Hedwig y la pulgada furiosa, o el andrógino transexual

por max 30. marzo 2011 10:13

 

    

Se entiende por travesti alguien que, por lo general, es un artista de la actuación que viste con ropas de otro sexo. Lo hace como parte del espectáculo y existe la posibilidad que no haya una inclinación natural en ello. También travesti es aquella persona que sí experimenta esa inclinación natural por vestirse con las ropas del otro género, pero que no necesariamente ha de tener propensión hacia las personas del género al que pertenece. Filmes sobre travestis se han hecho muchos. Recordemos Una Eva y dos Adanes (1959) con Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon; Tootsie (1982) con Dustin Hoffman; o Mrs. Doubtfire (1993) con Robin Williams, todos filmes de Hollywood que abordan de una manera más o menos ligera y aséptica el tema. En Every Thing You Always Wanted to Know About Sex But Were Afraid to Ask Poster (1972), Woody Allen trató la imagen del travesti con un poco más de crudeza, al exponer a un muy correcto ciudadano heterosexual a las tentaciones del travestismo en casa ajena y a la revelación pública de dicho secreto. El tema del transexual es mucho más delicado y ha sido tratado menos en el mainstream de Hollywood. El asunto de las transexualidad incluso científicamente ha sido poco estudiado, y no existe consenso claro para decidir si determinada persona es o no es transexual. En ocasiones se considera transexual a aquel que conoce una disconformidad entre su sexo psicológico y su anotomía. También se considera transexual a alguien que se ha hecho operaciones quirúrgicas de reconstrucción genital o que haya empezado una terapia hormonal. En los filmes de John Waters, Divine, draq queen, artista de caberet, pasa por un personaje que no presenta conflictos de género; simplemente está ahí, haciendo su rol de mujer dentro de un drama o comedia trash y camp. El cineasta irlandés Neil Jordan sí ha abordado la figura del travesti o del transexual desde la problemática humana. The Crying Game (1992) nos presenta a Dil (Jave Davidson), un transexual (me quedaré con transexual para ambos casos del film de Jordan) que entra en relación romántica con un terrorista (Stephen Rea) y que se ve en la necesidad de ocultar su naturaleza con el fin de sobrevivir. En Breakfast in Pluto (2005), Jordan se adentra aún más en el conflicto transexual a través del personaje interpretado por Cillian Murphy. Su identidad, su nacionalidad, su esencia humana, todo entra en crisis en este film de Jordan, una metáfora de la sobrevivencia, del prejuicio y de la intolerancia.

En Hedwig y la pulgada furiosa (Hedwig and the Angry Inch, 2000), John Cameron Mitchell va mucho más allá de las ideas de género. En esta ópera rock, originalmente pieza off-Broadway, el famoso asunto de los géneros que tanto causó y todavía causa sensación en Norteamérica, se presenta como algo fluido y más complejo en comparación a cómo se ha tratado en otros filmes. El mismo cineasta lo dijo en una entrevista: con el personaje de Hedwig buscaba dar una sensación de totalidad, de androginia, digamos así, y no de género. De hecho, al inicio del film se nos introduce una pequeña historia del origen del amor que aparece en el Banquete de Platón, donde se dice que al principio los hombres eran dos seres en uno solo; eran andróginos perfectos con dos brazos, dos piernas, etcétera. Pero los dioses, celosos ante el poder de estos andróginos, los dividieron, y así, desde entonces, todo hombre busca su otra mitad. Si bien esta otra mitad ha sido considerada en función del amor —la otra mitad, la pareja—, la interpretación de la historia también aplica para el mismo ser humano como una totalidad en donde debería conjugarse lo masculino y lo femenino en vías a la perfección espiritual. Tal idea puede ser interpretada también como una metáfora en donde la intuición y la razón deben ir de la mano para fraguar a un hombre ideal. De igual modo, dicha tesis platónica puede verse hecha concreción, es decir, carne y hueso, en la figura del transexual. Hedwig (el mismo Cameron Mitchell), nacido Hansel y nacido varón, termina definiéndose un ser diferente y, a raíz de su romance con un soldado norteamericano y de su necesidad de salir de Berlín oriental, se somete a una operación de cambio de sexo, que le deja un trozo de carne mal parapetado al que Hedwig bautiza como la «pulgada furiosa». Con los años, el soldado abandona a Hedwig en alguna parte de Estados Unidos (se va con otro hombre), y Hedwig, para calmar el dolor, funda una banda de rock (que nos trae reminiscencias de David Bowie, Velvet Underground, Iggy Pop y mucho de glam-rock). Al tiempo, nuestro personaje conoce a un chico con el que tendrá un romance y quien le robará sus canciones. Tommy Gnosis (Michael Pitt) la abandona (a Hedwig, a ella) y termina haciéndose famoso con las canciones plagiadas. Acá comienza entonces la verdadera aventura. Hedwig se va tras la búsqueda de Tommy Gnosis, y esa búsqueda implica una gira de rock en los lugares más insólitos. Así, Hedwig y la pulgada furiosa se presenta como una ópera rock que se adentra en el alma de este ser complejo que busca la plenitud no en un sexo en específico sino en su humanidad. Una aventura, una road movie, una comedia, un musical, un drama, una declaración de principios convertida en obra de arte.

Hedwig y la pulgada furiosa, disfrútala el martes 5 de abril. Descubre Max.

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Viajes del viento, o el secreto de las historias que nunca se detienen

por max 28. marzo 2011 04:28

 

    

Un juglar, un cuenta cuentos, un chamán, un narrador nunca pueden dejar de contar una historia. Nacieron para ello, ese es su destino. Son las hacedores de alma, de mundo. Ni cuando esa luz pretende apagarse, el silencio se hace por completo. El juglar pertenece a una cofradía y, tal como les ocurre a los mafiosos, salirse de ella no es cosa fácil. Así, aunque este juglar pretenda parar, las fuerzas de su destino siempre le tendrán deparadas más historias. Aunque sea una última historia. El juglar debe contar, debe cantar, justo antes de entregarse al gran silencio. Tal es el caso del film del colombiano Ciro Guerra, Viajes del viento (2009). Se trata de una especie de road-movie contemplativa que se solaza en sus imágenes y, paradójicamente, en sus silencios, para contarnos la historia de Ignacio Carrillo (Marciano Martínez), un juglar que, a raíz de la muerte de su esposa, decide ya parar después de tantos y tantos años de trajín musical por los pueblos de Colombia. Pero ese parar, ya se dijo, no es tal. Como todo buen heredero de las historias formadoras del mundo, Carillo decide emprender un último viaje con el fin de llevar su acordeón a su dueño original, aquel maestro que le enseñó el arte. Como Odiseo, Carrillo emprende un viaje de vuelta, un viaje lleno de aventuras. En el camino, se encontrará con un muchacho que tiene un sueño de vida: llegar a ser juglar también. Yull (Fermín Morales) es así la herencia, la nueva voz, el iniciado en el camino de aquel loco mayor que, cansado y sin mujer, decide echarle una última mirada y una última voz a los caminos. El director parece decirnos de esta manera, que las historias no se detienen, que ese reloj necesario continúa siempre su curso, que el verdadero movimiento perpetuo está allí, en el secreto de las historias que no se detienen. El viaje nos salva. La iniciación en la magia, nos salva. Contar historias, nos salva aún más.

Viajes del viento, este martes 29 de marzo. Descubre Max.

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Air Doll, o el aire que llena la existencia

por max 28. marzo 2011 02:09

 

 

Un hombre solitario tiene una muñeca inflable en su casa. La trata con cariño, le habla, la baña, le hace el amor. Un día, la muñeca cobra vida y sale al mundo. ¿Qué ha pasado? ¿El hombre le ha terminado por transmitir alguna especie de «enfermedad» a la muñeca? ¿Acaso le ha dado el aire de la vida? ¿O quizás la enfermó del aire de la soledad? Salir al mundo, caminar por él, quizás no signifique estar vivo. O quizás, debemos entender, que ese aire de la soledad no es absolutamente indeseable cuando la mirada hacia al mundo está llena de ternura, o de inocencia. Allí va, allí la muñeca humana, vestida con faldas cortitas de mucama, caminando tras los niñitos japoneses (porque esta historia ocurre en Japón). Niñitos con cascos amarillos que caminan por un puente. Hay cierta belleza ahí, cierta belleza triste en la mirada de la muñeca hacia esos niños con cascos. Después de todo, quizás la compasión, la mirada inocente, configure esas bellezas. El cineasta Hirokazu Koreeda nos trae Air Doll (2009), un film que ahonda en los asuntos de la condición humana. Porque es así, esa pareciera ser la pregunta fundamental del film. ¿Qué es ser humano? Quien anda por la calle, ¿es un ser humano? ¿La soledad nos despoja de lo humano? ¿La soledad es un camino hacia lo humano? Y finalmente, ¿el amor y sus inocencias será lo único que nos da alma? Cuestionamientos complejos, y quizás respuestas sencillas no tan sencillas. Koreeda ya trabajó el tema de la inocencia y su pérdida en Nadie sabe (2004), film donde un grupo de niños debe enfrentar la destrucción de su espacio reducido, su país de Nunca Jamás, por causa del abandono de la madre. Con Air Doll tenemos algo de Pinocho de fondo, pero este Pinocho resulta femenino, lo cual le permite a Koreada explorar la imagen de la mujer en la sociedad nipona con una inusitada originalidad.

Por otro lado, también resulta interesante aborda Air Doll a la luz de los más recientes acontecimientos. Ya escritores como Ryu Murakami señalaban una caída en el vacío de la sociedad japonesa. Japón estaba perdiendo fuerza, según algunos críticos. El ideal nacional de reconstrucción surgido a partir de la segunda guerra, había empezado a decaer. Japón, según estos analistas, se había sumido en la abulia de aquellos que ya alcanzaron sus metas. De allí filmes como Air Doll, que retratan la profunda crisis del alma japonesa de principios del siglo XXI. Ahora, a raíz de las tragedias recientes, surgen nuevas preguntas con respectos a esas miradas. ¿Se sumirá el Japón en la derrota absoluta o, por el contrario, volverá a encontrar una razón mayor para emprender el futuro? El futuro como forma de vida, el futuro como motor del alma. El futuro como meta común. Air Doll, anterior a la tragedia, es un film de dispersión, de vacíos, de respuestas que aletean la imaginación, el amor, la ternura y la inocencia. ¿Cuántos pueden comprender la salvación implícita en ese mensaje? ¿Cuántos pueden llevar a cabo semejante acto de heroísmo? Koreeda plantea estos actos mayores, pero también, hacia el final, los desinfla. Hoy, habría que preguntarle al cineasta, si el nuevo aire del mundo se llena con los actos de voluntad que surgen de la tragedia.

Air Doll, el viernes 1ero de abril. Descubre Max.

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Elizabeth Taylor, o el arte de luchar contra la belleza

por max 23. marzo 2011 19:19

 

 

La belleza y el dolor. Si Frida hubiera sido hermosa, igual hubiera tenido el dolor, y con el dolor, también hubiera bajado a las profundidades del alma. El dolor te hace bajar. El dolor físico se convierte en dolor metafísico, filosófico, existencial. El dolor es una especie de Nirvana amargo amarrado a los huesos. Si Frida hubiera sido hermosa, y además actriz y además víctima del dolor, no se hubiese llamado Frida, sino Elizabeth, Elizabeth Taylor. Porque la Taylor era bella y era actriz, una gran actriz.

La belleza puede ser otra forma del dolor. Hay mujeres que son dominadas por su belleza, y se pierden por su causa. Algunas, luchan contra ella, intentan que su inteligencia gane la batalla. Pero también, al mismo tiempo, hay algo en la belleza que las arroja en la sensualidad. Para algunas, la belleza es eso, un demonio que llevan dentro, otro ser que las domina. ¿Fue Elizabeth Taylor una mujer dominada por su belleza, por el demonio de la belleza? El dolor la dominaba, eso sí. Una afección de espalda eterna, un tumor cerebral. Algo profundo la hería. Tuvo problemas con el vicio. Sin duda, algo la hería. Y lo dijimos, era hermosa. Sólo hace falta verla en Cleopatra (1963). Gran actriz también fue. Sólo hace falta verla en Who's Afraid of Virginia Wolf? (1966). Famosa, talentosa, poseída por su belleza, Elizabeth se casó ocho veces, dos con el mismo hombre: Richard Burton. Creía en el amor, era una enamorada, pero el amor no le duraba. ¿La belleza quizás le jugaba esas malas pasadas? Vivió entregando pedazos de su enorme corazón, y murió de una insuficiencia cardíaca. Así fue Elizabeth Taylor. Una mujer bellísima que luchaba contra el dolor, contra el dolor físico, y contra el dolor espiritual. Una mujer que se empeñó en demostrar toda su vida que la belleza no era su único fuerte. Sus ojos, debo decir, siempre fueron los mismos. Los ojos de Frida hablan de tristeza, lo de Elizabeth son insondables. Eran bellos, y decían poco, no podían ser descifrados. Quizás buscaban hacia adentro, buscaban su alma y las razones de su alma. Cansada de su belleza externa, no quería ser de los demás, sino de ella misma, y quizás por eso sus ojos escondían la luz que ella necesitaba para iluminar sus propias verdades.

Siempre dije que ella debió morir joven porque había sido demasiado bella. Que de vieja había arruinado su imagen, su mito. Pero no, la Taylor fue algo más que una espléndida Cleopatra. Y si se siguió mostrando al mundo, fue quizás para demostrar que a pesar de la belleza perdida, ella seguía siendo Elizabeth Taylor, la actriz, la diva, la verdadera estrella de Hollywood, como pocas quedan.

En honor a la gran actriz, disfruta este domingo 27 de marzo del film Who's afraid of Virginia Wolf? Descubre Max.

G.P. 506, The Guard Post, o de laberintos, alquimistas y zombis

por max 17. marzo 2011 06:01

 

 

1/ Ya nadie siente miedo con las películas de terror de Hollywood. Más sangre y vísceras que terror del bueno. En los últimos tiempos, la cabeza la llevan los japoneses, los chinos, los coreanos. Hay quien dice que empiezan a repetirse a sí mismos, que ya se agotaron, pero yo creo que todavía tienen mucho que dar. Lo que sí es cierto es que una película de terror venida de Asia no es igual a una americana. Que el gusto de un buen susto nos regalan, y que, por lo menos hacen el intento de sacarnos del lugar común y sorprendernos.


2/ En la tradición cabalística, el laberinto tiene una función mágica. Para los alquimistas es la imagen total del trabajo de la Obra, la vía que hay que seguir para alcanzar el centro espiritual, el tesoro de los tesoros. Pero entonces, ¿qué ocurriría si esa búsqueda alquimista, en lugar de apuntar hacia el bien supremo, apunta hacia el egoísmo, hacia el mal, hacia la locura? ¿En qué convertiría ese laberinto?

 

3/ La alquimia, la ciencia. El experimento científico, la guerra, el mal. Recuerdo Jacob's Ladder o La escalera de Jacobo (1990) de Adrian Lyne, donde la alquimia de la guerra, la experimentación con las drogas para hacer a los soldados aún más mortíferos, lanza al personaje de Tim Robbins en un laberinto de alucinaciones horríficas. El alquimista experimenta con los metales, con los líquidos del universo, para llegar a saber quién es, para encontrar la elevación suprema, la paz profunda. Jacob Singer, sin saberlo, fue producto de una experimentación con químicos. En consecuencia, perdió su centro, dejó de saber quién era, y empezó a buscarse. Pero esa búsqueda, ya lo sabemos, fue una pesadilla.

 

4/ El zombi, en sus versiones más contemporáneas, surge como producto de un fallo de laboratorio, el lugar aséptico, de razones frías y egoístas, donde se experimenta con drogas que buscan potenciar el instinto asesino de los hombres. El zombi, como Jacob, es víctima de la alquimia distorsionada. Sólo que el zombi, al contrario de Jacob, ya no tiene oportunidad de buscarse ni de vivir la pesadilla; vaga por el laberinto, sin conciencia, enfermo para siempre, hambriento de carne y vísceras, y no de espiritualidad.

 

5/ Así, el laberinto por donde vaga el zombi no tiene centro, no tiene salida. Es un laberinto del horror, y del horror se alimenta.

 

6/ Al zombi del laberinto, o a ese ser casi zombi envenenado de maldad química, veloz, agresivo, inteligente, se le enfrenta como se enfrenta al peor enemigo, de tú a tú, con armas, con dientes apretados. Sólo que la boca del caníbal huele mal y no aprieta los dientes, lleva la boca abierta, y no se conforma con matarte. Te hace sentir dolor, mucho dolor, y anhela destrozarte.

 

7/ G.P. 506, The Guard Post (2008), de coreano (del sur) Su-chang Kong, explota la imagen del laberinto, del virus letal, del zombi —o algo muy parecido zombi— y de la batalla en ese lugar lleno de esquinas, sorpresas y desorientaciones pesadillescas. Se trata de un film de horror, entretenimiento puro, pero siempre con esa variante que aporta el cine asiático. No se trata de una emulación de la serie de Resident Evil. Acá, además de la acción, está muy presente el horror, el miedo en su estado puro.

 

8/ G.P. 506, The Guard Post, este domingo 20 de marzo. Descubre Max.

 

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Pink Flamingos, o los gustos de lo camp

por max 14. marzo 2011 12:40

 

 

En la modernidad prevalece la idea del hombre como un sujeto histórico. Es decir, la modernidad se basa en la tesis del perfeccionamiento del hombre por medio de su razón ilustrada. La razón guía al mundo, y lleva a la humanidad hacia la emancipación absoluta de todos los males. Existe pues, bajo esta óptica una concepción unitaria de la historia. El hombre tiene una sola imagen, colectiva, o más bien universal, y por lo tanto, el hombre se vuelve, tal como ya señalé, un sujeto histórico. La concepción histórica viene dada, en este caso, por un centro. El occidente industrializado se alza como paradigma de tales ideas. La cultura masculina heterosexual se alza como guía de comportamientos. La crisis de la modernidad, o las profundas críticas que empezó a recibir la modernidad a partir de eventos determinantes, como las guerras mundiales, las catástrofes biológicas, los fracasos de determinadas políticas económicas, trajeron la aparición de los movimientos de vanguardia y la aparición de las teorías de la posmodernidad. Cabe preguntarse, por ejemplo, qué modernidad pueden conocer los habitantes de un país africano que pasan hambrunas y viven en la más profunda pobreza. La historia de estas personas, no es cónsona con los felicísimos postulados de la modernidad. También podríamos preguntarnos entonces, dentro de esta concepción histórica central, masculina y heterosexual, qué lugar ocupan la mujer, los homosexuales, los indígenas, los marginados sociales… ¿Dónde está la historia para ellos? Con las críticas comienza entonces la fractura, la crisis del progreso y, por supuesto, de la historia. No existe un mismo destino para todos, no existe una misma historia. Esa fragmentación es parte del discurso de la tan discutida posmodernidad. Póngase el nombre que se le ponga, tales críticas surgen y tales ideas quedan en el aire, son capturadas, utilizadas, desarrolladas como signo de los tiempos en distintos ámbitos de la vida humana. Uno de ellos, el arte, y en el arte lo camp como una manifestación que muestran esas nuevas concepciones históricas. Una de las características distintivas de lo camp es la presencia o incluso el protagonismo de personajes estrafalarios, teatrales, travestis, transformistas, negros, homosexuales, entre otros. El camp es la exageración, la representación teatralizada de la realidad, la exaltación estilizada de los objetos cotidianos, el artificio. Veamos qué nos dice al respecto el famoso ensayo de Susan Sontag «Notas sobre lo "camp"». Declara, en principio, que lo camp es una sensibilidad, y como tal, es mutable y variada. Aun así, se atreve a señalar puntos con respecto a dicha sensibilidad: «Para comenzar, en términos muy generales: lo camp es una cierta manera del esteticismo. Es una manera de mirar al mundo como fenómeno estético. Esta manera, la manera camp, no se establece en términos de belleza, sino de grado de artificio, de estilización.» También señala: «El gusto camp tiene preferencia por determinadas artes. Vestidos, mobiliario, todos los elementos de la decoración visual, por ejemplo, constituyen buena parte de lo camp. Pues el arte camp suele ser arte decorativo, que subraya la textura, la superficie sensual y el estilo.»

Para Sontag, lo camp es el intento de hacer algo extraordinario, pero siempre en el sentido seductor. Busca seducir a través del exceso y del atractivo visual. Si bien el ready-made despoja el objeto cotidiano de su uso y de este modo lo pretende arte o en una propuesta de arte, lo camp toma el objeto que pretendió parecer artístico o estítico en determinado momento y lo revaloriza dentro de su sensibilidad, dentro de su fantasía a lo largo de tiempo. Por ello, lo camp siempre busca el pasado, parecer de otra época, sobre todo aquella donde sobra el colorido. Lo camp se mete en la cultura popular, extrae de ella elementos, y se convierte así en una crítica a los valores de los modernidad. Sus protagonistas, como en los filmes de John Waters, son seres marginados, extravagantes, andróginos. Allí tenemos a Divine, drag queen gordo, exagerado y voluptuoso protagonizando muchas cintas del autor de culto en filmes donde las categorías de lo bello y lo feo se pierden en un tirabuzón teatral, en un lugar donde el objeto es sólo un objeto, y donde las historias son un reflejo perverso y distorsionado de una realidad demasiado centralizada y segura de sí misma.

Este mes, Max se enorgullece en presentar Pink Flamingos en su edición del 25 aniversario. Un film de 1972 donde John Waters, desde esa mirada los personajes periféricos, desde la sátira más ácida, la exageración y la teatralidad, muestra los rostros más oscuros de la sociedad a través de la mirada de un de culto que ha sabido explotar la estética de lo camp dentro del séptimo arte.

 

Pink Flamingos 25th Anniversary, el jueves 17 de marzo. Descubre Max.

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Buscando a Eric, o una comedia para Cantona y Loach

por max 10. marzo 2011 15:29

 

 

Una comedia, Ken Loach (The Navigators, Carla's Song, Riff-Raff, Family Life, The Wind That Shakes the Barley, entre otros) nos trae una comedia. ¿Que por qué hago tanta insistencia? Pues bueno, porque Loach es uno de esos pocos directores europeos (es británico) que se ha resistido a Hollywood. Como buen europeo de izquierda, Loach aboga por un realismo socialista en su cine. De allí que una comedia le resulte rara, casi un asomo de traición a sus ideales. Pero no, con Buscando a Eric (Looking for Eric, 2009), Loach hizo una comedia a su manera. Una comedia con un profundo toque humano, social y solidario. Así es Loach, siempre se preocupa por la gente, por el pueblo, dirían nuestros socialistas latinoamericanos. Y por supuesto, Loach necesitaba un buen lugar para el encuentro de la solidaridad y la frescura de la comedia. Ese espacio para estar con la gente y mostrar su alegría, para un inglés socialista, para un español socialista, para un argentino socialista, es el campo de futbol. El campo cultural donde va la gente a unirse por una gran idea, por una gran emoción. Ese lugar que despierta pasiones, que se lleva muy dentro. El futbol es como el alma, es un alma afuera y sobre la grama y con dos arquerías. Sí, verdad que también en ese campo se engendran odios y violencia, pero de eso no quiere hablar Loach, hacia allá no quiere ver. Loach prefiere la epopeya de los hombres que se superan a través del futbol. Recordemos que muchos grandes astros del balón pie han tenido orígenes humildes, han salido de grupos sociales marginados por su raza, su cultura y su nivel económico. Recordemos también que en el campo los hombres, los once jugadores, a pesar de sus diferencias se unen para lograr un solo objetivo. El futbolista es un héroe, y como todo héroe forma parte de un colectivo.

Eric Cantona es uno de esos héroes. Mitad sardo, mitad español, nacido en Marsella (no es parisino pues) de una familia humilde, Cantona es el vivo ejemplo de hombre que se ha superado. Y no sólo eso, también fue un gran jugador. Y no sólo eso, era (o es) todo un personaje. Recordemos que Cantona le propinó una patada de kárate a un fanático en un campo de futbol en 1995 cuando jugaba para el Manchester United. Cabe destacar que la patada al hincha Matthew Simmons no fue gratuita. Simmons le estuvo agrediendo con comentarios racistas, y Cantona no se aguantó. Simmons, se supo luego, era un delincuente con prontuario. Aunque Cantona fue suspendido por nueve meses y se le sancionó con trabajo comunitario, quedó como todo un paladín ante las injusticias del racismo. Pero su fama no la constituye una simple patada. Cantona fue, sin duda, un gran futbolista y muchos lo consideran un hombre que se piensa las cosas de la vida, un «filósofo», le dicen algunos. «Dejé de jugar futbol a los 30, porque perdí mi pasión por el deporte. Mientras siga sintiendo la gran pasión que siento por el cine, continuaré haciendo filmes. Si llego a aburrirme, haré alguna otra cosa.» Así declaró Cantona alguna vez. Y ahí lo tenemos, con unos quince filmes en su haber como actor, y con unos cuatro más en realización. En Buscando a Eric, Cantona se interpreta a sí mismo. Es decir Eric Cantona es Eric Cantona, pero lo es en la mente de otro Eric (Steve Evets), un cartero aficionado al futbol con sobrados problemas existenciales. A los cincuenta, para este Eric, la vida no es lo que imaginó. Su segunda mujer no aparece por ninguna parte (acaba de salir de la cárcel pero no regresó a casa) y además tiene serios contratiempos con sus hijastros, que involucran maternidad, irrespeto y tratos con pandilleros. Con una situación así, no es de extrañar que el cartero Eric necesite ayuda, o por lo menos, algún consejo. Y es allí donde a Eric se le aparece el otro Eric. Nada más y nada menos que el duro de Eric Cantona, quien empieza a mostrársele en un juego de alucinaciones muy cuerdas, o muy lógicas, o muy equilibradas, por decirlo así. Por supuesto, para un director como Loach, Cantona, el futbol, las pandillas, el hombre de clase media, todo esto resulta una perfecta oportunidad para hablar de los temas que le interesan, del hombre común, de la sociedad, de la solidaridad. La comedia, para cineastas como Loach, es otra forma del arte.

Buscando a Eric, este martes 15 de marzo. Descubre Max.

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Más de Hammer y Christopher Lee, en el presente y en el futuro

por max 9. marzo 2011 05:09

 

    

Aunque Hammer se fundó en 1934 y su época de esplendor tuvo lugar entre las décadas de los sesenta y setenta con aquellos famosos filmes de horror, la compañía retomó sus actividades para el cine a principios del siglo XXI con Let me in, la adaptación de Let the Right One In (Låt den rätte komma in, 2008) del director sueco Tomas Alfredson, uno de los filmes de vampiros más originales y de mayor calidad plástica de la primera década del XXI, y que hemos podido disfrutar por Max. La versión de Hammer se estrenó en cartelera en octubre de 2010 y está dirigida por Matt Reeves, el creador de la serie de televisión Felicity. Paradójicamente, Reeves es fanático de los filmes de terror. Let me in está protagonizado por dos jóvenes actores, Kodi Smit-McPhee, quien realizara un papel bastante difícil en The Road (2009), film basado en la novela de Cormac McCarthy ganadora del Pulitzer, y por Chloe Moretz, quien en este momento se encuentra filmando Hugo Cabret de Scorsese.

Hammer prepara otros dos filmes para el 2011. The Woman in Black, una historia, por supuesto, de terror, protagonizada por Daniel Radcliffe, el ínclito Harry Potter de la gran pantalla; y The Resident, film dirigido por el afamado director de video clips, el finlandés Antti Jokinen. The Resident, trabajo muy marcado por el suspenso, está protagonizado por Hilary Swank, y cuenta en su reparto con Christopher Lee. Es público y notorio que Lee, en estos últimos años, ha conocido un resurgimiento muy notable en su carrera, gracias, fundamentalmente, a dos directores de renombre en el campo de la fantasía: Tim Burton y Peter Jakson. Con Jackson, lo tenemos siempre en la saga de El Señor de los anillos, donde interpreta al oscuro mago Saruman; también lo veremos pronto en los filmes de El Hobbit. Con Burton, en filmes como Sleepy Hollow (1999) y Charlie and the Chocolate Factory (2005). Su voz profunda, por supuesto, también ha tenido trabajo en las series para televisión de Las guerras de las galaxias y en filmes de Burton como Corpse Bride (2005) y Alice in Wonderland (2010). Lee se encuentra trabajando en la actualidad en el Hugo Cabret de Scorsese.

Este mes, disfruta de Christopher Lee y de las producciones de Hammer, por Max. Y recuerda, el próximo sábado, la tanda completa.

Descubre Max.

Ciclo especial de Christopher Lee, sus años en Hammer

por max 1. marzo 2011 14:21

 

Para el vampiro su pasado es vital. Los vampiros necesitan de su pasado, porque no tienen futuro. Porque viven en un eterno presente. En el pasado estaban vivos, en el pasado tienen la memoria que les hace falta. Así escapan del olvido. El pasado es orgullo, y además, en el caso de los vampiros que vienen de la nobleza, el pasado los separa del género humano. Cuando no era vampiro, aquel ser humano se alzaba por encima del resto de los mortales. Era noble, tenía la bondad, la belleza, la perfección dentro de él. Fue guerrero además, combatió por los suyos, por su nación, incluso por Dios. Así, el noble guerrero y el noble con antepasados guerreros llevaban en su sangre (en su sangre, repito) su individuación ante la masa humana. Llevaban en la sangre el orgullo, la fuerza, el gusto y la sensibilidad que los hacía distintos al resto de los seres humanos.

Hablar de Christopher Lee, uno de los actores vampiros más afamados de la historia del cine, es hablar, precisamente, de un hombre con un pasado donde incluso hay sangre de la llamada azul. Lee era hijo de la condesa Estelle Mari Carandini di Sarzano y del teniente coronel Geoffrey Trollope Lee. Su padre estuvo en la Guardia Real Británica, y fue condecorado en la Guerra de los Bóers y en la Primera guerra mundial. Su abuela materna fue la soprano Marie Carandini. Cabe destacar que la familia Carandini es una de las más antiguas de Europa, en estrecha relación con Carlomagno y con el emperador Federico Barbarroja. Así, como los vampiros, Christopher Lee también porta sangre azul, también tiene un orgulloso pasado. Lee llegó a decir, cuando se enteró de que su abuela había sido soprano, que llevaba el arte de la actuación en sus venas. En su sangre pues. Lee, permíteme decirlo, estaba destinado, desde sus inicios, a sus roles de vampiros. Lee era un perfecto vampiro antes de firmar su contrato con la Hammer Productions en 1956.

La Hammer produjo filmes de bajo presupuesto pero con enorme éxito de taquilla (en esos mismos años Corman empezaba también a hacer de las suyas). Lee estuvo allí desde el principio. Su primer film de terror con la Hammer fue The Curse of Frankenstein (1957), donde Lee interpreta al monstruoso de Frankenstein junto a Peter Cushing en el rol de Víctor Frankenstein. Cushing, quien también se especializó en filmes de terror y detectivescos (recordemos que fue un excelso Sherlock Holmes), se convertiría en uno de los grandes amigos de Lee. Ya sabemos que Boris Karloff, también actor británico, es el monstruo de Frankenstein más conocido. Su rol de 1931 lo inmortalizó para siempre. Lee venía pues, si se quiere, a ocupar un espacio ya conquistado. Al año siguiente, en 1958, interpretaría su primer Drácula. La figura del muerto vivo, recordemos, también fue interpretada con anterioridad, en 1931, por Béla Lugosi. Pero Lee estuvo muy bien en su papel de Drácula. Tenía educación refinada, porte, voz. Drácula y Christopher Lee estaban hechos uno para el otro; tanto que llegó a interpretar siete veces para la Hammer el rol de Drácula, lo que lo hizo uno de los nobles vampiros más memorables de la historia del cine.

Este mes, Max ha preparado un ciclo especial dedicado al gran Christopher Lee. Cinco filmes de su época con Hammer Productions, su período de ascenso y apogeo (y caída) en el cine de horror.

El lunes 7 comenzaremos el ciclo con The Mummy (1959). Quien vio La momia de 1999, protagonizada por Brendan Frazer, pues vio la versión moderna del film original protagonizado por Lee en el papel del sacerdote egipcio Kharis (que es a su vez la momia), y por Peter Cushing en el rol del arqueólogo (Brendan Frazer en la versión contemporánea). En gran parte de la filmación, Lee debió soportar un gran peso por causa los vendajes. Como podía moverse poco, buscó centrarse en su mirada. La crítica recibió esta actuación «minimalista» con grandes elogios. Paradójicamente, gracias a la limitación de los vendajes, se considera que Lee hizo una gran actuación, una de las mejores de su carrera. El film está dirigido por Terence Fisher, director también británico, con quien Lee trabajaría la mayoría de sus filmes de vampiros.

El martes 8 disfruta de The Curse of Frankenstein (1957), film al que ya hemos hecho referencia, también dirigido por Terence Fisher. Con The Curse of Frankenstein no solamente se inicia la carrera de Lee, sino también los clásicos de la Hammer. Filmes entretenidos, baratos, protagonizados por actores de primera y que produjeron mucho dinero. Los productores vieron a partir de este film la gallina de los huevos de oro, y no la soltaron por un buen tiempo.

El miércoles 9, Drácula (Horror of Drácula, 1958). Aunque The Curse of Frankenstein fue muy importante para el actor, con Drácula arranca definitivamente su carrera como maestro en los roles del conde de ultratumba. Basada, por supuesto, en la obra de Bram Stocker, la cinta se toma sus libertades para crear un ritmo más cinematográfico, más cercano al público de sala. Una vez más, contamos con la dirección de Terence Fisher y con la presencia de Peter Cushing, pergeñando magníficamente al archienemigo de Drácula, el particularísimo doctor Van Helsing.

El jueves 10, disfruta de Drácula El príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of darkness, 1966). Más de Terence Fisher, esta vez sin Cushing. Transilvania, oscuridad, sótanos, cuatro víctimas, un sacerdote y, por supuesto, más de Lee el vampiro. Pero sin hablar. Porque es así, en este film, Lee no habla. ¿Por qué? Hay quién dice que para darle más fuerza a las expresiones de Lee (como en el film donde hace de  lamomia); otros, porque Lee supuestamente detestaba los diálogos del guionista Jimmy Sangster. Lo cierto es que el film existe de milagro, pues Lee, según cuentan, pensaba renunciar. Pero cuando en Hammer le dijeron que si renunciaba el film se cancelaría y la gente perdería sus trabajos, el actor retomó el papel. Nada pesa más que un cargo de conciencia.

El viernes 11 tendremos The Satanic Rites of Dracula (1973). Se trata del último film de la Hammer sobre el tema de vampiros. Acá ya no contamos con Fisher, sino con el director Alan Gibson, pero tenemos de vuelta a Cushing en el rol de Van Helsing, o más bien, de un descendiente del gran Van Helsing (interpretado también por Cushing en otros films, claro está) que investiga en Londres una serie de asesinatos con tintes vampíricos. Detrás de esos crímenes se encuentra el mismísimo Conde Drácula (Lee, obviamente), quien además tiene un plan para regar su enfermedad por el mundo entero.

Después de este grupo de filmes, las historias de vampiros y el mismo Lee ya causaban cierto hartazgo en el público. Tanto así que tres años más tarde, en 1976, Lee volvería a interpretar a Drácula en clave de comedia en el film Dracula and Son. Ya para entonces, no quedaba más remedio que invocar la burla del personaje de pasado noble que tan famoso hizo a este actor de pasado, también noble.

Para cerrar, te digo que el sábado 12, Max ha programado para nosotros una deliciosa tanda con los cinco filmes de la semana. Todo un banquete de sangre, sin duda.

En marzo, descubre a Christopher Lee.

Descubre Max.

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