La vida loca: cara a la muerte

por max 29. julio 2011 06:09

 

Dice Gilles Livpovetsky en El crepúsculo del deber que estamos en la sociedad de la posmoral. Que si bien la modernidad, a la búsqueda de la novedad y la emancipación absoluta, erradicó a la religión de sus éticas, el concepto de sacrificio siguió estando allí presente, pero desde el mundo laico. En la contemporaneidad, sin embargo, el concepto de sacrificio ha sido desterrado de la moral. Explica el autor: «Nuestras sociedades han liquidado todos los valores sacrificiales, sean éstos ordenados por la otra vida o por finalidades profanas, la cultura cotidiana ya no está irrigada por los imperativos hiperbólicos del deber sino por el bienestar y la dinámica de los derechos subjetivos; hemos dejado de reconocer la obligación de unirnos a algo que no seamos nosotros mismos.» Más adelante dice que la sociedad posmoralista corona los derechos individuales a la autonomía, al deseo, a la felicidad y habla de normas indoloras de la vida ética, ética sin ningún sacrificio mayor, sin arrancarse de sí mismo. Las políticas neoliberales, la caída de las instancias tradicionales de control social (Iglesia, sindicato, familia, escuela), la celebración del ego, del individualismo egoísta, constituyen una fragmentación que lleva al mismo tiempo a la anomia, a la exclusión, a más autodestrucción. «El individualismo gana en todas partes y toma dos rostros radicalmente antagónicos: integrado y autónomo, gestionario y móvil para la gran mayoría; "perdedor", energúmeno, sin porvenir por las nuevas minorías desheredadas».

Cuando uno ve La vida loca: cara a la muerte (2008) de Christian Poveda, no puede menos que pensar en estas palabras de Lipovetsky. Las «maras» salvadoreñas surgen en Estados Unidos, principalmente en Los Ángeles, como producto de este proceso de relajación de las individualidades, de radicalización del egoísmo, del predominio de la cultura del mercado liberal sin conciencia social. Allí, el inmigrante ilegal, el salvadoreño nacido allá, esa minoría desheredada se fabrica su propio universo, sus propias instancias de control para enfrentarse a la dura sociedad. De vuelta a El Salvador, los maras continúan el esquema, mantienen las estructuras, pues tampoco la situación en el país centroamericano es fácil. Esas estructuras importadas, mantienen los mismos sentimientos, las mismas ideas. Los maras se consideran parte de una gran familia; son mafia, sí, pero una mafia muy violenta, muy descarnada, muy empobrecida, muy llena de odio social. El mara sabe que va a morir en algún momento; nada lo protege, porque la sociedad contemporánea no brinda protecciones para nadie: como dice Lipovetsky, es profundamente individualista, y sólo funciona desde los intereses de las individualidades. El mara se hace entonces a la ilusión de grupo, se une a la ilusión de familia, y vive en ella hasta que la muerte le demuestra lo contrario. En ese remolino de atrocidades, giran también las pequeñas figuras de los valores correctos, tradicionales: el misionero, la madre, el voluntario social. Es poco lo que pueden hacer, es poco lo que ayudan. Pero están ahí, como también estuvo Christian Poveda, con su conciencia social, con su idea de aportar algo al mundo. Al final, le pagaron como se paga quienes se internan en ese mundo: con el asesinato. Si embargo, quedó el documental, quedó un magnífico trabajo.

La vida loca: cara a la muerte, el domingo 31 de julio, por Max.

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Gummo, o el terror de la miseria

por max 27. julio 2011 14:29

    

Es terror, lo que uno siente es terror. Y menos mal que no hicieron un film titulado Being Harmony Korine, porque la mente de este director y guionista nacido en 1973 no debe ser muy agradable de visitar. La de Malkovich, está bien, pero la Harmony. En 1995 se estrenó como guionista con el film Kids de Larry Clark, una cruda historia sobre un grupo de patineteros adolescentes en el contexto de la promiscuidad y el SIDA. Kids aportaba una visión pesimista de la juventud norteamericana. Allí no había esperanza, allí sólo había decadencia y locura. Pensar que los muchachos son así, pensar que el futuro no tiene esperanza, daba miedo, mucho miedo. Pero Harmony no se conformó con sembrarnos esos terrores, y dos años después nos lanzó en la cara Gummo. Con su primer largometraje, el joven cineasta vuelve a mostrarnos una historia poblada de muchachos en un contexto digamos tribal, en algunos casos familiar (si familia es la palabra adecuada, lo dudo), dentro de una historia fragmentada, sin centros, sin tramas que guíen el decurso, muy al estilo documental incluso. Korine una vez más vuelve a lanzarse en las oscuridades del alma, y usa para ello la metáfora del tornado. Una población arrasada por un tornado es también el espíritu, el alma de los que allí viven. Gente arrasada, gente sumida en el ventarrón letal de los tiempos, en el olvido suburbano. Allí donde no llega el futuro, la tecnología, el bien común corporativo, la caridad mediática, las acciones humanitarias, la salvaguarda del medio ambiente, la moralización de los negocios y de la política, allí donde no se debate el acoso sexual, ni el aborto, allí donde no importan las cruzadas de los valores y el espíritu de responsabilidad de los gobiernos y las empresas, en ese lugar olvidado de la gran sociedad del progreso, residen estos seres hundidos en el fango de los instintos. Nada media entre ellos y el desenfreno, porque en un lugar arrasado y olvidado no existen estructuras de contención, porque la ley es una referencia lejana. Gummo da miedo, causa terror, porque Harmony Korine nos muestra las caras del despeñadero, del basurero, de aquel lugar donde va a parar el desperdicio de la sociedad lustrosa, aquello que no gusta, aquello que no se quiere porque no produce, porque no es bonito, porque nació con algún gen estropeado, porque no se ha alimentado bien y porque no ha desarrollado su cerebro como se debe. Ese muchacho feo de la casa, que vive en el cuarto del fondo, y que lo sacan a dar una vuelta cuando no hay visitas, eso es Gummo.

Gummo, el viernes 29 de julio, por Max.

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La cantante de tango, o las transformaciones del amor

por max 25. julio 2011 14:44

 

La letra del tango «Alma en pena» de Francisco García Jímenez, dice en alguna aprte: «Y yo que voy aprendiendo hasta a odiarte,/ tan sólo a olvidarte/ no puedo aprender.» El problema es, precisamente, el olvido. O el recuerdo. Un gran parte del tango es recuerdo e imposibilidad de olvido. El tango vive en una tierra media donde el sufrimiento se sufre y se disfruta. El amor es así una paradoja enorme que el tango ha sabido capturar en ese juego de transformaciones. Porque en la imposibilidad del olvido, el amor se transforma. Como no se aprende a olvidar, se aprende a odiar; lo dice el tango. La imposibilidad del olvido hace nacer odios. No sólo odios hacia el ser amado, sino odios hacia uno mismo. Odios que son sentimientos de culpa, que te paralizan, que te llenan de vacíos, que destruyen tus éxitos profesionales, que te anulan, que te aniquilan. Y aquí entra de nuevo la idea de la huida. Cuando no se puede olvidar, cuando el odio ha crecido demasiado, y justo antes de que se desborde, surge la posibilidad del exilio. En el dolor del amor, en la ruptura del amor, a veces lo que se busca en dejar atrás los lugares del amor, y al mismo ser amado, por supuesto. La distancia como cárcel. No voy a ti, no te busco, porque estoy encerrado o encerrada en la distancia. Pongo distancia, me encierro. El olvido como imposibilidad genera esos exilios. Así es el tango, así el amor, así la vida.

La cantante de tango, de Diego Martínez Vignatti, el martes 26 de julio.

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The Time That Remains, o la sensación de la periferia

por max 20. julio 2011 12:21

 

No ser de aquí, no ser de allá. Las fronteras se mueven, y uno no sabe dónde han quedado. Como K., el agrimensor de El castillo, quien viene a medir los terrenos, pero le dicen que no hace falta, lo rechazan y no puede comenzar su trabajo. El agrimensor no tiene lugar en el mundo, va de aquí para allá, no sabe dónde es su casa ni el lugar que se le ha sido asignado. En El barco de la muerte de B. Traven, Gerard Gales no pertenece a ningún sitio, no es aceptado en ninguna parte, porque ha perdido su pasaporte. Gerard Gales es lanzado de una frontera a otra, con absoluta facilidad, y finalmente termina a bordo de un barco que va directo a su debacle, a la muerte. La falta de pasaporte es una metáfora de la sensación de no pertenecer, de no ser. Tanto el agrimensor K. como Gales podrían representar un grupo de hombres, una minoría humana desubicada espiritualmente por no poseer un lugar que les dé raíz, y acá hablamos de geografía, de cultura, de raza, de creencias. En la realidad, tales situaciones se ven reflejadas, por ejemplo, en los cambios socio-políticos que sufren algunos territorios. En 1948, con el establecimiento del Estado de Israel sobre las tierras que en aquel momento eran conocidas como Palestina, algunos palestinos decidieron quedarse y asumir ese estado del alma que los convirtió en minoría. A partir de ese momento, ellos fueron llamados «árabes-israelíes», por tener como lengua materna el árabe, y por ser de religión musulmana. Hoy día en Israel, estas minorías tienen igualdad de obligaciones y derechos sobre el papel, pero en muchos casos sufren de inevitables limitaciones, por no decir discriminaciones. The Time That Remains de Elia Suleiman, refleja este drama de una familia que elige ser minoría en medio de la creación y el crecimiento del nuevo estado israelí, proceso que también conoce sus propias confusiones, tropiezos y evoluciones. Sueliman, en un trabajo que con mucha honestidad busca en lo íntimo biográfico, se inspira en los cuadernos de resistencia de su padre y los diarios íntimos de su madre para abarcar un gran período histórico que va desde la fundación de Israel hasta la actualidad que le corresponde. Con fino toque de ironía, con humor triste y cargado de compasión, Suleiman nos presenta el drama de una familia que avanza a través de la historia desde ese fuera de foco que es ser minoría, desde ese desplazamiento del alma que te hace diferente, que te hace ciudadano de ninguna parte. Y acá hago un aparte y dejo un final. Al decir hablar de ciudadano de ninguna parte, me digo que quizás allí radica el arte, y que quizás Sueliman lo ha comprendido: la conciencia del artista es la de no pertenecer, la de mantenerse a distancia, la de estar condenado al exilio. Sólo así, desde esa mirada desamparada y desarraigada, el artista puede mirar el mundo de otra manera, y sólo así, puede hacer arte. Cuando esto se comprende, se hace arte, se sufre y quizás alguien se salva; cuando no se comprende, o cuando no se sabe ser artista, entonces sólo se sufre. 

The Time That Remains, el domingo 24 de julio, por Max.

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Una aproximación histórica a Hildegard von Bingen

por max 13. julio 2011 08:10

 

    Acá algunas ideas sobre la mujer durante la Edad Media según el historiador Jacques Le Goff: Eva aparece después que Dios ha creado el resto del mundo, por lo tanto, la mujer va de último. Algunos aseguraban que Eva es el resultado de un arrepentimiento de Dios; al principio él quiso hacer un andrógino, pero luego pensó que no sería buena solución y optó por crear a la mujer. Sigue pues, presentándose a la mujer en franca desventaja: Eva es el producto de un arrepentimiento. Otra cosa: los animales y Adán recibieron el nombre directo de Dios. El nombre, la palabra, es sagrada, y si proviene directo de Dios, aún más. Eva fue una creación imperfecta, ¿por qué? Porque Dios no le dio el nombre, el nombre le fue otorgado por Adán. La mujer vuelve a quedar mal parada. Por otro lado, Le Goff nos habla de un cuadro mágico-supersticioso donde se presenta a la mujer como impura, herencia de las creencias arcaicas del Antiguo Testamento. La prueba de esa impureza «consiste en la efusión de sangre una vez al mes», nos dice Le Goff. Así era entendido el asunto de la menstruación. Por ser impuras, las mujeres eran menos, y tan menos, que no podían —y no pueden— ser sacerdotes, por ejemplo.

    No obstante, Jacques Le Goff también hace mucho hincapié (ver su libro Una larga Edad Media) en lo que él llama una revolución de la mirada hacia la mujer, en especial, nos dice, a partir del siglo XII, período en el aparece en Alemania una mujer de armas tomar, escritora, compositora, mujer culta y abadesa como Hildegard von Bingen. Acá debemos volver a Jacques Le Goff, quien nos dice que «a partir de la Edad Media encontrarán (las mujeres) su lugar entre el clero regular, donde podrán desarrollarse, ser reconocidas a la altura de los hombres y ejercer su poder: ¡no era poca cosa ser abadesa!» Lo acabamos de decir, Hildegard Von Bingen lo fue. Pero su aparición, sus triunfos y, claro está, su lucha, no hubiera sido posible, como dice Le Goff, sin la existencia de una revolución teórica en la Iglesia que permitiera las grietas, las aperturas. Y acá, cabe recalcar la palabra teórico. Pues si en el día a día no se notaban tales ideas, en los altos grados de la intelectualidad se estaba gestando otra cosa. Nos dice Le Goff que en determinado momento de la Edad Media empezó a dárlesele importancia a las enseñanzas del Nuevo Testamento. Nos dice Le Goff: «Aquí, la gran innovación es María, pero no sólo ella. María es el punto culminante de un todo: basta observar el número y la importancia de las figuras femeninas que gravitan alrededor de Jesús.» Continúa un poco más adelante: «Su madre lo acompaña hasta el fin. Entrega sus enseñanzas a Marta y María. Resucita a Lázaro a petición de las hermanas de éste. Una de las hermosas figuras femeninas del textos es, evidentemente, María Magdalena, esa criatura compleja, es una especie de matización de la figura perversa de Eva, que estaría condenada al pecado: María Magdalena ha pecado, pero esto no es algo intrínseco a su naturaleza, es capaz de retractarse y arrepentirse, y Jesús afirma que en su debilidad y redención ella vale más que lo que nunca ha caído.» Hay pues en el Nuevo Testamento, una concepción radicalmente distinta de las relaciones entre hombre y mujer, que empieza a hacerse notar con mayor fuerza, según Le Goff, a partir del siglo XII. Insiste el autor en que parte de este renovado interés por la mujer surge por un progresivo abandono de la imagen de la Eva pecadora y un crecimiento cada vez mayor de la devoción a María. Dice el autor: «Por mi parte, estoy convencido de que, efectivamente, la Edad Media asistió a una divinización de María. Desde luego, puede verse en ello, una forma de politeísmo. En mi caso entiendo que se trató de una revalorización de la mujer en la religión, algo que me parece extraordinariamente positivo.» Luego el historiador se ocupa de la santidad, y dice que empezó cobrar importancia la legión de santas, que antes era exclusividad de los hombres. La santidad era pues otra posibilidad de promoción de la mujer. Gran cantidad de fieles empezaron a consagrarle sus devociones y, por encima de los obispos (hombres), empieza a imponerse «progresivamente la santidad de la abadesas, como Hildegard von Bingen, gran abadesa renana del siglo XII, mística pero también audaz pensadora racional, de gran autoridad y prestigio en su época.» Para Jacques Le Goff, sin duda, las mujeres en la Edad Media lograron niveles importantes dentro de su cultura. Incluso se atreve a decir que no hubo para la mujer peor época en la historia que la del siglo XIX. Es decir, para Le Goff, una mujer como la abadesa Hildegard von Bingen sí es una posibilidad en su tiempo, en el siglo XII, y sí es posible, en este lejano momento histórico, una interpretación feminista dentro del contexto histórico. Nada más y nada menos.

    Visión: La historia de Hildegard von Bingen, dirigida por Margarethe von Trotta, este martes 19 de julio. Descubre Max.

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Still Walking, o la caminata del silencio

por max 11. julio 2011 11:21

 

Una película que cuenta desde el silencio, porque el silencio, para quien lo sabe, para quien entiende su arte, el silencio siempre habla. El silencio hace arte, hace poesía. Dice Octavio Paz en El arco y la lira, hablando de la poesía y, claro está, del silencio: «Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia». Cada cosa vivida es ya una ausencia. Es un espectro que vive en nosotros. El arte intenta recuperar esos espectros, llenar esas ausencias, hablar desde el silencio. El lenguaje es una estructura porosa. Las palabras no son suficientes para explicar el mundo. La imagen tampoco. Una misma imagen puede tener una gran cantidad de significados. Lo mismo que un momento vivido. En el presente se conjuga el pasado, y el pasado, desde ese presente, tiene varias lecturas en varias personas. Y así, no sólo el pasado no es uno solo, sino que el presente también se modifica. Nada es estable en la vida ni en el arte. Lo que sucedió puede haber sucedido de distintas maneras desde la pluralidad de los ojos. Recordemos, por ejemplo, el cuento «En el bosque», de Ryonosuke Akutagawa, en el que un asesinato es visto desde distintas perspectivas por distintos testigos. Acá permítanme traer a otro asiático, a Chuang Tzu y su «Sueño de la mariposa». El texto dice así: «Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu». No sólo la realidad es percibida desde distintas perspectivas, sino que incluso podemos dudar de la realidad. Ante tales perplejidades, se habla poco (como lo hace Chuang Tzu) o se guarda silencio. Hay quien dice que los sabios prefieren callar. Y eso hace de alguna manera Hirokazu Koreeda en Still Walking (Aruitemo aruitemo, 2008), un film que, tal como su título lo dice, va caminando con parsimonia, sin muchas palabras, a través de un reencuentro familiar. Como cuando se habla de caminar, de andar, de ir por la vida, este film va encontrando los distintos momentos de este encuentro familiar como por azar, y lo recoge sin juzgarlos, sin predeterminarlos. Allí están, vivos o soñados, sin interpretaciones, mostrando sus distintas capas, sus distintos significados. En ellos, se descubre pues el silencio, y el cariño, el olvido y los rencores, el dolor y el amor. Allí está todo en este magnífico film del reconocido cineasta japonés, su versión de la familia, basada en sus experiencias personales. Un homenaje al pasado, al presente, a los hijos, pero sobre todo a los padres que todavía están en nosotros, viviendo en su silencio que habla.

Still Walking, este martes 12 de julio, por Max.

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Heavy Metal 2000, o disfrutando de Julie Strain

por max 7. julio 2011 10:39

 

 

 

 

 

 

Ella es Julie Strain, Julie Ann Strain, nacida en 1962, en California.

Un metro ochentaicinco de altura. Todo un mujerón que debe calzar 44.

Es conocida como la reina de las películas B, con más de cien en su haber.

Se sabe que para sus escenas de acción, no usa doble.

Tampoco usa doble en las muy explicitas escenas eróticas de sus películas.

En 1997, ocupó el vigésimo primer lugar entre las 50 mujeres fatales más sensuales de la ciencia ficción.

En 1991 fue la chica Penthouse del mes, y en 1993, la del año.

Estuvo casada con Kevin Eastman, creador de las Teenage Mutant Ninja Turtles.

Julie existe pero no existe. O existe más bien en otra dimensión. En la de la ficción, en la de la fantasía. Porque Julie no solamente es actriz, sino musa, o fetiche, de la revista Heavy Metal. Dibujantes como Olivia De Berardinis, Simon Bisley y Luis Royo la han dibujado en repetidas ocasiones, y la han convertido en la heroína de sus fantasías futuristas.

Julie, por cierto, también se llama Julie en el film Heavy Metal 2000. La protagonista, un personaje animado, es idéntico a Julie Strain, y tal como ya dije, se llama Julie. Lo de la gente de la Heavy Metal con esta diva de la ciencia ficción, va en serio.

Disfruta de Julie Strain (de su personaje animado, claro) en Heavy Metal 2000, este viernes 8 de julio.

Descubre Max.

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