convertirse en la heroína de las historias de Larsson. No habla mucho, pero hace, hace desde el teclado, desde sus habilidades para hurgar en la porquería de los hombres, desde su conducta hacia el mundo, desde sus acciones justicieras, desde su fascinante rebeldía. Lisbeth Salander, es sin duda, la digna heredera de Holmes, de Irene Adler, de Miss Marpple, de Maigret, de Sam Spade, de las agentes científicas de CSI, de Nikita. Ella es la concentración de todos esos personajes que le anteceden y que la acompañan en el presente. Ella es el personaje tatuado, posmoderno, gótico, que visitó a Larsson, ese escritor que con su revelación tatuada estuvo en el lugar preciso, en el instante preciso, para hacer historia.

Max se complace en presentar en estreno absoluto The Girl With The Dragon Tattoo, el film sueco dirigido por Niels Arden Oplev y protagonizado por Michael Nyqvist y por la increíble Noomi Rapace en el rol de Lisbeth Salander. No te la pierdas el domingo 4 de septiembre, por Max.

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Mal día para pescar, o las oportunidades de la vida

por max 26. agosto 2011 09:18

Hay tiempos que mueren y gente que muere con esos tiempos, gente que ya no puede pertenecer al presente, y mucho menos al futuro. Todos, poco a poco, vamos siendo así. El mundo nos va dejando atrás de uno u otra manera. Quizás ese anhelo del hombre contemporáneo de mantenerse en perpetua adolescencia sea un reflejo de este temor de ir quedando atrás, de irnos desvaneciendo. Orsini y Jacob Van Oppen, del film Mal día para pescar (2009) comparten esta característica. Son personajes que se están desvaneciendo, personajes del pasado. Tanto así que tienen que hacer sus rondas de espectáculos por pequeños pueblos de Latinoamérica, allá donde el presente se tarda más en llegar, donde el futuro tiene la misma cara que el día de ayer. El primer largo del joven cineasta uruguayo Álvaro Brechner (dirección, producción y guión adaptado), se centra en estos dos personajes que viven anclados a su pasado, que fabulan incluso su pasado. Orsini (Gary Piquer), dice ser un príncipe, un noble descendiente de una familia italiana de nobles; Jacob (Jouko Ahola) es un ex campeón de lucha libre. Rodeados por la decadencia, por su falta de lugar en el mundo, se ven obligados a convertirse en pequeños timadores, pequeños pícaros llenos de tristeza. Su necesidad es sobrevivir, sobrevivir manteniendo aún en pie algo de la dignidad de su pasado. Su necesidad es también mantener dormido el dolor. El alcohol y la mentira ayudan a esto último.

No obstante, llegada la oportunidad, surgen de nuevo las ansias de reconstituirse, de dejar la fantasmagoría. El alma necesita darle un valor al cuerpo dentro del que se mueve. Debes salvar el cuerpo para salvar tu alma. Ese cuerpo debe dejar de ser un fantasma, debe volver a sentir el orgullo de sí mismo, debe encontrar un reto y enfrentarse a ese reto sobre el cuadrilátero de la existencia. Las nuevas oportunidades para darle sentido a la vida, nunca sobran. Dejarlas pasar, en caso de que llegaran, significaría la muerte definitiva. Dejarlas entrar, también podrían significar la muerte, la derrota final. Y es este punto, donde la nueva oportunidad del campeón aparece, cuando se afinca el conflicto entre ambos personajes. El retador (Roberto Pankow) con quien Jacob se enfrentará es un joven de veinte años llamado el Turco. Es alto, es fuerte, es joven, y necesita el dinero del desafío para sostener su matrimonio, a su joven mujer, terca y embarazada (Antonella Costa). Pero Jacob porfiará en su vuelta a la vida, y Orsini pretenderá protegerlo de un posible fracaso, a costa de lo que sea. La vida no es fácil. En «Jacob y el otro», cuento de Juan Carlos Onetti en el que se basa el film, se lee esta frase: «La vida había sido siempre difícil y hermosa.»

Mal día para pescar es una fábula, una picaresca, un western, una adaptación cinematográfica de Onetti, un pieza mágica, muy disfrutable, y Max la tendrá para nosotros verla este martes 30 de agosto.

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Soundtrack for a Revolution, o del púlpito a los derechos civiles

por max 25. agosto 2011 13:41

 

Los negros y los blancos estudiaban en escuelas diferentes, y por supuesto, la escuela de los negros era de pésima calidad. En el transporte público, los negros tenían que sentarse en otro lado, no mezclarse. Los negros no podían votar. Si un negro sufría un accidente, no importaba. Si un blanco mataba un negro, nadie era castigado. Un negro era una cosa. En el fondo seguía siendo esclavos. O peor, porque ya el amo no hacía grandes gastos en él, sino que ahora el «patrón» pagaba los sueldos más bajos y le sacaba tanto o más provecho al negro que cuando la esclavitud existía. Un negro «libre» producía más, era más eficiente y menos costoso. Bienvenidos a la mentira de la libertad. ¿Dónde era esto? En Estados Unidos. ¿Cuándo? Todavía para la década de 1950. Pero la indignación es un vaso que siempre se llena, y cuando llega al tope estalla. El movimiento de los derechos civiles de los afro-americanos comenzó precisamente con unas gotas que derramaron el vaso. El asesinato del joven Emmett Till en 1955 fue una de esas gotas. Lo mataron un par de blancos, supuestamente porque el jovencito Emmett le hizo un piropo a una muchacha blanca. Los blancos le dieron una paliza tal que lo mataron. La madre de Emmett se negó a cerrar el ataúd durante el velorio, quería que se vieran los golpes que le habían dado a su hijo. Miles de personas peregrinaron hacia aquella urna, hacia aquellos moretones del racismo. La indignación fue aún mayor cuando los culpables salieron en libertad en cuestión de días. Cuando la señora Rosa Parks se negó a ceder el asiento a un blanco, y fue apresada por alterar el orden público, un pastor bautista para entonces desconocido y de nombre Martin Luther King, se dio a la tarea de conducir el boicot contra los autobuses de Motgomery, Estado de Alabama. Cabe destacar que la señora Parks ya trabajaba como secretaria del movimiento de los derechos civiles desde 1950, y se mantuvo en esa lucha hasta el final de sus días. Por supuesto, esto es sólo el principio. El movimiento por los derechos civiles es sumamente complejo, y está repleto de momentos y de personalidades. Por supuesto, tenemos a Martin Luther King, a Malcom X, a la misma Rosa Parks, entre otros. El movimiento de los derechos civiles, cabe destacar, fue de carácter pacifista principalmente (a veces Malcom X es excluido de estas listas, porque en muchas ocasiones fue acusado de promover la violencia), básicamente legalista y de acciones de protesta de calle. Recordemos por ejemplo las movilizaciones en Mississippi de 1962, o la marcha a Washington en 1963. Todo este movimiento tuvo una muy marcada inclinación pacifista, pienso quizás porque en éste influyó en gran medida la religión. Y cuando digo la religión, me refiero a que desde los púlpitos de los pastores, desde la presencia de figuras como Martin Luther King, ese sentimiento de lo religioso (relacionado con la paz, la comprensión entre los hombres) estaba allí, en sus inicios, como una raíz. También, desde los templos, surgieron los cantos, los cantos nacidos en esos maravillosos coros negros que luego fueron evolucionando hacia los cantos de protesta. Es allí donde se ubica Sountrack for a Revolution (2009), de Bill Guttentag y Dan Sturman. Bajo la producción ejecutiva de Danny Glover, este documental nos cuenta la historia de los derechos civiles en Estados Unidos pero vista a través de la música, del poder de la música por la libertad, las llamadas freedom songs, entonadas en el fragor de la protesta, en las marchas, en las cárceles, en las puertas de las cortes de justicia. Se trata de un trabajo que hurga en otros lugares, en otros sitios poco explorados o para nada explorados, y así ayuda a redondear aún más aquel momento fundamental de la historia norteamericana y del mundo. John Legend, The Roots, Joss Stone, Wyclef Jean, Harry Belafonte entre otros se encuentran allí, cantando o hablando de lo que vivieron, de lo que ellos vieron desde su perspectiva, desde su música, ese lugar donde se dice con alegría lo que duele, donde se exponen las verdades más duras, donde se desgarra el pecho y se le dan patadas a los males del mundo. La historia por ser más humano, la vitalidad de la música, su poder, todo eso está allí, en este magnífico documental.

Soundtrack for a Revolution, este domingo 28 de agosto. Descubre Max.

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Prince of Tears, o de las lágrimas en tiempos turbulentos

por max 22. agosto 2011 07:07

 

La desaparición forzosa es la peor forma de las pérdidas. En la desaparición forzosa está involucrado el abuso de poder, la locura de la bota militar, el egoísmo político, la estrechez de las mentes. La desaparición forzosa suele justificarse con una traición; quien ha de desaparecer es un traidor a la patria. Pero también, la desaparición forzosa se inicia con una traición. Alguien cercano traiciona a quien luego será acusado de traidor. Detrás de esas acusaciones, por lo general, no se alza un patriotismo magnánimo, sino que se esconden la cobardía, la envidia, el miedo, las más bajas pasiones. La desaparición forzosa surge de la oscuridad del alma, y contamina el ambiente de esa oscuridad. La desaparición forzosa, permítaseme decir, puede disfrazarse de encarcelamiento por traición, y luego de ejecución ejemplar y justiciera. En todo caso, mientras la desaparición no se confirma en muerte, en el alma contaminada de aquellos que viven la pérdida surge una luz que al mismo tiempo es una inquietud que aturde: la esperanza, uno de los tantos salvoconductos de los que se hace el ser humano para sobrevivir en tiempos de oscuridad. La esperanza aviva pero también desespera, gasta. La esperanza es una resistencia, pero, en tiempos turbulentos, suele arroparse con el silencio, con la resignación. En tiempos de locura se sobrevive, y sólo queda la lágrima, silenciosa, otra forma de la pérdida. Porque en tiempos turbulentos, ampliemos el campo, todo es pérdida. Y sólo queda la lágrima ante la impotencia, como en el cuento infantil de Prince of Tears (2009), film donde desapariciones, traiciones, esperanzas, tiempos oscuros y resignaciones son las preocupaciones principales del cineasta Yonfan. En el Taiwán de los tiempos del llamado terror blanco, bajo el gobierno nacionalista del militar chino Chiang Kai-shek, la ley marcial era un justificativo para cualquier exceso, para cualquier delación, para cualquier ejecución sin mayores justicias. El film tiene lugar en un remoto poblado de Taiwán, donde una pareja vive con sus dos hijas, muy cómodamente, pues él es un militar retirado. Un día, las niñas llegan a casa, y se encuentran con que sus padres no están. Han desparecido, han sido retenidos; al padre se le acusa de traición, de pro-comunista. Así, el film se va desarrollando desde la mirada de las niñas y desde el juego de los ocultamientos, de los aguantes, las esperanzas y de los deseos, egoístas o no, del amor. Al final sólo quedan las lágrimas, esa otra pérdida, esa otra manera de aguantar en silencio.

Prince of Tears, este miércoles 24 de agosto, por Max.

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Ciclo de Wes Anderson, o los inicios brillantes de un director

por max 21. agosto 2011 08:18

 

Wes Anderson es un director brillante, tiene 42 años, y tres de sus filmes más conocidos son The Royal Tenenbaums (2001), The Life Aquatic with Steve Zissou (2004) y The Darjeeling Limited (2007). Sin embargo, su prestigio como autor, como muchacho talentoso, como genio —dijeron algunos—, viene desde 1996, cuando contaba apenas con 27 años. Ese año, el mundo cinematográfico conoció su primer largometraje. Estamos hablando de Ladrón que roba a ladrón (Bottle Rocket) Se trata de una comedia que nos cuenta la vida de dos hermanos interpretados por Owen y Luke Wilson, (uno de ellos recién escapado de un centro siquiátrico), que eligen, a pesar de que no tienen las aptitudes para ello, a pesar de que son profundamente inocentes, la vida criminal. Así, se entrenan en pequeños robos, risibles todos, hasta que llega el momento de dar el gran paso: robar una librería. Un film con narrativa errática, sin una línea argumental férrea (lo que caracterizará el resto de los films de Anderson), pero que irá marcando la relación de los muy particulares hermanos (la disfuncionalidad familiar, otro de los temas futuros del cineasta). No falta, eso sí, un punto de tensión, aportado por la figura de James Caan, un criminal de armas tomar que los meterá en problemas. Y esta será otra de las características de los filmes de Anderson: ese ir y venir entre los géneros, jugando, parodiando. En Ladrón que roba a ladrón lo más llamativo son los personajes (y las actuaciones de los Wilson), los hermanos dañados, rotos. Anderson, sin embargo, no hace burla despiadada de ellos. Su mirada es la de quien intenta comprender sus propias criaturas con la debida compasión. Martin Scorsese (se dice que Anderson es el próximo Scorsese, o el Scorsese del siglo XXI, o algo así) colocó a Ladrón que roba a ladrón en el puesto número 7 de sus 10 películas favoritas de la década de los noventa, y dijo sobre ella: «Amo a los personajes de esta película, son genuinamente inocentes, más que incluso de los que ellos creen». Es interesante señalar, tal como cuenta el crítico Roger Ebert, que Ladrón que roba a ladrón es un film de amigos, de amigos que conversan, de amigos que van y vienen, de amigos como hermanos. Y también de amigos detrás de cámara, porque Ladrón que roba a ladrón es producto de la amistad de Owen Wilson y Wes Anderson. El film está escrito por ambos, y originalmente, es un cortometraje del año 1994 (si usted se la quiere echar de culto, diga «Yo vi Bottle Rocket en 1994»). Con este corto bajo el brazo, Wilson y Anderson se fueron al Sundance Film Festival a buscar financiamiento para hacer el largo, y lo consiguieron de James L. Brooks y de Columbia Pictures. Wilson, cabe decir, no sólo es amigo de Anderson, sino también uno de sus actores y colaboradores fetiches.

Así, llega 1998, y los dos amigos ven realizada en la gran pantalla otra película: Tres es multitud (Rushmore). Wilson esta vez sólo en el guión, Anderson, obviamente, como director. Como ya viene ocurriendo desde hace años en el cine norteamericano o en el cine en todas partes (gracias a los franceses), el director se llevará todos los créditos. Wilson fue y sigue siendo un actor que escribe guiones, nada más. Pero Anderson, Anderson pasó a ser el autor, el geniecillo con un gran futuro. La gente empezó a verlo como un visionario, sus fans lo convirtieron en un fetiche. El joven Wes acababa de entregar otro film independiente lleno de particularidades, de elementos, digamos, ingeniosos.

El film resulta un gran juego de estrategia entre dos hombres aparentemente muy distintos, pero con un par de elementos en común: son sumamente inteligentes (a su manera) y están enamorados de la misma mujer. Acá contamos con las actuaciones de Jason Schwartzmanm como Max Fischer, un joven estudiante dueño de una inteligencia política excepcional, y de Bill Murray, como el magnate Blume, un hombre ya maduro, despiadado y con el mismo tipo de inteligencia de Max Fischer. Ambos, espejos que se encuentran, se disputan el amor de la atractiva profesora Cross (Olivia Williams) en este ya mencionado juego de estrategias, cargado además de un humor muy fino. Ahí tenemos pues un triángulo amoroso poco frecuente (por lo menos en el cine), una solapada disfuncionalidad familiar (de alguna manera Blume y Fischer tienen una tácita relación padre-hijo), el humor inteligente y lleno de referencias, y unos ya determinados gustos técnicos y fotográficos. Tres es multitud es un film sencillo, pero con una estética y con una manera de tratar los temas que hizo y que hace que el film se perciba como algo nuevo, diferente, incluso honesto.

Así, las primeras dos cintas de Anderson tenían aquello que la gente llamaría el toque Wes Anderson. Todo un reto, sin duda, para tan excelente inicio. Con los años, el joven director (ya no tan joven) ha seguido demostrando su talento, su capacidad para imaginar, para darle la vuelta a sus obsesiones, y para el ingenio creativo. Tiene sus admiradores, tiene sus detractores; cuando se resalta de tal manera, eso no se puede evitar.

En agosto, Max te invita a disfrutar de estos dos primeros trabajos de Wes Anderson. Ladrón que roba a ladrón y Tres es multitud, el lunes 22 de agosto. Dos filmes muy particulares de un director con firma propia.

Last ride, o por las carreteras con Hugo Weaving

por max 14. agosto 2011 16:01

 

Last Ride (2009) es una road movie, pero su paisaje no acontece en los Estados Unidos, patria de las road movies. Los caminos de este film recorren las enormes tierras del outback australiano, mostrando naturalezas magníficas, pocas veces contempladas y disfrutadas. No obstante, en el film no hay lugar para la serenidad de la mirada. La esencia de las road movies es moverse hacia la violencia —con mayor o menor intensidad— de los hombres y de los paisajes. Acá la violencia se genera desde el personaje interpretado por Hugo Weaving, un delincuente, un padre violento que en su inexorable huida termina llevándose a su hijo por las rutas enormes de Australia. Weaving, actor de probados talentos, es mejor conocido por estos lados del mundo gracias a la saga de El señor de los anillos y a la trilogía de los hermanos Wachowski. Recordemos que The Matrix es de 1999. Ese año, Weaving iniciaría su periplo como el agente Smith, y el gran público se iría tras la pista de este actor que tanto fascinaba en su rol de enemigo cibernético. El primer film de El señor de los anillos data de 2001. Allí, Weaving interpreta a un personaje totalmente diferente: el sereno y sabio elfo Elrond. No obstante, cabe decir, que en Estados Unidos un público más reducido y especializado en cine lo había conocido ya un tiempo antes por medio de una película independiente australiana: The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert (1994), una comedia también del paisaje australiano (otra muy singular road movie en clave de humor) donde Weaving encarna a un delirante draq queen. El film fue tan exitoso en el circuito de películas de arte que luego Hollywood haría al año siguiente su propia versión, lamentable cabe decir, bajo el nombre de To Wong Foo Thanks for Everything, Julie Newmar. Por supuesto, Weaving no estaría ahí, no era digno, no era la suficientemente famoso. Los héroes de aquel descalabro serían Wesley Snipes, Patrick Swayze y John Leguizamo. Pero volvamos a Weaving. Aunque el público norteamericano y la crítica le habían puesto el ojo encima, Weaving ya era un reconocido actor de cine en Australia, su país, con filmes —australianos— como Proof, de 1991, o The Interview, de 1998. Galardonado como actor con el equivalente al Oscar de Australia, Weaving fue desde sus inicios un intérprete con los caminos abiertos hacia la fama. No es de extrañar pues que Hollywood lo reclamara y le diera roles de peso. Con Last Ride, el actor vuelve a sus predios australianos para realizar esta, como ya conversamos, particular road movie que se complementa además con una variante también excepcional de la historia de aprendizaje, un bildungsroman vertiginoso centrado, por supuesto, en el personaje de Chook (Tom Russell), el hijo, quien se ve sometido a las furias de un padre delincuente que se bate entre el deber paterno y su oscuridad interior.

Poética y violencia, e incluso la poética de la violencia se conjugan con la excelente actuación de Weaving (y no debemos dejar atrás al chico) para darnos un drama fuerte, crudo y al mismo tiempo hermoso.

Last ride, este martes 15 de agosto, por Max.

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Air Doll, o aire, amor y vida

por max 12. agosto 2011 08:36

 

Ya en este espacio escribimos sobre Air Doll de Hirokazu Koreeda. En esta oportunidad quiero agregar un par de cosas sobre el aliento vital y el amor. En Air Doll, Nozomi, la muñeca de aire hecha para el sexo, toma vida a través de un soplo de aire único, el que nace quizás del cuidado y la ternura de su dueño, que no sólo la usa para satisfacer su ansia sexual sino que la trata como un ser humano. Esa delicadeza, ese brindar amor, es fuente de vida.

Pero vamos a detenernos un momento en ese aliento, y para ello, acudamos a Barry Sanders en su libro Sudden Glory. Dice Sanders: «El aliento es el milagro básico de la vida. Circulando por todo el cuerpo, ha sido llamado de muchas maneras —prhana, spiritus, afflatus, pneuma, anima— pero cualquier sea el nombre, siempre ha estado relacionado a lo sagrado. Toda la civilización está montada sobre el aire, toda creación ha sido posible gracias al elemento más insustancial.» Nos recuerda Sanders que en la tradición judía y cristiana el aliento de Dios es sagrado. En el cristianismo, Dios castigó a Adán y a Eva y la humanidad entera reduciéndoles el aliento de vida. Una vez que ese aliento se retira del cuerpo, el hombre muere. El aliento, que fue apenas prestado, asciende a su lugar original, junto a Dios. El aliento es alma. Como se ve, no es cualquier cosa el aliento, no es cualquier cosa el aire. En algún momento de la historia, con el Nuevo Testamento, al aliento de vida (el alma) se une la profunda convicción del amor cristiano. El amor como elemento salvador, y por lo tanto, también de vida. El amor y el aire han quedado indefectiblemente unidos.

El amor, por su parte, es la afirmación de la existencia. El hueco de la vida, del día a día, la repetición constante, el sinsentido cotidiano, se llena con amor. El amor afirma la existencia propia y la del otro, el amor te saca de la masa y te singulariza. Dice Fernando Savater en Invitación a la ética: «No hay amor universal, no puede haber nada de genérico en el amor». Así, el soplo del amor otorga vida, tal como le ocurre a la muñeca Nozomi (interpretada por la actriz Bae Doona) en el film de Hirokazu Koreeda. La muñeca, ya singularizada del resto de las muñecas, cobra vida y empieza a sentir curiosidad por el mundo. Pero el mundo está vacío, la gente está vacía. Todo es masa, falta amor, falta el amor en el otro. La singularización no está completa. Así, Nozomi sale a recorrer el mundo, y finalmente, se reconoce y reconoce a alguien. Allí empieza Nozomi a sentirse realmente viva. El amor se convierte entonces en un vigor. Cito Goethe citado por Savater: «Sentirse amado da más fuerza que sentirse fuerte.» Esa fuerza es la vida, es lo que hace que la muñeca se vuelva cada vez más humana. Este film de Koreeda, nos lleva sin duda a preguntarnos, por las razones de la vida, por las razones del amor. Para cerrar, dejo esta frase de Stendhal, que aplica perfecto para Nozomi: «sentir el placer de ver, tocar, conocer con todos los sentido, lo más cerca posible, un objeto amable y que nos es amable». Nozomi, sin duda, es un objeto amable que toca y es tocado, que ve y que es mirado. Y tal como dice Savater, «objeto amable» sólo puede ser propiamente una persona. Nozomi, más que un objeto, es una persona.

Air Doll, disfrútala el domingo 14 de agosto. Descubre Max.

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Sansón y Dalila, o el poder del amor

por max 9. agosto 2011 08:51

 

Sansón y Dalila son dos nombres comunes en las comunidades aborígenes australianas, sobre todo las del centro. Que el director Warwick Thornton haya utilizado estos dos nombres para titular su primer film, Sansón y Dalila (Samson and Delilah, 2009) y llamar así además a sus personajes no es pura casualidad. Allí, en esos dos jóvenes aborígenes enamorados y silenciosos, reposa, metafórica, toda una historia de colonialismo y alienación. La influencia de los colonizadores, su religión, su religión, su mundo, sus ideas, su dominio sobre los aborígenes australianos está allí reflejada. El peso de esos poderes aniquila y subyuga las almas, las vuelve bobas, inútiles, incapaces de rebeldía. El cineasta simboliza la religión como instrumento de dominación, pero al mismo tiempo, como elemento de salvación (ya lo veremos). Ya desde el título, Warwick Thornton nos presenta la idea de la alienación, de una alienación que ha llevado a estos personajes, alegorías quizás de una comunidad mayor, a la barranca del vicio (Sansón es un aspirador de gasolina o petróleo), y al mutismo cultural. Ambos aspectos se proyectan en el film: las drogas y el silencio. Sansón y Dalila no hablan, no pueden hablar. Aun así, la historia es sobre ellos, y habla por ellos, los muestra. Pero los muestra tal como son: una marginalidad cultural, una raza ya minoritaria a la que se les arrebató su territorio y su capacidad de decidir por ellos mismos. No puede haber más que bocas cerradas en este film. No obstante, Thornton, muy hábilmente los hace hablar. Ellos se comunican con el espectador a través de los sonidos, de la música, de sus acciones, de sus cuerpos, de la violencia incluso. Algo en ellos quiere liberarse, y eso lo vemos a través de sus cuerpos, de sus acciones. Y algo en ellos termina, efectivamente, liberándose, a través de la purificación. El mundo los golpea, se ven incluso obligados a huir de su propia comunidad, y a mal establecerse en la ciudad, entre los marginados, prostitutas, delincuentes. En la ciudad, Sansón y Dalila son parte de ese conglomerado que es violento hasta consigo mismo, que no se protege, que no conoce la ley. Sansón y Dalila no son raza, son etnia (esa palabra cómoda que designa minorías), y están al mismo nivel que cualquier escoria social. Para ellos entonces no queda sino el amor. Pero el amor no sólo de ambos, sino el amor religioso que purifica. Paradójicamente, aquello que Warwick Thornton critica, esa dominación y ese abandono en manos del poder que comenzó con la colonización, también se vuelve una respuesta, una salida. El film, no resulta así, una simple fábula maniquea. Lo que ya fue seguirá siendo, lo que hay que hacer es tomar lo verdaderamente valioso de la gran estructura del poder. Y esto verdaderamente valioso es el mensaje original y desvirtuado; nada más y nada menos que el amor como acto de purificación. De la religión tomar el amor, no sus actos de violencia. No es la religión la que falla, sino los hombres. La estructura está allí para ayudarte, sólo tienes que quitar las capas de sucio y vivir lo que verdaderamente te salva. Así, el amor entre Sansón y Dalila no sólo sirve para contar una fábula hermosa y terrible, sino también para mostrar una comprensión de la sociedad que rescata un argumento que muchos consideran caduco y de sobra desprestigiado: el amor como una herramienta mística. Warwick Thornton apela al futuro en un mundo donde el hedonismo, el individualismo a ultranza y cierto capitalismo ciego parecen dominar. Al apelar a este futuro contrapone el agotamiento de la modernidad a una estructura de pensamiento muy antigua: la religiosa, entendiendo lo religioso como una actitud espiritual profunda, de renovación humana.

Sansón y Dalila, el jueves 11 de agosto, por Max.

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El patio de mi cárcel, o el cuerpo y la libertad

por max 5. agosto 2011 09:17

    

En las sociedades disciplinarias el cuerpo debe ser sometido, limitado, educado con el fin de que su energía se desgaste lo menos posible, pero sobre todo, con el fin de que produzca, de que sea eficiente. Lo mismo ocurre con las instituciones, según lo entiende y lo explica Foucault en Vigilar y castigar. Las instituciones son lugares de encierro (el cuartel, la escuela, el hospital, la cárcel) donde se pretende crear un colectivo falso que en realidad aísla a los individuos dentro de la masa. El cuerpo, de manera general, se domestica en el registro técnico-político «para controlar o corregir las operaciones del cuerpo». Dice Foucault que el cuerpo humano es «tanto más obediente cuanto más útil». Yéndonos en específico a las cárceles, allí el individuo y su cuerpo deben ser aislados, tal como nos señala Foucault, con el propósito de «sofocar los complots y los motines que puedan formarse, impedir que se urdan complicidades futuras o nazcan posibilidades de chantaje (el día que los detenidos se encuentren libres), obstaculizar la inmoralidad de tantas "asociaciones misteriosas".» La prisión tiene como estatuto evitar que se forme una «pequeña nación en el seno de la grande». Como bien sabemos, Foucault hizo estos análisis con respecto al nacimiento de las prisiones y su evolución en Europa, principalmente durante el siglo XIX. La pregunta es si esto se logra en nuestros tiempos y en algunos países donde el caos carcelario no es un sueño del siglo XIX.

La realidad para estos casos parece ser otra. Por un lado, el cuerpo no es sometido a un proceso de entrenamiento donde trabaje la eficiencia, sino más bien a la constante humillación. El cuerpo vale poco, su higiene, las ropas que lo cubren, su alimentación, su asalto constante en la llamada requisa. En la cárcel de mujeres puede ser peor. Porque sin duda, el cuerpo de la mujer siempre ha estado rodeado de mayor misterio, de más tabú, de mayor discreción. Así, el cuerpo en determinadas cárceles no es producto de la disciplina, sino más bien de la violencia del poder, y por otro lado, del ocio. El hacinamiento obra a favor de estos elementos. La idea de la corrección desaparece por completo. En la prisión el delincuente no va a recapacitar sobre su delito, su soledad es la alienación no la purga espiritual. En el caos del hacinamiento, el poder de afuera no puede hacer nada, pierde todo control. Acá no existe sino la «pequeña nación», la de adentro, con sus propias leyes. Así, cuando los vigilantes de afuera intervienen, lo hacen como máquinas de guerra, máquinas violentas, agresoras. Toda individualización coercitiva se pierde, la temida asociación de otros poderes se hace posible. Allí, el individuo es otra vez una cosa: pero una cosa aún menos valiosa que el cuerpo disciplinado: porque el cuerpo disciplinado es útil a lo sociedad, acá, el cuerpo del ocio sólo es útil para los intereses de quienes mandan. No se pierde lo que Foucault llama el emplazamiento funcional, es decir, esa idea de la prisión como un lugar utilitario, sino que más bien se transforma. La prisión y los cuerpos que allí se encuentran siguen siendo rentables, desde la oscuridad, desde los manejos turbios. ¿Qué salida nos queda entonces? El patio de mi cárcel, de Belén Macías ofrece algunas miradas, alguna esperanza en torno a este panorama. Centrada dentro del tema femenino, Belén Macías opone la disciplina del arte al caos y la disciplina violenta de la cárcel. La solución sigue estando en la educación, en la inclusión de estas mujeres en otra disciplina, esta vez la teatral. El cuerpo en el teatro trasmuta, se concentra, se ejercita, se vuelve útil. Pero al mismo tiempo, el teatro es peligroso. Es una forma de asociación de cuerpos, es una forma de liberación de las mentes. El cuerpo que es útil en el teatro, es útil para pensar, y es útil para denunciar. Son un colectivo «social» que sabe oponerse al colectivo criminal y al colectivo del poder violador, un colectivo social que denuncia, que piensa, que ha encontrado el camino de la libertad dentro de la disciplina del teatro, dentro del caos carcelario y en su condición de mujeres.

El patio de mi cárcel, el miércoles 10 de agosto, por Max.

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Kabuli Kid, o los días del humor

por max 3. agosto 2011 04:54

 

Dicen los teóricos que el humor siempre ha sido controlado por los leyes reguladoras de la sociedad. Tanto ayer, como hoy, lo cómico y la risa se restringen, con el fin de evitar la crítica a los poderes. En la actualidad existe también, digamos, una especie de humor oficial. El de la comedia light, el de la publicidad, altamente benigno, sin mayores críticas, sin estadios de lo grotesco; un humor empático, digamos, que controla al individuo, que lo satisface y no lo vuelve rebelde. En los teatros hay comedias cómicas, no humorísticas. Hay risas, y detrás de las risas no hay más que risas. Todo es transparente, diría Baudrillard, diría Lipovetsky. Esa transparencia carece de mensaje de fondo, de representación: lo que se ve es lo que es.

No obstante, no creo que todo deba ser pesimismo. Pienso que nuestros tiempos también dan espacio para otras variantes del humor. El ser humano es múltiple, y puede permitirse sutilezas, niveles, variaciones, complejidades dentro del propio sabor de su era. Puede haber un humor empático, un humor que apele a la ternura y a cierta aparente ligereza, un humor que muestre cierta belleza dentro del caos, y aún ser un humor serio, un humor al mismo tiempo mordaz y al mismo tiempo esperanzador. Kabuli Kid (2008), primer film de Barmak Akram, es una especie de épica humorística, con picaresca y ternura, que cumple con estos designios al recorrer y ahondar en las calles de Kabul, una ciudad que la mayoría de nosotros sólo pudimos conocer a través del ojo de la cámara periodística. Esto, ya de por sí, se convierte en valor fundamental del film, pero también está allí, como elemento fundamental, la mirada que busca descifrar el rol de la mujer en la sociedad afgana posterior al dominio talibán. Así, tanto la visión compleja de la ciudad y sus personajes como al drama de sus mujeres entran dentro del gran marco del humor, un humor que, debemos decir, quizás sólo sea posible dentro de esta sociedad afgana que comienza (parece ser la visión del cineasta), que intenta desprenderse del radicalismo para abrirse a un mundo liberal, democrático. A los talibanes del alma no les gusta la risa. Los revolucionarios eternos viven en la ira, metidos dentro de la ira divina. Los revolucionarios, los que dicen tener todas las razones del espíritu, no ríen: su misión es eterna, su trabajo es inagotable. Nadie tan ocupado puede reír. En cambio, en esta ciudad, en este país que regresa a la civilización, la risa entra como gesto civilizador. No sólo tenemos el deber de lanzar una mirada crítica a la sociedad a través del humor, sino que también tenemos el derecho de reírnos de nosotros mismos. Este taxista que va alegre en su taxi hablando de las ventajas de su nuevo mundo, este taxista que de pronto se ve con un niño abandonado en la parte trasera del taxi, este taxista que sale a buscar a la madre, este taxista que termina adoptando roles y posiciones propias de esas mujeres anónimas que se ven obligadas a ocultar su rostro por religión, esta taxista es el crisol ficticio donde se confrontan la cultura que muere y la cultura que pretende nacer. Quizás el director nos esté diciendo: si queremos crecer, debemos cambiar por completo, y no sólo lo que nos conviene.

Kabuli Kid constituye una pieza única, pequeña pero al mismo tiempo enorme que nos conecta con otra cultura, con otras miradas, y con el mismo humor universal que sigue haciendo alma en los hombres.

Kabuli Kid, el viernes 5 de agosto, por Max.

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